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Atisbo a Fenicia el blog de María Iverski


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26 de septiembre, 2013

Sailing la mer

 

Zarpamos del puerto. Por cortesía nadie pregunta cuántas toneladas de cocaína han tenido que transportarse de Chipre a Líbano en los últimos meses para costear la bonita embarcación. Yo, que soy una loba de mar nacida junto al Atlántico, me dispongo a pasar un inolvidable día en mi elemento. Al menos eso es lo que pienso antes de casi echar la pota por la borda.

 

Las mujeres retrasamos inevitablemente la excursión, para qué negarlo. Lamentos porque alguien ha olvidado traer el agua, de los víveres se ha encargado el padre de familia, falta la crema bronceadora, necesitamos un probador para cambiarnos y hablar un rato de nuestras cosas, por qué no saborear en este momento unos trocitos del tan saludable jengibre, qué hago yo con todos los dólares que llevo encima por temor a que los dos millones de refugiados sirios que andan por ahí sueltos escapando de los rebeldes me atraquen, cómo saltar a un barco sin hacer el ridículo….

 

Los patrones de la lancha no podrían ser más libaneses. Bronceados, con sendos crucifijos de oro sobre el pecho, y ni puta idea de dónde se encuentra algo que no sea la bahía cristiana de Jounieh. La embarcación no se dirige demasiado mar adentro no vaya a ser que tropecemos con los cientos de barcos de guerra y submarinos en estado de alerta que hay atascando el Mediterráneo. Con semejante overbooking de trastos marítimos solo queda hacer un rato el capullo surcando los mares de derecha a izquierda y de izquierda a derecha pero siempre pegaditos a la línea de costa. Alguien pregunta qué pasaría si nos acercásemos a Siria o a Israel.  Los libaneses no lo saben, llevan toda la vida sin saberlo y lo mejor de todo es que, en el fondo, les importa un huevo. Líbano es un país liberador en ese sentido, en ningún lugar como este comprendes que jamás entenderás nada, ni Oriente Medio, ni sus chanchullos, ni la metafísica en general, ni el tráfico, por eso que qué mejor que sacar la lancha, poner el motor a tope y ya alguien repatriará el cadáver al puerto.

 

Clavo las uñas en el muslo de mi amiga. Mi última experiencia surcando las aguas fue con mi madre en un enorme trasatlántico lleno de putas que viajaba de Helsinki a San Petersburgo. Pero esto se mueve mucho más y pega unos saltos con los que casi puedes ver a la guardia fronteriza israelí preparándose para asaltar el barco y luego hacernos pasar por kale borroka turca. Finalmente nos detenemos para admirar las vistas. Ahí está, la Suiza mediterránea, el Líbano que podría ser un paraíso y que contemplado de cerca merma, decepciona, como un ser humano más.

 

Mi desprecio por la charca mediterránea se cobra su merecida venganza sobre mi estómago. Me incorporo agarrándome a las cuerdas, pensando si fingir un ataque al corazón y tirarme al mar antes que ponerlo todo perdido y suplicar lloriqueando que me conduzcan a tierra. El patrón me ofrece unas pastillas para el mareo primero y un vodka con limón después, con un resultado desastroso. Solo bajo las órdenes de nuestro comandante Che Guevera que se ha compadecido de mí regresamos, al fin,  a suelo firme.

 

Los libaneses adinerados disfrutan de los últimos días de verano en su piscina olímpica, bebiendo mojitos, apretando bien las tetas en el bikini, relajados sobre las tumbonas después del desconcierto de hace un par de semanas cuando Obama cogió el mechero, la peineta y se puso pirómano. Un cincuentón mal teñido se interesa al oír hablar español. Acorde al estilo del país no dice su nombre sino los negocios y propiedades que posee en Brasil. Me imagino la versión gallega – Este es mi amigo que tiene ahí dos planeadoras atracadas en la ría y una piscifactoría para blanquear pasta. En cuanto su padre salga de la trena recupera los 3 pazos que la Xunta le ha embargado-. Xosiño, ven aquí hombre, a ver si ligas con las chavalas.

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