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El mundo no se acaba el blog de Lino González Veiguela


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18 de mayo, 2013

Trabajar y mendigar: Portugal y Alemania

 

 

“Evaristo Paulo es delgado, alto, amable. Tiene 38 años, viste una cazadora negra de cuero y trabaja de conductor de autobuses en Lisboa, ocho horas al día, cinco días a la semana. Lleva el pelo corto y un pendiente en la oreja. Tiene una hija de seis años. Un tipo normal, vaya. Hace unas semanas, su jefa, alertó a la Comisión de Trabajadores para informarles, sencillamente, de que Evaristo pasaba hambre y que debían ayudarle, que tal vez por desconocimiento o por vergüenza, no se había acercado al cuarto de los paquetes de espaguetis. Hace dos años, Evaristo, que integra desde 2007 la plantilla de la compañía de autobuses de Lisboa, dependiente directamente del Estado, cobraba 1.100 euros al mes. Ahora, debido a las rebajas salariales, no llega a 800. Divorciado, pasa una pensión y cada 15 días visita a su hija, que vive con su madre en una ciudad situada a 150 kilómetros de Lisboa. “Antes me quedo sin comer que sin gasolina para hacer ese viaje”, explica. Uno de los miembros de esta comisión, Paulo Conçalves, se puso en contacto con él. Desde entonces, cuando Evaristo lo necesita, acude a la habitación de la comida. Como otros muchos”.

 

 

El País, 18 de mayo, ‘Cuando ni el trabajo alcanza para llegar a fin de mes en Portugal’, Antonio Jiménez Barca

 

 

                                              *

 

 

“La precariedad no es asunto de actividades marginales, sino que está en el centro de la actividad económica. Hay trabajo precario en las cadenas de montaje de la industria del automóvil alemana –la única de Europa que no está perdiendo posiciones gracias a sus ventas en Asia y América-, donde empleados que pertenecen a ese segundo mercado ganan un 30% o un 40% menos haciendo el mismo trabajo que sus compañeros-. En el propio Bundestag, el Parlamento alemán, se encuentran rastros de precariedad: Nathalie, una mecanógrafa que está contratada a través de una empresa de empleo temporal, no alcanza el mínimo vital aunque trabaja 40 horas semanales. “Con un empleo a tiempo completo gano tres cuartas partes del mínimo existencial y debo recibir subsidio social para alcanzarlo”, explica. Hace 30 años, una mecanógrafa del Bundestag ganaba el equivalente al tripe de lo que gana hoy Nathalie”.

 

 

Magazine de La Vanguardia, 28 de abril, ‘Alemania: Cara y cruz de un mercado laboral de referencia’ Rafael Poch

 

 

 

 

 

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