La imponente estatua de Tamerlán en Shar-i Sabz

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    Caminando junto a los primeros viajeros españoles. Ruy González de Clavijo: De Madrid a la corte de Tamerlán

    Texto y fotos: Antonio Fornés - 24-03-2016

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    En general, la mayoría de nosotros tiene grabada en su mente una serie de nombres legendarios que difícilmente localizaríamos geográficamente en un mapa y que, incluso muchas veces, ignoramos si existieron o no, pero que sin embargo nos evocan un pasado lejano y maravilloso. Nombres que, envueltos en una bruma de sensualidad oriental, inevitablemente despiertan en nosotros una melancólica añoranza de aventura y misterio, de secretos tesoros, de palacios magníficos... Tombuctú, Kashgar, Palmira... Sin embargo, de entre todos los que somos capaces de nombrar, uno sobresale sin duda por encima del resto: Samarcanda.

     

    Samarcanda es la ciudad mítica por excelencia. Probablemente si preguntamos serán muy pocos quienes sabrán decirnos algo concreto sobre ella, pero en cambio todos afirmarán conocerla. La razón de ello se encuentra en el hecho de que Samarcanda es un mito dentro de otro mito, o mejor, es el mito de la fabulosa ciudad oriental dentro del mito viajero por excelencia: La Ruta de la Seda. Por ello, esta ciudad es uno de esos sitios a los que uno quiere ir sin importar que encontrará allí. El poder de atracción mítico de Samarcanda para el viajero es tan grande, la leyenda y significación alegórica del lugar tan intensa, que el camino hasta ella se convierte en una peregrinación y el encuentro con su realidad material un sentimiento prácticamente místico, pues más allá del disfrute de una belleza arquitectónica, de un entorno o una cultura, llegar a Samarcanda es una aprehensión simbólica que trascendiendo la temporalidad nos transporta a un mundo asombroso y fascinante creado por todos aquellos que a lo largo de los siglos soñaron con emprender viaje hacia ella. 

     

    Pues nada menos que el viaje a Samarcanda es lo que nos ofrece el bueno de Ruy González de Clavijo. Acompañémosle entonces en un itinerario que nos va a proporcionar más sorpresas de las que pensamos...

     

    “Y porque la embajada es ardua y a lejanas tierras, es necesario poner en escrito todos los lugares y tierras por donde los emisarios fueren y las cosas que les ocurrieren en ello, para que así no caigan en olvido y mejor y de manera más verdadera se puedan contar y saber; y por eso, en el nombre de Dios, en cuyo poder son las cosas y de la virgen Santa María, su madre, comencé a escribir desde el día que los embajadores llegaron al puerto de Santa María, cerca de Cádiz”[1].

     

    González de Clavijo estuvo la mayor parte de su vida ligado a la corte del rey de Castilla. En concreto cuando Enrique III decide confiarle la misión de liderar una embajada que llegue hasta Samarcanda, ciudad donde se hallaba la corte del gran emperador Tamerlán, Clavijo ocupaba el cargo de camarero real, un puesto que en la actualidad podríamos traducir más o menos por el de jefe de la Casa Real.

     

    Con todo, no es mucho lo que sabemos de la vida de Ruy González de Clavijo, ni siquiera estamos seguros de la fecha de su nacimiento, aunque sí parece, y tan solo este dato nos muestra ya lo excepcional del personaje, ¡que probablemente tenía más de 60 años cuando partió hacia el centro de Asia! Tengamos en cuenta que estamos en 1403. Imaginemos la dureza de un viaje de ese tipo en aquel momento, las dificultades y sufrimientos que soportó quien era ya un anciano según los cánones de la época durante los tres años que duró su periplo: naufragios, robos, hambre, grandes nevadas, el intenso calor del desierto... De hecho, de los catorce hombres que al parecer conformaban la embajada cuando ésta partió del puerto gaditano de Santa María el 22 de mayo de 1403 al menos tres murieron por el camino. El viaje de González de Clavijo es uno de esos ejemplos que de vez en cuando encontramos del poder de la voluntad y de la capacidad del hombre para superar la mayor de las dificultades, la de vencerse a sí mismo. Cuando en nuestro próximo viaje de turistas más o menos acomodados, y frente a las maravillas que acabamos de contemplar durante el día, nos desanimemos ante un hotel precario, o ante la necesidad de hacer acampada y dormir en una modesta tienda de campaña, no estará de más recordar al veterano Clavijo y su gesta, sabiendo que cualquiera de nuestras quejas ante lo que no son sino pequeñas incomodidades del viaje en la modernidad haría sonreír al viajero madrileño.

     

    Efectivamente, madrileño. Este es otro de los pocos rasgos conocidos de su biografía. De hecho, nuestro protagonista es el primer madrileño célebre de la historia. En esta época –inicios del siglo XIV– Madrid es apenas una villa castellana con menos de 5.000 habitantes que a su estratégica situación geográfica añadía la ventaja de ser frecuentada por los reyes de Castilla como punto de partida para sus reales cacerías. Clavijo no sólo es uno de los primeros madrileños de los que tenemos noticia, sino que ejerce como tal, hasta el punto de que será el primero también que internacionalice el nombre de Madrid. Así, es conocida la existencia de otros Madrid que nacieron a la sombra del poder que el descubrimiento del nuevo mundo daría al imperio español. De esta forma podemos encontrar un Madrid en Colombia, otro en Filipinas, y varios en lo que hoy es Estados Unidos (hallamos este nombre en ciudades de varios estados norteamericanos, Misuri, Iowa, Nuevo México...). Sin embargo, mucho antes, Clavijo consiguió que el gran Tamerlán, el soberano de Asia central al que dirigió su embajada, y del que hablaremos con más detalle, diera el nombre de la capital española a un pequeño pueblo cercano a Samarcanda. Con los años, el crecimiento de la urbe absorbió esta población convirtiéndola en un barrio de la ciudad, pero ¡conservando su nombre! De forma que todavía hoy los turistas españoles pueden pasear en el corazón del Asia central y en plena ruta de la seda ¡por las calles de un barrio llamado Madrid! Curiosidades como éstas son las que dan la razón al viejo representante de la generación del 98, Ramiro de Maeztu, cuando exclamó aquello de ¡tan universales somos!

