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Urbi et interneti el blog de Ricardo Bada


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19 de septiembre, 2015

De mi Diario / Semana 38 / 2019

 

Weiß/Colonia, 13.9.

Día dedicado a la contabilidad doméstica después de que llegara Frank, a las 10:50 am, para buscar a Henri. Como el pronóstico meteorológico anuncia lluvia para el día de hoy, los padres quieren llevarlo al Museo König, en Bonn, a que vea la gran colección de animales disecados y, sobre todo, el esqueleto del dinosaurio. Y como siempre que pienso en el dinosaurio se me viene a la memoria la escena inolvidable con Katherine Hepburn y Cary Grant en La fiera de mi niñaMe sigo riendo con ella como si todas las veces la viese por primera vez; es la conditio sine qua non de los clásicos: no envejecer jamás.

 

Después de leer en mi diario la entrada de ayer, donde hablo de mi desidia epistolar en estos últimos tiempos, me llama desde Asunción/Paraguay la amorosa Ana Carmen. Uno nunca sabe cómo agradecer ese calor humano que es como el aire acondicionado de la amistad. Hablo sólo unos instantes con ella y le paso la llamada a Diny para ocultar mi emoción. ¡Bendita seas, Ana Carmen!... y ojalá que pudiera decírtelo en el dulce guaraní del que presumes, y con razón.

 

Anotación meteorológica a las 6:15 pm, después de una observación de Diny: no ha llovido en todo el día, y además el sol brilla por su presencia.

 

Weiß/Colonia, 14.9.

Ayer me sorprendió la aparición de este trino en la cuenta Twitter de Revista Crítica:


Les escribí inmediatamente, para agradecer la cita de un texto mío, pero, añadí, «aún más les agradecería que me dijeran cuál es, porque he escrito tanto acerca de la traducción que buscarlo en mis archivos sería la proverbial búsqueda de la aguja en el pajar». Esta mañana encuentro la respuesta, diciéndome que la cita se extrajo de un Trujamán que me publicara el Centro Virtual Cervantes el 13.8.2010. Lo busco en su página web y me he reído de buena gana al releer lo que escribí in illo tempore. Me hizo recordar la carta de un lector a la redacción de Revista de Libros, diciendo que le gustaban mucho mis reseñas en ella porque eran "motosierras verbales".


De vez en cuando, y para descansar de la buena literatura, hago alguna excepción con los thriller y leo uno, como este que acabo de leer y que me interesó su acción porque transcurre en una isla de Maine, y las islas ejercen una atracción intromagnética en mi persona. Todavía más cuando, siguiendo mi costumbre, busqué con ayuda de Miss Hortensia Google un buen mapa de la costa de Maine y descubrí que es como un rosario de islas, casi desde la frontera canadiense hasta la ciudad de Portland, cerca del límite estatal con New Hampshire. Se ve como si un ejército de Goliats la hubiese emprendido a puñetazos con la costa, haciéndola añicos sobre el océano. El thriller lo escribió Elizabeth Hand y se titula Generation Loss y ojalá lo traduzcan al español, porque es bueno, pero ojalá lo traduzca alguien que sepa algo (mucho) del arte de la fotografía. Y de su texto anoto dos frases recordables. Dice la narradora: «Para la “resaca” tengo tantas palabras como los inuits para la nieve». Ella es neoyorquina y ha viajado a esa isla de Maine para hacer una entrevista, entabla amistad con el paisano que la transporta en su velero de un puerto costero a la isla, y él le explica que en Maine prefieren a las mujeres gordas y con tatuajes: «Así se tiene sombra en el verano, calor en el invierno, y algo que ver todo el año».


