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El mundo no se acaba el blog de Lino González Veiguela


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17 de abril, 2013

Los viejos conceptos no sirven para describir nuevas realidades

 

 

Algunos afirman que resulta útil –y deseable- esforzarnos por saber quiénes somos en realidad. Aunque no nos guste lo que descubramos. Mientras que otros son más partidarios de una despreocupada ignorancia, asumiendo con ello el riesgo de resultar salpicados con esa frivolidad que parece definir buena parte de la modernidad más trendy-cool en la que vivimos enredados.

 

El Consejo Superior de Defensa Nacional de Portugal (CSDN ) parece tener claro en qué se ha convertido Portugal: en un protectorado. El siguiente fragmento pertenece a un documento sobre seguridad nacional del CSDN portugués: “Portugal necessita, por isso, de assumir um novo conceito estratégico, que defina o objetivo nacional e simultaneamente devolva, aos portugueses, o sentido da dignidade da sua nação, o respeito que lhe é devido e também dos pesados sacrifícios que, por ela, devem aceitar fazer. Pesa sobre o país uma descrença pouco saudável sobre os valores nacionais que é indispensável e urgente contrariar. Uma série de qualificativos têm afetado a sua imagem. Quando da adesão à UE correu o conceito de Periférico; depois, à medida que mostrava falta de recursos para realizar os fins do Estado, correu o conceito de Estado Exíguo; e, na entrada deste milénio, é o conceito de Protetorado que se lhe tem aplicado. Ora, a nação não deve continuar a suportar estas lesões à sua dignidade e, por isso, é hora de atacar o problema”. 

 

Las lesiones a la dignidad portuguesa –de las que habla el documento-  ¿son más  o menos relevantes –y profundas- que las agresiones internas causadas por su sistema político-económico en los últimos años? Uno de los problemas en los que encallan las sociedades cuando reconocen  amenazas externas suele ser una repentina ceguera para evaluar al mismo tiempo los amenazas provenientes desde el interior de esa sociedad: en ocasiones no menos graves que las amenazas externas, provengan estas desde Bruselas y Frankfurt –conviene no olvidar que el Banco Central Europeo tiene su sede en una ciudad alemana- o desde los clicks nerviosos de los especuladores financieros cuando gestionan órdenes de compra delante de sus pantallas de ordenador.

 

También el gobierno ruso parece preocupado por las amenazas externas que enfrenta “la Gran Rusia”. Esas amenazas son una de las justificaciones que esgrimen los legisladores rusos para endurecer los requisitos impuestos a las organizaciones no gubernamentales que trabajan en el país: muchas de ellas dedicadas a la protección de los derechos humanos y, por tanto, necesariamente críticas con no pocas actuaciones de las autoridades rusas.

 

En una entrevista con Pilar Bonet, Alexéi Navalny, destacado opositor ruso, ofrece su definición de Rusia que contrapone un concepto asumido y una realidad: “Rusia no es una república presidencial, sino una autocracia”.

 

¿En una autocracia se pueden celebrar elecciones, votar leyes en un Parlamento y limitar el número de mandatos de sus políticos electos? Sí, se puede. Rusia es un buen ejemplo. Un claro ejemplo, por mucho que no sea un ejemplo idéntico a otras autocracias pasadas.

 

Pero hay ejemplos no tan claros. Pensemos en España: ¿podemos seguir afirmando que continúa siendo una monarquía parlamentaria democrática –a pesar de que el parlamento desoiga las iniciativas legislativas populares, a pesar de su cleptómana partitocracia compulsiva y su jefatura del Estado en opaca decadencia-? ¿Podemos seguir pronunciando las palabras nación soberana –“La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”, etc.- aun cuando sabemos que mentimos y, peor –mucho peor-, aun cuando sabemos que nos estamos engañando?

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