Entre   |  Regístrese

El librófago el blog de José María Matás


Tamaño de texto: A | A | A

6 de diciembre, 2013

El legado de Mandela

 

¿Por qué Mandela nos fuerza a admirarlo? De dónde procedía esa ejemplaridad –se preguntaba Derrida cuando el preso político más famoso del mundo aún se encontraba entre rejas– que llevaba incluso a sus más enconados perseguidores a admirarlo en secreto?

 

En el día después, cuando a lo largo y ancho de todo el planeta se suceden las muestras de homenaje, un sentimiento de universal orfandad se extiende incontenible y las palabras de reconocimiento, de gratitud, de veneración, se pintan con los colores rosados de las hagiografías, esta pregunta se vuelve más necesaria y, en mitad del fragor, del oportunismo político que rodea la desaparición de todo gran hombre, más urgente que nunca.

 

Mandela, el héroe, Mandela el mártir, Mandela, el santo. Mandela, la mayor personalidad política del último siglo. En palabras de Kapuściński: «un caso casi único en la historia», un hombre capaz de llevar a cabo, él sólo, «una empresa que está más allá de la imaginación». O del Dalai Lama: «No hay nadie más grande que él vivo en el planeta en este momento. Y solo en su caso encontré que la persona era mayor que la reputación». Pero, ¿dónde residía la grandeza de este hombre de la etnia xhosa nacido hace casi un siglo en la perdida región de Transkei, para que hoy todos, sin fisuras, lloremos su pérdida? ¿Cuál fue el secreto, si lo hubiere, que nos daría la clave para explicar esa especie de lacerante “milagro”?

 

Evidentemente, una de las maneras de acercarnos a ese misterio es a través de los textos, desde la misma Carta de la Libertad, redactada en Kliptown en 1955 y considerada el documento político más importante propugnado por el CNA, donde, siete años después de que el Partido Nacional ganase las elecciones y comenzase a instalar el sistema de apartheid, quedó escrito: «África del Sur pertenece a todos los que viven en ella, a los blancos y a los negros, y ningún gobierno puede pretender el ejercicio del poder si no lo recibe de la voluntad de todos»; hasta sus discursos como presidente democrático de Sudáfrica, pasando, por supuesto, por su célebre alegato durante el juicio de Rivonia, donde tras hablar durante más de cuatro horas, quiso finalizar su intervención con tono de testamento con estas palabras dignas del mejor florilegio del espíritu humano: «He dedicado toda mi vida a la lucha del pueblo africano, y he luchado contra el dominio negro. He abrigado el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que vivir y espero ver realizado. Pero si fuera necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir.» Y esto, claro, sin contar con los cientos de discursos, de declaraciones, de manifestaciones –muchos de ellos recogidos en El largo camino hacia la libertad– en los que Madiba nos habló del liderazgo, de la tolerancia, del perdón, del respeto a la humanidad del otro…

 

Un breviario con algunas de estas frases, y no faltan ejemplos, nos permite vislumbrar la limpieza de corazón de un hombre extraordinario. Pero nada de esto tendría valor si no aguantasen su verificación con los hechos. Y es precisamente el ejemplo que fue toda su vida lo que más nos arroba y nos afantasma: Mandela aprendiendo afrikáans en la cárcel para conocer mejor al adversario; Mandela, orgulloso, negándose a llevar el humillante pantalón corto que como negro, y por lo tanto, como miembro de la casta más baja, le tenían reservado; Mandela, astuto, sorprendente, renovándole el contrato a la vieja guardia del presidente De Klerk nada más alcanzar el poder; Mandela, paternal, contemporizador, defendiendo ante sus camaradas la necesidad de mantener el viejo himno blanco; Mandela, eufórico, en el cénit de su reinado, con la gorra, por corona, de los Springboks durante la final del Mundial de Rugby; Mandela invitando a su cumpleaños a uno de sus carceleros… Cada una de estas imágenes que tan familiares nos resultan ya, y otras decenas que podríamos traer aquí contribuyen a establecer el fresco que fue su vida imprimiendo una marca de la más rara dignidad en cada una de ellas. Podríamos seguir enumerándolas un buen rato y todavía no conseguiríamos aproximarnos al misterio de Mandela, al corazón de su legado, a las razones que explican su enorme singularidad. Apabullados por el reconocimiento universal, por la intensidad, la diligencia, el patetismo de los testimonios, nuestro tamaño se reduce a medida que su figura se agiganta. Estamos todos los demás, y luego está Mandela. Su inmensa generosidad nos degrada. Si la unanimidad se cierne en torno a su persona, si todos estamos de acuerdo en que su vida fue ejemplar, de que nos marcó el camino, a la vista del catastrófico estado del mundo cada palabra dirigida a encomiar su figura, ¿no es esta alabanza al mismo tiempo una acusación contra nuestras deshonrosas existencias? Y de ser así, ¿por qué no hacer nada para cambiarlo?