     

    Un último apunte sobre González de Clavijo y su carácter. Él mismo nos trasmite en su libro un detalle curioso y extraño para un personaje de aquel tiempo, y es que nuestro protagonista era abstemio. Al parecer no bebía alcohol. De hecho en su libro de viajes nos narra cómo esta condición de no bebedor en un diplomático que atraviesa Europa y Asia no deja de provocarle problemas. De esta forma cuando, dejado atrás el mar negro y la ciudad de Trebisonda, la comitiva de nuestro héroe comienza a internarse en Asia Central, llegará a una ciudad que Clavijo llama Arzinga, la actual Erzincan turca, erigida a orillas de un Éufrates apenas nacido. Allí nos describe una ceremonia de trasfondo mágico o chamánico, donde el señor de la ciudad va dando de beber vino uno a uno a sus vasallos, quienes deben apurar la copa que les entrega el señor de la localidad de rodillas en señal de sumisión y obediencia, pues al parecer el estado de embriaguez resultaba en aquella gente un rasgo que denotaba nobleza y poder. Sin embargo, este ceremonial resulta imposible con Ruy González, que a lo largo de todo el viaje siempre se mostrará inflexible con el tema del alcohol, por lo que el señor de la ciudad, en un esfuerzo por mostrar su hospitalidad deberá cambiar por un día el ceremonial, así lo explica nuestro autor:

     

    “Y al entrar los embajadores, inclinose ante ellos y los hizo sentar cerca de él, y trajeron en seguida muchos pedazos de azúcar, y dijeron que él y el caballero que no bebía vino, que era Ruy González de Clavijo, quería que aquel día fuesen compañeros en el beber. Y trajeron una gran jarra de vidrio, llena de agua con azúcar, y bebió él, y después dio a beber a Ruy González de su mano. Y a todos los otros dieron vino. (...) Y cuando el señor se cansó de darles de beber, sus caballeros tomaban la taza grande y se daban los unos a los otros hasta que los más de ellos estuvieron beodos. Y este día no bebió vino el señor por tener por compañero a Ruy González”.

     

    Bien, dejemos las anécdotas. Debemos, siempre de la mano de nuestro viajero, emprender de una vez la marcha y caminar en busca de Samarcanda. Sin embargo, antes de repasar propiamente el relato del viaje, debemos contestar a una pregunta inevitablemente inicial: ¿Por qué viajará hasta Samarcanda González Clavijo? El suyo es un viaje oficial: el rey de Castilla, Enrique III (1379-1406), le envía en misión diplomática a la corte del gran Tamerlán, por entonces el dueño del Asia Central y probablemente el hombre más poderoso de todo el orbe conocido. ¿Por qué razón? ¿Quién era Tamerlan?

     

    Tamerlán fue el fundador de una de las grandes dinastías de Asia y del mundo en todas sus épocas, la de los timuríes. Perteneciente a una familia noble venida a menos, nació en un pequeño pueblo cerca de Samarcanda, Shar-i Sabz. Si se viaja a Uzbekistán no se debe dejar de conocer este pintoresco lugar que sin duda resulta sorprendente. Actualmente Shar-i Sabz es la ciudad de las bodas. Cientos, miles de jóvenes parejas de todo el país escogen esta ciudad para casarse, protagonizando un espectáculo abigarrado y chocante. Así, si uno decide subir un día cualquiera las angostas escaleras que llevan a lo alto de las monumentales ruinas del palacio de Aq-Saray, que el propio Timur hizo construir en su ciudad natal y que alcanza los cincuenta metros de altura, observará a lo largo de la calle principal de la villa un río humano de personas dividido a su vez en grupos de diferentes tamaños encabezados por los felices recién casados que, precedidos por un grupo de músicos ataviados de forma más o menos folclórica, hacen sonar de forma estridente una especie de trompetas y tambores. Ambos novios vestidos al modo occidental, aunque el traje de ellos resultaba siempre demasiado brillante y holgado; ellas perfectas, pero con un rostro serio, de hecho en realidad triste. Pregunté cuál era la razón y me contestaron que era el deber de toda novia parecer recatada... Todas las comitivas caminan desde este palacio de Aq-Saray hasta una plaza donde se encuentra una escultura monumental de Tamerlán, en el que las parejas posan, prácticamente hombro con hombro, para las consabidas fotos con la familia y amigos. Apenas a unos cien metros de esta plaza se ubica toda una serie de restaurantes con grandes entoldados y patios con mesas donde poder celebrar, tras la sesión fotográfica, el banquete nupcial. ¡Shar-i Sabz es hoy día la capital del amor de Uzbekistán!

     

    Nacido en esta ciudad, Tamerlán no parecía en un principio destinado a ser el gran guerrero que en realidad fue, pues era cojo. De hecho a su nombre Timur se le añadió Lang, que significaba cojo, “Timur el cojo”, (Tamerlán es una vulgarización occidental). Además poseía también una malformación en el hombro derecho que se agravó con un flechazo y que acabó dejándole prácticamente inútil el brazo derecho... Pero no se dejen engañar, su inteligencia y el valor indómito de su corazón compensaron con creces estas deficiencias físicas, a esto ayudó también, y no poco, ¡su celebérrima crueldad! En su campaña de invasión de la India llegó a acumular hasta 100.000 prisioneros. Harto de tener que cuidar de ellos y de que pudieran suponer un peligro para su ejército un día simplemente ordenó ejecutar a todos los varones del grupo de cautivos... Timur desarrolló el terror como táctica militar, estrategia en la que quizás llegó incluso a superar a su gran referente histórico, el señor de las estepas Gengis Kan. Entre sus costumbres estaba la de edificar pirámides, lo que no parecería en un primer momento algo especialmente terrible. La maldad y el terror se perciben cuando descubrimos que estas pirámides se construían con los cráneos de sus enemigos vencidos. De esta forma, cuando la ciudad de Isfahán (actualmente en Irán) asesinó en un acto de rebeldía al recaudador de impuestos timurí, la ciudad fue tomada por las armas y Tamerlán ordenó construir 28 pirámides ante la ciudad ¡con las cabezas de unos 70.000 habitantes de la misma!

