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Urbi et interneti el blog de Ricardo Bada


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10 de mayo, 2015

De mi Diario / Semana 19 / 2015

 

Weiß/Colonia, 3.5.

Pasaron anoche seguidas la peli Hannah Arendt, de Margarethe von Trotta, y un docudrama sobre Eichmann, incorporado por Herbert Knaup en una interpretación que le pone la carne de gallina al espectador. Este docudrama es casi una demostración de geometría simétrica con la expresión que HA hizo famosa en su reportaje del juicio a Eichmann escrito por encargo de la New Yorker: «la banalidad del mal».

 

Tengo desde hace tiempo la idea de escribir algo sobre las series policiales en la tele, donde los autos siempre encuentran parqueos, los jefes casi siempre son mujeres, las búsquedas en lugares sospechosos casi siempre se hacen a la luz de las linternas de los detectives y no de las luces de la casa, y las huidas casi siempre suelen ser a lo más alto de un edificio, que es lo más parecido que hay a un callejón sin salida. Visto así, más que policiales son de ciencia ficción.

 

Weiß/Colonia, 4.5.

Tenía ya escrito el texto de mi columna del viernes en El Espectador, pero al ir a enviársela a Fernando Araújo caigo en la cuenta de que el viernes será 8 de mayo, el 70 aniversario del final de la guerra. Improviso un nuevo texto, que no me cuesta nada, si acaso el esfuerzo de acendrar en 2.700 espacios mucho de lo que pienso y lo que siento acerca de este país, que es el de mis hijos y mis nietos. Algo que resumí hace días en un tuit que me publicó don León, en Medellín:

 

A las 8:15 pm, en el canal Arte, Union Pacific. Por ella no pasan los años. Que son los mismos que yo cuento. Al respecto tengo una teoría tan egocéntrica que no me resisto a dejarla escrita en este diario. Y es que cuando descubrí la plétora de obras maestras que produjo Hollywood en ese año de gracia que fue 1939, lo imaginé por un instante como un reconocimiento anticipado que Hollywood me hacía, para festejar la efeméride del nacimiento en Huelva de quien pasado el tiempo llegaría a ser uno de los más empeciapasionados cinéfilos de todos los tiempos.

 

NDK recibió una copia del texto de mi columna de este viernes y me escribe lo siguiente: «Mi buen amigo: Lo único que admiro de Alemania es a sus filósofos y a sus compositores, y nada más. Y de los filósofos, excluyo al retorcido Martin Heidegger». Le contesto: «Pues mira todo lo que te pierdes Durero, los dos Holbein, Cranach, Käthe Kollwitz, Paula Modersohn-Becker, Max Ernst, Gerhard Richter, Goethe, Schiller, Hölderlin, von Kleist, Büchner, Heine, Rilke,  Hauptmann, Paul Celan, Thomas Mann, Döblin, Bertolt Brecht, Hannah Arendt, Heinrich Böll, Günter Grass, Pabst, Murnau, Fritz Lang, Fassbinder, Wenders, Schlöndorff, Margarethe von Trotta, Marlene Dietrich, Romy Schneider, Maximilian Schell, Pina Bausch... y no sigo porque la lista es del copón. Yo, al contrario que tú, no admiro de Alemania a sus filósofos por la sencilla razón de que no los he leído, mi caletre no alcanza para su lectura. Sé que son grandes, de los más grandes, Kant, Schelling, Hegel, Husserl e tutti quanti, pero tan sólo he leído algo de Schopenhauer y de Karl Jaspers, que tuvieron lo que Borges llama "la cortesía de la claridad". En cuanto a los compositores, de completo acuerdo». Me responde casi a vuelta de correos, desde Madrid: «¡Por Dios! Cómo se me pudieron olvidar sus pintores, poetas y escritores... No, no me los pierdo, los tengo casi todos». Y yo: «Querida, no sabes el suspiro de alivio que acabo de soltar; si sentiste ondear los visillos de la ventana, que sepas que era yo. Vale, con un beso, y esto amerita un Single Malt de 12 años, ya en la planchada del ferry a Islay».

