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Viajes de papel el blog de Nicanor Gómez Villegas


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18 de febrero, 2016

La luz todavía

 

 

 

Dixitque Deus: Fiat lux. Et facta est lux. “Y dijo Dios: hágase la luz. Y la luz se hizo”. La luz no siempre alumbra y su resplandor, según Amancio Prada, a veces siembra dudas, hasta el punto de que puede conmover los cimientos más profundos. Aun así la luz que separa las tinieblas del día sigue siendo la luz y el estro poético de un buen amigo. Un libro suyo da título a este fragmento melancólico. Aún la luz, como una promesa. La luz todavía.

 

El instante que precede a la luz primordial, la luz del alba, al alba, es el antelucano, el momento elegido por los musulmanes para su primera oración: fajr, en esa hora de “entre lobo y can” o entrelubricán en la que hay tan poca luz que no se puede diferenciar a un lobo de un perro. A esa hora se puede contemplar el lucero del alba, la estrella de la mañana. “¿Cómo has caído del cielo, O Lucifer (o lucero), hijo de la mañana?”, se dice en Isaías XIV,12. Pero aquí, traduttore traditore, se produjo un malentendido. El texto bíblico hacía referencia al Rey de Babilonia, Helel Ben Shahar, y ese “caído del cielo” fue considerado por los traductores cristianos del texto hebreo como una referencia a Satán. El Phosphoros del texto de la traducción griega, “portador de la luz”, fue traducido por San Jerónimo como Lucifer. El Lucero del alba, la estrella de la mañana (stella matutina) es el nombre popular de Venus, el astro que resulta visible al amanecer, al alba, el Morgenstern de los alemanes y la Morning star de los anglosajones. Y cuando se ve a Venus por la tarde se le denomina “el Lucero de la tarde”. Otros nombres de origen latino son también portadores de la luz. Como Lucina, la diosa romana del parto, femenino de lucinus, “la que trae la luz”. No pudo elegir mejor numen tutelar para su editorial en la Rúa de los Notarios zamorana Agustín García Calvo. También heredamos de los romanos Lucio, Lucía, Lucinio, Lucino, todos ellos trayéndonos la luz. La luz todavía.

 

Lux  y leukós, la palabra griega para designar a la antítesis de la oscuridad: el color blanco, proceden de una raíz protoindeuropea *leuk―, “brillo”, “resplandor” origen también de las palabras germánicas para denominar a la luz: light (inglés) y Licht (alemán). Lefkadía (origen de los nombres Leocadia y Leocadio) era ―es― el nombre de una de las islas jónicas, porque blanca se ve desde el mar del color del vino. Lucania es la región italiana al otro lado de ese mismo mar que toma su nombre de la misma palabra leukós. Y a Lucas, el discípulo griego de San Pablo, el autor de uno de los cuatro evangelios, sus padres le dieron el nombre del gentilicio de los habitantes de Lucania, la tierra de la luz.

 

Y blanco, lo opuesto al negro que lo circunda por la noche, es el color del satélite de la tierra: la luna, una diosa para los romanos, que tomaba su nombre de la raíz *leuksna―, como lux, lumen, lucere, lucidus. Y de esa misma luz viene lustro, de “lustrar”, “iluminar”, ceremonia que se celebraba cada cinco años en la antigua Roma. E Ilustración.  E Iluminar. La luz todavía.

 

“La del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta” (El Quijote I, 4). “Al alba”, cuando rompe la luz y desaparecen las tinieblas y a veces cesa la vida como nos enseñó Aute. “Llegó el alba y pasó, y llegó de nuevo, sin traer el día”, nos dice Lord Byron en su bellísimo poema Darkness (1816). Llega el alba, llega el día, justo después de la aurora de los rosados dedos, siempre guardando la promesa de que su luz nos envolverá. La luz todavía.

 

Foto: Amanecer en el desierto. Cortesía de mi amigo José del Río Mons ©

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