Ceuta, puerta de Europa

Patricia Gardeu - 29-12-2011
Fotos de Fidel Raso

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Tenía 24 años y era su segundo intento de entrar como inmigrante ilegal en Ceuta, después de haber sido deportado en la primera ocasión. Sorprendía su pasmosa serenidad. El joven argelino clavó su mirada, sin un atisbo de duda, en la de la periodista del diario local El Pueblo de Ceuta. Su calma parecía incomprensible como parecen, en los primeros contactos con la inmigración, los rostros de felicidad de los subsaharianos, incluso cuando están siendo interceptados por los agentes.

 

Pasaban las diez de la noche cuando Cruz Roja y agentes de la Guardia Civil avistaron al joven que intentaba cruzar a nado la frontera del Tarajal, en la bahía que une Ceuta con Marruecos. Entrar en España es el primer objetivo del inmigrante y aunque sea pillado en ese intento, pisar Ceuta ya es la primera victoria.

 

Nada de la agitación ni de las imágenes que se traen preconcebidas de la península. Ni tampoco historias de pateras. La inmigración en Ceuta hace menos ruido. Pasa, a menudo, inadvertida o es malinterpretada desde Madrid y alrededores. Aquel argelino se había lanzado al mar tras ponerse un traje de neopreno. Dentro escondía un teléfono móvil y dinero. También, pegado a su cuerpo, envueltos en un plástico para protegerlos del agua, unos pantalones, una camiseta y un jersey. El chico fue rescatado en mitad del mar por una embarcación y trasladado hasta el Puerto Deportivo. El procedimiento, el habitual: atenderle si presenta síntomas de hipotermia, trasladarlo a la comisaría de la Policía Nacional, competente en materia de Extranjería, para tomarle la filiación antes de enviarlo al CETI. En el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes permanecerá acogido hasta que sea repatriado o, si se le considera vulnerable –aquellos que por razones políticas, religiosas, sociales, de salud o de arraigo evitarán no ser devueltos a su país–, enviarlo a la península.

 

Aquel goteo de inmigrantes ilegales con trajes de neopreno que, aupado por un invierno que parecía primavera, se perfilaba desde enero, fue desembocando en entradas cada vez más masivas. No faltaban las alusiones a un lejano 2005 que para algunos seguía estando muy presente. Aquel año, Ceuta y Melilla se convirtieron en objetivos del interés mundial cuando, en varias avalanchas, medio millar de inmigrantes pretendieron entrar en las ciudades autónomas españolas en el norte de África saltando la valla que fija la frontera con Marruecos. Las acometidas se saldaron con varios muertos –se contabilizaron trece muertos, aunque las cifras reales nunca llegaron a concretarse– y centenares de heridos. En Ceuta y Mellilla se refieren a aquellos hechos como un hito: un antes y un después en la historia de la inmigración. La consecuencia directa fue, además, la ampliación de la altura de la valla, de los tres metros que medía entonces a seis metros.

 

La imagen reduccionista, externa y novata de quien cubre temas de inmigración por primera vez no tarda en chocar con el complicado entramado que acarrea cada una de las historias de inmigrantes que se cruzan en Ceuta con la vida cotidiana de los ciudadanos. La inmigración no es ajena al transcurrir diario de una ciudad de 80.000 habitantes en la que unos 700 subsaharianos deambulan por el centro de la ciudad buscando la manera de entretenerse y pasar los días en una sucesión de horas sin futuro claro. Al hablar con ellos, al interpelarlos, las reacciones son dispares. Algunos se sinceran con la esperanza de que el periodista blanco propicie que se arreglen sus papeles o surja una novia que facilite su permanencia en España. Otros callan, no sólo por la torre de Babel que dificulta la comunicación, sino porque están convencidos de que salir en los periódicos puede perjudicarles.

 

Kassil Jonas, sin embargo, estaba convencido de que aparecer en los medios de comunicación podía ser útil. Entregó una carta en el periódico explicando su situación. Marfileño, en su país aprendió algo de español. Compaginaba sus estudios de Derecho con la instalación de softwares en los ordenadores hasta que comenzó la guerra que enfrentaba a los militares del presidente Laurent Gbagbo contra los de su homólogo Alassane Outtara. Salió de Costa de Marfil el 14 de febrero, cruzó Malí y Argelia aupándose en camiones. Buscaba refugio político en Europa. Escribe sin dejar espacio en blanco en los márgenes del folio, como si quisiera apurar hasta el último centímetro de sus recursos.