Anache me envía este tuit de BWN: «Sí, Winona Ryder es una ladrona: me robó el corazón».  Ay amigo, esas cabronas que nos roban el corazón... En mi caso fueron Barbara Stanwyck cuando gamín, Alida Valli de joven (y a quien pronto le puse cuernos con las inolvidables escandinavas de Ingmar Bergman), y ahora, ya senecto si es que no senil, Jennifer Ehle, la insuperable Lizzy Bennet de la versión BBC 1995 de Pride & Prejudice. De los "saltos de costado" (como se llama en Alemania al adulterio) mejor no hablo porque la lista sería de empezar y no acabar.


Para la cena cocina Diny una novedad: tallarines con carne cocida en su salsa, y luego frita para cocer en esa salsa con los tallarines ¡¡¡y con mango!!! Una pura delicia. Hmmmmmmmmm...


Weiß/Colonia, 15.9.

Claudia vino hoy a comer con nosotros en La Modicana. Charlamos sobre todo acerca del tema del separatismo catalán y me reafirmo en mi cinismo de la primera hora, hace años, cuando esta hidra asomó su cabeza: en el mismo instante en que alguien les diga a los catalanistas a ultranza que si Cataluña se independiza nunca más habrá un Barça vs. Real Madrid, seguro que mandan a la chingada la tan anhelada independencia. No hay más cera que la que arde. Y los directivos del Barça lo saben. Tiemblan de pensar en la independencia. Su mayor rival sería el Sabadell FC. y además no podrían participar en la Champions porque la Federación Española, con sede en Madrid, opondría su veto a la presencia en ella de un país no homologable con los criterios de la Unión Europea. La independencia de Cataluña pasa por el meridiano del Nou Camp. Otro ítem de nuestra dilatada plática mientras almorzábamos fue que Claudia quiso saber cuánto tiempo es que llevamos viniendo a almorzar todos los martes a La Modicana. Le dije que, a ojo de buen cubero, unos diez años, pero que en casa lo chequearía a través de mi diario.


Después de la siesta he repasado este diario y la 1ª vez que aparece en él La Modicana es el 14 de septiembre de 2005, qué casualidad, hace diez años y un día. Pero ese día fue un miércoles y en el 2005, strictu sensu, mi diario no era tal, a veces se me pasaban tres o cuatro días sin escribir nada en él, tanto es así que la siguiente entrada mencionando La Modicana está datada el 14 de mayo del 2009. Ahora bien, por el modo como hablo de ella en esa primera entrada, parece que estuviésemos yendo allá desde algún tiempo antes. La entrada de marras dice así:

 

«Almorzando con Carlitos en La Modicana, me cuenta que acaba de comprarle un nuevo cuadro a un joven pintor tico [Luciano Goizueta]. Verdaderamente asombrado le pregunto que por qué, si no tiene donde colgarlo, las paredes de su pequeño apartamento no admiten más colgaduras. A lo cual contesta con su característica cachaza y con un gesto de mayor incomprensión que la mía: «Es que no comprar un cuadro por no tener donde colgarlo...»

 

Le paso el dato a Claudia, y me responde: «Me gustaría poder decir algún día que llevo 10 años encontrándome con amigos en una ronda. ¡¡Súper!!»  Pero en realidad no son diez, Carlitos y yo empezamos a reunirnos a comer una vez por semana desde enero del 2000, cuando ambos los dos (Cantinflas dixit!) nos jubilamos, y si por cada vez que me ha preguntado a quién le tocaba pagar esa semana, le hubiese contestado que a él, pienso que ya habría juntado un capitalito. Ay.


Weiß/Colonia, 16.9.

Ha venido Rebeca (el miércoles es su día libre) a pasar unas horas con nosotros. Y Diny, muy diligente, se levantó tempranito para hacer una tortilla de las suyas. La hemos comido durante el almuerzo, acompañada de jamón serrano pata negra. Me fui a dormir la siesta y al levantarme las dos seguían en el comedor, con sendas tazas de café y platicando. Desde que llegó Rebeca, a las 11:15 am, hasta las 5:30 pm que se ha ido, no han parado de hablar ni un solo minuto. Admiro a los corredores de tales maratones verbales. Hay días, p. ej. cuando Diny me deja solo para viajar a Holanda, en que si no me llama alguien por teléfono me paso el día entero sin hablar ni una sola palabra. O si acaso para putear a la compu, cuando me juega alguna mala pasada.

