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Malabo el blog de Juan Tomás Ávila Laurel


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21 de diciembre, 2014

Obiang, nos has matado

 

Ayer mismo un señor nacido en estas tierras me hablaba de las tremendas dificultades que él y otros tuvieron para levantar las casas en las que actualmente viven, casas, por otra parte, carentes de cualquier tipo de comodidad, y sin atisbo alguno de que se levantaran siguiente criterio estético alguno. O sea, casas feas, como muchas de este país. Pues empezaron yendo de un sitio para otro en busca del líquido elemento, desde ríos, pasando por fuentes próximas a su lugar de elección, y la nota dramática de su relato constituyó el cuento de cuando se desvivían en la esperanza de la lluvia, y saltaban ante el indicio mínimo de su irrupción, recogiendo, con cubos, las aguas de los charcos resultantes del mentado fenómeno atmosférico y llenando sus bidones. O sea, si llovía de noche, y aun se tratara de noche avanzada, no dormían, zombis en busca del líquido vital. El agua necesaria para mezclar el cemento y levantar una pared.

 

Así siguieron durante muchos años, superiores a los 15, y se empezó a vender agua en camiones, pasando por la excavación de algunos pozos en puntos determinados de los barrios elegidos. Pero para llegar aquí pasaron las de Caín, y hoy muchos siguen con sus casas inacabadas, aunque se libraron, por fin, de los escandalosos desembolsos para satisfacer a los dueños caprichosos que les alquilaban.  Aun así, cuando recuerdan los largos años pasados en busca del agua, y en la espera de la lluvia, todavía jadean por el esfuerzo hecho, y mirando atrás, dirían: Obiang, no has matado. Esta frase se dice, en la zona guineana en la que me criaron, cuando como resultado de una omisión o un mal desempeño de uno, otra persona que de él dependía sufre un contratiempo, con resultados dolorosos. Por ejemplo, que alguien no llegue pronto a casa con la llave y tengas que pasar parte de la noche recostado en una piedra, para el dolor de tus espaldas, riñones y todo lo susceptible de resentirse por este hecho. Lo de matar sería sentido figurado, pero en el título de hoy es un matar literal. Si se dijera en la lengua de donde me criaron, saldría una frase tan tremenda que sólo la pronuncian los mayores, que traducido quedaría como le mató con un golpe.

 

Esto lo cuento porque hace unos días un chaval iba al volante de un coche en el que ganaba la vida como taxista y el destino circulatorio le hizo parar enfrente mismo del cuartel de Ela Nguema. Lo llaman campamento, pero es cuartel. Pues como la circulación no era fluida, el soldado que ahí defendía lo que sólo él sabía encontró peligroso que aquello ocurriera, y tras el intercambio de tres palabras con el taxista, disparó sobre él y, de un golpe tremendo, como se diría en mi pequeña tierra, le quitó la vida. Y aquí debemos parar. ¿Qué vio el militar, que debía ser un postadolescente, para hacer aquello? Que un triste taxista, y en un coche reconocible, representaba tal peligro para el país, y para su jefe, el dictador, que juzgó necesario actuar de aquella manera, no vaya a ser que estuvieran hablando de un peligroso terrorista armado hasta… Pero lo dramático de este asunto es que este chaval tan contundente debía vivir en este infame, antinatural y vergonzoso asentamiento que hay enfrente del cuartel, un lugar incalificable que si da cobijo a alguien es simplemente por la imposición irracional en la que están sumidos los guineanos. Además, y esto debe constar en el acta, el citado lugar, el cuartel, está en obras, y ahí están los chinos yendo de un sitio para otro, con toda su maquinaria y el material de obra, así que era imposible que entre tanta maquinaria y cemento hubiera ahí cualquier almacenamiento de armas que justificara aquella conducta. Y si hubiera, sería algo que sería la prueba de la esquizofrenia en la que muchos están obligados a vivir. No hay ninguna razón para que un guineano mate a otro teniendo en cuentas las condiciones descritas, persistentes hasta la hora en que se firma este artículo y de las que todos pueden dar fe.

 

Es la misma esquizofrenia que justifica el hecho de que un miserable ser que pasa sus días y noches en semejante sitio, y está bien que todos vayan a verlo antes de que lo quiten, crea que todavía tiene algo que defender, el país, la nación, el ejército, la honra, etcétera, y sea a costa de segar la vida de un triste taxista que procuraba, con su  ir y venir, y a costa de sacrificios varios, atender la vida de los suyos. Pero va más allá de la esquizofrenia saber que, muerto y enterrado, o muerto y con el cuerpo presente, los agentes del poder se acercan a su casa y ofrecen un dinero por el daño causado. No es hiriente, es más, y sabe Dios lo que pasaría si personas miserables no tuvieran que defender algo desconocido a cambio de segar la vida de otros.

 

Obiang, nos has matado, y todavía no hemos dicho nada sobre todos los millones regalados en todo el mundo por todos los miembros de tu familia y amigos mientras hombres sencillos se rompían las espaldas para acopiar un poco de agua, pudiendo tenerla en abundancia. Pero que pase lo que vaya a pasar con el asunto de los que se mueren a manos de los que te defienden, y del chico bubi recién asesinado, y siendo muerte literal, nos estamos acercando a lo que no queremos: que tengamos que decir, y delante de todo el mundo, que la dirección hacia nuestro corazón es esta y que quien quiera apriete el gatillo.

 

Malabo, 21 de diciembre de 2014

 

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