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Entrada libre el blog de Juan Ignacio García Garzón


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21 de diciembre, 2018

‘Rojo’, los colores de la vida

 

Le sientan bien a Juan Echanove los personajes fuertes, exagerados, en los que puede introducirse a fondo para forzar las costuras y probarse a sí mismo. Y a él se nota que le gustan. Recuerdo ahora su tremendo patriarca Fiódor en Los hermanos Karamázov, su atormentado Quevedo en Sueños, dirigido en ambos casos por Gerardo Vera, o su convulso Michel de Plataforma, bajo la batuta de Calixto Bieito. En Rojo asume otro personaje formidable: el pintor Mark Rothko (1903-1970) enfrentado en 1958 al gran proyecto –extraordinariamente bien pagado– de pintar una serie de murales para un exclusivísimo restaurante de Park Avenue, el Four Seasons, enclavado en el edificio Seagram, un referente arquitectónico diseñado por Mies van der Rohe y Philip Johnson. Más o menos como crear las pinturas que se colgarán en la mejor capilla de una catedral moderna y laica.

 

El dramaturgo y guionista estadounidense John Logan (California, 1961) –tres veces candidato a un Oscar, dos de ellas al mejor guión original por los de Gladiator (Ridley Scott, 2000) y El aviador (Martin Scorsese, 2004), y la otra al mejor guión adaptado por el de Hugo (Martin Scorsese, 2011)– imagina en Rojo el proceso de creación de esos cuadros imponentes, reconcentrados, manantiales de intensidad y misterio, y confronta al artista con un joven ayudante, Ken, lo que da pie a que uno de los dos grandes exponentes del expresionismo abstracto –el otro sería Pollock– exponga su visión del arte y, de alguna forma, guíe al aprendiz por un camino que le permitirá no aprender a pintar, sino a pensar la pintura, porque, como afirma Rothko en un momento de la función, pintar es pensar, la tarea de extender la pintura sobre el lienzo es solo un diez por ciento del trabajo de creación. Más que una lección de arte es una lección de vida lo que ese pintor obsesivo, tan apasionado como egocéntrico, transmite al muchacho, a quien advierte, de entrada, que él no es su maestro ni su rabino, no es tampoco su padre ni su psiquiatra, ni un amigo, sino su jefe, quien le paga para que mezcle colores, le prepare los lienzos o vaya a comprarle tabaco. Pero, al tiempo, le advierte de que si quiere ser pintor, tiene que saber de literatura, teatro, música, arquitectura, filosofía... Y le previene contra la ligereza con que se banalizan las manifestaciones artísticas y la exigencia de que todo tenga que ser divertido.

 

Así, en el torrencial discurso del artista –nacido Marcus Rothkowitz en Letonia, en el seno de una familia judía– se mezclan las referencias admirativas a Picasso, Turner, La conversión de san Pablo de Caravaggio que se expone en la iglesia de Santa María del Popolo, El estudio rojo de Matisse, La fiesta de Baltasar de Rembrandt o la escalera de la Biblioteca Laurenciana de Miguel Ángel. Y también alusiones a El origen de la tragedia de Nietzsche, en la que el ayudante, tras leer la obra animado por la vehemencia con que la cita su jefe, cree encontrar en la contraposición de las figuras del imaginativo y caótico Dionisos y el armónico y luminoso Apolo, la tensión entre Pollock y Rothko, dionisíaco el primero y apolíneo el segundo. En su propia obra, el artista ensimismado ve vibrar la tragedia.      

 

La determinación con que Rothko asume el arte es la de un fanático religioso convencido de la dimensión trascendente de sus creaciones, tanto que afirma controlar personal y minuciosamente sus exposiciones para proteger el encuentro de los espectadores con sus obras. “Un cuadro –escribió– vive en función de quién le acompañe: se ensancha y crece ante los ojos del observador sensible, pero muere de la misma manera”. Ken, tímido al principio, afila su carácter y va apuntando las contradicciones de su no maestro, quien, si se ufanaba de haber pisoteado el cubismo y el surrealismo, es decir, asesinado a sus padres, desconfía de la oleada de jovenzuelos banales, comandados por Jasper Johns, Rauschenberg, Lichtenstein y Warhol, que bajo la bandera del Pop Art se enfrentan con descaro y ligereza al entronizado expresionismo abstracto, o lo que es lo mismo: están llamados a asesinarlo a él, que es consciente de ello y de su declive: el negro devorando al rojo.