 

Al situar a Mandela fuera de la simple humanidad, ¿no corremos el peligro de renunciar a nuestras obligaciones? Si, como a veces sucede en nuestra sociedad digital, tendemos a confundir el conocimiento de la injusticia con la acción encaminada a ponerle fin (¿o no ocurre algo semejante con las redes sociales?) por qué no habríamos ahora de sustituir nuestra (cómoda) admiración por lo noble con su (problemática) práctica?

 

El propio Mandela, bajo su eterna sonrisa, bajo su máscara, parecería haber sido consciente de esta posibilidad y procuró no ser convertido en un semidiós. Si prestamos atención al testimonio de John Carlin, quien pese a intentarlo con todas sus fuerzas, no consiguió encontrarle ningún defecto, parece claro que su estrategia apenas tuvo éxito. Sin embargo, esto no impidió que Madiba no cejara en su empeño de decirle a quien estuviese dispuesto a escuchar que él sólo había contribuido a marcar el rumbo pero que el camino hacia la libertad no había hecho más que empezar, dando a entender claramente que habrían de ser otros, no superhéroes sino simples mortales como él, los que afrontando innumerables dificultades, habrían de continuar la lucha.

 

Como escribió Richard Stengel, Mandela quería gustar, le gustaba que lo admirasen y detestaba decepcionar. Y, a la vista está que jamás decepcionaba. Para todo el mundo tenía una palabra amable, desarmaba al más pintado con un nuevo gesto de sencillez y humildad, su autoridad moral era incontestable. Pero fue él mismo quien afirmó que no quería ser presentado de forma que se omitiesen los puntos negros de su vida.  No es este el momento de hacer balance de esos «puntos negros», especialmente porque a la luz de sus logros resultan ridículos e insignificantes, pero sí conviene tener muy presente, en este momento de duelo más si cabe, que tal vez lo más extraordinario, lo más fecundo para las generaciones venideras que nos deja el testimonio vital de Mandela fue precisamente, su capacidad de superación, de ensanchar sus propios límites, de plantarse frente al determinismo ambiental, el contexto social y el propio carácter para alcanzar sus fines sin olvidar aquella premisa básica de A.J. Muste –en la que creían, entre otros, su admirado Gandhi–: que «los medios que uno emplea se incorporan inevitablemente a sus fines y, si son malos, acaban por anularlos».

 

Esta dialéctica entre medios y fines, tan característica del pasado siglo, la misma que produjo la ruptura entre Camus y Sartre después de que el primero criticase en El hombre rebelde la vía revolucionaria y la solución soviética, también fue objeto de discusión durante los años que precedieron al encarcelamiento de Mandela y después de que el CNA optase por la lucha armada, entendida, bien es cierto, más como autodefensa que como un método de asalto al poder que el propio líder sudafricano ya consideraba inviable además de contraproducente a la hora de ganar una paz duradera. La victoria solo podría ser plena si se desarrollaba de un modo ejemplar, basada en la justicia, en la Ley y en un tipo de audacia para la que ni la hegemónica minoría blanca ni la deprimida y convulsa mayoría negra estaban preparadas y que él tuvo que aprender a asumir, y a través de su reflejo todos los demás, a lo largo de un duro y extenuante aprendizaje.

 

Trece largos años había consumido el preso 46664 en la isla de Robben, donde pasó dieciocho de sus veintisiete años de cautiverio, cuando Sonny Venkatrathnam, uno de los reclusos, consiguió pasar un ejemplar de las obras completas de Shakespeare en el bloque donde se encontraban los prisioneros políticos y les pidió que marcaran alguno de sus pasajes favoritos. Mandela, sin vacilar, buscó el acto segundo, escena II, de Julio César y abrió una llave sobre el siguiente:

 

«Los cobardes mueren muchas veces antes de morir.

Los valientes prueban la muerte solo una vez.

De todas las rarezas que he oído hasta ahora,

la que más me sorprende es que el hombre tenga miedo,

ya que la muerte, fin necesario,

llegará cuando tenga que llegar.» 

 

La elección de este fragmento es harto significativa del espíritu de rebeldía que alimentó a Mandela durante toda su vida, pero no debe hacernos perder de vista que ese arrojo, del que hizo gala en tantas ocasiones, no era un don divino, sino una elección personal. Para el líder sudafricano, el coraje no reposaba en la ausencia de miedo, sino en aprender a superarlo. No dejar que el miedo te pueda, fingir que se es valiente, mantener la calma incluso en los peores momentos de crisis, fue parte de su éxito y una de las mejores lecciones que podemos extraer de su obra. Parte de ese dominio y disciplina que serían más tarde una de sus principales señas de identidad, los aprendió en la cárcel. En prisión, aquel vehemente revolucionario tuvo que aprender el difícil arte de la contención. El precio que tuvo que pagar para esculpir de tal modo ese espíritu «inconquistable» fue inimaginable, pero aquella severa maestra terminó de forjar al futuro estadista, añadiendo al idealista una capa de necesario pragmatismo.