 

Le cobraron cincuenta euros por el traje de neopreno. Se lanzó al mar por la playa de Beliones. En el CETI, los inmigrantes disponen de techo y comida, pero para ganarse algunos euros –y, principalmente, mantener ocupadas unas horas que se ralentizan mientras esperan que se arreglen sus asuntos o se les deporte– se dedican a aparcar coches, a llevar bolsas de la compra, ayudar en la iglesia o pedir en las puertas de los supermercados. No les gusta la vida en el CETI. Kassil Jonas, de 24 años, se pregunta, en su carta, por “los derechos” y por “la libertad”. “España está en nosotros”, concluye dejando atisbar que no ha perdido la esperanza.

 

Algunos de sus compañeros en el CETI van más allá. “El blanco no tiene la libertad de encerrar al negro”, reclaman cuando Aniangouseeynou es reprendido por haber pasado la noche durmiendo en las inmediaciones del Puerto, en vez de en el centro. Aniangouseeynou tiene 25 años, es de Guinea Ecuatorial y sueña con ir a Bilbao. Youca Diallo, de idéntica edad y procedencia, con viajar a Barcelona.

 

Muchos de ellos muestran las heridas de guerra, las que se hicieron al entrar a nado en Ceuta. Otros enseñan los moratones de sus intentos fallidos de escapar de la ciudad autónoma con destino a la península. Ceuta es una esperanza, pero también, lamentan, una cárcel.

 

Carlos Bengoetxea, el director del centro de acogida temporal, apuntaba hace unas semanas su intención de reducir la ocupación a cifras “normales”: de 650 a 500. Las instalaciones se habilitaron para 512 inquilinos. Bengoetxea hace hincapié en que se ha logrado rebajar “sustancialmente” la media de tiempo de estancia, pues apenas queda ya algún residente con más de un año de antigüedad, mientras que a mediados de 2010 había un centenar de inmigrantes que llevaban en el CETI más de tres años y unos doscientos sobrepasaban los dos años. Las largas estancias son las que ceban el desamparo, según explican los afectados. “Ceuta no good”, sostienen Stevan y Simon, dos entre esos casi 650. Explican que lo que menos les gusta es la sensación de inferioridad y la falta de libertad que, aseguran, les hacen sentir en España.

 

En el año que está a punto de concluir ha habido muchas entradas masivas de indocumentados. Pero las estimaciones halagüeñas, que contaban con más camas libres en el CETI a partir de 2012, volvieron a truncarse el 12 de diciembre. Un total de 68 inmigrantes entraron a nado por el perímetro costero marítimo que baña los dos litorales, el español y el marroquí: 49 nadadores entraron por la playa del Tarajal, y los 19 restantes fueron pescados a medio centenar de metros de la costa por el Servicio Marítimo de la Guardia Civil. Además, otros 52 habían sido interceptados por la mejanía (fuerzas policiales marroquíes) antes de alcanzar aguas españolas.

 

La entrada de los 68 inmigrantes coincidió con la detención de veinte residentes del CETI para trasladarlos a la península y deportarlos. Mientras recogen sus pertenencias para prepararse a ser devueltos a sus países de origen, ya están tramando cómo y cuándo emprenderán una nueva tentativa. Así lo explicaba uno de ellos, Hambiga Xalu, guineano de 18 años: cuando llegue a Guinea Conakry saludará a sus dos hermanos pequeños antes de volver a recorrer el mismo trayecto que completó hace cuatro meses: Malí, Argelia, Marruecos y Ceuta.

 

John Michael Tekuitche, un camerunés de 21 años, a pesar de estar esposado y dentro del furgón policial, aseguraba que estaba feliz porque al fin le enviaban a la península. “Llevaba un año y dos meses en el CETI pero nunca perdí las esperanzas”, explicaba como si realmente no conociera la realidad: la de un viaje forzado a la península con el único fin de una posterior deportación. Electricista en su país, explicaba que si en la península no encontraba trabajo de lo suyo, no le importaría dedicarse a otro oficio. “Yo soy cocinero”, apunta, en inglés, el inmigrante esposado a su lado. “Yo, futbolista”, añade un tercero. No todos dejan entrever la misma ilusión.

