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Entrada libre el blog de Juan Ignacio García Garzón


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25 de enero, 2019

'El castigo sin venganza', una pasión culpable

 

Hay algo de rebelde reafirmación como autor en El castigo sin venganza, obra que un crepuscular Lope de Vega (1562-1635) escribió al borde los setenta años. Una suerte de reivindicación de su escritura y su genio teatral cuando en los escenarios de la Corte iban reclamando su espacio un grupo de dramaturgos jóvenes encabezados por el robusto Calderón de la Barca (1600-1681). Celos teatrales aparte, al parecer este se había ganado en 1629 la enemistad del Fénix cuando acompañado por sus hermanos perseguían a un actor e irrumpieron en el madrileño Convento de las Trinitarias Descalzas, donde se encontraba sor Marcela de San Félix, hija de Lope y la actriz Micaela de Luján (con la que tuvo al menos cinco vástagos). Pese a todo, al veterano dramaturgo no le dolieron prendas para elogiar en El laurel de Apolo el talento de su joven competidor.

 

Pero es otra historia. A lo que íbamos: el manuscrito autógrafo de El castigo sin venganza está fechado el 1 de agosto de 1631, cuando Lope atravesaba en una etapa personal muy dura. Su gran y último amor, Marta de Nevares, la Amarilis de su versos y la Marcia Leonarda de las novelas, veintinueve años más joven que el escritor, se había quedado ciega años antes y también padecía desequilibrios mentales que quebrantaron su salud, falleciendo el 7 de abril de 1632. Este Lope de 69 años, sacerdote desde 1614, abatido por el doloroso declive de la mujer que amaba, acuciado por la fortuna adversa de algunos empeños personales y arañado por los achaques de la edad, fue capaz de componer una de sus más bellas, desoladoras y trágicas piezas, que contiene algunos de los más hermosos versos de amor de la lírica española, como el estremecedor y turbulento caudal de quintillas con que concluye el segundo acto (“En fin, señora, me veo / sin mí, sin vos y sin Dios: / sin Dios, por lo que os deseo; / sin mí, porque estoy sin vos; / sin vos, porque no os poseo”).


Como falsilla de la trama utilizó la novella 44 del italiano Matteo Bandello (1490-1560), Il Márchese Niccolo terzo da Este trovato il figliuolo con la matrigna in adulterio, a tutti dui in un medesimo giorno far tagliar il capo in Ferrara, como señala el profesor Joseph V. Ricapito, de la Universidad de Louisiana, en su artículo De Bandello a Freud y Lacan: El castigo sin venganza de Lope de Vega (publicado por la Facultad de Filología y Literaturas Hispánicas de la Universidad de Buenos Aires en 2005). El texto del piamontés recogía al parecer los ecos de un hecho real ocurrido en Ferrara en 1425: Nicolás III de Este ordenó la ejecución de su segunda esposa, Parisina Malatesta, y de su propio hijo natural Hugo de Este, acusándolos de mantener una relación amorosa clandestina. Las doscientas catorce novelas breves que compuso Bandello, epígono de Bocaccio, sirvieron de caladero argumental de temas de cierta truculencia , con mezcla de pasiones desaforadas y hechos sangrientos, a numerosos autores posteriores que se inspiraron en ellas para desarrollar piezas propias, cosa que, entre otros, hicieron Shakespeare (Romeo y Julieta, Noche de Reyes, Mucho ruido y pocas nueces) y nuestro Lope, que, además del título objeto de estas líneas, pescó en Bandello los asuntos de Castelvines y Monteses, El desdén vengado, La difunta pleiteada y algunas comedias más citadas por Antonio Gasparetti en su obra Las ‘Novelas’ de Mateo María Bandello como fuentes del teatro de Lope de Vega Carpio, editada por la Universidad de Salamanca en 1939, con una rotunda especificación cronológica: “Año de la Victoria y XVII del Fascismo”; cosas de los tiempos.


La licencia de representación de El castigo sin venganza está fechada el 9 de mayo de 1632; la obra fue publicada como suelta en Barcelona por Pedro La Caballería en 1634 y un año después incluida en la Parte XXI de las comedias de Lope, ordenada por el autor, aunque fue publicada después de su muerte a instancias de su hija Feliciana, fruto de su matrimonio con la segunda de sus esposas, Juana de Guardo, y que fue la única de sus descendientes que le sobrevivió, según datos extraídos del copioso estudio preliminar de Federico Carlos Sainz de Robles para las Obras escogidas de Lope publicadas por Aguilar (dicho estudio está fechado en agosto-noviembre de 1945, aunque los volúmenes que manejo fueron impresos en México en 1991). En una edición lisboeta de 1647, apareció El castigo con el subtítulo de Cuando Lope quiere, quiere, una suerte de reconocimiento admirativo por la calidad de una obra que, no obstante, ha tardado en formar parte del canon lopesco. El caso es que en su momento, según indica el dramaturgo en el prólogo a la tragedia, solo se representó un día “por causas que al lector importan poco”. Se ha especulado que esas causas podrían ser un conflicto de origen literario, las propias de la incertidumbre y los vaivenes de la profesión teatral e incluso de índole sociológica, al abordar una relación incestuosa entre un joven y su madrastra, y hasta política, pues según algunas opiniones su trama podría evocar el duro enfrentamiento entre el infante don Carlos y Felipe II, amén de contener una velada alusión a las licenciosas costumbres de Felipe IV. Yolanda Mancebo Salvador –que cita a José María Díez Borque para indicar que representar un día “no es sinónimo de una única función, sino que es expresión sinecdótica que puede referirse a un corto periodo de tiempo en la escena”– cree que “quizás no haya una única razón: el género (una tragedia casi pura, cuyos elementos cómicos están neutralizados) y el reparto (tres personajes protagónicos con un elenco que no constituye una mera comparsa, sino que se implica directamente en el conflicto principal) no se ajustaban a la vida escénica y a los gustos del público hasta hace bien poco” (El castigo sin venganza, a la conquista del repertorio: Anuario Lope de Vega. Texto, literatura, cultura, XXIV (2018), pp. 200-242).