 

Juan Antonio, desde Santander, me pidió ayer un par de fotos “naturales” de Felipe, no las que aparecen en Google, tan “photoshopeadas”. Las quiere para ilustrar el volumen de su epistolario que él se encarga de editar entre las publicaciones del Archivo Lafuente. Acabo de encontrar una preciosa, de Felipe acá en nuestra casa, en el comedor, sentado, con la cabeza inclinada a la izquierda, y la mano zurda apoyada en ella mientras la derecha descansa sobre la mesa. Felipe, pues, en un gesto suyo de los más característicos cuando escuchaba a su interlocutor. Se la daré a escanear a Carlos el martes. Y además dejo constancia aquí de que el repaso de tantos cientos de fotos ha sido como un viaje al pasado. ¡Rescatar tantos momentos y sitios y personas! Puse aparte un par de ellas (por ejemplo, una con Lillian y Lizandro debajo del letrero de la Plaza Heinrich Böll, acá en Colonia) que le van a alegrar la vida a sus protagonistas. Ah, y hay unas que hice en el cementerio de Fregenal, cuando Diny y yo visitamos a mi familia en abril del 94, y que me recuerdan aquello de que Juan Rulfo buscaba los nombres de sus personajes en los panteones de su Jalisco. Saqué fotos de tres que no tienen desperdicio: son las de Cándida Vita, Modesta Gata y –¡genial!– Milagro Ignoto. Imagino que la última se llamó en el siglo Milagros, pero el lapidario olvidó la “s” y creó semejante belleza. ¡Milagro Ignoto! Sí, parece de Rulfo.

 

Weiß/Colonia, 17.9.

0:10 am : Me perdí los diez primeros minutos de la nueva serie policial inglesa, Happy Valley, porque adelantaron la programación en una hora, así es que, enmedio de todo, hasta tuve suerte porque conecté antes de tiempo para chequear. Pasaron los episodios 1 y 2 de la 1ª temporada y me sentí transportado al mundo de Fargo, sólo que no en Minnesota sino en Yorkshire, en la provincia inglesa. Me prometo verla íntegra, en los dos miércoles siguientes, me parece que está muy conseguida, y aunque no es una copia de Fargo, claro que no, participa de su magia. Unas buenas líneas de diálogo cuando la DS Cawood va a detener a un sospechoso de traficar con drogas. Llama a la puerta y dice «¡Abran a la policía!», de dentro le responden «¡Vete a cagar!» y ella le explica a la DC que la acompaña: «Eso, en suajili, quiere decir “¡Adelante!”», así es que toma impulso y carga contra la puerta, derribándola.

 

Leo la columna de Diego en El Colombiano y le escribo ipso fuckto, apenas termino de leerla«Tu linda columna, querido Diego, me ha hecho recordar mi salida de España en febrero de 1963, sabiendo yo, en mi fuero íntimo, que me iba para no volver, por decisión propia y bien meditada desde que la censura me puso su mordaza, en marzo 1961 (no me pude exiliar antes porque me tocaba hacer el servicio militar de 18 meses, conditio sine qua non para tener derecho a solicitar un pasaporte, que fue lo que hice apenas cumplí mis deberes "patrióticos"). El más grave problema que se me planteó fue el de qué libros me llevaba conmigo. El resto, y ya eran muchos los míos propios a los 24 años, se quedaría en casa de mis padres, sí, pero ¿alguna vez los recuperaría? Me llevé (es decir, me traje) doce. Los dos tomos del Quijote (en la edición de Martín de Riquer), los dos tomos con los ensayos completos de Unamuno, la poesía completa de Antonio Machado, Platero y yoAlemania (de Julio Camba (la 3ª edición, de 1960, un libro que presté y nunca me devolvieron, de modo que el ejemplar que tengo es de la 4ª, porque lo que no puede ser es que ese libro falte, de ninguna manera, en mi biblioteca), y amén de ellos Hamlet (en la edición de Austral), La primera Lady Chatterley (D.H. Lawrence), Contrapunto (Huxley), los cuentos completos de Somerset Maugham, y Buddenbrooks, de Thomas Mann.