 

Aún volvería a repetirse la situación antes de concluir el año. El pasado 22 de diciembre, recién entrada la noche, otros 57 inmigrantes se lanzaron al agua a la carrera en la bahía del Tarajal. Con una peculiaridad: se trataba de la primera avalancha nocturna. Hasta entonces los subsaharianos habían concentrado sus intentos a primeras horas del día, con el alba. El año termina con más de 1.300 entradas de inmigrantes frente a unas 330 en 2010.

 

Buscan trabajo, seguridad, esperanza. Algo que la mayoría no tiene en sus países de origen. El 21 de enero de este año, seis inmigrantes fueron rescatados del mar por la Guardia Civil en plena madrugada; otros tantos, por Cruz Roja. Mientras unos llegaron a nado, otros lo intentaron en balsas por la bahía norte. Cuadros de hipotermia y encontronazo con la realidad. El parte habitual. No eran los primeros del año. En menos de tres semanas del todavía reluciente 2011, ya habían entrado en Ceuta 45 inmigrantes: 38 subsaharianos y 7 argelinos. Despuntaba la utilización de pequeños botes hinchables que confirmaban la sospecha de que no pretendían cruzar el Estrecho sino alcanzar Ceuta.

 

Con la llegada del buen tiempo empezaron a producirse entradas masivas en la costa ceutí, preámbulo de lo que acontecería durante todo el verano. Los asaltos aumentaban por la bahía sur mientras que Benzú, en la parte norte, permanecía tranquilo. El 7 de julio entraron de una tirada 27 subsaharianos mientras que una veintena fueron detenidos por las fuerzas de seguridad del país vecino. El papel de Marruecos comenzó a cobrar más relevancia, pero la tensión y conflictos más o menos larvados entre los dos lados de la frontera se agravaron cuando los marroquíes vetaron la entrada de fuerzas españolas en sus aguas jurisdiccionales. En épocas de colaboración y buena vecindad facilitaban la tarea. A mediados de agosto, la actuación de las fuerzas marroquíes frenó la entrada de casi 90 inmigrantes. La patrullera de la Marina Real marroquí, apostada justo en la línea fronteriza, permanecía en estado de alerta, sobre todo a la hora de la ruptura del ayuno del Ramadán, momento que los subsaharianos aprovechaban para tirarse al agua. La vida parecía paralizarse en el país vecino cuando los marroquíes se preparaban para comer tras la puesta de sol, cuando se ponía fin al ayuno diario. Los agentes marroquíes evitaron entonces que el Servicio Marítimo de la Guardia Civil y la Salvamar Gadir tuvieran que intervenir, aunque estaban prevenidos. También la Gendarmería marroquí se empleó a fondo en tierra para atajar cualquier intento de alcanzar la orilla para salvar a nado la distancia con Ceuta. Una misma playa separada por una valla.

 

A mediados de verano habían alcanzado Ceuta un total de 652 inmigrantes frente a los 330 que entraron a lo largo de 2010. Para entonces, el número de residentes en el CETI ya alcanzaba casi los 750 inmigrantes, fruto de lo que los expertos suelen calificar de efecto llamada: los que conseguían alcanzar Ceuta comunicaban a los que aguardan cómo era el operativo de acogida. El modus operandi organizado por las mafias de la inmigración. La situación obligó a los responsables del CETI a habilitar más camas y espacios en el centro.

 

La entrada de grupos grandes de subsaharianos se repitió durante el mes de septiembre. Las aguas del Estrecho traen a Ceuta balsas cargadas de sueños. Un total de 21 inmigrantes fueron rescatados por la Salvamar Gadir el 19 de septiembre. El 21 de octubre se producía una nueva oleada protagonizada por 59 inmigrantes que entraban por el Tarajal. En aquella ocasión lo hacían a la carrera: algunos se lanzaron al agua; otros, simplemente, bordearon el espigón.

