Foto: Pilar Ucedo

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    Castillos, controles militares y guías que son policías en Kurdistán

    Antonio Fornés - 09-05-2013

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    El motor del desvencijado Fiat Línea que he conseguido alquilar en la pequeña oficina que Avis posee en el aeropuerto de la ciudad de Van, en pleno corazón del Kurdistán kurdo, ronca ruidosamente por el esfuerzo al que somete a su vieja mecánica la carretera  que asciende casi hasta los dos mil metros en dirección a Güzelsu, pueblecito en el que se alza, sobre una colina, el castillo de Hosap, destino final de la jornada de hoy. El coche, incomprensiblemente apesta a pescado, los asientos están sucios y el cristal delantero está prácticamente dividido en dos por una amenazadora grieta. Única opción disponible esta mañana en Van. Tras apenas una hora de marcha, parece evidente que no va a ser un gran compañero para los centenares de kilómetros que me esperan en los próximos días.

     

    Apenas he dormido unas tres horas, pues con el fin de llegar hasta aquí desde la norteña Trebisonda debí salir del hotel a las cuatro de la mañana y coger dos aviones. Probablemente habría sido más prudente descansar un poco, pero el ansia de explorar la zona ha sido más fuerte, y con apenas un té en el cuerpo como modesto revigorizante, me lanzo a la carretera para aprovechar al máximo las horas de sol. Desde la coche, el paisaje que se observa es al tiempo hermoso y desolador, una vasta e interminable nada de pequeñas y yermas colinas encaladas por la nieve caída estos últimos días que el sol del mediodía refleja sobre el agua de la presa de Zernek creando un sublime efecto de espejo que sobrecoge por su belleza.

     

    Distraído por el maravilloso entorno, los conos que inesperadamente aparecen en el calzada, así como el camión parado, me parecen pertenecientes a algún trabajo de reparación en el carril derecho de la carretera, y de forma mecánica me coloco en el izquierdo. Cuando llego a la altura del camión veo que lo rodea un grupo de militares, solo entonces, demasiado tarde, acierto a comprender mi error. ¡Me estoy saltando un control del ejército turco! Mientras veo cómo desde detrás de unos sacos terreros salen corriendo en dirección a mi coche tres soldados, intento controlar mi pánico y no sin problemas acierto a frenar. Enfundados en sus trajes de camuflaje, y portando rifles de asalto, dos de ellos se paran frente al automóvil, al tiempo que el tercero, con la pistola en la mano se acerca a la ventanilla. Intento sonreír, y en mi torpe inglés le pido varias veces perdón enseñándole el mapa abierto sobre el asiento del copiloto como una demostración incontestable de que solo soy un turista perdido. El tipo me mira fijamente y en silencio durante unos instantes que a mí se me hacen larguísimos. Estremecido, escucho el sonido que hace su pistola al colocarle de nuevo el seguro, y veo cómo la enfunda. Respiro más pausadamente al observar cómo poco a poco su gesto va cambiando desde el enfado y tensión inicial al de fastidio ante mi torpeza de extranjero despistado. Finalmente me dice algo en turco que no comprendo, pero el gesto de su mano es claro: puedo seguir adelante. Al arrancar me digo a mí mismo que, en general, el Kurdistán es una tierra que no perdona los despistes y donde los errores se pagan caros, por lo que supongo que esta vez, el viajero, ha tenido suerte…

     

    Impulsado por el subidón de adrenalina que me ha producido el incidente, conduzco sin parar hasta Güzelsu. A la entrada de la aldea, más sacos terreros, alambre de espino y soldados armados. Esta vez no me salto el control… Llegado a la falda del promontorio donde se asienta, contemplo el castillo de Hosap, construido en el siglo XVII por un jefe kurdo local. Sonrío. Llos kilómetros y el susto han valido la pena. Sin quitar la vista de la mole asciendo la colina hasta la imponente torre de entrada de la fortificación. Dejo el coche a un lado de la pista y caminando sobre la nieve llego hasta la puerta. ¡Está cerrada! Pero no he llegado hasta aquí para rendirme, así que  bajo hasta el pueblo en busca de ayuda. La encuentro en un grupo de hombres que salen de la mezquita. Es fácil adivinar quién es el imam: un hombre encorbatado al que el resto rodea. Aunque apenas balbucea unas palabras en inglés, comprende lo que le digo y me pide que espere. Cinco minutos después aparece Necmettin, un joven flacucho y mal afeitado que me enseña, casi con la felicidad de un niño, las llaves del castillo de Hosap. El precio que he de pagar por el favor al imam resulta curioso: se empeña en que le fotografíe junto al grupo de fieles, en el interior de su mezquita de techo de lata de la que parece estar especialmente orgulloso. Me escribe en un papelito su dirección de e-mail y, como turista obediente que soy, prometo enviarle la foto al llegar a España. De nuevo en el castillo, Necmettin quita el candado pero, confirmando mi teoría de que nada resulta fácil en el Kurdistán, el portón no se abre. Las nevadas y el frío del invierno han formado una capa de hielo que impide que la puerta se mueva. Necmettin empieza a dar patadas a la puerta y le acompaño en un gesto que delata mi frustración. Cuando estamos a punto de arrojar la toalla y marcharnos se me ocurre una idea ¡El coche debe llevar una llave de tuerca para cambiar la rueda en caso de pinchazo! Armados con este nuevo instrumento vamos arrancando los trozos de hielo hasta que conseguimos nuestra pírrica victoria en forma de portón abierto. La inexpugnable fortaleza ha sido rendida por la fuerza de una llave de tuerca…

