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Malabo el blog de Juan Tomás Ávila Laurel


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14 de septiembre, 2013

Con las mieles del postcolonialismo: Guinea Ecuatorial

 

Si los guineanos quisieran alguna vez hacer preguntas sobre sí mismos, la responderían si quisieran y se darían cuenta de que no han salido del mismo sitio en mucho tiempo: Pues señores guineanos, estamos donde siempre hemos querido estar, y  se lo recordamos por segunda vez. Los coches, los teléfonos y los trajes de Tommy Lee los traen los blancos. Son estos mismos blancos los que regentan las únicas escuelas que pueden recibir este nombre en este país, y de este asunto saben mucho los ministros y Pepe Gangoso. Son de la misma raza los que tienen los mejores restaurantes y son los únicos que hacen el pan. Y sobre el pan tenemos que hacer una precisión; no la hacen los guineanos no porque tienen sus comidas étnicas, como esta yuca fermentada que tanto furor hace entre la gente de la misma etnia de Josimar Oyono, sino porque el pan se vende al público y está claro que un factor de pan, un simple sirviente, no puede creer que debe circular en un coche de 50 millones de FCFA. De lo que estamos hablando es que no hay panaderías guineanas en las pequeñas grandes ciudades guineanas porque saldría el listo que se llevaría los millones de la venta del pan, y el negocio se iría a donde están todo lo que llevan, como el sistema de educación, o el  fútbol mismo.

 

El fútbol mismo, que debería ser lo más representativo de nuestra guineanidad, está tan emblanquecido que da pena. Así que, pasando brevemente por el hecho de que instructores blancos son traídos de Nazaret para encorajinar a los chicos que no han hecho la secundaria, y así sirven al Patrón en el futuro, podemos decir que todo está en manos extranjeras, el petróleo, más, y solamente los guineanos, capitaneados por generales analfabetos de WN, se dedican a reprimir, a exigir sobornos y a malgastar el dinero trabajado por otros. Estas tres áreas siempre estarán en manos de ellos.

 

Esta es la radiografía de un país independiente, donde los habitantes, y tres veces al año, se visten de sus galas para celebrar el día de la independencia, festejos que tienen inicio el 12 de octubre. Si preguntaran a los guineanos sobre su país, dirían que son independientes, abajo el colonialismo; si insistieras y pusieras sobre la mesa los elementos que desmienten esta independencia, se pondrían un poco serios y dirían que todo lo que dicen es obligado, porque tienen que defender su pan. O sea, un trabajo, si es mínimamente bien pagado, que funciona porque un extranjero, un blanco, no se lleva a casa ni la escoba ni el cubo de fregar, ni tampoco vacía el depósito del coche del personal para vender este combustible en el barrio Los Ángeles. Si sigues insistiendo y preguntas a cualquier guineano por qué toleran que un simple jefe tradicional, o un diputado, pueda dar una paliza a un ciudadano porque se siente afrentado, dirían que no reaccionan porque defienden el pan, que están buscando el pan de sus hijos, de ahí que se callan.

 

Bien, si los guineanos no tuvieran este furor por escaparse de sus zonas rurales, y que, además, supieran leer, recordarían que la búsqueda de pan para su prole ya lo hacen las gallinas, que un ser humano, más avanzado ontológicamente que una gallina, vulgar ave sin raciocinio, enseña a sus hijos a buscar el pan, y a saber conseguirlo en unas condiciones en que no suponga menoscabo alguno a sus cualidades como persona, un ser complejo y perfectible que no solamente vive del pan. Ahora sí, vayan sabiendo los guineanos, que dejan que crezca cualquier inmundicia sobre su cabeza, y porque defienden el pan de sus hijos, que pueden crecer con la garantía de tener este pan extranjero, que ya es inevitable, pero corren un gran peligro de que estos hijos sean unas bestias. Del peligro pasamos a hechos reales, de estos jovencitos que son capaces de descerrajar un tiro a quien tuviera delante ante el agravio menor, incluso cuando no hay agravio alguno, sino asustados de no ser nada absolutamente.

 

Si callarse todas las afrentas se justifica por la defensa del pan, no mover un músculo del cuerpo ante los abusos de los generales y sus esbirros porque se defiende la vida está muchísimo más justificado. Y es que, morir, dejarse matar cuando se puede seguir comiendo este pan, explicitado en otras ventajas, como estar al volante de un 4X4 flamante y ser la envidia de la vecindad, es acto de tontos. Bien, es verdad universal que la defensa de la integridad humana está por encima de cualquier otra ventaja. O sea, es un signo palpable de debilidad como ser humano poner por delante el disfrute de cualquier ventaja a defender la vida. O sea, es verdad que la muerte no es el final, no se debe defender la vida a cualquier precio. Si no fuera así, no habría gente que prefiriera perder la vida por no seguir sometido a la inhumanidad. Cierto, en las condiciones de los guineanos, que soportan cualquier cosa para defender unas migajas, decir que la muerte no es el final son palabras mayores. Pero eso sí, cuando ante una arbitrariedad se sabe encontrar actos que puedan justificar la falta de respuesta, entonces se puede decir sin poder equivocarse que los que lo hacen  aceptan su destino. Ah, hay muchos guineanos que, amparados en el hecho legal de haber sido ciudadanos de una antigua colonia para reclamar la ciudadanía española, claman desde lejos por la sinrazón instalada en su país. Bien, no hay ningún derecho ciudadano conseguido sin la mediación del sacrificio de hombres y mujeres. Podría estar ocurriendo que la actitud silente y ventajista de muchos guineanos que están bajo la cobertura de otra legalidad sea debida a que creen que se lo merecen porque, irremediablemente, son negros. Y entonces volveríamos a empezar: el pan, los coches, la escuela, el hospital…

 

Malabo, 14 de septiembre de 2013

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