[Esa lista te dice, tácitamente, que la literatura latinoamericana era para mí, en 1963, algo que se reducía a lo aprendido en el bachillerato: sor Juana Inés de la Cruz, Martín Fierro, la María de Isaacs, las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma, y los poetas: Rubén Darío, Martí, Lugones, Gabriela Mistral y un par de ellos más entre los que ciertamente no se contaban ni César Vallejo ni León de Greiff. Mi descubrimiento de esa literatura tuvo lugar en Berlín, 1964].

 

Con el tiempo se les fueron añadiendo los muchos que compré en la librería Bouvier, de Bonn, que tenía un excelente surtido de literatura en lengua española, y luego, en 1964, el año que viví en Berlín, raro era el domingo que no pasaba al lado oriental y volvía cargado de libros editados en Cuba, que podía comprar en una librería internacional cerca de Alexander Platz, a precios ridículos (considerando el cambio del marco occidental). Y no te digo ya en los ocho meses que vivimos, recién casados, en Buenos Aires. Pero de Baires sí me vine con todos los que teníamos; regresamos en un trasatlántico de línea y ahí el espacio y el peso importaban poco. Ya en Europa y con hijos, raro era también el año en que no viajábamos a Huelva, y en cada viaje arramblaba con todos los libros míos que pudiese. Al final sólo quedaron en casa de mis padres alrededor de un centenar, que se los regalé a mi sobrina Mónica, otra lectora empedernida. Y bueno, sólo te quería felicitar por tu columna y resulta que he escrito una. Perdón por el robo de tu tiempo».

 

José María lee a la orilla del Caribe el anticipo de mi diario con la entrada anterior y me escribe abundando en los conceptos de Diego y míos acerca de los libros. Le respondo que, además de todo eso, «son los únicos amigos que nunca te traicionan. Ni siquiera si les prestas dinero. Una vez me encontré un billete de cien marcos, que no sé por qué puse allí, entre las páginas de una novela de Huxley, y si no me hubiera dado por releerla, allí me los seguiría teniendo guardados, para devolvérmelos siempre, pobrecita mía. Pobre (era una edición de bolsillo), pero honrada».

 

8:15 pm : Acaban de pasar por el canal Arte un programa sobre los peligros que acechan a las aves canoras. Según estadísticas ornitológicas fiables, y tomando en cuenta una cifra mundial mínima de gatos y de pájaros, aquellos matan anualmente 1.500 millones de estos. A esa cifra se añaden los 500 millones abatidos en el área meditarránea con fines gastronómicos. Al final me parece a mí que los protagonistas alados de la peli de Hitchcock tenían más de un buen par de razones para comportarse como lo hacían. Quién sabe si la peli no es una de anticipación. Ay.

 

Weiß/Colonia, 18.9.

1:00 am : Acabo de ver Clarissa, la serie de la BBC basada en la novela de Samuel RichardsonClarissa fue, para el mundo anglosajón, algo así como dos siglos después Cien años de soledad para el hispanoamericano. Es la novela más larga de la lengua inglesa (más de un millón de palabras en su versión definitiva) y está escrita en modo epistolar. La serie es buena, lo que me libra de leer la novela, no sólo porque no sé inglés, sino porque nunca se tradujo al castellano.