     

    Una vez en el interior del castillo, Necmettin intenta adoptar una pose profesional mientras me enseña las diferentes zonas y estancias. Al acabar la visita y antes de despedirnos charlamos un rato. Me comenta que él ha vivido toda su vida en aquel pequeño pueblo y que no siente grandes deseos de abandonarlo para conocer otras tierras. Le pregunto si es kurdo y me dice que no, que es turco, aunque con el paso de la conversación matiza sus palabras:

     

    —En realidad mi madre es kurda y mi padre turco. Pero yo soy turco.

     

    En un país como Turquía –donde la presión para que las etnias minoritarias desaparezcan o tengan un papel insignificante es una constante desde principios del siglo veinte-, su respuesta no deja de responder a la más pura de las lógicas. De todas formas, le pregunto por las relaciones entre las dos etnias y como todos con los que he hablado en la región me contesta con la versión oficial: no hay ningún problema. Le insisto y casi como si se tratase de una proclama asevera.

     

    —No hay ningún problema con los kurdos, el único problema es con el PKK (Partido Kurdo de los Trabajadores), sus seguidores son delincuentes, terroristas.

     

    Nos vamos, a empujones entornamos la puerta que tanto costó abrir y, esta vez, al hacerlo me doy cuenta de que tiene diversos agujeros de bala, se los señalo a Necmettin y éste me contesta que no hay problema, ningún problema.

     

    —Pero son agujeros de bala, ¿ha habido incidentes por aquí últimamente?

     

    Mi guía sonríe mostrando unos dientes ennegrecidos por el tabaco, y me contesta:

     

    —No te preocupes, no hay problemas, estás seguro. Soy policía.

     

    El ingenuo viajero, mientras el sol se pone tras las montañas que separan a esta parte del Kurdistán de sus tierras hermanas del Irak, se aleja del castillo de Hosap dispuesto a seguir sus andanzas. Aunque las carreteras kurdas estén plagadas de tensos controles del ejército turco, y aunque los presuntos guías que abren y enseñan castillos sean, en realidad, policías de paisano dispuestos a controlar y espiar cada uno de sus movimientos.

     

     

    Turcos, kurdos, armenios y la triste condición humana…

     

    La riqueza monumental del Kurdistán resulta un reflejo de su paradójica historia. El viajero que dedique unos días a explorar una región típicamente kurda como la que conforma la provincia de Van se sorprenderá al comprobar que la mayor parte de sus monumentos relevantes no son de origen kurdo, ni por supuesto turco, pues éstos, en cierta forma siguen anclados en su papel de extranjeros invasores y colonizadores. La gloría artística del Kurdistán pertenece, sin duda, al pueblo armenio. Gloria en la que, desde luego, tiene un lugar preeminente la iglesia de la Santa Cruz de la isla de Akdamar, una fotografía inevitable en cualquier agencia de viajes de toda Turquía, y que la mayoría de nosotros ha admirado alguna vez, aun sin estar muy seguros de a qué lugar pertenecía, en algún catálogo o guía turística.

     

    Es un contrasentido triste y cruel, casi como la mismísima condición humana. Así, el pueblo kurdo, durante años ha sido fuertemente reprimido por parte del Estado turco cada vez que ha intentado reivindicar su identidad. Una represión que ha sumido  a la región en un estado de sitio militar y violencia constante. Sin embargo, pocas veces se recuerda que en las primeras décadas del siglo veinte los kurdos participaron activamente, actuando de la mano de los turcos, en el exterminio genocida de la etnia armenia, pueblo que vivía en buena parte del actual Kurdistán llegando a conformar, durante siglos, el próspero y cristiano reino de Armenia. Como desalmado premio a su colaboración los turcos les condenaron a ser ciudadanos de segunda en el nuevo estado laico y centralista instaurado con mano de hierro por Kemal Ataturk, sin posibilidad real de abandonar su situación de pobreza e ignorancia generalizada.