 

Rothko condena a quienes se traicionan a sí mismos convirtiendo su arte en una comercial repetición inane o vendiéndose al mejor postor, y al cabo su ayudante le espeta que probablemente eso viene a ser el encargo del Four Seasons. Un tenso pulso que concluye cuando tras la discusión el pintor acude a cenar al lujoso restaurante y comprende que ese no es el lugar para sus obras, por lo que decide devolver el suculento anticipo recibido y renunciar al proyecto, quedándose él mismo con sus creaciones. Al parecer, Rothko estuvo un año trabajando en ese encargo y creó una copiosa serie de más de treinta pinturas, aunque únicamente se habrían podido colgar siete en el local. Fue una experiencia intensa en la que el artista exploró límites a los que nunca antes había llegado: con los murales –afirmó– he aprendido “a extenderme más allá de lo que creía que era posible para mí”.

 

Los dos protagonistas en la imagen elegida para el cartel del montaje

 

La obra de Logan resulta en mi opinión apasionante incluso para los legos en arte contemporáneo. Hay en ella momentos cómicos y otros de gran tensión dramática y exaltación creativa. Rothko es un turbión de ideas, todo un personaje en evolución que tiene en Ken un contrapunto perfecto. Michael Grandage dirigió el estreno en Londres, en Donmar Warehouse, antes de que subiera al escenario del Teatro John Golden de Broadway con Alfred Molina como Rothko y el hoy muy popular Eddie Redmayne en el papel del ayudante. La producción, que obtuvo seis premios Tony, entre ellos uno para Redmayne y otro como mejor obra, se ha repuesto en julio de este mismo año en el londinense Wyndham’s Theatre con el único cambio de Alfred Enoch como Ken.

 

Si en el montaje de Grandage la obra comienza con Rothko dando la espalda al público, absorto en la contemplación de una de esas obras de las que emana una sensación de espiritualidad conseguida a base de la superposición obsesiva de capas de color y veladuras, en la puesta en escena que firma Echanove el artista mira fijamente esa cuarta pared transparente donde cuelga la hipotética obra que lo mantiene concentrado de cara a los espectadores. De ahí que que cuando inquiere al recién llegado Ken qué es lo que ve, la pregunta flote en el aire hermética y sagrada, como si fuera la llave de un revelación trascendente.

 

El Echanove director saca buen partido de todos los efectismos de una obra que es en esencia una reflexión sobre el arte y, por extensión, sobre la vida, concebidas ambas de manera insobornable. Logra momentos de mágica compulsión, como la escena en el que Rotho y Ken combinan exultantes brochazos a dúo para aplicar la base ocre de una obra, y otros en que el fuego de la creación reflexiva parece aletear sobre la cabeza del pintor como si la llama del Espíritu Santo se hubiera posado sobre su frente. Echanove se deja llevar por la explosividad del personaje y veces cruza la línea del exceso, algo a lo que suele ser proclive si ningún director lo frena, pero en otras se remansa en la pausa, dejando que el dolor del artista respire cuando comprende que avanza hacia la consumación; una gran interpretación la suya. En la representación que yo vi, parecía tener afectada la voz por una cierta ronquera, pero eso, a mí me lo pareció al menos, ayudaba a subrayar el torturado carácter del creador. Frente a él, Ricardo Gómez acierta en el proceso de crecimiento de su personaje, reclamando su lugar en el discurso y dando progresivo relieve al papel de ese ayudante, también joven artista, que se atreve a desafiar a su elusivo mentor, es decir, a existir por sí mismo.

El espacio escénico de Alejandro Andújar recrea la amplitud de un estudio con un panel al fondo donde cuelga la obra en ejecución, hay otras obras apoyadas en las paredes, pero solo se ve de ellas el reverso del lienzo en el bastidor; un ámbito de combate, de confrontación con la superficie en blanco de la que habrá de brotar esa tragedia de la que el pintor hablaba. Y la luz, esa luz que huye de la luminosidad natural tanto como de la excesiva, mortal según Rothko para las obras, la materializa Gómez-Cornejo en una prodigiosa armonía de claroscuros que inusitadamente rompe un golpe de luz restallante con el que el artista ejemplifica su teoría. La función que yo presencié se cerró con una larga y copiosa salva de aplausos que obligó a los actores a salir a saludar repetidamente.  

         

Título: Rojo. Autor: John Logan. Traducción. José Luis Collado. Dirección: Juan Echanove. Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo. Selección musical: Gerardo Vera. Producción: Mikel Gómez de Segura y Zuriñe Santamaría. Intérpretes: Juan Echanove y Ricardo Gómez. Teatro Español. Madrid. 14 de diciembre de 2018.

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