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Entrada libre el blog de Juan Ignacio García Garzón


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26 de febrero, 2019

Los otros mundos de Juan Mayorga

 

Encadena dos montajes en Madrid Juan Mayorga (Madrid, 1965), que ha dirigido en el Teatro Valle-Inclán su obra El mago y repetido en ambas facetas de autor y director en el Teatro de la Abadía con Intensamente azules. Las dos piezas parten de sendas anécdotas personales que le han servido como semillas de sugestivos desarrollos escénicos que juegan a sortear y subvertir las normas de la lógica convencional; dicho al modo wildeano: se interna por algunos de esos otros mundos que están en este. Y subrayo el concepto de lógica, pues el dramaturgo se licenció en Matemáticas y se doctoró en Filosofía y, pese a ello o tal vez por ello, se dedica a escribir teatro con una personal poética dramática en la que ambas disciplinas permanecen latentes (y latientes).


En línea con ese entramado de conocimientos y vocaciones, dirige la Cátedra de Artes Escénicas de la Universidad Carlos III de Madrid; es miembro electo de la Real Academia Española, académico de número de la Real Academia de Doctores en España y socio de honor de la Real Sociedad Matemática Española. En su haber cuenta con el Premio Nacional de Teatro (2007), el Nacional de Literatura Dramática por La lengua en pedazos (2013), fascinante aproximación a la figura de santa Teresa de Jesús enfrentada a un inquisidor, varios premios Max –al mejor autor (2006, 2008 y 2009) y a la mejor adaptación (2008 y 2013)– y el prestigioso Premio Europa de Nuevas Realidades Teatrales (2016).


En mi opinión,  Juan Mayorga es el gran dramaturgo español de nuestros días o, para evitar suspicacias, uno de los mejores e indiscutibles nombres de nuestro teatro actual. Para él, el teatro es “el arte de la reunión y la imaginación”, un binomio esencial para entender una obra que abarca más de una treintena de títulos y numerosas versiones de clásicos de todas las épocas, y ha logrado amplio eco internacional. Devoto en lo filosófico de su profesor Reyes Mate y de Walter Benjamin, en quien centró su tesis doctoral, en lo escénico, dejando a un lado influencias más o menos perceptibles de Harold Pinter o Tom Stoppard, Mayorga se considera discípulo de José Sanchis Sinisterra (Valencia, 1940), otro de los nombres mayores de nuestra escritura dramática contemporánea.


En su producción, amplia, rigurosa, honda, aunque pueda rastrearse el humor, no abundan los elementos cómicos, por eso sorprende el abierto tono de comedia de las propuestas objeto de estas líneas. Claire Spooner subraya en su prólogo al volumen que agrupa buena parte de la obra del autor (Teatro.1989-2014. La uÑa RoTa. Madrid, 2014) que Mayorga sigue un “hilo conductor que bien puede ser visto como una línea de vida: la búsqueda obsesiva de la verdad”. Pero la verdad puede tener un rostro esquivo, o varios, y estar teñida del color del cristal con que se mire. En El mago, la verdad es una magnitud líquida o más bien volátil, el rastro de un reflejo, tal vez las esquirlas de un sueño disfrazado de realidad escurridiza e inasible. El argumento presenta a Nadia (Clara Sanchis), una mujer que regresa a su casa después de haber asistido a un espectáculo de hipnotismo donde un mago la ha sumido en trance. Ante su marido, Víctor (José Luis García-Pérez), su hija, Dulce (Julia Piera), y su madre, Aranza (María Galiana), se comporta de manera extraña, canta y baila embriagada por una coherencia alegre y desinhibida: quizá siga en el escenario, donde el mago le ha dicho que todo lo que le ocurra a partir de ese momento será más o menos real y que allí donde vaya no estará, porque seguirá realmente en el teatro. Completan la panoplia de personajes Lola (Ivana Heredia), antigua novia de Víctor, y Ludwig (Tomás Pozzi), que visita el piso donde vive la familia para ver si le interesa comprarlo.

 


 

El mago

 

De izquierda a derecha, Clara Sanchis, José Luis García-Perez y María Galiana en una escena de El mago.


 

Además de incidir en la concepción del mundo como teatro y viceversa, asunto barroco y universal, el dramaturgo visita y reinterpreta el eterno tema de la vida como sueño, presente en múltiples tradiciones místicas y filosóficas, y culmen del teatro de Calderón; recuerden que Mayorga firmó una versión magnífica de esta obra, dirigida en 2012 por Helena Pimenta, en el que fue su primer trabajo como directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. El mago es una obra de naturaleza poliédrica, llena de interrogantes y estímulos. Exploremos otro sendero: si Nadia puede estar (o no) a la vez en el teatro y en su casa, podría hablarse de una lectura cuántica donde la linealidad de la percepción y la lógica unidimensional se disipan, algo así como la paradoja de Schrödinger y su famoso gato –ese que en una caja cerrada podría estar vivo y muerto a la vez– trasladada a una obra de teatro. Pero no quiero ponerme estupendo, además de no disponer de conocimientos tan sutiles y complejos en mi modesta caja de herramientas de crítico teatral.


Mi querido Marcos Ordóñez, colega y sin embargo amigo, citó en su crítica de Babelia que Mayorga le había comentado que con esta obra “quisiera estar bajo la protección de Eduardo de Filippo. De su corazón, de su humor misterioso y su ligereza”. Y sí, hay un aroma familiar que nos lleva a De Filippo, sobre todo a La gran magia e incluso a El arte de la comedia, por el pulso entre sueño y realidad y la constancia de lo fingido verdadero, pero también nos encontramos con ecos de Jardiel, del Mihura del comienzo de Tres sombreros de copa y hasta de la seriedad descoyuntada y patidifusa de Ionesco. “Todo es mentira, pero queremos pensar que está lleno de verdad”, ha escrito el autor sobre esta obra.