 

Ceuta no es más que una plaza de paso, un trampolín para alcanzar la península antes de ser detenidos y poder sortear así la deportación. A menudo, la imaginación gana la partida al miedo. Los primeros meses de 2011 estuvieron marcados por los constantes intentos de fuga de inmigrantes escondidos entre las basuras que trasladaban los camiones de la Planta de Residuos o agazapados en los bajos de los vehículos. El peligro que encierra esa estrategia se hizo evidente a finales del año pasado. Paul Charles Nlend, un camerunés de 25 años, falleció tras ser sepultado por los escombros al volcar el camión en el que se escondía. Cinco toneladas de residuos con dirección a la península y una aventura que terminó en tragedia.

 

Para prevenir estos desenlaces, la Guardia Civil decidió vigilar de forma permanente el Monte Hacho, donde se encuentra la planta de residuos, para evitar que los inmigrantes pudieran acercarse a los camiones de basura. A la planta de Urbaser se le suma el puerto como otra vía de escape para los inmigrantes. Las inspecciones constantes no consiguen desalentar los continuos intentos. Por un lado, el frente marítimo, que acaba en una ratonera. Por otro, las posibles vías de escape a la península, que se intentan abortar mediante operaciones como la feriante. El pasado agosto se movilizaron más de 160 agentes para detener a los inmigrantes que pretendían pasar a la península escondidos entre las numerosas atracciones instaladas en Ceuta con motivo de las fiestas patronales. El primer día fin de feria concluyó con la detención de 33 personas, la mayoría de origen magrebí, a la salida del recinto ferial, mientras que la Guardia Civil interceptó a otros tres extranjeros en el acceso al puerto. La vía feriante ya había sido ensayada otros años. El precedente, 2010, se saldó con la detención de 70 personas por las fuerzas de seguridad españolas.

 

Los intentos de huida implican otro problema: la proliferación de campamentos en el monte. Algunos inmigrantes se escapan del CETI con la intención de dormir a la intemperie, a la espera de la huida perfecta. No quieren dar sus nombres, llamémoslos Juan y Pedro. Se conocieron durante su primera estancia en Ceuta. Ambos fueron deportados y ambos han logrado regresar a España. La detención en el CETI y la posterior repatriación no les dejó un buen sabor de boca, así que en esta ocasión han optado por pasar las noches en el monte protegidos del relente con bolsas de plástico. Juan nació en Somalia, un país donde la mitad de la población está afectada por la hambruna. Allí dejó cinco hermanos. La primera vez que llegó a Ceuta fue el 23 de mayo de 2007. Lo hizo cruzando la frontera desde Marruecos escondido debajo de un coche. Estuvo dos años en el CETI aguardando unos documentos que nunca llegaron. El 17 de julio de 2009 le deportaron. Sólo que hubo un error: se equivocaron de país y lo mandaron a Nigeria. “Y yo me preguntaba: ¿Qué hago en Nigeria que está igual de mal que Somalia pero además no conozco a nadie?”, explica el joven, de 26 años. En aquel país, un policía lo ayudó llevándolo a una iglesia en la que, durante seis meses, le dieron alimento y cobijo.

 

Después emprendió, de nuevo, camino a Ceuta. Tardó seis meses en llegar a Marruecos, muchos tramos andando, otros metido en camiones. No logró trabajo en el país vecino. Durmió en la calle, en autobuses y hasta en una casa donde entre cuatro inmigrantes pagaban setenta euros. No era fácil conseguirlos y en la mayoría de las ocasiones tuvo que conformarse con la caridad, alimentándose a base de galletas y leche. Decidió entonces cruzar. Entró a nado, por Beliones.
Es cristiano y en una de las iglesias de Ceuta ha encontrado ayuda en varias ocasiones. Así que, como hizo durante su primera estancia, para ganarse algo de dinero vigila y limpia el templo Nuestra Señora de África. Como no hablan español, el temor por una nueva deportación aumenta.

 

Ceuta es una ciudad excelente para aparcar prejuicios. Observar desde primera línea los problemas que acarrea la inmigración es un atractivo periodístico, una prueba de madurez, pero también una responsabilidad: la de tratar de encontrar qué hay detrás de las cifras. 

 

 

 

Patricia Gardeu es periodista. En FronteraD ha publicado El calidoscopio de Ceuta, Tienes madera de artista y, con Cristina Durán, Tío Alberto, el hombre que creó una ciudad para niños.

http://patriciagardeu.blogspot.com/

 

 


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Gran trabajo de nuestro siempre grande, Fidel Raso. Desde tu pueblo, un abrazo.

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