 

«Somos humanos sólo a través de la humanidad de otros; de que si conseguimos cualquier cosa en este mundo, se deberá en igual medida al trabajo y a los logros de otros», dijo durante los últimos años de su vida dando forma con nuevas palabras a un pensamiento (manifestación del concepto africano de “Ubuntu”, que podríamos traducir por “hermandad”) que había intentado poner en práctica durante décadas. Sin embargo, antes de llegar a creer que nadie era intrínsecamente malo, que nadie nacía con prejuicios o racista, que la maldad es algo que las circunstancias, el entorno o la educación inculca o enseña a los hombres, antes de llegar a la conclusión, en aquella celda de seis metros cuadrados, de que fue el apartheid el que hizo malos a los hombres y no la maldad la que creó el apartheid, Mandela tuvo que aprender a atemperar, a apaciguar, a silenciar, a borrar el resentimiento, el ansia de revancha, a inmolar su propia libertad en el altar de una causa más noble, la de la libertad de los demás, de los que estaban por llegar.

 

Todo esto no lo traía Madiba de fábrica. No estaba predestinado. Llegó a la lucha, como él mismo contó en sus memorias, después de una continua acumulación de pequeñas ofensas. Las «mil indignidades y momentos olvidados, despertaron mi ira y mi rebeldía, y el deseo de combatir el sistema que oprimía a mi pueblo», dijo. A partir de ese momento, se puso en camino. Abandonó la relativamente cómoda existencia que podía haber llevado incluso en aquel régimen de excepción y fue adoptando en cada momento la opción más improbable, más contra natura, con la convicción de que era la mejor. Alzó su voz frente a los patriarcas de su clan, puso su cuello en manos del verdugo, quien se lo conservó a cambio del bien más preciado, la libertad, y lanzó al mar una botella que parecía estar llamada a estrellarse contra las rocas. Y, sin embargo, siguió flotando, asido a un tablón en mitad de un océano de rabia, miedo e incomprensión. Cómo llegó a la conclusión de que tenía que derribar esos muros mentales que podían alejarle de su meta antes de lanzarse a demoler los externos, sigue resultándonos un arcano. Pero, si bien es cierto que la tentación primera, y perfectamente justificable, es querer ver al fallecido símbolo del pueblo africano como un santo, como un ideal irrepetible, como un mito inalcanzable, el mejor acto de agradecimiento que podríamos tributarle, por difícil, por improbable que esto resulte, sería tratar de seguir cada cual en la medida de lo posible, en las dosis que juzguemos asumibles, sin que la nostalgia o la adoración icónica nos paralicen, su aleccionador ejemplo.  

 

Escuchar a líderes mundiales que mandan aviones no tripulados a asesinar indiscrimi­nadamente a población inocente, a mandatarios de gobiernos que hace tres días aún consideraban a Mandela como un terrorista, a jefes de ejecutivo que practican una xenofobia de “baja intensidad” pero que causan un enorme dolor a miles de seres humanos, hablar hoy de «inspiración», resulta la mayor ofensa que se le puede hacer a la figura del desaparecido. Que se le inflija además sobre su cadáver aún caliente, sólo añade a la ignominia una nueva porción de asco y tristeza. Como el propio Carlin escribió hace unos meses, en su agonía el expresidente sudafricano se libró «de tener que contemplar el espectáculo de la sórdida lucha por el poder entre sus sucesores al frente del Congreso Nacional Africano (CNA) y de la corrupción reinante en todos los estamentos de gobierno. Se ha salvado también de ver cómo la gente del presidente Jacob Zuma ha engañado y manipulado la información sobre su salud».

 

Su muerte, «fin necesario», le ahorrará también escuchar ciertas oraciones fúnebres vergonzantes que ni deben empañar nuestro multicolor luto ni hacernos olvidar que Mandela, con sus deslumbrantes luces y sus pequeñas sombras, fue antes que nada un hombre. «Un santo es un pecador que persevera», dijo en cierta ocasión quien a través de su propio sufrimiento llegó a comprender el dolor de los demás. Aquel que sabía que nadie es tan bueno como lo mejor que haya hecho ni tan malo como lo peor. El abuelo de una humanidad que vio nacer en África al primero de los hombres y que hoy aguarda para enterrar en aquel mismo maltratado suelo a uno de sus más dignos descendientes.

Compartir

ImprimirImprimir EnviarEnviar
Inicie sesión o regístrese si quiere identificar sus comentarios.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Más información sobre opciones de formato

CAPTCHA
Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

(*) Campos obligatorios

Al enviar tu comentarios estás aceptando los términos de uso.

ISSN: 2173-4186 © 2019 fronterad. Todos los derechos reservados.

.