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Entrada libre el blog de Juan Ignacio García Garzón


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27 de octubre, 2018

‘Un bar bajo la arena’, la leyenda del Mari Guerri

 

La melancolía es un estado de ánimo y la nostalgia un sentimiento muchas veces tramposo que encharca la percepción con cazos de almíbar administrados a discreción. ¿Es nostalgia lo que siento cuando sumerjo la cabeza en la arena de raigambre lorquiana bajo que ha vuelto del pasado el bar del María Guerrero? No, no hay nostalgia, sino celebración. De una fecha (los cuarenta años del Centro Dramático Nacional), de unos montajes, unos autores, unos directores y, sobre todo, unos actores, los médiums que hacen arder en cada función el milagro del teatro. Y hay celebración, también, del teatro mismo, esa brasa incólume que nos reconforta e inquieta cada vez que se alza el telón (aunque, como en este caso, no haya telón alguno).

 

Hay si acaso, lo reconozco, un brisa melancólica por el tiempo pasado, empapada de alegría por revivir algo de lo vivido desde la butaca de espectador, por revisitar, o disfrutar por vez primera, los ecos que nos devuelve un artefacto que juega con la memoria y es memoria viva, magistralmente manufacturado por José Ramón Fernández y Ernesto Caballero, dos cómplices que nos sirvieron venturosamente en comandita La colmena científica o El café de Negrín (2010), en este mismo espacio, y El laberinto mágico (2016), en el Valle-Inclán. Con el primer título obtuvo el autor el Premio Nacional de Literatura Dramática en 2011, y con el segundo, en 2017, el Premio Max a la mejor adaptación por su extraordinario trabajo para encauzar sobre el escenario el caudaloso texto de Max Aub.   

 

Tenía ganas de escribir alguna vez que José Ramón tiene una magnífica cabeza balcánica, como sacada de un cartel propagandístico del realismo socialista, y volcánica –perdonen el chiste– que entra en erupción y luego se remansa en una escritura teatral rigurosa y honda, en la que late ese temblor misterioso de lo que permanece sepultado bajo las palabras. Me emociona todavía recordar el impacto que en el quicio entre este siglo y el pasado supuso la Trilogía de la juventud, escrita en colaboración con Yolanda Pallín y Javier García Yagüe. Y me apasiona su Nina, con la que logró el Premio Lope de Vega en 2003 (un privilegio haber formado parte de aquel jurado). Y tengo una deuda de gratitud por lo bien que me lo hizo pasar con una finísima joya del, digámoslo así, realismo fantástico: La ventana de Chygrynskiy (2011). Por citar algunos títulos.

 

Pero ahora toca hablar de Un bar bajo la arena, cuya atmósfera, me parece a mí, comparte con La ventana…, multiplicados, el vuelo poético, la gracia evocativa, la emoción chispeante, la magia alegre y el encanto limpio. Ese bar o cafetería existió hasta hace finales del siglo pasado en el María Guerrero, justo donde hoy está la Sala de la Princesa, en la que Monica Boromello ha realizado el sortilegio de hacer brotar de nuevo la barra del establecimiento legendario en el que coincidían gente de la farándula y clientes de a pie, cómicos de paisano y actores que en ocasiones aprovechaban el descanso de un ensayo o de la función en la que estuvieran trabajando para, sin despojarse de sus atavíos escénicos, tomarse un piscolabis antes de proseguir con lo suyo. Janfri Topera es Blas, el sumo sacerdote de ese templo del tentempié y el gin-tonic, un camarero que resume a todos los buenos camareros y que en un momento se convierte en el Goya de El sueño de la razón, de Buero Vallejo. Porque este es el juego de celebración y memoria: los intérpretes de Un bar bajo la arena se transmutan en personajes de obras que se representaron en el María Guerrero y al tiempo en los actores que encarnaron a esos personajes. Un delicado engranaje de perfiles superpuestos, teatro, metateatro y requeteatro, que la dirección de Ernesto Caballero hace fluir de forma natural sin artificio, puro arte de la interpretación, puro arte.

