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Urbi et interneti el blog de Ricardo Bada


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18 de marzo, 2016

De mi Diario / Semana 11 / 2016


¡¡¡ AVISO IMPORTANTE !!!

A causa de un viaje a España en los días de la Pascua Florida, la nueva entrega de este diario tiene lugar hoy, viernes a medianoche (hora europea), y la siguiente tendrá lugar, si todo va bien, el sábado 2 de abril a medianoche (hora europea), incluyendo el diario de nuestro viaje.

 

De todos modos, la semana intermedia habrá una entrega el sábado 26 a medianoche (hora europea) con una antología de mi diario, desde el día en que lo empecé a llevar hasta que comenzó a ser publicado como blog en Fronterad.

Pueden acceder a ella a través del enlace http://fronterad.com/?q=blog/13


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Weiß/Colonia, 13.3.

0:30 am: Termino de leer la primera parte de la última novela de Baroja, Los caprichos de la suerte, que recién ha venido a publicarse a fines del 2015. Y al cerrar el libro pienso qué pasaría si don Pío todavía viviese, y una editorial alemana se hubiera decidido a publicarle esta novela y le encargase la traducción a Monika. Ay, mi buen don Pío, no sabe usted bien de la que se libró muriéndose antes... Monika tendría ya unas dos hojas DIN A4 llenas de preguntas acerca del texto, y sin cuyas respuestas la traducción sería una función de funambulismo, y me apuesto mi única corbata de Armani a que usted no sería capaz de contestar fundamentadamente ni un tercio de las preguntas. Aunque sí sé que le gustaría que Monika se las hiciera no por escrito, sino en su piso de la calle Ruiz de Alarcón, porque como nos dejó dicho Cela en una entrevista de hace mil años, «a Baroja le gustaban las mujeres más que el pan frito». Y Monika... ah, era Monika.

 

Fuimos con Oskar al cine, a ver Hail, Caesar!, de los hermanos Coen, y me felicité de haberlo invitado porque gozó la peli incluso cuando no conocía el trasfondo, pero es que la peli arrastra. Y del cine a La Esquina, para irlo ambientando a la que le espera en Huelva a partir del sábado. Comió dos pinchos morunos, dos chorizos merguez, gambas rebozás y un boquerón frito que le pasé de mi ración, para que lo probara (no le quise dar más por si acaso heredó la alergia de Diny al pescado azul, ojalá que no). Mientras tapeábamos le fui contando a los dos todas y cada una de las referencias incluidas en el guión de Hail, Caesar!, para resumirle luego a Oskar: «Bien que te has reído con la peli, pero espero que ahora te des cuenta de que cuanto más sabes de un asunto, más puedes disfrutar de él». Me sentí asquerosamente pedagógico. Ay.

 

Le envié a Violeta, en Caracas, por si quería subirla a su blog, una frase leída en las desmemorias de Canicio («La religión es un subgénero literario»); @tcamachomol le pregunta: «¿Cómo diste con este texto del maestro?»; Violeta le explica que fui yo quien lo descubrí y se lo pasé; y la respuesta de @tcamachomol es aún más sorpresiva que el hecho de llamar maestro a Canicio:

 

Weiß/Colonia, 14.3.

Me escribe Héctor que estuvo en Ámsterdam y visitó el Museo Multatuli, tan recoleto, tan... multatuli. Y me cuenta que por la tarde irá con el tren a Leiden. Me hace recordar que la primera vez que estuve en Leiden fue para conocer personalmente al traductor al neerlandés de Pedro Páramo, Jan Lechner, casado con una asturiana; y la segunda vez, para conocer a Francisco Carrasquer, el traductor al español de Max Havelaar. Curioso: se trata de dos novelas tituladas con los nombres de sus protagonistas.

 

Lo encuentro en la relectura de las memorias de Arthur Miller: a pesar de que no era un éxito, los actores insistían en seguir representando Las brujas de Salem, en Broadway, especialmente a partir de la función en que al llegar el momento de la ejecución del protagonista, John Proctor, el público se puso en pie como un solo hombre y guardó silencio, las cabezas agachadas, unos dos minutos. Algunos actores no entendieron que es lo que estaba pasando, por qué el público se comportaba de ese modo; sus colegas tuvieron que informarlos en voz baja. Era el 19 de junio de 1953: en esos momentos estaban siendo ejecutados en Sing Sing, en la silla eléctrica, Ethel y Julius Rosenberg, un crimen equiparable al linchamiento de un negro en Alabama. Solo que aquí no fueron los hombres del Ku Klux Klan quienes asesinaron, sino la “Justicia” de los Estados Unidos. La que ya se había cubierto de triste gloria 26 años atrás con el asesinato asimismo legal de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti.