 

Héctor ha seguido mi diálogo con NDK y me escribe: «Ay, y los científicos: Lichtenberg, Goethe, Einstein, Humboldt, el gran genio Gauss, de la campana, y Rieman, el matemático (como Hilbert, como Heisenberg), y Koch (a quien todos los humanos estamos agradecidos tanto como a Semmelweiss), y Hertz, sin el cual este mail no podría escribirse, y Joseph Roth, que escribía en esta lengua, y Max Planck, para entender el micromundo. Y los mejores carros, motos, trenes, metros. Por Dios, cuánta gente grande ha dado esa lengua, esa cultura, Konrad Lorenz, también, y otros que se me quedan en la memoria». A él le contesto que por supuesto, pero que yo sólo menciono a los alemanes, Semmelweis era húngaro, y Joseph Roth y Konrad Lorenz eran austríacos. Y sí, lo que el mundo le debe a Alemania no es moco de pavo. No está de más recordarlo cuando se acerca, el viernes de esta semana, el 70º aniversario de la hora final de la vesania nazi, la otra cara de la medalla: lo que Alemania le quedó debiendo al mundo.

 

Weiß/Colonia, 5.5.

Mientras desayuno leyendo el diario viene Diny a decirme que ha muerto Jesús Hermida. Más tarde me llama Joselito, desde Huelva, para decírmelo también. A Jesús, en España en general, pero más que en ninguna parte en su tierra natal, lo criticaron hasta decir basta: en Huelva les molestaba incluso que no hablase con acento andaluz, creían que impostaba el castellano para hacerse importante. Era la venganza de los pigmeos. A mí, cada vez que lo criticaban en mi presencia, me salía la rabia y decía sin andarme por las ramas que a ver cuántos de sus críticos tendrían los cojones que él tuvo, al hacerse cargo de su familia, siendo un muchacho, porque su padre, marinero, desapareció en una tormenta en alta mar; y Jesús, que no quería ser otra cosa sino periodista, se marchó a Madrid y estuvo trabajando de albañil en la Ciudad Universitaria, para pagarse los estudios y mantener a su familia en Huelva. Que se fueran a la repinche mierda quienes lo criticaban, y no excluyo a nadie. Pienso, siempre lo he pensado en su caso, que lo curioso del mismo es que Jesús y yo sólo nos encontramos una vez en nuestras vidas, en Huelva, un día muy lejano, saliendo él –que ya se había hecho un nombre en Madrid– de la redacción del diario Odiel, a la que yo llegaba con el manuscrito de otra de mis vitriólicas glosas, una de las cuales terminó casi por condenarme a poco menos que la muerte civil del apartheid. Nos presentaron, nos dimos la mano, y eso fue todo. Pero yo sabía muchísimo de Jesús porque durante mi servicio militar en Madrid había compartido habitación con uno de sus mejores amigos, el pintor Alberto Vázquez, también de Huelva, en la Pensión Gómez, en el # 50 de la calle que entonces se llamaba Joaquín García Morato, y hoy Santa Engracia. (La pensión estaba en el mismo edificio donde vivió y murió José Nogales, otro gran huelvano; un altorrelieve en la fachada lo recuerda). Y gracias a Alberto, mediatamente, conocí y admiré a Jesús, y fue por lo que sabía de él que luego lo defendí a capa y espada frente a los enanos. Es algo que se me suele dar muy bien, por la sencilla razón de que los entiendo. O sea, sé cómo combatirlos en su propio terreno. Se llamen con apellidos huelvanos, o Sartre.

 

En La Modicana, hoy, Carlitos se decanta por una lasaña con salmón y espinacas, y yo, que a las espinacas les tengo un aborrecimiento feroz, le digo a la signora que nada de experimentos, que a mí los espaguetis con marisco. Carlitos le explica a la signora que en las segundas elecciones libres en Alemania, en 1953, el programa que Adenauer presentó a los alemanes para hacerse reelegir como canciller, se redujo justamente a esa frase: «Keine Experimente!» Y la verdad es que no sé si sentirme orgulloso de andar citando al viejo KA... pero todo sea por los espaguetis.

 

La nueva huelga ferroviaria comenzó ayer por lo que se refiere a los trenes mercancías, y hoy a los de pasajeros. Mi problema es tratar de saber si habrá algún tren que me lleve hasta Hamburgo aunque me deje allá sólo ½ hora antes de la señalada para dar mi conferencia. Y las cosas no son tan fáciles, por una cantidad de pormenores técnico–burocráticos que, al final, desembocan en uno solo y nada técnico, y es que, aunque haya trenes que sí me lleven allá, no haya posibilidad de lograr que sea con un asiento reservado, y es que yo no estoy dispuesto, ni por todo el oro del mundo, a viajar de Colonia a Hamburgo, cuatro horas y ¼ de pie, o reclinado contra una pared del vagón y sentado de manera precaria encima de mi valija parada verticalmente. A mis ya casi ya 76 años no le van bien semejantes aventuras. Que Cervantes y, sobre todo, Altisidora, me perdonen. (Gracias, y esperemos que Hermes nos sea propicio).

