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Viajes de papel el blog de Nicanor Gómez Villegas


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4 de febrero, 2016

Nombres pacíficos

 

 

Los antiguos pensaban que el carácter era destino. También pensaban que el nombre imprimía carácter, es decir, que el nombre también era destino: nomen est omen. Aunque sólo sea como ideal, la paz es algo importante en todas o casi todas las culturas (nos cuesta mucho asociar la idea de la paz cuando pensamos en Atila y sus hunos, o Gengis Khan o Tamerlán y sus mongoles), y por esa razón la paz está en el corazón de muchos nombres de personas (antropónimos) y de lugares (topónimos). Los árabes y los musulmanes en general tienen la paz alta estima, hasta el punto de que el nombre de su religión, Islam, procede de una raíz semítica de tres letras ―como todas las raíces semíticas―, s-l-m, que aglutina conceptos de totalidad, integridad, comunión, seguridad, sumisión (la traducción más habitual, pero que resulta insuficiente) y, sobre todo, paz. De esa raíz procede la palabra árabe para paz: Shalam y el saludo más común para los árabes, sean cristianos o musulmanes, Shalam aleikum, “la paz sea contigo”, al que se ha de contestar ritualmente w’aleikum Shalam, “que contigo sea igualmente la paz”. Los hebreos, otro pueblo semítico, se saludan de un modo análogo, siempre deseándose la paz: Shalom aleijem, a lo que se ha de responder ritualmente aleijem Shalom.

 

A los vecinos cristianos de los musulmanes en Al-Andalus acostumbrados a escuchar los saludos de estos consideraban que siempre estaban haciendo zalemas, es decir, que eran unos zalameros que se dedicaban a hacer zalamerías. También quedaron otros recuerdos como los varios pueblos que se llaman Zalamea, en particular el que tuvo un alcalde que pasó a la eternidad gracias a Pedro Calderón de la Barca. Existe en Albacete otro pueblo llamado Zulema del Júcar. Una amiga mía, Zulema de la Cruz, creía hasta hace muy poco que su nombre significa “la favorita del sultán”. No me cabe duda de que su asesor debe de ser un enamorado de Las mil y una noches, pero Zulema es un nombre pacífico por antonomasia. Es la versión femenina de Selim, Salam, Salem o Suleyman, aunque este nombre es la versión que se recoge en El Corán del nombre del rey sabio por excelencia, el hijo de David y Betsabé: Salomón, el autor de El Cantar de los Cantares (la cosa venía de familia, pues su padre compuso El libro de los salmos). En hebreo Shlomo significa “pacífico”. Al Rey David, que comenzó su andadura con un encontronazo con Goliath, le debía gustar la paz, pues le puso a otro hijo el nombre de Absalón, “el padre es la paz”.

 

Cambiamos de tercio o más bien de dominio lingüístico. Las lenguas indoeuropeas también le dan importancia a los nombres pacíficos. Comenzando por el griego, que nos ha legado el bello nombre de Irene, y el menos bello de Ireneo. Para los romanos la paz (pax, -cis) era la ausencia o cese de la guerra o de las hostilidades, y de ese vocablo derivaron varios nombres como Pacífico  y Pacato, que ya solo conservamos como adjetivo. Del latín pasó al francés paix, y de este al inglés: peace. Pax procede de una raíz indoeuropea *pag-/*pak- que significa “fortalecer” o “asegurar o “acordar”, origen asimismo de la palabra pacto.

 

Los pueblos germanos tenían una palabra casi equivalente a pax: friᵭu, emparentada con free y frei, “libre”. De los germanos, a quienes también les gustaba emplear la palabra “paz” en su onomástica han llegado a nosotros varios nombres que tomaron carta de naturaleza en nuestra lengua hace siglos: Sigfrido (de Siegfried, “victorioso” y “pacífico”, Frida, “pacifica”, y Federico (de Fridu-rih, “que gobierna a través de la paz”), y muchos otros nombres que llevan en sus entrañas la noción de paz: Godofredo, Alfredo, Wilfredo. En las culturas germánicas la guerra era tan importante y omnipresente que no nos extraña que le dieran tanta importancia a su cese, al fin de las hostilidades.

 

Los eslavos también tenían en su cultura muy presente el anhelo de paz. Mir significa “paz”, de ahí el título de la gran novela de León Tolstoi: Guerra y Paz (Voina i Mir).  Mir era el nombre de una comunidad rural en la Rusia zarista, un término que procedía de las traducciones al eslavo eclesiástico de los textos bíblicos en griego, “comunidad de paz”. Mir fue un neologismo que se acompañó para traducir el griego kósmos (world y Welt fueron acuñadas con el mismo propósito en las lenguas germánicas). De las lenguas eslavas han llegado hasta nosotros algunos nombres pacíficos, como Vladimiro y Casimiro, y el nombre femenino Mira.

 

Ya lo saben. Dime cómo te llamas y te diré quién eres. La paz sea con ustedes.

 

 

 

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