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El paisaje es memoria el blog de Tamara Marbán Gil


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11 de abril, 2015

Destellos bolivianos (IV)

 

De Iquique a Oruro (tmg)

 


De San Ignacio de Velasco a Concepción (5 horas), 
la ventanilla del bus es tan inmensa que saco la cabeza por inercia. Me sorprendo a mí misma mirando y revisitando todos los rincones para llevarme las características de San Ignacio de Velasco en la retina: las calles anchas y rojizas de la tierra fértil, que está siempre en primavera; el verde satisfecho, lozano, de la Amazonía; las vacas flacas que rumian un pasto que parece que no las alimenta; los cuñapés de tres días en las vitrinas; el acentro cruceño fronterizo, con deje brasilero: ahoringa vengo. Avisto desde el bus el reflejo de mi pelo suelto en el suelo, que ondea bajo la lluvia repentina. Nunca tan largo; me ata a la tierra. Nunca tan conectada... disconnect to connect. Diviso la mano de una niña que tontea con la cortina de su asiento. Su manita es cafecita, tan delicada que seguro dedica algunas horas semanales al violín, como casi toda la infancia en las misiones chiquitanas. Atrás asoma un hocico blanco que investiga la dirección del viento con su nariz húmeda y flexible. No persiste demasiado porque la manita cafecita lo distrae con un gesto certero y lo atrae hacia sí.

 

*     *     *

 

De Sucre a Uyuni (9 horas). Lo mejor de cruzarse Bolivia hacia las tierras altas es que vuelve a existir el api. Aunque del tujuré camba, ni una queja. ¿Seré la única extranjera buscándolo por las calles de Uyuni con los ojos inyectados en sangre? Que estoy muy loca, eh. El bus, que tuvo que dar el manso rodeo para evitar el taco de un accidente de auto, está lleno de israelíes. Me sale el hebreo por las orejas y el chingado bus no llega. Atravesamos el departamento de Potosí y va apareciendo un paisaje lunar aterrador, similar al de las afueras de Zaragoza. Lo más parecido a la nada que he visto en mi vida, y olía a leña mojada. En algún lugar entre la frontera chileno-boliviana, olía a madera húmeda. Hacía tanto frío que ya no había palabras con qué decirlo. Hasta las vicuñas se arremolinaban entre sí, para disimularlo. Al llegar, duermo sin misericordia y madrugo con todos mis ovarios para obtener recompensa: el api más jugosito y espesito de todo el estado plurinacional, con un buñuelo del tamaño de Estada. Uyuni, incluido el salar, es mi última parada boliviana. Luego de casi tres meses, el balance es inevitable, y los recuerdos no siempre son invitados. De San José de Chiquitos (me la pone recontra difícil usted, ¿ah?). De Cochabamba, ¡padrino! ya no va a tomar tanto, ¿ya? De Santa Ana de Velasco: hartango nos falta para salir de la escuela, ¿no ve? Todo eso aderezado con los tupés enrroscados de las mujeres de Potosí, las amenazas de El Alto, y el tatuaje en la panza de Dani, mi compañera del salar: un viaje es como el amor: una expedición a lo incierto. 

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