 

Me encuentro al levantarme con un email enviado ayer por Diego desde Madison/Wisconsin, que no es Madison/Iowa, la de la peli de Clint Eastwood con Meryl Streep. Ha leído el mail que le mandé ayer y me contesta: «Gracias por compartirme tus historias, las valoro mucho. La de hoy contiene una casualidad maravillosa. En este viaje sólo me traje un par de libros: un tomo grueso con algunas de las obras de Voltaire y los dos tomos con los ensayos completos de Unamuno, en la edición pequeña de Aguilar. Esos son las dos piedras que me conectan con lo que es–fue mi biblioteca, y me alegra que estos dos últimos me conecten de manera especial contigo». Le respondo: «¡Qué maravilla! Como se trata de la misma edición, y como supongo que, lo mismo que yo, subrayas o acotas algunas frases o pasajes, sería mágico que hubiésemos coincidido en varios lugares. Por ejemplo, ¿tienes subrayada, en la pg. 241 del primer tomo, la frase “Morir como Ícaro vale más que no haber intentado volar nunca, aunque fuese con alas de cera. Sube, sube, pues, para que te broten alas, que deseando volar te brotarán”?»

 

Por la tarde. ¡Diego me escribe que sí, que también tiene subrayado ese párrafo en el libro de Unamuno:


«¡Qué maravilla! los libros me siguen dando increíbles coincidencias, mi querido R. Adjunto prueba,

 

 

lo único es que, evidentemente, mi edición es distinta de la tuya, yo tengo la de Aguilar, Madrid, 1942, pero igual es evidente que hemos recorrido en varias ocasiones, pero en distintos momentos, los mismos caminos. Aunque no dejo de pensar en la imagen: dos hombres que viven lejos, en dos países completamente distintos, coinciden por segundos en la lectura de una misma frase, ambos pronuncian a la vez desde sus horas distintas, por ejemplo: "Sube, sube, pues, para que te broten alas”». Le respondo entusiasmado: «¡Qué maravilla, sí, mi querido Diego! Yo tengo la edición de 1951, y las  catorce páginas de diferencia tal vez se expliquen si en la tuya falta un prólogo de Bernardo G. de Candamo, que sí lleva la mía y que ocupa doce páginas. Otra diferencia es que yo le tenía mucho respeto al papel biblia y en los libros editados en él no subrayaba nunca, ni siquiera con lápiz (como pareces haber hecho tú), porque traslucía a la otra parte: entonces me limitaba a señalar con un asterisco o un aspa pequeño [x] el párrafo o la frase de marras. En mi caso el aspa está delante de “Morir como Ícaro” (bueno, Icaro, sin acento), y tú subrayaste a partir de la frase anterior, “Prepárate a todo”, etc. ¡Qué maravilla, qué alegría! Bueno, pues ya tienes solucionada la siguiente columna, diría yo». Y lo curioso del caso es que Diego, a quien casi le doblo la edad, tiene una edición nueve años más vieja que la mía.

 

Weiß/Colonia, 19.9.

La belleza se siente visualmente ante una escultura de Bernini, un cuadro de Velázquez, o bien una catedral como la de Colonia. Y se la siente como un deslumbramiento oyendo a Mozart, leyendo a Eça de Queiroz, o en el teatro, en una puesta de escena de The Globe. Pero hay otra belleza que no se reduce a los sentidos corporales, sino que se expande hasta el sentido moral: esa es la belleza que tiene la correspondencia entre Hannah Arendt y Mary McCarthy, que no me canso de releer. Aunque tengo que cederle tiempo a investigar en las memorias, los ensayos y el teatro de Arthur Miller, debo entregar en La Jornada un artículo sobre él con motivo del centenario de su nacimiento, y quiero concentrarme sobre todo en la génesis y la escritura de Death of a Salesman, uno de los dramas más hondos que se hayan escrito en toda la Historia.

 

Mientras almuerzo un bocadillo de salchichón, repaso las esquelas mortuorias del diario con más atención que durante el desayuno, y encuentro una de un señor llamado Gerhard Hund, a quien su familia y sus amigos, teniendo en cuenta ese apellido [Hund=perro] conocían por un apodo cariñoso y congruente, que es el que consta en la esquela GERHARD “DOGGY” HUND.

 

************FIN************

 

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