 

Weiß/Colonia, 15.3.

En La Modicana espaguetis a lo pobre, con solo mantequilla y parmesano rallado, una delicia, una Delikatesse. Y al regresar a casa, el postre: pasamos por delante de la parada del bus y están en ella Montse y Henri. Guapísima Montse, con un abrigo azul marino que no le conocía (el azul le va muy bien, como a mí), y Henri divertido con la casualidad de que lo hayamos descubierto desde el auto en marcha. Aprovecho para contarle que el sábado me voy con Oskar y la abuela a España, y preguntarle si quiere que le traiga alguna cosa de allá. Me dice que sí, le pregunto que qué cosa y me dice que no sabe. Le pido un beso de despedida, me lo da sin vacilar, y lo estrujo con mi abrazo y me lo como a besos. No protesta, buena señal.

 

Le explico a Luis, en un email a Berlín, acerca de uno de mis más poderosos rechazos: «¿Sabes una cosa, Luis? En primer lugar, no se trata de la degradación del elogio que implica el que un noble sustantivo ("maestro") se use tan indiscriminadamente como "compadre, pana, parce, mi socio, pibe, tío, macho", etc. etc. etc., sino que incluso cuando se emplea como signo de reconocimiento, ya ha perdido ese valor en el camino por lo indiscriminadamente que se usa. Y en segundo lugar, en mi caso específico, se trata de que me siento orgullosamente instalado en la condición de alumno eterno, no hay un solo día en que no aprenda algo nuevo. Quede, pues, la categoría de "maestros" para quienes no tienen más que aprender. ¡Qué pena que me dan!».

 

Weiß/Colonia, 16.3.

1:00 pm: comienzan a pasar hoy por la tele una serie policial australiana ambientada en el Melbourne de los años veinte y protagonizada por Phryne Fisher. No pude ver la primera transmisión a las 8:15 pm y aguardé a la segunda, poco antes de medianoche, y andaba de lo más entusiasmado y estábamos ya en la escena clímax cuando percibo un sonido de teléfono que no procede del televisor. Y si el teléfono suena en esta casa a las 0:30 am es que me está llamando alguien desde América Latina. Corrí de la sala a este cuarto y ahí seguía sonando el teléfono. Era una llamada desde México, desde Chilango City, una llamada de mi Kathyuhska del alma, que estaba cerrando el número de abril de Nexos y quería mi conformidad para el pdf con el texto de  mi libreto de La serenata de Altisidora, la ópera breve de David Graham, la quieren publicar en el dossier dedicado a Cervantes en el 4.º centenario de su muerte. Es una preciosidad la edición que han hecho de mi texto, y las ilustraciones de Kathia Recio lo mejoran de una manera que me da calor en las mejillas. Por supuesto, cuando terminé de revisar el pdf ya estaba por terminar también el episodio de la serie, pero no me importó porque, a) gracias a su llamada he oído por primera vez la voz de Kathyushka, y b) el episodio lo pasan de nuevo el viernes por la noche. Me voy a la cama no sin dejar anotado aquí que lo de Altisidora en Nexos me suena algo así como Ariadna en Naxos, también de un Ricardo, mi tocayo Strauss.

 

Otro hallazgo en la relectura de las memorias de Arthur Miller: viajan a Londres Marilyn y él, Marilyn está contratada para filmar con Laurence Olivier El príncipe y la corista. La impresión que produce MM en el público inglés es tan inenarrablemente fuerte y absorbente, a lo largo de los meses de la filmación, que Miller solo puede describirla diciendo esto: «Se hubiera podido remolcar la isla al Océano Índico sin que nadie lo hubiese notado». Era mucha Marilyn, esa.

 

Renoir, la peli, en el canal Arte. Una peli entrañable, es la tercera o la cuarta vez que la veo, y no me importará, antes al contrario, volverla a ver cuando la pasen de nuevo. Uno se emborracha de colores viéndola. Y de la suma belleza de la carne femenina en plena sazón. Me hace recordar una frase de Pérez Galdós de aquellas suyas en las que el maestro, donde ponía el ojo, ponía la bala: «La belleza de las líneas convierte la carne tibia en el más honesto de los mármoles».

 

Weiß/Colonia, 17.3.