     

    Mientras medito sobre estas cosas abandono la carretera principal que conecta a Van con el aeropuerto y me adentro por un mar de sinuosas callejas que deberían llevarme hasta la iglesia armenia de Yedi Kilise. Tras un buen rato de lenta conducción esquivando transeúntes, furgonetas aparcadas en doble fila, bicicletas, gallinas desorientadas y multitud de obstáculos de todo tipo, me doy por vencido. Lo único que estoy consiguiendo es quemar gasolina. Sin un cartel indicativo, sin una placa que informe del nombre de alguna calle, para un occidental medio como yo, resulta imposible, en aquel caos, encontrar el camino hacia Yedi Kilise. Así que empiezo a preguntar, y la verdad, las cosas no mejoran demasiado. Imposible encontrar alguien que hable inglés. Me limito a gritar el nombre de mi destino, pero casi nadie parece entenderme a la primera, la mayoría abre los ojos como en un esfuerzo de concentración para acabar negando después con la cabeza. ¡No me entienden! En ese momento les enseñó mi mapa señalándoles el lugar, y entonces suspiran comprendiendo:

     

    —Ah…

     

    Ese Ah… resulta algo así como un: ¡Haberlo dicho antes! Lo que buscas es Yedi Kilise. Y me repiten varias veces el nombre pronunciándolo correctamente, casi como si me regañaran por mi mala pronunciación del turco. Es entonces cuando viene lo peor, un inacabable y bienintencionado montón de ininteligibles instrucciones: la primera a la izquierda, dos más y a la derecha…, todo ello, por supuesto, en perfecto turco, dando lógicamente por hecho que más allá de sus problemas de pronunciación, el extranjero  entiende, sin dificultad, nuestro idioma….

     

    Estoy a punto de caer en la más profunda de las desesperaciones cuando pregunto a uno más de la multitud de muchachos de look prácticamente clónico que invaden el sureste de la península de Anatolia: Chaqueta de cuero, pantalones pitillo, unos zapatos en punta sorprendentemente brillantes dado el polvoriento estado de calzadas y aceras, y una espesísima mata de pelo negro peinado cuidadosamente hacia atrás. Estoy de suerte: en lugar de las consabidas indicaciones decide subirse a mi coche y guiarme personalmente. Arranco y mi felicidad inicial se interrumpe momentáneamente, pues después de la experiencia del otro día pienso que quizá vuelvo a gozar de la compañía de un policía de paisano. Con todo y mientras sigo conduciendo alejo de mi mente estos temores diciéndome que por momentos mis ideas se vuelven paranoicas e intento entablar conversación con mi improvisado guía. Al hacerlo descubro que va a ser casi más difícil que encontrar Yedi Kilise, pues es un hombre de pocas palabras. Tras un arduo interrogatorio tan solo consigo saber que su nombre es Alí.

     

    Poco a poco, el paisaje se va volviendo más agrícola, dejamos el asfalto y nos adentramos por una pista de tierra que discurre entre aisladas granjas por las que puede verse corretear a niños kurdos en edad escolar que desde luego no están en la escuela, Me pregunto qué sabrán ellos de los armenios, y de sus preciosas iglesias abandonadas. Probablemente nada. Finalmente llegamos a una aldea típicamente kurda, un pequeño y abigarrado conjunto de casas habitadas por ovejas de gruesa lana, cabras, vacas, niños vestidos con ropa sucia y, de vez en cuando, por algún adulto.

     

    Mi decepción es infinita. De lo que antaño fue el imponente conjunto de iglesias y monasterios que conformaban Yedi Kilise sólo queda una iglesia más o menos en pie, eso sí, convertida en el corral posterior de una de las casas de la aldea. El dueño de la casa me abre la verja del aprisco y camino hacia las ruinas. Los restos del espléndido nártex abovedado están esparcidos por el suelo, al parecer, y según el actual propietario la iglesia se vino abajo junto con las dos cúpulas en el último terremoto de 2011. Entro en el templo. Pese a su deplorable estado general, la arquitectura de la nave principal sigue impresionando, como un último testigo mudo y desolado de un mundo, el armenio en territorio turco, desaparecido con la fuerza de la sangre, el fuego, y sobre todo de la barbarie. Me indigno al observar, y especialmente oler, cómo Yedi Kilisi, todavía hoy sigue utilizándose, supongo que por las noches, como recinto para guardar el ganado, por su dueño, un kurdo indiferente a la belleza de aquellas paredes y a la fe de quienes las construyeron. Al salir me pide dinero y le miro malhumorado, aunque al final le doy unas monedas, quizá, pienso, si empieza a obtener algún rendimiento por el turismo cuidará un poco más su propiedad.