 

Weiß/Colonia, 6.5.

Releo Un mes en el campo, el drama de Turgueniev (al parecer lo correcto es Turguénev, pero yo lo conocí como Turgueniev y así se me quedó grabado en la mollera), lo releo en el bus que me lleva a Rodenkirchen y en el que me devuelve a Weiß. Es lo bueno que tiene la lectura de un texto teatral, que se lee de un tirón y en un tiempo mínimo si se lo compara con la inversión de tiempo que representa leer, por ejemplo, Cien años de soledad, y no digamos un buen Faulkner. Yo adoro la lectura de textos teatrales, y los de Ibsen, Shaw, Pirandello, también los de O’Neill, los releo y releo, quizás por lo mucho que me importa conocer a los personajes a través de sus palabras, y eso donde mejor puede aprenderse es en los diálogos dramatúrgicos, no tanto en los de las novelas, que suelen sucumbir a la tentación de la literatura. Los diálogos teatrales, si son los de un maestro, sobre todo Ibsen, nos hacen platicar con los personajes como gente viva, lo que casi nunca es posible con los personajes dialogantes de las narraciones.

 

Weiß/Colonia, 7.5.

Abro la gaveta de esta mesa donde guardo las libreticas que suelo cargar conmigo cuando salgo de viaje, para hacer anotaciones, y elijo una donde me espera una sorpresa, el boleto del Museo Turguéniev, en las cercanías de París. Allí fuimos un buen día con Fernando, a quien le gustaba llevarnos de excursión fuera de la ciudad y mostrarnos tanta belleza como hay a su alrededor. Así conocimos también Fontainebleau, la quinta de Manet, la tumba de Van Gogh... y ahora que lo pienso, nunca nos llevó a Versalles. De pronto el boleto del Musée Tourguéniev (¡20 francos!) me hace recordar cómo Fernando quiso sentarse a la mesa donde el ruso escribía y me pidió que me apostara como vigilante en la puerta, porque estaba rigurosamente prohibido tocar los objetos expuestos. Así, este pedacito de papel, rectangular, color magenta, justamente al día siguiente de haber releído una obra de IT, se mimetiza en una especie de magdalena proustiana.

 

Como no quiero perder de ninguna manera el tren a Hamburgo, y entretanto alimento con buena carga de experiencias negativas una desconfianza indecible hacia la KVB, le he pedido a Carlos que me venga a buscar con su auto y me lleve a la estación. Y veo que ya llega y está doblando para bajar la rampa hacia nuestro patio de garajes. Es hora de cerrar la compu.

 

En el tren y en Hamburgo, 7.5.

Estar hoy en la estación de Colonia esperando la llegada del tren a Hamburgo es una experiencia como de película de catástrofe posnuclear, con estos andenes vacíos como desiertos. Ay, y pensar que todo ello se debe al ego de un solo dirigente sindical, es de mear y no echar gota.

 

Comienzo en el tren la lectura de El hombre que amaba los perros, el libro de Leonardo Padura que tanta gente me ha recomendado. Y me atrapa desde el vamos, pese a unas “aprehensiones”, en la pg. 83, que evidentemente son “aprensiones”; ese uso latinoamericano de “aprehensión” por “aprensión” jamás me va a entrar en la mollera.

 

Isabel me estaba esperando en la estación y quiso saber si todo había ido bien durante el viaje, le expliqué que incluso mucho mejor de lo que yo podía esperar, ni siquiera había gente parada en los pasillos o las plataformas de los vagones. Entonces Isabel me expone su teoría de que los alemanes son tan ordenados, tan organizados, que al simple aviso de la huelga, y sobre todo si es que tenían planeados viajes a largas distancias, ya cancelaron sus reservas de trenes y buscaron un medio de transporte distinto. Bien pudiera ser.

 

Vamos al hotel sólo para dejar allí mi maleta y seguimos al Cervantes con el mismo taxi. Helena me espera con la grata sorpresa de un nuevo libro suyo, una biografía de Hölderlin, La vida en verso, que lleva como epígrafe una línea de Pasolini en su Edipo Re («¡Cómo quisiera ser tú! Tú cantas eso que está más allá del destino») y estas palabras: «Dedicado a todos los poetas». Pero me espera también, Helena, con una sorpresa menos grata: la de que este verano cesa en su cargo y regresa a España. Me va a costar imaginar, al cabo de diez años, un Hamburgo sin Helena.