Mientras estoy desayunando me llama Willy. Resulta que De Bezige Bij [=la abeja laboriosa], una de las grandes editoriales neerlandesas, quiere sacar un volumen de unas mil páginas con los ensayos de Borges, no todos, pero casi. Y Willy se encarga de la edición, lo mismo que hace un par de años se encargó de la edición de los poemas completos de Georgie Boy. Ello significa que el puente telefónico Ámsterdam–Colonia volverá a funcionar de nuevo como hace ese par de años. De lo que me alegro, porque las preguntas que me plantea Willy me hacen tener que pensar en mi propio idioma con los ojos de alguien que no lo posee como lengua natal. Basta un botón de muestra. Willy quiere saber, en el ensayo “La penúltima versión de la realidad”, qué quiere decir la frase «Aquí, para mayor generosidad en lo palabrero...», una frase en la que uno, hispanoleyente natal, no se detendría nunca por ese adjetivo vuelto sustantivo, y entonces hay que leerlo con otros ojos cuando se lo tiene que explicar al hispanoleyente no natal.

 

En lo del odontólogo me fijan definitivamente las coronas con las cuales recupero el maxilar superior. Han sido algunos de los minutos–siglos más asfixiantes de mi vida, cuando tuve que apretar ambas filas de dientes para que cuajase el cemento de las coronas, y no podía abrir la boca hasta que no llegase el Dr. Kleidon a controlar, y las fauces se me llenaban de saliva que no me atrevía a engullir porque toda la boca estaba llena de fragmentos y polvillo del cemento, así es que la saliva se me escurría por las comisuras y tenía que estar constantemente secándome la mandíbula para no parecer un fauno escondido tras un árbol y viendo bañarse a la Venus de Milo. Al regresar a casa, con paso vivo y firme, que a mí mismo me sorprendió, y sabiendo que no sería capaz de dormir siesta, terminé a medias las tareas de la contabilidad doméstica e hice los dos paquetes de libros que voy a enviar mañana a Julio, por su cumpleaños el domingo (que no podremos festejar con él), y para Héctor, con una sorpresa que estoy seguro de que le va a gustar.

 

A las 4:30 pm me acosté y me quedé semiapoliyando hasta casi la hora de la cena, habiendo tomado un Paracetamol contra el dolor que seguiría a la evaporación de los últimos vestigios de la anestesia. Cené poco, porque la corona de la derecha todavía no encontró su acomodo en mis encías y no es que me duela, pero mi cuerpo resiente la presencia de un elemento extraño que le han implantado casi que manu militari. Todo sea para poder volverme a reír con la boca abierta, como me dice Diny para consolarme.

 

Me despido hasta el jueves 31 de mi querida Candice Renoir. Ojalá pueda recuperar en la mediateca del canal Arte los dos episodios que pasarán el 24, cuando estaré en Huelva viendo pasar la cofradía del Cristo de la Buena Muerte, con la que desfilé algunos de mis años mozos y por la que sentía afecto; sí, porque la Virgen de la Consolación en sus Dolores va en un paso abierto, sencillo, sin palio suntuoso ni cerería centelleante, no le cuelga un manto recamado en oro, ni le adorna más joya que el puñal que lleva clavado en el pecho mientras mira a la cruz con el Cristo ya desenclavado, de ella solo cuelga un sudario. Al paso del Señor lo seguía todos los años mi madre, desde 1954, cuando hizo esa promesa de penitencia el día que me operaron a vida o muerte. No soy cristiano, pero a esa Virgen y a ese Cristo yo los quiero.

 

Weiß/Colonia, 18.3.

Envío el # 773 de The Twitter’s Digest con una crucifixión muy sugestiva, y algo poscristiana, como pronóstico del tiempo para los días que se aproximan. No consigo reencontrar la fuente para poderla insertar como hipervínculo al subir el diario a Fronterad. Lástima grande.

 

Estuve revisando la revista quincenal con la programación de TV a partir de mañana, solo para constatar que, por dicha, son muy pocas las pelis que me voy a perder. Lo único que voy a sentir de veras es perderme el segundo episodio de la serie australiana, un episodio de la serie Vera –con la prodigiosa Brenda Blethyn– y dos episodios de Candice Renoir, pero creo que estos tres últimos voy a poderlos recuperar en la mediateca de ZDF Neo. Oremus.