     

    Me voy triste. Yedi Kilisie convertida en un corral resulta una buena metáfora de lo que es hoy el Kurdistán, una tierra de dominios y atrocidades escalonadas, donde paulatinamente el más fuerte ha ido acabando con el más débil, y todo ello a través de la mezquindad, la intolerancia y el desprecio por el diferente. Al llegar de nuevo a Van me despido del silencioso Alí. He de insistir para que acepte mi propina, lo que me insufla un poco de optimismo. En medio de la paupérrima situación de la región, no está todo perdido, todavía hay quien mantiene el orgullo de ser quien es de manera civilizada, ayudando a los demás de una manera desinteresada y bondadosa.

     

    El 24 de abril del 1915, 254 intelectuales armenios fueron arrestados en Estambul y finalmente ejecutados. Solo fue el comienzo de una matanza que, aunque las cifras aún se discuten, acabó con la vida de entre uno y dos millones de armenios. En 1923, ya no había nadie que se declarase armenio en toda Turquía.       

     

     

    Hasankeyf, el progreso y un pastelero feliz

     

    Hasankeyf desaparecerá. La pequeña villa de color miel que se aprieta en un barranco asomado al río Tigris tiene los días contados. Al actual gobierno turco le da igual que la historia de la ciudad se remonte más allá del 1.800 antes de Cristo, o que a lo largo de cientos de años fuese un lugar de paso y descanso para los comerciantes que se aventuraban por la mítica Ruta de la Seda, y lo que es mucho peor, a los burócratas de Ankara les es también totalmente indiferente la decadente y esplendorosa belleza de la ciudad. Esos tipos sin corazón apuestan por lo que, supongo, ellos deben llamar progreso. Así que han decidido construir una descomunal presa que anegará Hasankeyf y más de treinta pueblos kurdos de los alredededore. En principio el proyecto debía ser financiado por suizos y alemanes, pero ante las consecuencias culturales del mismo finalmente decidieron retirar su apoyo financiero. Por un momento pareció que la comarca podía salvarse, pero, poderoso caballero don dinero. Pronto apareció un nuevo socio sin demasiados escrúpulos preocupado tan solo por el margen de beneficios a obtener: China. 

     

    Por eso no es casualidad que cuando, a los pies de Hasankief, me detengo para disfrutar de la tumba de azulejos turquesa de Zeynel Bey Türbesi, el guarda que me abre la oxidada cancela del mausoleo pase repetidamente, poniendo cara de asesino, su dedo índice de un lado a otro de la garganta en un gesto fácil de interpretar, mientras repite en voz alta: chinese, chinese. Pues todos son conscientes de que con la avaricia china ha desaparecido toda posibilidad de mantener las cosas como estaban.

     

    Los signos de que la suerte está echada se observan con claridad meridiana al adentrarse en la ciudad. El último terremoto (de 2011), derribó buena parte de los edificios de la parte alta: el castillo y el Kuçük Saray, un pequeño palacio del siglo XV, obligando además a los tradicionales habitantes de las magaras, las cuevas excavadas en la roca que han sido habitadas desde tiempos inmemoriales, a abandonar sus rústicos hogares. Hoy día resulta imposible acercarse a la zona, pues los accesos han sido vallados, y desde lejos pueden verse, amontonadas, los cascotes y ruinas de lo que hasta hace poco eran glorias arqueológicas. Ni rastro de reconstrucción o restauración, ¿para qué? La fría lógica de los números se impone, pues al fin y al cabo dentro de poco tiempo nada de todo aquello existirá. Pero el turista, inasequible al desaliento, decide caminar por la parte del pueblo que todavía queda en pie, y en su camino se cruzan con un inesperado guía, un adolescente que se presenta como Abdullah y que se ofrece a hacerme de cicerone. En su compañía asciendo lentamente por calles a medio asfaltar y visito la última magara aun habitada, una gigantesca cueva ennegrecida por el humo de una chimenea maltrecha custodiada por alegres cabritas que me reciben con alegres balidos.

     

    Mientras sigo caminando hablo con Abdullah. Dado que Hasankeyf está muy cerca de Tur Abdin, una zona famosa en la antigüedad por la existencia de gran cantidad de monasterios cristianos de rito asirio, le pregunto si todavía quedan cristianos en la ciudad. Me mira sorprendido y niega con la cabeza. En realidad la mayoría de asirios de la región fueron exterminados durante la I Guerra Mundial en lo que es conocido como genocidio Seyfo. Aunque sé que la mayoría de los habitantes de la ciudad son kurdos le interrogo también acerca de ellos, y entonces, el bueno de Abdullah admite ser kurdo, y que su nombre kurdo, su verdadero nombre, es Apo. Le pregunto por qué no me lo había dicho al principio y su respuesta se limita a una sonrisa mientras se encoge de hombros. Pienso entonces que mi guía es joven pero prudente y sabio, y que pese a su juventud es consciente de la difícil suerte de una tierra el Kurdistán, regada con el sufrimiento y la sangre de miles de personas por el único pecado de ser diferente, genocidio armenio, genocidio asirio…, y donde sus habitantes actuales, kurdos como Apo, saben de las incomodidades y desigualdad de oportunidades que puede suponer el ser o declararse abiertamente kurdo.