     

    De cualquier manera, no es tan sólo horror y destrucción lo que dejó este emperador para la historia. Su legado principal fue artístico. Tamerlán escogió como capital de su imperio a Samarcanda y desde allí creó las bases de un estilo artístico fascinante, el timurí, que se extendió por todos sus dominios. Timur el cojo transformó esta ciudad con las riquezas obtenidas en sus conquistas. Su voluntad era la de hacer de Samarcanda el “centro del mundo”. Para ello potenció un estilo arquitectónico que se caracteriza fundamentalmente por la monumentalidad y el aspecto imponente de sus edificios. Con este ideal constructivo no sólo pretendía alzar bellos edificios, sino transmitir también un claro mensaje político al que los observaba, el del irresistible poder de quien los hacía construir. Hablábamos antes de las ruinas del palacio de Aq-Saray, y del impresionante tamaño de las mismas, pues bien, en una inscripción colocada en la puerta principal podía leerse:

     

    “¡Si dudas de nuestro poder, mira entonces nuestros edificios!”.    

     

    Pero no fue nada de todo esto lo que impulsó a Enrique III a enviar la embajada de González de Clavijo. Como toda acción política, estuvo preñada de prosaico utilitarismo. El interés por Tamerlán se despertó en toda Europa tras una de las últimas y más grandes proezas del emperador asiático: su victoria sobre un imperio, el turco, que en aquel momento no sólo amenazaba a la ya agonizante Constantinopla, sino a la cristiandad europea. Cuando en su avance hacia el este los ejércitos de Tamerlán  llegaron a Siria y al este de la península de Anatolia los dos imperios pasaron a compartir fronteras, y el conquistador asiático se apresuró a dejar claro al sultán turco que podía aventurarse todo lo que quisiera hacia Europa, pero que en ningún caso se atreviese a amenazar los territorios conquistados por las huestes mongolas. Bayaceto era un general extraordinario y de gran valor, pero sin embargo la prudencia no resultaba uno de sus fuertes, así que acabó dejándose llevar por la inevitable tentación y atacó bajo vasallaje de Tamerlán. La reacción del mismo no se hizo esperar, y ambos personajes se vieron las caras cerca de Ankara, hoy día capital administrativa de Turquía. La batalla de Ankara fue una de las mayores batallas de la Edad Media, en la que probablemente participaron unos 500.000 hombres y que acabó, como no podía ser de otro modo, con la victoria mongola y la aniquilación del ejército turco. Timur el cojo, fiel a sí mismo, no dejó de lado tampoco esta vez su inopinada crueldad queriendo mostrar al mismo tiempo su ilimitado poder con un gesto claramente ejemplificador de su talante: encerró nada menos que al sultán de los turcos, a Bayaceto, en una pequeña jaula que en adelante Tamerlán usó ¡de escaño para subir a su caballo!

     

    Las consecuencias de esta batalla fueron muy importantes para Europa. El cerco otomano a Constantinopla se deshacía, y en general el peligro turco parecía debilitarse. Es en esta coyuntura donde podemos entender la embajada de Ruy González. Las intenciones de Enrique III de Castilla parecen claras. Alcanzar algún  tipo de acuerdo con el emperador que sirviera para que ambas fuerzas, castellanas y mongolas, pudieran hacer pinza frente al enemigo común, el turco, tan presente a lo largo de la historia de España. Por fin estamos en camino.

     

    Como ya comentamos, Clavijo parte el 21 de mayo de 1403, en barco, desde el puerto de Santa María, y tras una travesía de un mes arribará al puerto de Gaeta, el jueves 27 de junio. Allí la expedición descansó durante dieciséis días, pues el capitán del barco en el que viajaban aprovechó la ocasión para conseguir unos “ingresos extra” comerciando con los mercaderes del puerto.

     

    Gaeta es un pueblo pintoresco de la costa occidental de Italia, a poco más de cien kilómetros de Roma, donde curiosamente, la rueca de la moira Cloto en su tejer los hilos del destino histórico se ha detenido más de una vez. Mil trescientos años antes de que la nave de Clavijo fondeara en su puerto, esta pequeña villa fue testigo del asesinato del más célebre orador y político de la historia de Roma, Marco Tulio Cicerón. Paradójicamente, fue la muerte de uno de sus grandes enemigos, Julio César, lo que supondría el principio del fin para el político latino. Cicerón es ya prácticamente un anciano cuando el conquistador de la Galia es asesinado, pero aun así su conciencia del deber lo arrastra de nuevo a la arena política, para escoger, una vez más el bando perdedor. Así, fiel a sus ideales éticos y democráticos Cicerón se opondrá al triunvirato formado por Octavio, Antonio y Lépido, quienes dibujan sobre Roma la siniestra sombra de la dictadura. El peor de los tres, Antonio, pondrá precio a su cabeza y Cicerón se verá obligado a huir, aunque lo hace de mala gana. Hastiado y desencantado, su fuga resulta errática y finalmente, tras una breve travesía, el 7 de diciembre del año 43 llega a Gaeta dirigiéndose a su villa de Formia. La recompensa ofrecida por el triunvirato es una tentación demasiado fuerte para un pueblo, el romano, cada vez más alejado de sus valores tradicionales, de ahí que abunden los esbirros en busca del dinero fácil y que rápidamente sea localizado por uno de estos grupos, en concreto el encabezado por el centurión Herennio. Advertidos, los esclavos de Cicerón montarán a su señor en una litera e intentarán inútilmente la huida, pero pronto son interceptados. Frente a la turba de sicarios, el viejo adalid de la República no opondrá resistencia, tan sólo mostrará dignidad: ofrece su cuello a la espada mientras sereno afirma que siempre supo que era mortal… Será el propio Herennio quien lo decapite, para ello necesitará tres golpes. La mano derecha de Cicerón, la que escribió contra los enemigos de la República, será también simbólicamente cortada. Dicen que Antonio pagó diez veces más de lo estipulado por asesinar a Marco Tulio Cicerón, y que embriagado por su triunfo colocó la cabeza del senador en la mesa de su comedor para poder tenerla a la vista. Su mujer, Fluvia, llevada de la misma sádica locura se dedicó a clavar agujas en la lengua del inmortal orador…    

     

    Desde Gaeta, el 13 de julio, Ruy y sus acompañantes se hacen de nuevo a la mar rumbo a Constantinopla. Al sur de Italia su barco está a punto de zozobrar a causa de una tormenta que durante dos días torna ingobernable la nave. La solución del patrón para poner remedio a la peligrosa situación dice mucho del riesgo de la navegación en aquella época y de la limitada tecnología con la que se contaba para evitar el temido naufragio:

     

    “Durante la tormenta el patrón hizo cantar la letanía, y que todos pidiesen merced a Dios”. 

