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Tiernamente adorables el blog de Mario de las Heras


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11 de febrero, 2019

Casi en Colón

 

Por la plaza de Dalí se ve a la gente de camino a Colón con sus banderas. La calle de Goya está cortada al tráfico y no parece un ambiente de una gran final deportiva ni de un concierto como yo esperaba. Es más numeroso, y más comedido. La gente va andando por el medio de la calzada como si nada, como si no fuera una novedad la anchurosa vía para caminar con los edificios tan alejados. Simplemente van. Parece que avanzan por el fondo de una gran piscina vacía. Al acercarse, la densidad de personas va creciendo. Más allá de Serrano resulta imposible continuar. Encuentro un hueco en un lado de la acera, entre un árbol y un banco. Allí aparco los carros de mis hijos mientras la gente intenta abrirse paso entre los que, como yo, han decidido plantarse. Cuatro personas por metro cuadrado es una medición a vuelapluma prudente. No puedo ver nada del epicentro de la manifestación. Apenas se oye nada. No hay cobertura en los teléfonos. Las noticias de lo que sucede llegan como olas. También las consignas, las voces. Viene por ahí “Cataluña es España”. Se acerca, pasa y se va para Alcalá. Desde Alcalá viene “Sánchez, dimisión”. Viene como por el aire y luego se sumerge entre la multitud y después vuelve a salir. Veo al “Sánchez dimisión” casi volar como una bolsa de plástico llevada por el viento. Lo persiguen la Guardia Civil y la Policía Nacional impulsadas por los vivas. En mi apostadero, una señora me obliga a fumarme enteros sus Ducados, uno detrás de otro. La señora dice que estamos muy bien situados donde estamos, que su hija está estudiando para policía y que le ha dicho que los mejores sitios para estar a salvo de la muchedumbre son las esquinas. Nadie parece necesitar ver nada, tan sólo estar. La señora ha venido desde Valencia y no tiene pinta de ser rica (ni pobre), como diría James Rhodes. James Rhodes, el pianista inglés en apariencia felizmente afincado en Madrid, ha dicho que el noventa por ciento de los asistentes eran blancos, mayores de cincuenta y cinco años y aparentemente ricos. No es lo que veo yo. Sí lo es lo de los blancos, pero es una obviedad que la mayoría de los españoles somos de raza blanca. No es necesario decir eso aquí. Claro que no es lo mismo hablar de croquetas que de personas. Puestos a manifestarse los británicos en España, yo prefiero los cortes de mangas a la galesa de Gareth Bale, por ejemplo. Hay personas, la mayoría, que están aquí pasando un poco de frío y de incomodidad de pie durante un buen rato. Deben de haber venido porque querían venir. No veo muchos ricos de apariencia. Alguno que otro, nada más. James Rhodes, por ejemplo, a mí me parece un pobre en apariencia, pero resulta que vive aquí, precisamente, en el barrio de Salamanca, luego no debe de ser excesivamente pobre. Nunca se sabe. Por eso estas cosas no se deben de decir. No están las calles en blanco y negro sino en rojo y gualda. Toda la calle de Goya hasta donde me alcanza la vista. La gente ríe, se observa, se llaman. Está tranquila. No pasa nada lamentable ni destacable. Algún pintoresquismo festivo. Mucha gente normal que ha acudido a una manifestación. Piden que dimita el presidente y quieren la unidad de España. Es demasiado sencillo el propósito para manipularlo. Yo ahora calculo unas cinco personas por metro cuadrado. Muchas aún están intentando llegar cuando todo ha acabado. Hay un poco de confusión y luego una descompresión paulatina y agradable. Es la unidad desgajándose para volver a su estado natural, cuando aparece un hombre mayor con gorra de marinero que baila y canta mientras enseña unas caricaturas de Sánchez. Es como un personaje de Fellini, igual que aquellos hombres sucios y de mirada turbia que venden latas de bebida en un cubo de plástico negro lleno de hielo.

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