     

    Finalmente llegamos a la parte más alta y accesible de la ciudad. Apo señala a lo lejos, mostrándome la nueva Hasankeyf que se está construyendo: un amasijo de impersonales y gigantescos edificios de color gris. Por obra y gracia del gobierno turco los habitantes de Hasankeyf serán trasladados de forma inmediata al progreso y la modernidad en forma de cemento y ladrillo. Un horror. Mirando el futuro que con su mano extendida me muestra Apo no puedo sino recordar las palabras, tantas veces denostadas pero tan certeras, del maestro de auténticos filósofos don Miguel de Unamuno, cuando en su célebre carta a su amigo Hipólito Rodríguez Pinilla escribió:

     

    “Cada día me parece más petulante, más necia, más vana eso que llaman civilización moderna. Debo de tener espíritu medieval y de ello me felicito. A la ciencia la voy cobrando asco. Enriquecerse, ilustrarse, gozar de la vida…, pse! Me cago en el vapor, en la electricidad y en los sueros inyectados”.

     

    El viajero abandona con tristeza la desvalida ciudad y vuelve a la carretera. Hambriento, decide hacer un alto en la ciudad de Mardin, y cosas del destino, la parada le permite reconciliarse con el mundo, pues entro en la pastelería de Nihat, un joven turco que no contento con servirme la baklava (dulce de pistachos y miel) que he pedido, se empeña en que pruebe todas las delicias de su tienda. Motivado, supongo, por el exotismo de su nuevo cliente, un despistado turista español, se dedica a pinchar cuidadosa y sistemáticamente con palillos un ejemplar de cada una de las clases de pastelitos que engalanan su tienda y los va dejando en mi plato. La verdad es que todos están buenísimos, ¡pero no consigo dejar de pensar en la carga hipercalórica de cada uno de ellos! Así que finalmente niego enérgicamente con las manos y consigo frenar la bacanal gastronómica a la que me estaba empujando. Satisfecho por su demostración de hospitalidad decide, sin preguntarme, sentarse a mi mesa y tomarse un té tranquilamente conmigo, a pesar de que él no entiende una palabra de castellano o inglés y yo ni una de turco… Pero da igual, ¡las señas con las manos son un lenguaje universal! En medio de las risas, y totalmente desinhibido, se hace con mi cámara y comienza a observar con el visor las fotos que he hecho entre exclamaciones de admiración. Nihat ha salido un tanto desvergonzado, pero me cae bien, después del triste ambiente melancólico y derrotado de Hasankeyf, con su larga historia de matanzas e injusticias, está bien recordar que la vida puede ser mucho más sencilla y feliz, basta simplemente con unos pastelitos de baklava y un té junto a un nuevo amigo en una ciudad perdida en medio del Kurdistán.

     

     

    Campo de refugiados y la frontera turco-siria de Akçakale

     

    El camarero del pequeño café, un tipo miope y mal afeitado, niega con la cabeza: No hay cerveza. Por mucho que insisto, estoy en la espiritual ciudad santa de Urfa, la antigua Edesa bizantina, centro espiritual y lugar de peregrinación para miles de devotos musulmanes, ¡un lugar donde no es fácil encontrar el pecaminoso alcohol! Al fin y al cabo, y aunque Edesa, según la leyenda, fue la primera ciudad no palestina en convertirse al cristianismo, ya no hay cristianos allí. Fueron exterminados en torno a 1915 con la aquiescencia, si no participación, del ejército turco. Mientras disfruto desde la terraza del café  del espectáculo de la puesta de sol sobre la multitud de mezquitas y alminares que pueblan la ciudad, rememoro los hechos del día, y la verdad, ¡ha sido un día duro!

