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Los caballitos del diablo, otra forma de hablar de Medellín

Camilo Alzate - 10-07-2014

 

“Abajo la gente de vez en cuando se mataba.

Pasaban buses repletos de gente, rumbo a fábricas,

 colegios. En los cafés se hablaba de cheques

devueltos, utilidades, porcentajes.

 En las puertas de las iglesias y catedrales

se juntaban como palomas los loteros”.

 Tomás González, Los caballitos del diablo.

 

 

La ficción también cayó víctima de la violencia en Medellín. Ni Fernando Vallejo salió ileso. Su libro más famoso se regodea en el misticismo de los muchachos asesinos. Jorge Franco despuntó como promesa de la narrativa: Rosario Tijeras, relato más bien flojo saturado de marihuana y tiroteos, parecía una esquina de barrio, pero ganó premios, llegó al cine. Víctor Gaviria se convertía en director de culto retratando la vida violenta de las comunas, primero con Rodrigo D no futuro, mas tarde aterró a Cannes con La vendedora de rosas, manufacturada en la calle con gamines naturales. No nacimos pa’ semilla, de Alonso Salazar, fue testimonio pionero de esos años duros y José Manuel Freidel, otra joven promesa pero de la dramaturgia, montaba en tablas putas, travestis, asesinos, rateros, la Medellín criminal y delirante aturdida de cocaína. Una bala en la nuca le corrió el telón de aquella ciudad que naufragaba bajo cinco mil homicidios anuales.

 

Tomás González retorna a aquella época con una conciencia distinta del desastre en su novela Los caballitos del diablo. Su mirada es íntima, volcada al interior de seres destruidos por la propia mezquindad, por la codicia. Hay un adentro y un afuera, dos mundos, pero el afuera no perturba el infierno interior que un hombre de negocios se dedica a levantar con paciencia en sus cuatro cuadras de retiro rural, contemplando las luces distantes de Medellín que se desploma en balaceras.

 

Esa distancia entre el mundo de afuera y el mundo de adentro se amplía cada día, aunque no logra separar al personaje de la disolución, más bien propicia un colapso paralelo. Al enclaustramiento voluntario de aquel que se pierde entre árboles y hojas llega un murmullo frenético desde las calles. Lo tiene sin cuidado. Lo más terrible se atesora en el alma, es la marca del autor trazada en todas sus obras. Se repite éste leitmotiv por las páginas: el hombre construye su refugio, su propio encierro, se oculta tras árboles y rastrojos que él mismo ha plantado, se esconde entre matas de café y gallineros, entre plataneras y aguacates que caen al piso iguales a los cuerpos inertes que caen fuera, siempre por la noche. Descripciones con el consabido amor de Tomás González por la exuberancia salvaje. ¿Y el afuera? El afuera queda lejos, allá:

“Bajo el humero brillante se movían en la ciudad, abajo, las letras de cambio, las deudas, los cobros. En los cafés la gente hablaba de cheques devueltos, utilidades, porcentajes. Se movían los buses. Los vendedores de mangos tasajeaban, frenéticos, los mangos.”[1]

 

Al curso del relato se irán desentrañando prejuicios, esos valores conservadores de la sociedad antioqueña. Heridas de identidad. Brechas imposibles de cerrar, odios eternos, enquistados en una familia de clase acomodada; el egoísmo tan humano, a la vez tan cercano como la narración sencilla, sin metáforas fingidas ni falsas retóricas. Tomás González, un artesano de la simpleza, de la que ha tejido un inconfundible estilo hermoso y sobrio, letras “obstinadas en descifrar la espinosa belleza del mundo”.

Desde que se publicó La hojarasca tenemos más o menos aprendido que se puede escribir en Colombia sin abordar la violencia de manera explícita. Es un camino más difícil, no hay duda, pero lo opuesto significa el riesgo del sensacionalismo, esos relatos lamentables, prosa rebajada al nivel de la página roja de los periódicos. Tomás repasa aquella lección, la sabe de memoria: se podía un relato conmovedor sobre Medellín sin tiroteos ni cocaína. Claro que se podía.

 

¿Importa si el mundo se derrumba alrededor? No. Yo creo que los peores desastres van por dentro y la novela es por definición una pintura de interiores.

 

 

 

 

Camilo Alzate es colombiano por convicción. Nació y vive en Pereira, una ciudad dónde las únicas letras valiosas son las letras de cambio. Enamorado de las montañas. Escribe porque no sabe hacer otra cosa. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Simón Bolívar contra Evelio RoseroMorir en los tiempos del cólera. Adiós a Gabriel García MárquezJuan Gabriel Vásquez: El decepcionante ruido de las cosas al caerLa escritura y el viento y Como los cóndores. En Twitter: @camilagroso

 

 

 

Notas


 

[1]    Tomás González, Los caballitos del diablo, Norma, Bogotá, 2003, pp. 12.

 

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