     

    Y es que, al fin y al cabo ¡la embajada viajaba en una carraca! Sí, no es una broma. La carraca era un tipo de barco de carga similar a una nao pero de mayor tonelaje, muy popular en la Edad Media, pese a que resultaba bastante difícil de maniobrar. No es extraño pues el significado despectivo con el que ha llegado hasta nosotros y los sufrimientos que provocó a la expedición. De todas formas, finalmente conseguirán doblar la península italiana y siguiendo hacia el este  adentrarse en el mar Egeo. Cerca de la costa turca harán un alto en la isla de Rodas. Allí, intentan saludar al gran maestre de los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén, pero no consiguen verle, pues éste se halla fuera de la isla en una expedición de castigo contra el enemigo sarraceno. En cualquier caso, como es natural, un embajador de un reino cristiano es bien acogido, y descansarán en la isla durante casi un mes.

     

    En la actualidad, Rodas es fundamentalmente un enclave turístico. Recuerdo que yo, al igual que el bueno de Clavijo llegué a la isla en barco –aunque no precisamente en una carraca–. Adentrarse por el puerto y la ciudad de Rodas es volver atrás en el tiempo y pasear por una auténtica villa medieval disfrutando de las imponentes construcciones defensivas góticas de la ciudad. No en vano es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Lástima del exceso de tiendas de recuerdos que acaban rompiendo ligeramente el encanto. Rodas fue uno de mis primeros viajes, plagado además de grandes recuerdos. Sin embargo uno destaca sobre el resto, es una imagen que nunca me abandonará: durante el trayecto en el ferry que me llevó a la isla compartí mesa y cena con un matrimonio que resultó ser de Beirut. Aunque años más tarde conocería la capital del Líbano en primera persona, en aquel momento conocer a alguien de Beirut me pareció de un exotismo desorbitado, cercanas aun en mi mente las imágenes televisivas de la terrible guerra civil que enfrentó a cristianos maronitas, fuerzas pro sirias, drusos... En mi torpe inglés no puede evitar comentarles que debía ser difícil vivir en Beirut, y les pregunté por su situación –quizá indiscretamente. En cualquier caso la respuesta del marido, un grandullón de ojos oscuros y gran bigote, que me pareció sincera, me dejó desconcertado. Me dijo que efectivamente cada vez era más difícil vivir en Beirut, ¡pues el precio del suelo y las viviendas no dejaba de subir! Mi mente morbosa esperaba sin duda alguna observación mucho más terrible, algún detalle sangriento y desgarrador, y en ningún caso ese comentario pequeño burgués digno de mi vecino, el dueño de la inmobiliaria de la esquina. Confundido pasé el resto de la velada hablando del tiempo y de las presuntas bondades gastronómicas de la cena a bordo... 

     

    Volvamos de nuevo a 1403. A finales de agosto González de Clavijo, descansado y animado por el trato que le dispensan en Rodas los monjes de la orden de San Juan, reemprende la marcha. Vuelve a embarcar en la conocida carraca y desde allí, con una breve parada en la isla de Quíos, navegará una vez más con rumbo a Constantinopla, donde por fin arribarán él y sus acompañantes el 24 de octubre. La voluntad del embajador era la de pasar unos pocos días y seguir su camino, por ello el 13 de noviembre saldrá de la ciudad con la intención de adentrarse en el Mar Negro. Sin embargo dos días después una nueva tormenta hará embarrancar la nave en la costa turca, con el peligro correspondiente, y les obligará a volver a Constantinopla y pasar prudentemente el invierno allí. Clavijo debió pensar que el mar ya les había advertido demasiadas veces, y que no siempre iban a salir tan bien parados.

     

    La embajada fue muy bien tratada por el emperador Manuel II, siempre deseoso de mejorar sus relaciones con cualquier reino cristiano. Muestra de los largos meses pasados por Clavijo en la capital bizantina es la cuidadosa descripción que de monumentos y paisajes lleva a cabo en su libro. No nos detendremos en ello. Sí, con todo, resulta interesante mencionar que el embajador español es consciente del estado decadente en que se encuentra la ciudad y de la gloria de su pasado:

     

    “También por esta ciudad de Constantinopla hay muy grandes edificios de casas, iglesias, monasterios, y lo más de todo ello está caído. Bien parece que en otro tiempo esta ciudad estaba en su esplendor, que era una de las más nobles ciudades del mundo”. 

     

    Pero pese a esa decadencia, el refinamiento de una cultura todavía muy superior a la del occidente medieval, no puede sino maravillarle, y el madrileño admite la excelencia del arte bizantino, de esta forma, y al describir Santa Sofía afirma cosas como esta:

     

    “(...) se entra al cuerpo de la iglesia, que es como una sala redonda, la mayor, más alta y más rica que en los mundos puede ser”.

     

    Pero nuestro héroe no sólo se muestra capaz de apreciar el arte. Como funcionario real y hombre de gobierno en Castilla, González de Clavijo se muestra perspicaz al describir uno de los problemas más agudos del imperio bizantino en sus últimos tiempos: la despoblación. La ciudad de Constantinopla llegó a albergar en su época de mayor esplendor a más de 500.000 personas. Cuando él la visita apenas viven 50.000 almas en la ciudad:

     

    “Y aunque la ciudad sea tan grande y de unas tales murallas, no está bien poblada, pues en medio de ella hay muchos oteros y valles en que hay campos de trigo y viñas y muchas huertas”.

     

    Con todo, frente a esta desolación y en una situación de guerra total entre bizantinos y turcos, uno de los recuerdos de Ruy González nos muestra que por penosa que sea la circunstancia el hombre siempre se sobrepone y lucha por sobrevivir más allá de sus creencias, aislándose en lo posible de las terribles circunstancias que lo rodean, y mostrando o bien su voluntad de permanencia o bien simplemente su falta de escrúpulos. Así, describe cómo a tres millas de Constantinopla cristianos y otomanos, enemigos mortales e irreconciliables, semanalmente encontraban un momento, en medio de su diaria sangría, en el que olvidar momentáneamente sus diferencias para comerciar e intercambiar productos. Siempre tan poderoso caballero es don dinero... Llega la primavera y hemos de seguir nuestro camino. Estamos a 20 de marzo de 1404, hace ya diez meses que partimos del puerto de Santa María.