     

    Desde Mardin he conducido hacia el sureste en busca de la frontera turco-siria, en concreto hacia el puesto fronterizo de Akçakale. Curiosamente, y frente a lo que presumía, conforme nos alejamos de la capital del Kurdistán, la presencia, cuando menos visible, del ejército disminuye. Al viajero le da la impresión de que la seguridad turca está mucho más preocupada por controlar a las huestes del PKK que por la cercana guerra en Siria y las posibles consecuencias de la misma en su territorio. Avanzo relajadamente camino de la frontera por una amplia autovía, hasta el punto que me relajo demasiado… A unos 30 kilómetros de Siria me detiene un coche de la policía de tráfico. No se trata de ningún control en busca de personas sospechosas o activistas, sino algo más prosaico y rutinario: un radar ha fotografiado el coche sobrepasando el límite de velocidad que en Turquía es de 110 km por hora. ¡Viajaba a 132 kilómetros por hora! 160 liras turcas en una multa que supongo acabará llegando a la agencia de alquiler de coches y que ésta, sin duda, cargará diligente sobre mi tarjeta de crédito… La cuestión no deja de tener su gracia, en este aburrido y globalizado mundo moderno. Incluso los caminos que llevan hacia la guerra han perdido su encanto aventurero. Así, el viajero no encuentra zanjas, ni coches abandonados, ni columnas de soldados, sino policías de tráfico dispuestos a colmar el afán recaudatorio del gobierno de turno.

     

    Superado el episodio reanudo la marcha, y a unos cinco kilómetros de la frontera me encuentro repentinamente, ahora sí, con el horror de la guerra civil que desgarra uno de los países más bonitos que este caminante ha visto jamás: Siria. Frente a mí un inmenso campo de refugiados de la ONU. Desde la carretera puede observarse un mar de tiendas de campaña blancas jalonadas por pequeños postes metálicos de la luz que imagino surten de energía a las interminables hileras de carpas temporales. Me acerco hasta la puerta del recinto, que es un hervidero de gente. No tengo acreditación alguna, así que no consigo pasar de la puerta. La gente habla a gritos, pero no entiendo nada. Con todo, poco a poco sus gestos se vuelven más amenazantes, y finalmente un tipo de enorme mostacho me lanza una patada que por suerte da en el aire y no en mis huesos. La situación empieza a complicarse. Varios jóvenes empiezan a rodear el coche y una mujer anciana empieza a golpear el parabrisas. Está claro, no soy bienvenido. A toda prisa me meto en el Fiat Línea, y ya completamente rodeado intento salir. Conduzco en primera y con la mayor de las suavidades, pues temo que si golpeo a alguien voy a tener problemas de verdad. Tras un par de minutos de angustia, alcanzo la carretera y me alejo aliviado.

     

    Sigo hacia la frontera y enseguida vislumbro una fila de camiones que, cargados hasta los topes, esperan permiso para cruzar hacia Siria. Muchos de ellos transportan a su vez pequeños camiones cuba que imagino llenos de gasolina. Misterios del comercio de países en guerra que escapan a mis conocimientos. Finalmente aparece la frontera. Un descampado en el que reina el más absoluto de los caos. Sentado en la cuneta observo el abigarrado y tétrico espectáculo: coches aparcados en cualquier lado y decenas de familias que esperan tumbados sobre mantas extendidas en el suel, la llegada, desde el lado sirio, de familiares y amigos. Oscuros grupos de barrigudos rodeados de tipos con pinta de matones que manejan no con demasiada discreción grandes fajos de dinero y pasaportes. Ya se sabe, los repugnantes negocios de la guerra. Y por todas partes montones de maletas y bultos. Si uno mira a lo lejos no necesita forzar demasiado la vista para contemplar las columnas de humo que se levantan hacia el cielo, relativamente cerca, en suelo sirio.

     

    De repente, estalla el clamor y todo se acelera. ¡La frontera se ha abierto! Hacia Siria se encaminan los primeros camiones, y en Turquía entran los primeros refugiados que hoy han conseguido huir de la maldición de la guerra. Su cara lo dice todo: entran a paso vivo, arrastrando sus pertenencias y con la sonrisa tatuada en el rostro. Por fin a salvo. Veo a un chico que no debe pasar de los dieciocho y que al cruzar la frontera aplaude sonoramente mientras se le escapa una lágrima. Un niño de la familia que cruza inmediatamente después tropieza y cae justo al cruzar. El padre, lo levanta con una mano y con la otra le zurra. No está la situación para demasiados mimos. Un par de hombres cruzan con tres viejos televisores que cargan en un Renault aún más viejo que les estaba esperando. Y en medio de toda la baraúnda, unas ancianas en cuclillas con el rostro oculto tras el velo venden con sorprendente éxito cajas de té. El éxito es tan arrollador que sospecho que hay algo más que té de Ceylán en esos paquetes…

     

    Tras un buen rato, decido marcharme. Al alejarme veo ondear la bandera siria al otro lado. No sé en manos de quién estará el puesto fronterizo, si en la de lo que se ha dado en llamar el Ejército Libre Sirio o en posesión de tropas leales a Bashar Al-Assad. En cualquier caso da igual. A fin y al cabo es esta una guerra que Al-Assad perdió desde el primer día.