 

Maribel Vitar y Pepe Viyuela en la barra de Un bar bajo la arena

 

Hablaba antes de los actores como médiums. En este caso, quien activa la conexión entre el pasado y el presente es José María, un teatroadicto que guarda antiguos programas y acude habitualmente a la cafetería como quien visita un santuario. Lo encarna un Pepe Viyuela lunar, reconcentrado y volátil, que, tocado con el canotier que Buster Keaton le tomó prestado a Harold Lloyd, se transmuta en ese Pamplinas (así se llamó en tiempos en España a Buster) que Lorca hizo pasear a las afueras de Filadelfia en sintonía con el que, por los mismos años, Alberti puso a buscar a su novia, que era una verdadera vaca. Y más tarde es Max Estrella con la mirada elegíaca de José María Rodero prendida en los ojos yertos, mientras camina junto a ese lazarillo abyecto que es don Latino, encarnado por Juan Carlos Talavera, que evoca al tiempo a Carlos Lucena, culmina también un ayudado por alto ante los cuernos de don Friolera y se ajusta a los rasgos del general Manon y a la sombra de Andrés Mejuto, que en 1965 y a las órdenes de José Luis Alonso interpretó ese personaje de A Electra le sienta bien el luto.

 

El suma y sigue es inagotable. Aparece de pronto la Sgricia de la pirandelliana Los gigantes de la montaña que, con la cabeza llena literalmente de pájaros, asumió en 1977 la entrañable Aurora Redondo, mimetizada ahora por Isabel Dimas, asimismo la Doña Rosita lorquiana bordada por Nuria Espert. Una técnica se transforma en la vertiginosa Práxedes de Eloísa está bajo un almendro que en 1984 hizo Lola Mateo y ahora dibuja Maribel Vitar, actriz morrocotuda en cuya arquitectura corporal anidan el atractivo rotundo de Jane Russell y la vis cómica de Mary Santpere. Trisca admirablemente por el escenario Julián Ortega bajo la piel perruna y loca del Fuso Negro de las Comedias bárbaras, y se asoman juntos el pastor bobo de El público y el joven Juan Echanove que lo interpretó, resumidos ambos en un mismo trazo por Francisco Pacheco. Con un escalofrío de inquietud y placer contemplo a Waclaw y Leslaw, esos trágicos Hernández y Fernández que el gran Tadeusz Kantor aposentó en su formidable Wielopole Wielopole; les dieron cuerpo los gemelos Janicki y en la función los perfilan con vigor mellizo Daniel Moreno y Jorge Basanta.

 

Presencias, homenajes, recuerdos… El propio José Ramón Fernández, encarnado por Basanta, se toma la licencia hitchcockiana de aparecer un momento para dar un abrazo emocionado a Josep Maria Benet i Jornet tras la evocación de Motín de brujas. Y, con los rasgos de Carmen Gutiérrez, veo a mi queridísima Rosana Torres en su etapa de motera ebúrnea, con casco, mono de cuero negro y la urna con las cenizas de su padre apoyá en la cadera, quedar en el bar del Mari Guerri con su luego marido Ramón… Creo que se nota que me ha gustado mucho y por muchos motivos una función que recomiendo vivamente; para disfrutarla más les sugiero que adquieran el texto, publicado por el CDN en su colección Autores en el Centro. Quiero advertirles no obstante de un fallo garrafal de este montaje, incomprensible en un trabajo tan cuidado: ¿cómo no se ha pensado en facilitar al público, en una barra ad hoc o través de una máquina expendedora, los míticos sándwiches de anchoas y queso que fueron santo y seña de la cafetería? Yo me quedé con ganas de tomar uno y seguro que muchos espectadores también.              

 

 

 

Título: Un bar bajo la arena. Autor: José Ramón Fernández. Dirección: Ernesto Caballero. Escenografía: Monica Boromello. Iluminación: Tomás Muñoz. Vestuario: Juan Sebastián Domínguez. Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo. Intérpretes (por orden alfabético): Jorge Basanta, Isabel Dimas, Luis Flor, Carmen Gutiérrez, Ione Irazábal, Daniel Moreno, Julián Ortega, Francisco Pacheco, Raquel Salamanca, Juan Carlos Talavera, Janfri Topera, Maribel Vitar y Pepe Viyuela. Teatro María Guerrero, Sala de la Princesa. Madrid. Miércoles 26 de septiembre de 2018.

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