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Tiernamente adorables el blog de Mario de las Heras


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30 de abril, 2019

Nadie es perfecto

 

De primeras, lo peor del resultado de las elecciones de ayer fue ver a Otegui y a toda su pandilla etarra celebrar los escaños conseguidos con el aire de siempre, con el aire de antaño. No puedo evitar recordar a aquella gente, familias enteras, que se hacían fotos con él en Barcelona. Su amigo Rufián también celebraba su particular triunfo congestionado de odio. En el PNV también debían de celebrar, pero a su manera; en eclesial silencio de monjes, de capilla en capilla en sus abadías susurrándose entre el frufrú de los hábitos lo acontecido: seguir teniendo llaves de la Moncloa.

 

La posibilidad del pacto entre PSOE y Ciudadanos acabaría con las alegrías recién aludidas. Y esa posibilidad existe, mayormente, gracias a la tradicional incoherencia de Sánchez y al “veletismo” atávico de Rivera como una solución, aparecida de repente, para España. Fracasado, a medias (y a medias no sirve) ese camino heroico o épico de la patria, surge la vía de la deshonestidad y el pragmatismo. España salvada por la falta de principios suena como el refrán felón: si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él.

 

Esto sería más o menos como el encarcelamiento de Al Capone por evasión de impuestos en vez de por asesinato y otros delitos graves: las formas no son las inicialmente deseadas pero el efecto sí. Todo un descubrimiento que podría convertir a Sánchez, el doctor No, en una leyenda definitiva para no dejar de asombrarnos como se asombraban con aquel distinguido militar inglés del que hablaba Mark Twain en su cuento “Suerte”, que en realidad era un perfecto idiota por confesión de su viejo instructor.

 

Claro que unas elecciones autonómicas pendientes van a hacer que se prefiera permanecer en la cueva. Qué ironía: la cueva como reducto del nacionalismo y del separatismo. Existe una oportunidad de tomar una decisión de Estado que choca con la disposición actual de sus protagonistas y con la inercia de sus partidos, pero, esa falta de principios, por un lado, y por otro esa reconocida querencia al pacto de situación (la impepinable modalidad del futuro), avivan las esperanzas de un constitucionalismo mutante, pero constitucionalismo, al fin y al cabo, tal y cómo se venía entendiendo.

 

Parece el momento cumbre de una evolución natural. El momento en que todo se desencadena. El momento en que el antepasado ancestral del camaleón cambió por primera vez el color de su piel para descubrir un escenario nuevo para España e ideal para los intereses políticos de los firmantes: con un Partido Popular apartado de la competición y con Vox convertido en nueva fuerza insuficiente, Sánchez y Rivera resultan coronados, casi ungidos, como los salvadores de España, enviando a los amigos de los terroristas y a los separatistas y a los curas siniestros a sus rincones de origen. Salvo por algunos detalles, casi podría ser perfecto. Y por eso me temo que no lo será.

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