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La historia no tiene libreto el blog de Joseba Louzao


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21 de septiembre, 2014

Limassol: una lectura sobre el conflicto palestino-israelí

 

Hace dos años acabé de leer Limassol del israelí Yishai Sarid, un best seller que, por desgracia, no se ha traducido a nuestro idioma. Al terminar de leer esta obra no pude dejar de pensar en el personaje principal de una película que también pasó inadvertida en España hace unos cuantos años, Caminando sobre las aguas (2004). Y es que ambos trabajos nos acercan a los sentimientos encontrados que se desarrollan en los agentes secretos israelíes a la hora de cumplir su misión, focalizando la tensión en personajes concretos y comunes con los que nos podemos identificar plena y convincentemente. En otras palabras, estos espías no son James Bond y lo insensato –hablando desde la lógica de las normas de la inteligencia política también se apodera de ellos. Asimismo, como gran parte (y, por otro lado, la más interesante) de la narrativa israelí, el conflicto político-militar (“We are two tribes of gorillas hitting one another. Like Kubrick’s 2001: A Space Odyssey, only our sticks are more advanced”), entre Israel y Palestina es el escenario ideal para complejizar los relatos que nos llegan desde la prensa y acercarse a la mirada de los protagonistas, las personas que lo viven y sufren cotidianamente. Como en el caso de Cristianos de Jean Rolin, se evidencia en estas páginas que no sólo nos encontramos ante un conflicto entre israelíes y palestinos, sino también en primera persona entre cada uno de ellos.

 

Las decisiones personales tienen consecuencias. Lo sabemos, pero se nos olvida. Por ello, esta obra es un interesante monólogo interior de una –por momentos desgarradora culpabilidad. Los remordimientos y los dilemas acechan constantemente al protagonista. Probablemente pueda ser considerada una novela negra o, más bien, un thriller político, sin embargo rompe con los límites habituales del género yendo un paso más allá de las reglas de juego de este tipo de obras. La historia narrada es sencilla, pero tienen numerosas bifurcaciones. Un agente del servicio secreto, especialista en el oscuro arte de los interrogatorios, es encargado de infiltrarse en el entorno de Daphna, una mujer progresista que ofrece cursos para enseñar a escribir y que tiene lazos con Hani, un escritor palestino de Gaza y padre de un terrorista buscado por Israel en diferentes países. Neutralizar al chico es la misión principal. Con todo, el inicio de la novela, que describe el primer encuentro entre el agente y Daphna, es una interesante reflexión sobre la escritura y sostiene el hilo argumental de la ficción como descubriremos al final de sus páginas.

 

El agente está alejándose de su familia a un ritmo acelerado por su obsesión laboral con semanas sin principio ni fin, Daphna tiene problemas con su hijo drogadicto y económicos y Hani se está muriendo. Son, por tanto, ejemplos de personas heridas como consecuencia de una sociedad en ruinas y desestabilizadora. Pronto, el agente se involucra más de la cuenta en los problemas de la escritora, y sintiendo algo por ella poco a poco. Le promete por escrito, ¿cómo podía ser de otra forma en una escritora?, que va a conseguir ayuda para su amigo palestino y para salvar la amenazada vida de su propio hijo. Con todo, y a pesar de estar escritas en un papel, las promesas no pueden ser del todo firmes. De esta forma, se enfrenta con su deber como miembro de los servicios secretos y sus sentimientos, cada vez más cercanos a las vivencias de sus espiados. No en vano, su mujer ha tomado la decisión de marcharse lejos con su hijo. Israel y su seguridad siempre parecen estar por delante del bienestar del hogar. Intuimos que algo está cambiando dentro de él. No ha dudado nunca en usar la fuerza contra el enemigo palestino. La brutalidad es entendida como un método moralmente aceptable, si se usa para evitar males mayores. Todo ello facilita una peligrosa deshumanización. Por otro lado, de no llevar a cabo las misiones que le han encargado, la vida de muchas personas puede estar en peligro. Y ésta solamente depende de él: ¿actuará racionalmente?

 

En definitiva, el lector termina por descubrir la complejidad de la toma de decisiones moralmente aceptables en conflictos como el que enfrenta a israelíes y palestinos. Cuesta entrar en la narración porque no sabemos hacia dónde nos dirigimos, pero una vez dentro no podemos escapar. Sarid logra que los personajes no se muevan entre el negro y el blanco. Las cosas siempre son mucho más difíciles de explicar, y de sentir. La profesionalidad, el deber, las relaciones paterno- filiales o la amistad son temas centrales en esta novela de encrucijadas. Haga lo que haga, se preguntará si realmente hizo lo correcto. Y el lector le acompañará en este cuestionamiento.

 

Hace unos cuantos años, el reconocido historiador Carlo Ginzburg sorprendió a un entrevistador cuando a la pregunta de qué debería hacer un aspirante a historiador, respondió que leer novelas. La razón era sencilla: proporcionaba y entrenaba la imaginación moral, es decir, nos ofrecía extrañamiento. Yo siempre he creído firmemente en ello: la lectura ofrece toda una serie de impagables habilidades cognitivas. La imaginación moral puede arruinar el simplismo identitario, agudiza nuestra forma de empatizar con los demás y nos enfrenta constantemente ante diversos dilemas morales. No se trata de juzgar, ni de condenar, solo de comprender. Creo que Sarid ha conseguido que comprendamos a los protagonistas, y que nos golpeen interiormente.

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