     

    La expedición afronta su último tramo marítimo, el trayecto que a través del Mar Negro le llevará hasta la ciudad portuaria de Trebisonda, en el noreste de la península de Anatolia. Aunque Turquía es un país eminentemente turístico, lamentablemente la mayoría de nosotros acaba conformándose con el paquete estándar que incluye visita a Estambul, Capadocia y, en los tours más largos, la costa del Egeo. Sin embargo hay mucha más belleza y diversidad por ver y disfrutar en Turquía. Tanto la localidad por la que pasó González de Clavijo como sus alrededores merecen una visita detenida. Lo primero de lo que se percata el visitante al llegar a la zona de Trebisonda es el cambio de panorama. Se deja atrás la aridez característica de Anatolia y nos adentramos en un paisaje verde, húmedo, donde abundan los bosques espesos y la niebla. Cerca de Trebisonda podemos encontrar una maravilla como el monasterio de Sumela, situado al borde de un vertiginoso acantilado, y que por su estructura recuerda a los edificios monásticos del Monte Athos. En la ciudad descuella por encima de todo Santa Sofía de Trebisonda, construida en el siglo XIII y una de las cumbres del arte bizantino de todos los tiempos no sólo por su arquitectura, sino especialmente por sus frescos que resultan una obra maestra de delicada belleza. Iglesia que sin duda fue visitada por González de Clavijo, pues las páginas de su libro dedicadas a Trebisonda tratan fundamentalmente de los diversos ritos cristianos que seguían las diferentes iglesias de la ciudad. A partir de Trebisonda Clavijo abandona la costa para internarse en Asia buscando su corazón, Samarcanda.

     

    Avanzará siempre hacia el este, cruzando Armenia y adentrándose en Persia, el actual Irán, por su lado noroccidental. Precisamente en aquella zona fronteriza, en la ciudad de Khoy, que él llama Huy, Ruy González se encuentra con otra embajada diplomática que se dirige al encuentro de Tamerlán, en concreto con una comitiva enviada por el sultán de Egipto. Este hecho en sí mismo no resultaría especialmente destacable –a lo largo de su camino nuestro protagonista se cruza con diversas comitivas de este tipo– si entre los presentes que portaba la misma no se encontrase una jirafa, animal extraordinario a los ojos de toda la expedición española. Tan sorprendente resulta el animal que González de Clavijo la describe detalladamente, no pudiendo ocultar su sorpresa y admiración. ¡Probablemente fue el primer español que vio una jirafa! La llama jornusa y la ve como una especie de mezcla entre caballo y ciervo, las palabras del viajero castellano resultan elocuentes:

     

    “Llevaba también seis avestruces y un animal que llaman jornusa, el cual presentaba el siguiente aspecto: tenía el cuerpo tan grande como un caballo y el pescuezo, muy largo; los brazos mucho más altos que las piernas, y el pie, hendido como el de buey; desde la uña del brazo hasta encima de la espalda medía diez y seis palmos, y desde las agujas hasta la cabeza, otros diez y seis. Cuando quería levantar el pescuezo, lo alzaba tanto y tan alto, que era maravilla; el pescuezo era delgado, como de ciervo, y tenía las piernas cortas en comparación con la longitud de los brazos, de tal modo que, alguien que no la hubiese visto nunca creería que estaba sentada. Tenía las ancas derrocadas como búfalo, y la barriga, blanca, y el cuerpo de color dorado y con ruedas blancas y grandes. El rostro era como de ciervo y en lo bajo, hacia las narices, en la frente, tenía un cerro alto, agudo; y los ojos eran muy grandes y redondos, y las orejas como de caballo; cerca de ellas tenía dos pequeños cuernos, redondos, cubiertos de pelo, semejantes a los del ciervo cuando le nacen. Y tan alto era el pescuezo y tanto cuando quería lo extendía, que podría alcanzar la comida por encima de unas paredes que fuesen tan altas como cinco o seis tapias. Y de tal modo comer de las hojas de los árboles altos, como hacía con frecuencia, que a quien nunca la había visto, le parecía cosa maravillosa de ver”.

     

    Durante semanas Ruy González atraviesa Persia, y el 5 de julio de 1404 llega a Teherán, actual capital de Irán. La ciudad le parece hermosa, y llama su atención el hecho de que pese a su tamaño no posea murallas. Aquí es bien recibido por el señor del lugar, quien lo agasaja con un festín en el que le ofrece una cabeza de caballo asada, lo que al parecer en aquella zona suponía un gran manjar...

     

    Hoy en día Teherán no posee un encanto especial, si bien sus habitantes resultan igual de acogedores que en la época de Clavijo. La hospitalidad de los habitantes de países exóticos resulta en general un tópico de toda guía de viajes que se precie, por lo que el comentario puede parecer banal, pero no es así. Al viajar a Irán se descubre un país de gran densidad histórica, donde sus ciudadanos son en general mucho más cultos de lo que el habitual etnocentrismo europeo podría suponer, pues son hijos de una refinada cultura milenaria. Persia destacó a lo largo de los siglos en la creación literaria y en el desarrollo de una delicadísima poesía lírica, hasta el punto que uno de los cráteres de la luna lleva el nombre de un insigne sabio y poeta persa, Omar Jayyan. Cuando se encuentra con un extranjero occidental, el iraní se esfuerza en mostrar su amabilidad y digamos en reivindicarse frente al estereotipo de integrismo y violencia que de ellos solemos tener, mostrando que, como en la mayoría de países, la gente corriente que uno se encuentra por la calle está muy por encima moral e intelectualmente de la minoría dirigente y sus portavoces. De mi primer viaje a Irán recuerdo especialmente un encuentro con una familia que endomingada paseaba por la ciudad de Shiraz, al sur del país. Al verme, la madre se empeñó en que su hija mayor hablara conmigo para demostrar que sabía inglés y lo bien que lo había aprendido. Recuerdo la cara de orgullo y satisfacción de los padres, la expresión de niña aplicada de la hija, y sobre todo recuerdo mi sufrimiento porque la muchacha hablaba inglés muchísimo mejor que yo y ¡me costaba entenderla! La gran maravilla, el diamante del tesoro iraní, es sin duda Isfahán. Para los iraníes Isfahán es “la mitad del mundo”. No exageran. Pocos lugares impresionan como esta ciudad, especialmente la mezquita Sheikh Lotfolla, situada en uno de los costados de la plaza Naghsh-E-Jahan. No posee esta mezquita una entrada tan monumental como otras que pueden verse por el país, pero cuando tras entrar en ella y transitar por un pasillo envuelto en azulejos se llega a la sala de oración y a la contemplación del decorado interior de su cúpula, toda ella en color azafrán, el sentimiento es de éxtasis y las lágrimas asoman en unos ojos deslumbrados por tanta perfección artística. Durante la larga guerra entre Irak e Irán (1980-1988), una más de las atroces aventuras del loco dictador iraquí Saddam Hussein que llevó a los dos países a una sangrienta confrontación de desgaste que acabó finalmente sin un vencedor claro, los iraníes mantuvieron siempre a dos cazas de combate sobrevolando Sheikh Lotfolla, para impedir a toda costa, y fuera cual fuera las coyuntura militar del momento, que la mezquita fuera bombardeada. Probablemente este es uno de los pocos gestos que la humanidad deba agradecer al tiránico régimen iraní de los ayatolás...         