     

    Camino de Sanliurfa me detengo en la bíblica Harran, la ciudad de amorritas y hurritas en la que Yahvé habló por primera vez a Abraham. Pese a su cercanía con la frontera, reina una absoluta calma. De hecho, observando sus casas colmena de adobe, y el modo de vida de sus habitantes, la sensación que da al viajero es que Harran se detuvo hace 4.000 años en el tiempo, y que en cualquier momento uno podría tropezarse, caminando tranquilamente por allí, con Abraham, el patriarca al que hoy veneran dos mil millones de cristianos, mil trescientos millones de musulmanes y más de quince millones de judíos. Cuando Yahvé le habló allí le dijo: “Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré”. Desgraciadamente, las cosas no han cambiado mucho desde entonces, y hoy, como hace miles de años, muy cerca de Harran, la gente sigue dejando atrás su país, sus casas y su vida.

     

    Ya es casi de noche en Sanliurfa. Por la ciudad se extiende el seductor canto del azán, la llamada a la oración del almuédano desde el alminar. Apuro mi té, mientras pienso en lo afortunado que soy, viajero por placer y ciudadano de un país en paz que me aguarda acogedor.

     

     

    Una pelea de enamorados en Diyarbakir

     

    Como la práctica totalidad de restaurantes del Kurdistán, el Safak Salonu también posee dos salones, uno situado en la parte baja, donde está además la cocina del local y en el que solo pueden comer los hombres, y un segundo salón, en la primera planta, el familiar, en el que pueden acomodarse las parejas y familias. Estoy en Diyarbakir, pero podría estar en Urfa, en Van, en Sirnak o en cualquier otra ciudad de la zona. La escena siempre resulta la misma, un comedor para hombres siempre abarrotado y bullicioso donde incluso a veces resulta difícil encontrar una mesa libre, y una primera planta silenciosa y casi vacía, ocupada por alguna pareja, o familia que ha sacado a los abuelos a cenar…. En ningún caso, por supuesto, puede verse a una mujer sola. Las convenciones sociales tradicionales siguen estando muy, pero que muy rígidamente presentes en el Kurdistán… Necesito tranquilidad para escribir, así que, por una vez, opto por abandonar los dominios del hombre y refugiarme en el silencio del piso superior, convencido de que mi editor agradecerá el sacrificio. Me siento y, mientras espero a que el ordenador se ponga en marcha, no puedo evitar reparar en dos jóvenes que aunque sin levantar demasiado la voz, eso estaría totalmente fuera de lugar aquí, están discutiendo. Él parece un kurdo más, salvo por el hecho de que pese a su juventud se está quedando calvo, algo muy extraño en un país donde los hombres lucen sempiternas y abundantísimas cabelleras. Ella, sin embargo, resalta por su vestimenta occidental y por su pelo teñido de rubio, algo que en este rincón del mundo le da, sin duda, un aspecto sofisticado y moderno. Se pelean, sin duda. Su lenguaje corporal les delata. ¡Incluso en la violenta y tradicional Diyarbakir, el amor y con él el desamor, encuentra un resquicio para sobresalir! Finalmente él se levanta y, para mi extrañeza y la del resto del local, la deja sola. Curiosamente, ella sigue sentada, y aunque no levanta la vista del plato, es fácil ver como las lágrimas se escapan de sus ojos.

     

    Llevado por el pudor, intento dejar de mirarla, por lo que me giro y me dedico a observar la calle a través de la cristalera. Pese a lo denso del tráfico es imposible no reparar en el paso de una tanqueta del ejército turco, su línea maciza y severa me recuerda donde estoy, en la ciudad que es el centro neurálgico de la resistencia kurda contra el poder turco y especialmente la sede principal del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, el partido independentista kurdo que en las últimas décadas ha liderado la lucha contra Turquía. De hecho, aún hoy, Diyarbakir es todavía sinónimo de temor y violencia para los turcos del este, de Ankara o Estambul. No en vano la primera vez que visité Turquía, hace ya muchos años, en un circuito estándar por la costa mediterránea y la Capadocia, le pregunté al guía por la posibilidad de visitar Diyarbakir y éste, negando con la cabeza espetó: no, no, peligroso, asesinan, mejor no ir. 