 

Esta vez hay muy poco público, sólo las tres primeras filas, serán unas veinte personas, poco más. Y es una pena porque creo que me quedó una conferencia bien bonita. De todos modos sucede al final una cosa que me vale la pena de haber venido y haber hablado, y es que al dirigirnos a tomar una copa de vino se me acerca una de las tres estudiantes de la tercera fila y me dice de un modo que trasluce mucha sinceridad que todavía no ha leído el Quijote, pero que después de haber oído mi conferencia piensa hacerlo muy pronto. Entonces le digo, para animarla, que hay una tuitera alemana de más o menos su misma edad, que hace unos días publicó en su cuenta este trino...

...al que un rato después añadió otro donde preguntaba: «¿Qué se lee después de terminar una novela taaaaan buena?»

 

Tomando la copa de vino que es costumbre ofrecer a los asistentes, y conversando con un par de ellos, Helena suscita el tema de cómo los duques, que tantas burlas le gastan a don Quijote, a fin de cuentas quedan burlados por el caballero, que no depone su locura ni siquiera cuando el cebo es una belleza como Altisidora. Yo añado a ello que la burla es aún mayor cuando se piensa que si la Iª Parte del libro ya aparece comentada dentro del propio libro en su IIª Parte, con mayor razón quedan los duques muy mal parados; son tan tontos o tan prepotentes que ignoran que Cervantes los va a mencionar y a relatar sus burlas con pelos y señales.

 

Seguimos la tradición de cenar en el café de París la sopa bretona de pescado que acá preparan de manera exquisita. Y alargamos la sobremesa, con un burdeos, hasta casi la medianoche. Cuando Helena e Isabel me dejan en el hotel y nos abrazamos para despedirnos, siento algo así como que esta quizá sea la última vez que nos estamos viendo, y me duele. Llego a mi habitación y decido seguir la lectura del libro de Padura en el último ferry a Escocia. Cheers!

 

En el tren y ya en Weiß/Colonia, 8.5.

Estuve leyendo hasta la 1:30 am y me despierto a las 6:46 am, amodorrado, se impone una larga ducha y después un desayuno copioso. Como es un hotel español, el Barceló, cuidan una nota de color local que consiste en la presencia de una fabulosa tortilla española en el buffet. Me preparo mi jarra de té Earl Grey, tras lo cual me sirvo en el plato un generoso pincho de esa tortilla y dos lonchas de salmón ahumado, amén de un pancito crujiente y un dado de mantequilla. Pertrechado de tales armas, uno puede enfrentar cualquier cosa que se le ponga por delante en este día.


El tren aparece puntual y sale puntual, y es la misma historia que cuando vine ayer, no hay ningún problema, probablemente tenga razón Isabel con su teoría. Esta vez me ha tocado en suerte un asiento en dirección contraria a la marcha del tren y en esa fila que enfrenta otra con una mesa de por medio. El viajero frente a mí lee un libro titulado enigmáticamente Darm mit Charme : Alles über ein unterschätztes Organ [Intestino con encanto: Todo acerca de un órgano infravalorado], y la viajera a mi derecha, al otro lado del pasillo, las memorias de Charles Chaplin, que es uno de los peores libros autobiográficos que se hayan escrito nunca, y que si no fuera porque lo firmaba quien lo firmaba, ningún editor en su sano juicio lo hubiese publicado jamás.

 

Queda libre el asiento a mi izquierda, junto a la venta, y un señor mayor, con bastón, que acaba de subir al tren en Düsseldorf, viene a sentarse en él justo cuando me acabo de levantar para ir al lavabo. Al regresar, el señor mayor me pregunta en español que si leo en ese idioma, y le contesto que sí: él es español, me doy cuenta por el acento, y yo para él, también por el acento, debo pasar por latinoamericano. Me pide que le diga qué tal es ese libro, el de Padura, que estaba encima de la mesa y por él fue que me preguntó si yo leía español, y le cuento en detalle de qué se trata y me dice que va a comprarlo para leerlo, porque le interesa mucho después de oír lo que le he contado. En ese momento aparece una mujer elegantemente vestida y que puede ser su esposa, pero mucho más joven, o una hija suya, y le dice que ha conseguido dos asientos contiguos. El señor mayor se despide muy cordialmente, y yo de él, y luego, al bajar del tren en Colonia, me doy cuenta de que también él y su acompañante descienden aquí. Dudo por un momento si acercarme a ellos para preguntarles si viven en Colonia y eventualmente ofrecerle el libro como préstamo dentro de un par de días, pero en un descuido los pierdo de vista y además veo llegar el Citroën de Carlitos.