 

He salido por última vez de casa antes de viajar, he ido al Banco a hacer una transferencia y a la oficina postal a despachar correo quelonio, y luego al ReWe grande para comprarle a Diny un paquete de pan integral y media docena de huevos bío, a fin de que tengamos en esta casa algo que comer cuando regresemos el domingo 27 (el lunes 28 es fiesta en toda Alemania, ni una sola tienda abierta). Pero en el ReWe de Rodenkirchen todos los paquetes de pan integral que había caducaban antes del 27, así es que decidí agarrar el bus a Sürth, que tiene una parada en el ReWe del barrio de los pintores. Salgo, pues, del supermercado con la mala suerte de que el bus acaba de partir. Diez minutos de espera hasta el siguiente. Llega, me subo, bajo en el siguiente ReWe y por fin encuentro un paquete de pan integral con fecha de caducidad aceptable. Salgo una vez más a la calle y otra vez la mala suerte de ver cómo el bus acaba de marcharse. Otros diez minutos que me toca esperar, pienso. Pero son veinte porque uno se debe de haber perdido en el camino. Y hace un frío húmedo que cala hasta los huesos, así es que me temo que en vez de a Faro voy a volar a un quirófano. La requetecontrarremilputísima KVB se diría emperrada en joderme la despedida de Colonia. Por fin el puto bus, y cuando cinco minutos más tarde llego a casa hecho una piltrafa, me fijo en el magnolio de la entrada, con todos los capullos a la vista pero todavía no ha abierto ninguno. Y hasta me temo que si por la noche baja la temperatura, esta floración se va a quedar en agraz. La meteorología y la KVB [la compañía de transportes públicos] conchabadas en mi contra.

 

Durante la soñarrera de la siesta recordé que hace 50 años, por estas mismas fechas, Willy y yo nos pusimos en camino a Huelva, por tren (¿por qué no pensamos en volar?), un viaje pintoresco e interminable: Colonia–París [con transbordo de la Gare du Nord a la Gare d’Austerlitz, la primera vez en su vida que Willy viajó en Métro]–Irún–Madrid [con transbordo de Príncipe Pío a Atocha, donde perdimos el tren nocturno a Cádiz por un par de minutos y tuvimos que esperar a la salida del primer tren mañanero]–Sevilla–¡Huelva por fin! Y en plena semana santa. Willy me acompañaba para informar al consejo de familia de los Hansen que la familia Bada era una familia comm’il faut. Y para él tiene que haber sido (lo fue, lo sé) una vivencia inolvidable, no solo por la acogida que le dispensó mi familia, no solo por el estupor y el deslumbramiento que puede provocar el espectáculo pagano de una semana santa andaluza en un católico de lo más profundo de los Países Bajos, sino también por el hecho de que parecía como si en Huelva se conociese todo el mundo (yo llevaba tres años sin ir, desde que me marché, así es que todos mis amigos me paraban a cada rato en la calle para saludarme y querer saber cómo me iba en las germanias). Además tuvo Willy la mayúscula sorpresa de que le presentase en la calle nada menos que a un campeón del mundo de billar, Pepe Gálvez, que era de Huelva y a quien Willy conocía por la prensa y la radio. Y last but not least, cuando probó por primera vez en su vida el jamón de Jabugo, echó mano a su diccionario de bolsillo, buscó afanoso en él y respondió a la mirada interrogativa de mi padre diciéndole: «¡Sabroso!» Desde entonces, en la familia Bada, el adjetivo “sabroso” fue el santo y seña para recordar a Willy. Y ahora, exactamente medio siglo después, es también a un extranjero al que acompaño a Huelva para que conozca a mi familia, que, además, es la suya. Bendita esta criatura, Oskar, que me incitó a salir de mi caparazón.

[Solo he olvidado consignar que en marzo de 1966 Willy contaba nomás 16 años, los mismos que cuenta Oskar en estos momentos. La historia no es que se repita, es que rumia].

 

11:25 pm: por fin pude ver completo el primer episodio de la serie Phryne Fisher y desde ya sé que aunque me pierda el segundo, no me perderé ninguno más del 3.º al 13.º, esta es una serie de las que a mí me gustan, y con una ambientación que es una golosina para los ojos y los oídos (¡la banda sonora con música de los roaring twenties!) Si cumple con la mitad de lo que promete en el primer episodio, ya vale la pena. Y ahora solo queda subir esta semana incompleta de seis días al blog de Fronterad, servirme un Single Malt de 10 años de la botella de Ardbeg que me regaló Héctor cuando vino hace un par de semanas a pasar un par de días con nosotros, y enviarle a Oskar, a las 0:01 del nuevo día, el último email (¡Cero!) del countdown de su viaje a Huelva.

 

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Bienvenidos, los tres, al Jardín de las Hespérides.

Seguro que Oskar ya se acostumbró a los besos de las titas andaluzas.

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