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Tiernamente adorables el blog de Mario de las Heras


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13 de agosto, 2018

Quien te hable de tener esa entrevista con Barzini, ese es el traidor

 

Cuando yo era pequeño me asustaban las inmensidades. Soñaba con frecuencia que era un astronauta perdido en el Universo, o un naúfrago sin nada a lo que asirse en medio del mar. Ahora lo escribo y me produce escalofríos pensarlo. Me refiero a pensar en cómo me sentía. Algo parecido al desamparo total. Ahora que ya soy medio viejo o medio joven (depende de con qué ánimos me haya despertado), puedo pensar con cierta seguridad que no me encuentro en medio del mar ni en medio del Universo, lo cual sería un alivio si no me encontrara, y sobre todo si no supiera, que en realidad me hallo en medio de esta sociedad.

 

Estaba pensando que esta sociedad es el mar y el Universo de mi infancia. Detrás de todas esas “buenas palabras” y de todos esos “buenos gestos” indispensables para ser un ciudadano homologado, se encuentran esos abismos temidos de mi niñez. Cuando yo era pequeño recuerdo que había gente que insultaba, que te insultaba. Había gente que amenazaba y que agredía. Se les veía venir. No engañaban. Había como una ley animal no escrita, lo cual era de agradecer. Era como saber que no tenías que acercarte a los leones o a los lobos. Algo muy sencillo. Tampoco a las serpientes. Esas normas básicas han salvado siempre muchas vidas.

 

Ahora no se distingue como antes, yo cada vez menos, a los leones de los ciervos, o a los lobos de las ovejas. La plaga de lo políticamente correcto actúa como una sombra que dificulta ver llegar el ataque en círculo de los leones o la persecución implacable de los lobos. Uno puede creer, mientras tanto, que le habla la abuela de Caperucita o el más amable de los hombres. La corrección política es un parapeto tras el que se esconden mayormente los malvados.

 

Recuerdo que cuando era adolescente, el tipo más temido del pueblo se hizo amigo mío. Por alguna razón desconocida yo le caía bien y me cobijó bajo su ala. Aquello era un privilegio puesto que ya no tenía que cuidarme de él ni temerle. Aquel tipo era un salvaje. No era un político. Era un bruto, mitificado (esto es cierto), pero yo puedo confirmar que lo vi romper una banqueta de bar en las costillas de un inconsciente que no sabía que no había que acercarse a los leones, a pesar de que entonces eso era algo sencillo de saber.

 

Yo reconozco que echo de menos el salvajismo de aquel individuo cuando veo a todos esos próceres de conceptos como la igualdad o la solidaridad moverse y manifestarse por detrás de sus escudos políticamente correctos, tras los que suceden crueldades impensables. Es como si ya no sirviera de nada saber que debajo de una piedra puede sorprenderte un alacrán porque estos ya están por detrás del rostro más falsamente agradable que se pueda imaginar.

 

Detrás de esos escudos están los verdaderos mares y universos de mis pesadillas infantiles. Océanos y nebulosas de mediocridad y de maldad y de cobardía. Aquel vilipendiado y odiado bestia de mi adolescencia era un peligro mucho menor, era un hombre mucho menos peligroso que muchos de los admirados hombres que hoy hablan de paz con un megáfono. Yo prefiero la honestidad bárbara a la hipocresía civil.

 

Yo seguiría prefiriendo la honestidad bárbara aun habiendo sufrido sus consecuencias, como preferiría haber sufrido el ataque de un toro al de un intrigante. Hay personas que se ponen en guerra con animales salvajes (aunque muchos sólo lo dicen cuando ya no pueden hacerles daño), como contra aquel matón feroz, y no se ponen en guerra con otros animales simplemente porque no parecen fieros, aunque en realidad sean antropófagos (conscientes, eso es lo terrible) como los nativos de la isla vecina de Robinson.

 

Los hombres no han cambiado. Han cambiado las costumbres. Está de moda una perversión de los buenos modales (donde se refugian con total aceptación los hipócritas y los canallas y los caníbales) que nos iguala en la superficie a todos. Yo quisiera siempre poder reconocer, también en la superficie, sin sombras impuestas por la equívoca corrección que lo impidan, la bondad y el peligro verdaderos, y también poder correr el riesgo de ofender con mis palabras o mis gestos a los que me rodean sin que la guillotina políticamente correcta, esa perversión, ese mar, ese universo de desamparo, caiga sin previo aviso sobre mi cuello.

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