Es un trabajo dramático que rebosa interés en su planteamiento y desarrollo, aunque a mi juicio no esté acompañado por una puesta en escena que amalgame la ligereza y la densidad que el texto exige. A la dirección de Mayorga le falta fluidez en algunos tramos de la función y no incide de manera suficiente en la atmósfera de ensoñamiento que debe rodear a Nadia e impregnar diversos momentos de la pieza. Los intérpretes rozan la brillantez y todos tienen escenas de lucimiento en clave disparatada por lo general. La luz de Gómez-Cornejo y Portes y la escenografía realista y opresiva de Wilmer (un interior de un piso de familia media) son eficaces bazas de la función.

    

Comentaba antes que tanto El mago como Intensamente azules tiene su origen en anécdotas personales del autor. De la primera, aclara este en el programa de mano de la función: “Hace un par de otoños asistí a un espectáculo que se presentaba como Congreso Mundial de Magia. Sin duda era un título excesivo, pero lo cierto es que en él participaban personas de nombres y vestuarios muy interesantes. Al llegar el número de la hipnosis, el ilusionista pidió voluntarios y yo fui uno de los que levantó la mano, por lo que se me invitó, junto a los otros, a subir al escenario. En él se nos sometió, ante el resto del público, a una serie de pruebas para seleccionar a aquellos voluntarios que eran aptos para ser hipnotizados. Las pruebas me parecieron muy fáciles y pensé que las estaba haciendo bien, pero el caso es que fui separado junto a los no aptos y devuelto a mi asiento. Desde allí, viendo lo que sucedía a los voluntarios aptos, se me ocurrió una obra de teatro que empecé a escribir en seguida y que he querido llevar a escena cuanto antes”.


 

El protagonista de Intensamente azules, César Sarachu (izda.), junto al autor, Juan Mayorga.


Sobre la segunda ha explicado que hace dos años, durante unas vacaciones familiares en Andalucía, al ir a ponerse sus gafas de miope las encontró rotas, pero recordó que sus hijos le habían regalado unas gafas de natación graduadas, de color azul, así que, como remedio de urgencia, se las puso y se fue al supermercado a hacer la compra. Mejor eso, que irse tropezando con las cosas. Es cierto que la gente le miraba con tanta extrañeza como inquietud, pero también que contemplar el mundo en tonos azulados le proporcionó perspectivas insólitas, en un especie de no buscado homenaje al poema Las dos linternas (1846) de Ramón de Campoamor (“Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira”, ¿recuerdan?). “Como no soy muy bueno diferenciando entre lo que vivo y lo que imagino, empezó a surgir esta historia que no es autobiográfica, solo en la medida que parte de una anécdota real y de que el personaje algo tiene que ver conmigo. De alguna manera, el texto está escrito con gafas de natación azules”, declaró el dramaturgo a Rocío García (El país, 6 de junio de 2018) antes del estreno en la Casa de Cultura de Torrelodones (Madrid), de esta obra, que antes fue narración recogida en un precioso libro ilustrado por Daniel Montero Galán, que publicó La uÑa RoTa en noviembre de 2017.


El caso es que este trabajo escénico, que quizá haya quien califique de menor, es el más libre, desinhibido, divertido, imaginativo, fantasioso y turulato de la producción de Mayorga. El protagonista, una suerte de alter ego del dramaturgo, ve viejas películas en blanco y negro a través de los cristales azules y advierte detalles que nunca antes había percibido, lo mismo que le pasa cuando relee El Quijote o cuando se atreve con El mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer, que tiene un papel decisivo en la trama. Se reúne en un bar llamado Número i con otras personas que lucen gafas de natación de distintos colores, es invitado asiduamente al Palacio Real, queda secretamente con el rey para leer el citado libro de Schopenhauer y todo va precipitándose al arbitrio de una lógica secreta y caprichosa.

 

El intérprete del montaje es un actor singular, César Sarachu, con quien Mayorga ya había trabajado en Reikiavik, un formidable y también muy imaginativo tour de force sobre el mítico enfrentamiento ajedrecístico que mantuvieron en la capital islandesa Bobby Fischer y Boris Spasski convertido en eje de vida. Sarachu, de seria comicidad enteca y expresiva, podría hacer creíble hasta el texto de una guía telefónica, y Mayorga lo dirige dejando que a cada paso se transparente la complicidad que les une sin perder un momento el timón, para deleite de un público que inunda el teatro de carcajadas intensamente azules.

 

(Este texto ha aparecido publicado en el número 453 de Revista de Occidente correspondiente a febrero de 2019)

 

El mago. Autor y director: Juan Mayorga. Escenografía y vestuario: Curt Allen Wilmer con EstudioDedos. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo y Amalia Portes. Música: Jordi Francés. Violinista: Blanca Fernández. Coproducción: Centro Dramático Nacional, Avance, Entrecajas y García-Pérez Producciones Teatrales. Intérpretes: María Galiana, José Luis García-Pérez, Ivana Heredia, Julia Piera, Tomás Pozzi y Clara Sanchis. Lugar: Teatro Valle-Inclán. Madrid. Fecha: Del 4 al 30 de diciembre de 2018.

 

Intensamente azules. Autor y director: Juan Mayorga. Espacio escénico y vestuario: Alejandro Andújar. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo. Música y espacio sonoro: Jordi Francés. Músicos: Iván Siso (cello), Jesús Gómez (flauta) y Beatriz González (piano). Producción: Entrecajas. Intérprete: César Sarachu. Lugar: Teatro de la Abadía. Madrid. Fecha: Del 10 de enero de 2019 al 10 de febrero de 2019.

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