 

 


Rafa Castejón y Beatriz Argüello en una escena de El castigo sin venganza

 

 

Como me parece que estoy poniéndome estupendo, voy a detenerme aquí en la acumulación de referencias, para mí apasionantes aunque quizás no lo sean tanto para el amable lector. Y comentaré que este bellísimo drama de amores desgraciados narra cómo Federico, hijo bastardo del libertino duque de Ferrara, se enamora fatalmente de su madrastra Casandra y es correspondido, pues el duque desdeña a su esposa tras la noche de bodas y prefiere la compañía de prostitutas, lo que, unido a su marcha a una guerra en auxilio del Papa, allana el camino para la relación entre esos dos jóvenes con afinidades de edad e inquietudes. Inevitablemente el padre y marido se entera y trama un castigo terrible. Lope urde a estos efectos un complejo final pródigo en equilibrios conceptuales, coartadas morales y fingimientos sociales, de tal modo que el duque de Ferrara propicia la muerte de Casandra a manos de un engañado Federico y luego ordena la ejecución de este por el crimen. Un plan que el de Ferrara lleva a cabo sin mancharse las manos de sangre y, tal vez lo más importante para él, sin hacer pública la afrenta al honor que le han infligido los amantes, ciegamente entregados a una pasión oscura y devoradora. Además, así resuelve de forma tajante un posible conflicto político.


Helena Pimenta, directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), ha concebido un montaje impregnado de calidades sombrías, que restallan en la contraposición entre el luminoso y alegre primer encuentro de Federico y Casandra al aire libre, cuando el primero salva la vida a la segunda sin saber que es la prometida de su padre, y la tenebrosa solemnidad de las estancias del palacio de Ferrara donde transcurren sus contactos sucesivos, acechados por el miedo, la culpa y una vibración lujuriosa. Pimenta sabe desplegar los delicados aromas psicológicos de los personajes, agitados por tormentas interiores contrapuestas.


Recuerdo aún vivamente la gran impresión que me produjo la primera puesta en escena que vi esta obra, dirigida por Miguel Narros en 1985, con escenografía de Andrea D’Odorico y protagonizada por el gran José Luis Pellicena, fallecido hace pocas semanas, en el papel del duque de Ferrara y con Ana Marzoa y Juan Ribó como Casandra y Federico, respectivamente. Pimenta está casi a la altura de aquel empeño, y digo casi porque tal vez mi recuerdo magnifique el montaje de Narros. En mi opinión falta aquí algo de intensidad en el clímax final que desemboca en la muerte de los dos amantes, pero se aporta por medio de un espejo, ojo vigilante y reflejo de la traición y el castigo, una perspectiva muy sugestiva de cómo el duque es testigo de los amoríos incestuosos. En cualquier caso, la función es espléndida técnica y artísticamente.


Encabeza el reparto un imponente Joaquín Notario, jupiterino y luciferino al tiempo como el duque de Ferrara. Junto a él, Beatriz Argüello aporta a Casandra una inquietante elegancia sacudida por un envés de ferocidad carnal, y Rafa Castejón, en uno de sus más delicados trabajos, es un Federico trémulo de amor, agitado por la incertidumbre y movido por una amalgama de pasión y rabia. Nuria Gallardo, que encarna a Aurora, despechada prometida del joven, da cumplidas muestras de su calidad interpretativa. Carlos Chaparro como el gracioso Batín, criado de Federico, Javier Gonzaga en el papel del marqués Gonzaga, componente del séquito de Casandra, y Lola Baldrich, que asume tres personajes ancilares femeninos, cumplen con sus cometidos de manera brillante, bien secundados por el resto del reparto.     

Si en la anterior aproximación de la CNTC a este gran título de Lope, que efectuó Eduardo Vasco en 2005, se situaba la acción en la Italia fascista de Mussolini, con profusión de camisas negras, uniformes y correajes, esta vez la ambientación sugiere un entorno entre finales del siglo XIX y principios del XX, por la indumentaria, militar o civil, de los hombres y los trajes de las mujeres, según los estilizados figurines de Gabriela Salaverri. En estas variaciones de épocas a que son sometidos con frecuencia los clásicos hay quizás más razones estéticas que dramáticas. La iluminación de Gómez Cornejo es, como en él es habitual, magnífica, rica en matices y perfilados, consiguiendo texturas catedralicias con una luz lateral que enciende la escena de amor en que se recitan las quintillas citadas al principio. Ligera y eficaz, la sugeridora escenografía de Mónica Teijeiro y estupendamente elegidas por Ignacio García las acotaciones musicales.

 

 

El castigo sin venganza. Autor: Lope de Vega. Versión: Álvaro Tato. Dirección: Helena Pimenta. Escenografía: Mónica Teijeiro. Vestuario: Gabriela Salaverri. Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Selección y adaptación musical: Ignacio García. Coreografía: Nuria Castejón. Asesor de verso: Vicente Fuentes. Intérpretes: Joaquín Notario, Beatriz Argüello, Rafa Castejón, Nuria Gallardo, Carlos Chamarro, Lola Baldrich, Javier Collado, Alejandro Pau, Fernando Trujillo, Anna Maruny (coro) e Íñigo Álvarez de Lara (coro). Lugar: Teatro de la Comedia. Madrid. Fechas: Del 21 de noviembre de 2018 al 9 de febrero de 2019.

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