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El mundo no se acaba el blog de Lino González Veiguela


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28 de agosto, 2013

¿Colonialismo filantrópico?

 

A finales de julio, Peter Buffet, hijo del inversor Warren Buffet, publicó en The New York Times un artículo titulado La industria de la caridad en el que explicaba su experiencia a cargo de una de las varias organizaciones filantrópicas fundadas por su padre. Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del mundo, decidió destinar en 2006 casi la mitad de su fortuna para obras de caridad. Su hijo explica que el mundo de la caridad es un mundo particular, bastante particular. Sobre alguna de las reuniones de la juntas directivas de esas entidades sin ánimo de lucro explica: “En cualquier reunión filantrópica pueden verse a jefes de estado encontrándose con inversores y directores de grandes empresas. Con sus manos derechas buscan soluciones para resolver los problemas que otros presentes en la sala han creado con sus manos izquierdas. Sobran las estadísticas que nos dicen que la inequidad social continúa aumentando”. También ha aumentado exponencialmente en Estados Unidos –entre 2001 y 2011- la importancia de las organizaciones sin ánimo de lucro: cifras de negocio de hasta 316 mil millones y más de 9 millones de empleados, sólo en aquel país.

 

 

Peter Buffet acusa a muchos de los que se vanaglorian de “devolver” parte de su riqueza a la sociedad de servirse de la filantropía de servirse de esta para proporcionarse “un lavado de conciencia” entregando unas migajas de todo lo que han acumulado. Argumenta Buffet que, más que caridad, el sistema social y económico necesita una renovación profunda, sistémica.

 

 

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El gobierno noruego presentó hace unos días el resultado de una auditoría independiente que encargó para evaluar la oportunidad de todos los créditos concedidos por Noruega a países en desarrollo. El resultado de dicha auditoría sólo les resultará sorprendente a todos aquellos que aún conserven la inocencia en materia de “ayuda al desarrollo”: un buen número de créditos concedidos a los países en vías de desarrollo sólo hacen complicar a la larga la buena marcha económica de los países beneficiarios –el uso lenguaje es fascinante- de dichos créditos: mientras que la comunidad internacional entrega cada año unos 141 mil millones de dólares en ayudas a los países en vías de desarrollo, los países que reciben esas ayudas están devolviendo cada año unos 464 mil millones de dólares en concepto de deudas y de intereses generados por esos créditos. Muchos de esos créditos, además, ni siquiera llegan a las arcas públicas de los países destinatarios: sirven para pagar bienes y servicios proporcionados por las empresas nacionales del país que los concede.

 

El Gobierno noruego afirma que se han ido cancelando en los últimos años buena parte de las deudas que varios países en desarrollo habían contraído con el país nórdico. Ni siquiera un país como Noruega es inocente cuando se analiza su política exterior –centrada en buena medida en asegurar contratos para Statoil, la compañía pública encargada de explotar reservas de petróleo y gas a nivel global- pero la culpabilidad, como casi todo, admite grados, y el país nórdico es de los más desarrollados a la hora de plantearse tanto su papel como estado a nivel de política exterior como el papel de las compañías internacionales noruegas que operan en países en vías de desarrollo en base a criterios éticos. Al menos, se lo plantean.

 

 

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La voluntad caritativa de Warren Buffet comparte algunos objetivos con los esfuerzos de Bill Gates, otro gran filántropo. Hace unos meses en la revista New Internationalist se publicaba un artículo en el que se cuestionaban algunos planteamientos de la fundación Bill and Melinda Gates, una de las organizaciones filantrópicas mejor financiadas del mundo (Warren Buffet ha contribuido con varios miles de millones): “En 2010, la Fundación entregó 2.500 millones en ayudas –un 80% de las cuales fueron destinadas a proyectos internacionales. En total ha desembolsado más de 26.000 millones de dólares, la mayoría destinados a proyectos relacionados con la salud global. Para situar estas cifras en perspectiva: desde 1914, la Fundación Rockefeller ha repartido 14.000 millones de dólares (cantidad calculada teniendo en cuenta el precio del dinero actual). Sólo los gobiernos de Estados Unidos y Reino Unido dedican más fondos a la salud global. La Organización Mundial para la Salud, sin embargo, debe trabajar con menos de 2.000 millones de dólares al año”.

 

Algunos proyectos de la Fundación de los Gates –por ejemplo, las grandes campañas de vacunación en países pobres- han conseguido, según parece, buenos resultados. Financia también investigaciones sobre SIDA, malaria y tuberculosis con cifras de muchos ceros que difícilmente habrían recibido esos proyectos si no existiera la Fundación. Sin embargo, varios expertos en el sector de la salud se muestran cautelosos –incluso recelosos- acerca del papel que fundaciones como la de Gates puedan llegar a tener a largo plazo en materia de salud global: están acumulando un poder decisorio que les correspondería a las organizaciones internacionales. La Fundación Gates ha empleado a directivos de los grandes laboratorios farmacéuticos como consejeros: en teoría, tendría sentido si pensamos que la Fundación consigue que los grandes laboratorios abaraten sus costes para productos destinados a los países más pobres. Sin embargo, se preguntan algunos expertos consultados por la revista, ¿se puede tener esperanza en que las grandes farmacéuticas cambien su estrategia respecto a las patentes más allá de su compromiso con proyectos particulares? Microsoft, la empresa de Gates, ha sido una de las más firmes defensoras –a través de intensas campañas de lobby- de ampliar la vigencia de las patentes a través de la Organización Mundial del Comercio: las patentes de propiedad intelectual se deberían proteger un mínimo de 20 años sin excepciones. Microsoft buscaba su propio beneficio: asegurar los beneficios de sus patentes de software. Pero la propiedad intelectual de las patentes afecta también a las patentes de medicinas, e incluso de semillas, condicionando negativamente el derecho a la salud y a la alimentación de varios millones de personas en todo el mundo, especialmente en los países menos desarrollados. Los pasajeros de un mismo barco, por distintos que sean entre sí, suelen coincidir en al menos una cosa: no desean que el barco se hunda.

 

El debate sobre los beneficios y riesgos de una filantropía de dimensiones consideradas por algunos como preocupantes resulta sin duda interesante. Una de las primeras preguntas que, tal vez, se deberían responder es: ¿cómo es posible que una organización internacional como la OMS tenga un presupuesto tan exiguo, completado en gran medida por las aportaciones de organizaciones filantrópicas?

 

El autor del artículo se pregunta si se dan algunas condiciones en el mundo actual para comparar nuestro tiempo con la era Victoriana, y termina su pieza con una cita de Oscar Wilde en la que el autor irlandés se refería a los filántropos de su época: “Se plantean seriamente y muy sentimentalmente la tarea de remediar los males que ven en la pobreza, pero sus remedios no curan la enfermedad: solamente la prolongan”. Y añadía Wilde: “el verdadero objetivo es tratar de reconstruir la sociedad de tal modo que la pobreza sea imposible”.

 

 

 

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