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Atisbo a Fenicia el blog de María Iverski


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11 de mayo, 2014

Europeos

 

El coche con matrícula de la Unifil no se detiene en los controles militares. Vuela veloz por esas carreteras para cabras de las afueras de Beirut con destino a la residencia de Angelines. Hay casi más guardaespaldas y ejército que invitados insignes de la Unión Europea. Que los presentes no pintan nada en este país lo acredita el hecho de que nadie se plantea ni siquiera matarlos, pero el show debe continuar. Tommy, super Tommy, con su dentadura impoluta adelantándose hacia al futuro y su sonrisa de intrépido negociador listo para montarte al primer descuido un nuevo estado de Israel en el patio trasero de tu casa, avanza a paso ligero por el arcén perseguido por un gordo indio de las colonias. Dispuesto a proclamar a los cuatro vientos su amor por ese Líbano al que tanto desea meterle la lengua en la boca mientras lo agarra por el pescuezo.

 

Seis señores trajeados con discreción y aspecto de haber leído alguna vez en su vida un libro, lo que vulgarmente se reconoce por un europeo, reciben a la concurrencia en la puerta. Viendo a las empleadas domésticas filipinas y a las negras encargadas de limpiar las serenísimas gotitas de pis de los cuartos de baño cualquiera podría pensar que estamos en casa de algún pez gordo libanés pero esta es la nueva Europa. A tope de esclavos. Algunos hasta vamos bien vestidos.

 

A mí me basta con que se hayan dignado a ofrecer vodka, aunque sea sueco, y que Ucrania no esté invitada a la fiesta. Con tanto borracho que hay en el Líbano resulta imposible comprender por qué el acercamiento fraternal a Rusia no se ha producido ya. Suena el himno de la UE, suena el himno libanés. Musiquilla de orquesta frente al grandioso himno de la URSS. El número de diplomáticos que habla español crece en cada recepción lo que obliga a dejar de referirse a los invitados como la gorda esa, el putón del braguetazo o el pedazo marica que se folla el de Damasco: ante la imposibilidad de hablar solo queda beber y tomarse con cierta ligereza que haya por allí un suizo permitiéndose opinar. Me conozco sus trucos al dedillo, primero te cuentan familiarmente que Berna es una ciudad muy aburrida para que bajes la guardia y luego un día, de repente, descubres que mientras te revienta la glucosa a base de conejitos de chocolate los tíos han puesto ya la centrifugadora de pasta a funcionar.

 

No, estimado señor. Su país no es aburrido, su país es una grandísima boñiga de mierda caída en el medio de Europa.

 

Mi condición de paria española hace que, de forma inconsciente, me acerque al sur del Mediterráneo. Por allí está el gracioso M. un militar que recuerda siempre el nombre de las mujeres bonitas a las que quiere apuntalar con un firme canelón relleno entre sus senos y que pregunta con la misma sonrisa ya sea por el Caudillo o por La Oreja de Van Gogh. Coqueto y suave como un querubín de Rafael se ofrece él mismo a poner una pequeña bombita para que las chicas de la prensa tengan un poco de trabajo.

 

Apestando a Baygon, mi multi-insect killer de confianza, me acerco a un tipo con cara de poder descabezar a una gallina sin inmutarse. Es bajo, corpulento, de cierta edad, del este de Europa, con una expresión en la que se adivina que estaría mejor en una bañera con tres putas búlgaras, comiendo caviar y no con esta panda de memos repeinados para la ocasión que se pasean por ahí representando a Europa como si fueran Rilke o Baudelaire. Me pasa una tarjeta en la que luce impreso ese impersonal “Consejero”. Como si yo dijera que soy jardinera o panadera… ¿Y qué me aconseja que haga con mi vida?, pregunto sujetando el vaso de Absolut cargado hasta la perdición. A su compañero de faena, supongo que el encargado de quitarle los anillos y dientes de oro a los cadáveres, le cuesta entender como no tengo una tarjeta de presentación. Como si subirme las tetas infladas por la menstruación hasta el cuello no fuera suficiente presentación…

 

Del imperio griego no hay ni rastro, con lo que ellos fueron, Giuseppe podría estar escondido detrás de cualquier jarrón, y la embajadora del pueblo patrio, protegida por sus máquinas en la lucha cuerpo a cuerpo de la Guardia Civil, se ha marchado enseguida dejando la marca España en manos de unos desalmados sin familia, sin conciencia, que piden con ojos llorosos que no cierren todavía el bar.

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