 

De la estación vamos a La Modicana pasando por Anduronda, donde me aprovisiono de almejas chilenas, atún vasco, jamón serrano, fuet catalán, fabada asturiana y sobrasada mallorquina. Una fiesta para los sentidos. Como los canelones que nos tenía preparados la signora Mancinone, hoy sumamente parlanchina porque tiene un compatriota joven como pinche de cocina. Cuando se lo digo se echa a reír y me dice que la palabra italiana equivalente es “parlantina”, y le replico que, a mi juicio, “parlanchina” suena incluso más italiana. No hay más vueltas que darle.

 

Weiß/Colonia, 9.5.

Después del desayuno transcribo a pantalla las anotaciones del viaje a Hamburgo, me regalo al mediodía mi buena fabada con un chorrito de vinagre de jerez, duermo la siesta, y al levantarme abro de nuevo la cuenta de Alma Delia para ver si por fin subió a su cuenta Twitter el enlace con su columna sabatina en sinembargo.mx, y sí, no sólo la subió, sino que me la dedica. Le dejo un comentario tirándole rienda al corazón pa que no se desboque: «No sé cómo expresar la alegría que me has dado ni el agradecimiento que te debo, a veces el idioma se nos queda chiquito. Me resta el consuelo de que si sólo te digo “Gracias”, el buen Sancho Panza, tan querido de nosotros dos, tal vez lo comentaría diciendo sentenciosamente que “Menos es siempre más”».

 

Hago un descubrimiento en la pg. 298 de El hombre que amaba los perros, cuando se describe con todo pormenor el exhaustivo entrenamiento a que se sometió el catalán Ramón Mercader, en las cercanías de Moscú, para convertirse en el belga Jacques Mornard que asesinaría a Trotski. Leo que «hablaba el francés y el inglés, pero no dominaba el flamenco ni el valón, pues había crecido fuera de Bélgica». Confieso que no sabía de la existencia del valón como lengua de los valones, siempre creí que hablaban francés, pero recurro a los buenos oficios de mi buena amiga Miss Hortensia Google y me desasna al respecto. Nunca te acostarás sin haber aprendido algo nuevo, como dicen las putas con un alto sentido de la profesionalidad.

 

***********FIN***********

 

 

 


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Mucho le ha dado Alemania al mundo y ya poniéndonos en términos de cine, mucho del cine clásico de los grandes estudios americanos le debe a los exiliados alemanes: Billy Wilder, Hans Dreier, Murnau, Lang, Emil Jannings (antes de su endiosamiento nazi), la Dietrich, Heddy Lamarr, Conrad Veidt y otros tantos que se me escapan Si, algunos son austríacos, pero se iniciaron en el cine alemán. Y por otro lado Beckenbauer, en fútbol. De lo malo que nos dejó en deporte, el sistema amateur de la RDA, un profesionalismo lleno de esteroides, que se llenó de medallas.

No se olvide de Ernst Lubitsch, don Samuel. Y en cuanto al deporte no se limite al fútbol, Armin Hary fue el primero en correr los 100 metros en 10" (Olimpiada de Roma, 1960) y Ulrike Meyfarth fue campeona olímpica de salto alto en 1972, Múnich, con sólo 16 años (un récord de precocidad aún no superado en los Juegos Olímpicos), y repitió la hazaña en Los Ángeles, 1984, con 28 años, un caso único en la historia del deporte. Y hay más. En cuanto a la RDA y los esteroides, bueno, la RDA no es el único país con esa tilde en su hoja de vida, con lo cual desde luego no la quiero exculpar. Pero tengo idea de que los deportistas de alta competición ya se dopaban en las Olimpiadas clásicas, en la vieja Hélade. Creo que el dopaje forma parte del sistema, lo queramos o no.

¡Ay, pobre NDK! Qué cosas dice... Eso sí: comparto con esas iniciales el juicio que le merece Martín Heidegger. Tan distinto a su contemporáneo Karl Jaspers.

Me encanta Jaspers, y un libro magnífico entre los suyos, aunque este a cuatro manos, es el de su correspondencia con Hannah Arendt, que fue su discípula en Heidelberg. No sé si está traducido al castellano.

ISSN: 2173-4186 © 2019 fronterad. Todos los derechos reservados.

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