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Atisbo a Fenicia el blog de María Iverski


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24 de julio, 2014

Por siempre cash

 

Ni la planta de oncología, ni la de traumatología, ni la de neonatos… lo primero que te indican nada más entrar en el reputado hospital libanés, bueno… en este y en los que son una puta mierda también, es donde se localiza el cajero automático. Cash. Cash a la derecha, a la izquierda, todo recto, en el sótano, en la planta primera, en la cuarta, en la terraza. Va a ver usted más cajeros juntos que en toda su puta vida. Cash, mais oui. Que aquí no somos cualquier cosa: sodomizados y colonizados pero por el imperio francés.

 

Todo el mundo habla tropecientos idiomas, no vaya a ser que no te enteres, sobre todo, de donde está el cajero. Sonrisas, compadreo con el extranjero, ole, ole, España, Gaza ¿dónde queda eso…? Sergio Ramos, la furia roja, le Liban, action, action, bum-bum…Repetida la retahíla de chorradas de rigor dejo a un amigo bien instalado en la camilla a la espera de que le metan una cámara por el culo. La enfermera me entretiene entretanto mandándome a la oficina que se encuentra, como no, frente al cajero de la entrada para hacerle un carnet al hospitalizado.

 

Comparto ascensor con el desagradable olor de una mujer en gabardina escoltada por  el cerdo fornicador que la ha inseminado 9 veces, su marido. Beirut, 30 grados, asfixiante humedad. Es verdad, las religiones apestan.

 

Una agradable señorita con una dulce manicura de florecillas silvestres y vestida con un traje ceñidísimo me recibe en un despacho más apto para hacer mamadas a los asegurados que labores de infografía. –Me encanta España- proclama ella bajo una gran fotografía de las barbas de un santo. –Ya- comento yo entusiasmada pensando que solo en Andalucía hay más paro que en cinco campos de refugiados palestinos.

 

Vuelvo a preguntar por mi colega no vaya a ser que en medio de alguno de los intermitentes cortes de luz se haya producido un cortocircuito con la cámara… –Está ahí- me señala una gorda cincuentona con el pelo cardado y las tetas deseando lanzarse a una ofensiva militar terrestre. Lo veo con un brazo cayendo por un lado de la camilla, tapado por las sábanas, presupongo que estará vivo.

 

¿Y cuándo cree que se despertará?

Y yo que sé… –dice la tía-. Ya se despertará cuando Dios quiera.

 

Dios… Otro que tal baila. Como para fiarse de él. No entiendo como todavía no le han denegado la visa de entrada en Oriente Medio. Me siento a esperar sabedora de que al paciente le han puesto kilos de anestesia en consonancia con la filosofía del país: las cosas hay que hacerlas a lo grande. Pides comida para 300 cuando solo sois dos, te disfrazas de auténtico putón el día de tu boda para salir delante del novio de dentro de una concha, hostias a todas las empleadas domésticas que tienes en casa, disparas ráfagas de tiros al aire cuando Alemania marca gol, masticas tus últimas toneladas de pollo cual verdadero animal como si Netanyahu fuera a pedirte mañana que dejes tu casa. Por tu bien…

 

Decido darme unos paseítos por la planta. Un hombre de unos 50 años, moreno, con pinta de estar deseando que alguien lo vacile para meterle un fusil entre los huevos, se acerca galante a ofrecerme su ayuda en caso de que no pueda por mi misma abrir la lata de coca-cola. ¿Está su marido ahí dentro? No, no es mi marido, pero la mujer con cara de pato drogado por tanta silicona labial que acaba de ingresar sí es su esposa. Los orientales tenían razón, hay que amar cada segundo de la vida, cada momento es único como único es este fulano ligando mientras a su parienta le hacen fotos del recto anal.

 

La enfermera me llama en medio de la incipiente historia de amor. – No te alejes demasiado, igual tu amigo empieza a revivir. Y por un instante estoy tentada de creer en la sincera preocupación de los libaneses por el bienestar de los enfermos pero…

 

Si quieres puedes ir pagando. Hay un cajero ahí detrás.

 

No, no hay uno, hay cientos, más que monos en la selva…Me convenzo definitivamente de que esa obligación de que los pacientes vengan acompañados no se debe a un gesto de buena voluntad. Quieren asegurarse de que los anestesiados, mutilados, violados o gangrenados, de no hallarse en sus plenas facultades, tengan un brazo en el que apoyarse, un brazo que pueda sacar debidamente la tarjeta de crédito del bolso.

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