     

    Ruy González de Clavijo apenas pasará 7 días en Teherán. Pese a ser bien tratados, la dureza del viaje comienza a hacer mella en el séquito del embajador. Cuando el 12 de julio decide partir, de los 14 miembros del grupo 7 quedan enfermos en la ciudad. Cuando a la vuelta de Samarcanda el embajador castellano vuelva a buscarles al menos 2 de los enfermos habrán muerto...

     

    Cuatro días después de reemprender la marcha, y ya relativamente cerca de la actual frontera iraní con Turkmenistán, la comitiva llega cerca de la ciudad de Damghan, donde González de Clavijo tiene ocasión de observar el “sutil” sentido de la justicia de Tamerlán y su “gusto” por las construcciones piramidales... En concreto observa cuatro torres o pirámides construidas ¡con los cráneos de un clan de tártaros como materia prima! En su imprudencia al parecer se habían dedicado a saquear aquellas tierras que estaban bajo la protección del gran señor timúrida. Nuestro protagonista lo explica así:

     

    “Fuera de la ciudad, cuanto podía ser dos tiros de ballesta, estaban dos torres altas cuanto un hombre podría echar una piedra hacia arriba, que estaban hechas de barro y cabezas de hombre; y junto a ellas, otras dos, caídas en tierra”.

     

    Pese a la seguridad de la ruta garantizada por la “terrible”  justicia de Tamerlán, González Clavijo aun afrontará un último y gravísimo peligro en su camino. Ya en el actual Turkmenistán, a mediados de agosto, en plena estepa desértica del Asia Central, nuestro héroe y su comitiva a punto estarán de morir de sed. En su marcha, para evitar las altas temperaturas, caminan de noche, pero acabadas sus reservas de agua, y bajo un calor sofocante, los caballos que los transportan caen rendidos por el cansancio y la sed. Tan sólo uno se mantiene en pie, y el sirviente que lo lleva cabalga en solitario en busca de agua. Finalmente, tras horas de angustia, encontrará un arroyo, pero ante la sorpresa del lector del relato, que no puede sino sorprenderse por la falta de previsión del grupo, el muchacho no lleva ningún odre ni nada parecido que poder llenar de agua y transportar hasta el grupo. Desesperado lo único que se le ocurre es mojar todas sus ropas, y volver lo más aprisa posible. Los embajadores tuvieron que beber la escasa agua que hemos de suponer obtendrían escurriendo aquellas ropas. Sin embargo lo conseguido fue suficiente para que, apoyados los unos en los otros, y medio muertos, llegaran también ellos, andando, hasta aquel riachuelo.

     

    Superada esta última gran dificultad, Ruy González se halla ya muy cerca de su objetivo. Está ya en Uzbekistán, el país al que hoy día pertenece Samarcanda. Así, nos narra cómo el 21 de agosto de 1404 arriba a la orilla del Amu Daria, el mítico río Oxus de los griegos. El de Oxus es otro nombre mítico más de los que este viaje está trufado. Es un nombre que nos habla de Alejandro Magno y su gran epopeya. El joven rey de los macedonios no sólo cruzó este río en su interminable campaña militar que le llevaría hasta la India, sino que a sus orillas, un poco más al sur del lugar por el que cruzó Clavijo, en tierras afganas, fundó la tercera Alejandría, “Alejandría sobre el río Oxus”, ciudad que no ha llegado hasta nosotros porque siglos después de su fundación sería totalmente arrasada por las hordas mongolas de Gengis Khan. González de Clavijo nos cuenta que cruza el río en barca pues aunque existe un puente está inutilizado, ya que sólo el señor de aquellas tierras, Tamerlán, y su ejército pueden pasar por él. El turista que cruza el río Amu Daria hoy, camino de Samarcanda, descubre que en realidad las cosas no han cambiado demasiado desde entonces. Aunque ya no son necesarias barcazas para cruzar de una orilla a la otra, el puente por el que se transita es un puente militar lleno de baches, en teoría provisional, pero en la práctica totalmente definitivo, pues no se vislumbra ningún tipo de actividad constructora por los alrededores que haga pensar otra cosa. Al fin y al cabo estamos en una de las ex-repúblicas soviéticas de Asia, y allí, en muchos sentidos, el tiempo parece haberse detenido. Esta sensación se acentúa a la vista de los numerosos parques de atracciones todos con su correspondiente noria, que pueden verse a lo largo de cualquier carretera uzbeka. A los uzbekos les encantan los parques de atracciones y las tardes de los fines de semana suelen llenar estas instalaciones, sin embargo, a los ojos del occidental aparecen desvencijados, tristes, apenas poblados por unas pocas atracciones oxidadas, dando la impresión de haberse convertido en una metáfora del estado de postración que la decadencia y posterior desaparición de la URSS provocó en toda Asia Central. Junto a los parques de atracciones, la otra visión continua que como turista me traje de las carreteras uzbekas son los interminables campos de algodón. El algodón fue el “regalo” de la economía planificada soviética para la entonces provincia uzbeka, convirtiendo la gran mayoría de sus tierras cultivables en monocultivo del algodón, lo que supuso una tragedia ecológica, pues la necesidad de irrigación de los campos para un cultivo tan exigente para la tierra como es el del algodón casi acabó con la fertilidad de los campos uzbekos y con sus ríos. De hecho, el caudal del imponente Amu Daria descendió radicalmente y este descenso supuso una de las causas del desecamiento del mar de Aral, donde desemboca. Aunque este cultivo sigue muy extendido por todo el país, la independencia de Uzbekistán ha supuesto un cierto alivio al respecto y el milenario Amu Daria está recuperando su caudal.

