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La hora del crepúsculo el blog de Luis Cornago


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22 de julio, 2018

Music Sounds Better with You

 

El 20 de julio de 2016 vimos por primera vez a Ryan Adams. El concierto era en Central Park, dentro de la programación del Summerstage Festival. Las entradas eran caras pero mi hermana y su novio nos las regalaron por mí cumpleaños. Cuando volví del trabajo, sobre las cuatro y media de la tarde, me estabas esperando en casa de Maria. Todavía no te habías mudado a Nueva York, aunque ya habías pasado varias semanas conmigo en la ciudad. Esta vez habías venido desde Boston solo para el concierto y volverías a la mañana siguiente. Yo estaba nervioso porque quería coger buen sitio para el concierto; quería que saliésemos de casa lo antes posible y no me importaba demasiado lo demás. Dudamos entre coger la línea Q o la 4. Al final cogimos la 4, que nos dejaba al sur de Central Park. Caminamos por la Quinta Avenida y entramos a Central Park a la altura de la calle 72. Después de atravesar un parque infantil nos topamos con el recinto del concierto. Tuvimos que dar toda la vuelta porque no sé podía entrar por ese lado. Discutimos sobre si hubiera sido mejor imprimir las entradas y no depender de las tecnologías en una cita musical tan importante. Al final no hubo problemas y entramos al recinto del concierto después de uno de esos exhaustivos controles de seguridad que te hacen sentir como un potencial terrorista por unos minutos. Yo hice cola en el merchandising de Ryan Adams para comprarme una bolista de tela con la cara de Ryan Adams y tú te acercaste al puesto de hamburguesas a por algo de comer.

 

Al final, como solía ocurrir casi siempre a pesar de mis impertinencias, cogimos un sitio ideal. Estábamos alrededor de la fila 15, junto a una imponente farola, y teníamos justo enfrente al guitarra solista de Ryan Adams en aquella gira, Mike Viola, que hacía unos coros maravillosos y a quien siempre recuerdo con una camiseta de la banda Big Star. Llegaste con la comida justo cuando había salido al escenario Amanda Shires, que ejercía de telonera. Tocó alguna canción en solitario, pero pronto salió al escenario su marido, el músico Jason Isbell, que le acompañó el resto del concierto con la guitarra acústica. Durante el concierto de Amanda Shires llegaron Leire y su amigo. Leire era una compañera de trabajo a quien había conocido hace poco y congeniábamos muy bien. La primera vez que hablé de música con ella fue cuando escuché las canciones de la reedición del disco Heartbreaker de Ryan Adams sonando en su despacho. El concierto duró cerca de dos horas. Empezó de día y acabó de noche, algo que siempre me ha parecido especial en los conciertos de verano. En la recta final sonaron dos versiones bastante experimentales de “Magnolia Mountain” y “Peaceful Valley”, antes de acabar con “Come Pick Me Up” y ese irrepetible solo de armónica. Fue uno de los conciertos más especiales que vimos juntos (y calculo que fueron al menos unos treinta, sin incluir festivales).

 

A la salida del concierto cruzamos Central Park de este a oeste. Nos despedimos de Leire y su amigo en la parada de metro de la calle 66 con Broadway. Nos acercamos al recinto del Lincoln Center y nos sentamos junto a la fuente. Hablamos de lo sugerente que era esa luz anaranjada que iluminaba los distintos edificios del recinto. Nos hicimos varias fotos y se las mandamos a mi familia. (Unos meses después, en pleno invierno, me regalaste entradas para ir a la ópera en el Metropolitan y nos volvimos a hacer unas fotos similares). Caminamos por la calle octava hacia la zona de Hell’s Kitchen con el objetivo de encontrar una excusa para alargar la noche. Yo quería ir al P.J. Clarke´s de Colombus Avenue, pero ya habíamos comido una hamburguesa hacía unas horas y la opción de repetir era difícilmente justificable. Acabamos en uno de los miles “one dollar pizza” que hay en la ciudad. Nos tomamos cada uno un triángulo de pizza sentados en los escalones de la entrada a un bloque de viviendas. Yo seguía recreándome en diferentes partes del concierto y te pedía que, por favor, no te olvidases de mandarme todas las fotos y vídeos porque tu móvil era mucho mejor que el mío. No recuerdo cuándo ni cómo volvimos a casa.  