     

    Aunque la situación es hoy más tranquila, el miedo turco se percibe desde que uno se acerca a esta urbe fundada por los hurritas hace ya más de tres mil quinientos años. Así, lo primero que observa el viajero cuando desde cualquier carretera llega a Diyarbakir son los muros, las garitas de vigilancia y el alambre de espino, un alambre de espino que rodea los enormes, extensísimos e inacabables cuarteles militares que circundan la ciudad, unos cuarteles que albergan incluso multitud de bloques de pisos donde, es de suponer, viven las familias de los militares destinados allí. El tamaño y la cantidad es tal que uno no puede dejar de preguntarse si no habrá en esta ciudad más soldados que habitantes… Y se pregunta también cómo con semejante despliegue y control hayan podido producirse aquí tal cantidad de disturbios…

     

    Más allá del conflicto, esta capital de hecho del Kurdistán resulta hermosísima, rodeada por una imponente muralla bizantina de negro basalto, gracias a la cual la ciudad ha sido conocida tradicionalmente como Diyarbakir la negra. En su interior esconde un excelso barrio antiguo, repleto de preciosas callejas, de mezquitas como Behram Pasa Camii o Hazreti Süleyman Camii, e incluso olvidadas iglesias armenias y caldeas como la Keldani Kilisesi o Meryem Ana Kilisesi, sobre las que revolotean, indiferentes a todo, bandadas de pequeños verdejos, oscuros como la ciudad. Durante horas he caminado por sus calles, que a pesar de las numerosas leyendas no me han parecido nada peligrosas. Con todo, la tensión está siempre presente. De vez en cuando, en los muros de las esquinas más recónditas y ocultas de la ciudad, pueden verse pintadas en favor del PKK. La tensión adopta en ocasiones aspectos inesperados, como cuando a mediodía llevado tanto por el hambre como por la curiosidad he entrado en una vieja panadería. El olor del pan recién hecho resultaba delicioso, y he pedido una especie de torta rellena de queso que el panadero me ha cortado en largos trozos. Ghazi, que así se llama el panadero, es un viejecito parlanchín, que al verme e identificarme como turista lo primero que ha dejado claro es que él no era turco, sino kurdo. Una actitud típica que se ha repetido a lo largo del día. Pero Ghazi ha ido más allá de esta reivindicación racial. Siguiendo con su parloteo ha preguntado por mi origen, y al saber que era español me ha hecho otra típica pregunta: ¿Barcelona o Madrid? Resignado ante la perspectiva de una nueva conversación sobre fútbol –¿cómo es posible que el mundo entero siga la liga española?- le respondo que Barcelona, y él insiste: ¿Cataluña, Cataluña? Y tras mi gesto afirmativo me sorprende con una frase que desde luego, no esperaba:

     

    —Cataluña is not Spain! Kurdistan is not Turkey!

     

    Realmente no lo esperaba, y mantengo una prudente actitud neutra que ni afirma ni niega ¡Con qué me sale este hombre! Pero a Ghazi le da igual mi actitud, y quizá convencido de hallarse junto a un ardiente independentista, da un paso más y me arrastra hacia la trastienda de su negocio para sacar del fondo del cajón de una vetusta alacena una amarillenta página de periódico cuyo texto, obviamente no puedo entender, pero donde aparece el emblema de la ETA al tiempo que afirma casi a gritos:

     

    —I love ETA!

     

    La situación realmente me ha dejado sorprendido y sin saber qué decir, ¿cómo explicarle al viejo Ghazi, perteneciente a la masacrada minoría kurda la diferencia de situaciones, y la necesidad de rechazar siempre y en todo lugar cualquier tipo de violencia? Así que decido que lo mejor es abandonar la panadería entre las muestras de afecto del panadero, que se niega a cobrarme la torta de queso…

     

    La vuelta del joven enamorado a la mesa donde todavía sigue llorando su amada me arranca de mis reflexiones y me devuelve a la realidad del Safak Salonu. De nuevo uno frente al otro, la discusión se mantiene y al viajero le dan ganas de acercarse y decirle a la rubia que ese chico no le conviene. Pero siempre prudente en exceso decide acabar su comida e irse dejando allí, con su historia, a la enfadada pareja.

     

    De camino al hotel, paro en una barbería. Necesito un afeitado ¡y las barberías aquí parecen no cerrar nunca! El dueño del negocio sólo conoce dos frases en inglés: no problem, y I am Kurdish, no Turkish, y con ellas y la mímica conseguimos entendernos… El viaje por el Kurdistán se acaba. Estoy cansado, he hecho un montón de kilómetros, he pasado por situaciones tensas, echo de menos mi cama, pero cuando se sienta en el cómodo sillón de barbero, y mientras es embadurnado de espuma, el viajero cierra los ojos, y al hacerlo no puede sino empezar a soñar con su próximo viaje.

     

     

     

    Antonio Fornés, filósofo y escritor, ha publicado los libros Las preguntas son respuestas (Plataforma Editorial) y Reiníciate (Diéresis)

     

     

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