     

    ¡Por fin lo hemos conseguido! Estamos a 8 de septiembre de 1404, hace un año y cuatro meses que partimos del Puerto de Santa María, superados sufrimientos y adversidades, Ruy González de Clavijo tiene frente a sus ojos a la imperial Samarcanda. 

     

    Como ya hemos dicho a lo largo de este capítulo, fue la voluntad de Tamerlán lo que convirtió a la ciudad de Samarcanda en el “umbral del paraíso” (este fue uno de los nombres con los que se conoció a la ciudad en aquella época). Timur el Cojo hizo de Samarcanda la capital de su imperio, y se esforzó para que su belleza y majestuosidad estuvieran a la altura de su poder. Para ello hizo traer por la fuerza a los mejores artesanos de cada una de las tierras que conquistó, y les entregó como materia prima el inmenso botín de riquezas y tesoros que había acumulado a lo largo de todas sus victoriosas campañas. El propio González de Clavijo se encuentra, poco antes de llegar a la ciudad, con uno de estos grupos de emigrados forzosos:

     

    “En un lugar encontraron mil y quinientas personas que conducían para la capital del Señor, los cuales llevaban uno, una vaca, otro, un asno, cual, un carnero o dos, ovejas y cabras; y en los concejos adonde llegaban, les daban de comer por orden del Señor.

     

    De esta manera decían que Tamorlán había hecho llevar a Samarcanda bien cien mil personas, y aun más...”.

     

    La mayor de sus construcciones fue la mezquita de Bibi Janum, que debía ser una de las más grandes del mundo. Sin embargo el edificio no pudo soportar el peso de la portentosa cúpula de 44 metros que la coronaba, y comenzó a desmoronarse estando Tamerlán todavía vivo, resultando una especie de premonición de lo que iba a pasar con el imperio tras su muerte. De todas formas, la imagen turística por excelencia de Samarcanda es sin duda la archifamosa plaza del Registán, cuyas construcciones son posteriores al gran emperador. Registán significa “cubierta de tierra” y su nombre alude a que durante siglos no estuvo empedrada, sino que utilizada como mercado y zona de reunión los transeúntes se manchaban los pies de tierra al pasar por ella. La plaza es un cuadrado inmenso abierto tan sólo por uno de sus lados, el que mira hacia el sur, los otros tres están ocupados por tres gigantescas madrasas, la de Ulugh Bey al este, la de Shir Dor al oeste, y la de Tilla Kari, la “hecha de oro”, en el norte. Entre otras curiosidades, en la mezquita de Shir Dor puede admirarse en el tímpano de su pórtico de entrada uno de los pocos ejemplos de arte figurativo islámico: aparecen tigres, gamos y una imagen del sol con cara de hombre. La plaza del Registán sufrió una profunda restauración en época soviética que resultó muy polémica, pues para los puristas la renovación de los edificios eliminó gran parte de su valor artístico. Si la opinión de este modesto viajero tiene algún valor, Registán sigue manteniendo todo su encanto. Cuando llegué, no pude evitar pasar varias horas sentado esperando el atardecer y disfrutando de sus formas.

     

    Tras unos días de espera, al fin y al cabo Tamerlán se consideraba, seguramente con razón, el hombre más poderoso de su tiempo y decidió hacerse valer, el gran emperador recibió en audiencia a  Ruy González. El embajador fue agasajado y acogido cordialmente. Pero no nos equivoquemos. El gran Timur ve en aquella embajada no una visita entre iguales de la que se pueda obtener algún acuerdo o pacto, sino un acto de vasallaje de un pequeño reino, el castellano,  que acude a rendir pleitesía al amo del mundo. Aunque obviamente esto no se explicita en el relato del bueno de González de Clavijo, se puede fácilmente entrever de su trascripción de la entrevista, donde lleno de “paternal” aprecio por la tierra de Castilla, llama “hijo” a su rey, Enrique III...

     

    “Ved aquí estos embajadores que me envía mi hijo el rey de España, que es el mejor rey que hay entre los francos, que están en cabo del mundo y son muy gran gente. De verdad yo le daré mi bendición a mi hijo el rey. Y bastaba suficientemente que me enviara él a vosotros con su carta, sin presente, pues tan contento fuera yo en saber de su salud y estado como en enviarme presente”.

     

    Durante tres meses, nuestro protagonista será agasajado por la corte timurí, donde acudirá al menos a dieciocho fiestas, y será colmado de regalos por parte de Tamerlán, quien como ya dijimos al comenzar este viaje dará a uno de los suburbios de Samarcanda el nombre de la ciudad natal de González de Clavijo, Madrid, lo que sin duda resultaba un gran honor, pues aunque el soberano asiático había dado también a otros pueblos cercanos a Samarcanda nombres de ciudades ya existentes, estás eran muchísimo más importantes que la pequeña villa castellana, como Bagdad, Damasco... Ruy González dedica un buen número de páginas a narrar su larga estancia en Samarcanda y su vida en la corte, sin embargo en su descripción de la zona sus mayores elogios no se dirigen a ninguno de los excelsos edificios en construcción que pudo observar, ni a los inmensos jardines con que Tamerlán enriqueció la ciudad, sino que, inopinadamente, sus mejores epítetos los guarda para algo mucho más humilde pero sin duda más apetitoso: ¡Los melones y sandías de Samarcanda! Más allá de la anécdota, la verdad es que probablemente los mejores melones del mundo se cultivan en Uzbekistán. ¡El viajero podría pasar todos los días de su viaje por Uzbekistán comiendo melón y sandía! Cualquier pequeño mercado del país posee su particular montaña de estos frutos, cuidadosamente apilados y siempre deliciosos. Si se viaja a Uzbekistán no se debe dejar pasar la ocasión de detenerse en uno de esos comercios, comprarse un melón, y sentado en el borde de cualquier tranquila acera de la ciudad, disfrutar del mismo sabor que apreció nuestro embajador varios siglos antes:

     

    “Por la ciudad y por estas huertas iban muchas acequias de agua, y crecían melones y algodonares. Los melones de esta tierra son muchos y buenos, y para Navidad hay tantos de ellos y uvas que es maravilla. Cada día vienen camellos cargados de melones, que producen asombro cómo se gastan y comen. En las aldeas hay tantos que los pasan, y hacen de ellos higos, que los tienen de un año para otro”.