 

Hace unas semanas compré dos entradas para ver a The Gaslight Anthem, que celebraban el décimo aniversario del mítico “The 59 Sound” con un concierto en el Hammersmith Apollo. La excusa era que tú estabas pasando unos días difíciles adaptándote a tu nuevo trabajo y que hacía unos meses no habías podido venir conmigo a ver a Ray LaMontagne en el mismo teatro. Justo habías empezado un nuevo trabajo en Londres y te habías mudado conmigo a la ciudad. Te escribí un correo con las entradas y una cita a una canción de Brian Fallon que me hacía pensar en ti (“You still remind me of Marianne Faithfull / Lookin' like a picture taken outta the sixties”). Además, fiel a mi ridícula obsesión con los aniversarios, te dije que se cumplían justo dos años desde que vimos a Ryan Adams en Central Park y que había que celebrarlo. Creo que te hizo bastante ilusión. Te gustaban los Gaslight Anthem, aunque a veces te parecieran demasiado previsibles y llenos de lugares comunes. Te hacía mucha gracia que a mí me gustaran tanto porque eran demasiado rockeros y llevaban demasiados tatuajes para mí gusto (a veces me vacilabas con que estabas pensando en hacerte un tatuaje).

 

Esta vez tampoco pudiste venir al concierto. Decidiste dejar el trabajo que acababas de empezar en Londres y volver unas semanas a casa de tus padres para descansar. Te recordé la fecha del concierto y me dijiste que comprarías el billete para después de ese día. Finalmente, los vuelos eran demasiado caros los días después del concierto y compraste un billete de avión para el jueves 19. Quizás por aquel entonces ya tenías decidido que solo volverías a Londres por unas horas y que la última noche la pasarías en un hotel en Southwark.

 

El último libro que me regalaste hace dos meses por mi cumpleaños fue Love Is a Mix Tape, de Rob Sheffield. Hace dos años, mientras hacíamos cola para un concierto gratuito de Dawes en una tienda de discos de Brooklyn, me regalaste otro libro del mismo autor que me había encantado (Talking to Girls About Duran Duran). Empecé a leer el libro durante nuestras vacaciones en España; leerlo me ponía demasiado triste por lo que decidí dejarlo para otro momento. Las dos últimas semanas estuviste seria y distante conmigo, algo poco común en ti, pero me dijiste que simplemente querías pasar tiempo con tus amigas en París antes de volver a casa por un tiempo. Esas semanas pasé mucho tiempo solo trabajando en el escritorio de mi habitación. En la parte derecha del escritorio estaba el libro que me habías regalado y sobre la lámpara de mesa se apoyaba una postal que habías dibujado para mí con la frase “Music sounds better with you”. Esa postal es el mejor regalo que me han hecho nunca. Empecé a sospechar que quizás era la última oportunidad que tenía para grabarte otro disco, como había hecho la primera vez que nos despedimos en Dinamarca. Al final no lo hice y en su lugar oculté tu postal debajo de unos libros en la estantería, junto a nuestra foto tomada el pasado invierno con tu Polaroid. Cuando ayer The Gaslight Anthem tocaron nuestra canción y vi algunos de los asientos vacíos me arrepentí de no haberte grabado aquel disco. No tengo nada claro la canción con la que hubiera empezado, aunque se me ocurren varias candidatas. Al menos anoche la bolsa de Ryan Adams que compramos aquel 20 de julio, donde tantas veces guardaste tus cosas, y mi chaqueta verde, que tantas veces te pusiste, sí estuvieron conmigo. 

 

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