     

    La otra insignia de la gastronomía de Samarcanda es, curiosamente, un guiso de arroz llamado Plov que no deja de recordar lejana y un tanto insípidamente a nuestra tradicional paella, por lo que cuando el turista español ataca una comida tradicional uzbeka, a base de Plov como plato principal y melón como dulcísimo postre, no puede evitar mirar a su alrededor por si desde aquellas tierras tan alejadas del mar pudiera divisarse siquiera un pequeño trozo del azul de nuestro mediterráneo y sentirse definitivamente en casa.

     

    Pese a todos los esfuerzos y sufrimientos que González de Clavijo tuvo que afrontar para encontrarse con el gran Tamerlán no parece que su embajada tuviera mucho éxito a nivel práctico. El emperador no estaba en aquel momento demasiado interesado por reinos y políticas que distaban mucho más allá del extremo este de sus posesiones. Sus pensamientos se dirigían entonces, y desde hacía ya tiempo, hacia el otro lado del mundo, pues pese a que ya había sobrepasado los setenta años el terrible Timur se disponía a emprender la conquista del único imperio que todavía podía hacerle sombra, el viejo guerrero, sin presentir que su muerte estaba ya cercana, ¡había decidido conquistar China! Así que el 21 de noviembre de 1404, González de Clavijo abandona Samarcanda y emprende camino de vuelta hacia la corte castellana. Uno puede imaginar la mezcla de sentimientos que rondarían por la cabeza del embajador ese día. De un lado la tristeza por el fracaso de su misión diplomática, de otro la alegría de tomar el camino que debía llevarle de vuelta a casa.

     

    Ruy González se muestra parco en el relato de su vuelta. Al fin y al cabo todo viajero sabe que el regreso siempre posee un aire melancólico, pues se dejan atrás las maravillas vistas, las emociones sentidas y los amigos hechos por el camino. Además, apenas dos meses y medio después de su partida, todavía por tierras persas, a la comitiva le sorprenderá la noticia de la muerte de Tamerlán, lo que les complicará la vuelta, pues con la noticia el imperio entrará en un periodo de inestabilidad política en la que de nada les servirá a González de Clavijo y sus compatriotas su condición de diplomáticos. Así, en la ciudad iraní de Tabriz serán robados por los gobernantes de la ciudad, hasta pocas fechas antes fieles administradores de las posesiones de Tamerlán... El embajador y su comitiva serán despojados de todos los bienes y regalos que el emperador asiático le había entregado como muestra de buena voluntad, y a duras penas salvarán la vida. El camino de vuelta durará unos dieciséis meses. Finalmente, el 24 de marzo de 1406, dos años y diez meses después de su partida, Ruy González de Clavijo y sus hombres llegarán a Alcalá de Henares, lugar en el que residía en aquel momento la corte castellana y serán recibidos con todos los honores por el rey de Castilla, Enrique III.

     

    Pese a lo extenuante del viaje y a su avanzada edad, el bueno de Ruy González de Clavijo todavía podrá gozar de unos años de vida en Castilla –morirá en 1412–, siempre cerca del rey. Hemos de suponer que serían muchas las ocasiones en que el relato de sus aventuras serviría de distracción a la corte, aunque mucho nos tememos que en general la mayoría de sus historias les parecerían a aquellos cortesanos del siglo XV puras invenciones del anciano Clavijo. Los petimetres que le escuchaban no eran sino los antecesores de aquellos a los que Antonio Machado acusará siglos más tarde de despreciar cuanto ignoran...

     

    Como Clavijo, yo también abandono Uzbekistán. En Tashkent, la capital administrativa del país y antes de dirigirme al aeropuerto, me siento por última vez en uno de los bancos del parque que rodea la plaza de Amir Timur. A mi alrededor grupos de jubilados apuestan su pensión en vertiginosas partidas de ajedrez, uno de los últimos recuerdos del comunismo en un país que ha cambiado hasta el alfabeto cirílico por el latino. Como una demostración más del esfuerzo de Uzbekistán por remontarse más allá del pasado soviético en busca de unas raíces que le doten de unidad y personalidad propia, el busto de Karl Marx que presidía la plaza ha sido sustituido por una imponente estatua ecuestre de Timur el Cojo, del gran Tamerlán, que en un gesto imposible, dadas las carencias físicas que sufrió, levanta protector su brazo derecho por encima de las cabezas de todos los uzbekos.

     

    Tras la muerte de Tamerlán, y como suele ocurrir, su inefable imperio comenzó a deshacerse como un azucarillo. Sus descendientes, demasiado ocupados en luchar por el trono vacante, no fueron capaces de cumplir su última voluntad, la de ser enterrado en su pueblo natal de Shar-i Sabz. La dificultad de la nieve lo impidió, por lo que fue llevado en Samarcanda al mausoleo de Gur-i-Mir, edificio magnífico, por otra parte, y que en la actualidad es una cita obligada en todo paseo nocturno por la ciudad, debido a su magnífica iluminación y donde puede visitarse su tumba. El sarcófago negro en el que descansan sus huesos resulta sorprendentemente sobrio y apenas llama la atención.

     

    En 1941 científicos rusos examinaron con la frialdad de la ciencia sus restos y confirmaron las minusvalías físicas de quien fue el amo de Asia y terror del resto del mundo. Sic transit gloria mundi...            

     

     

     

     

    Antonio Fornés, filósofo y escritor, ha publicado los libros Las preguntas son respuestas (Plataforma Editorial) y Reiníciate (Diéresis). En FronteraD ha publicado En busca de Alamut, la fortaleza de los asesinos ismaelíes del Viejo de la Montaña, Mientras cae la tarde en Irak y el país se desmembra y Castillos, controles militares y guías que son policías en Kurdistán.

     

     

     

     

    Este texto es el primero de una serie titulada Caminando junto a los primeros viajeros españoles 

     


    [1] Todas las citas literales del relato de González de Clavijo están tomadas de la siguiente edición: González de Clavijo, Ruy, Relación de la embajada de Enrique III al gran Tamorlán. Madrid 1952, Espasa Calpe.

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