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Siendo madrileño no tengo sino que agradecer la mención que se hace a la resistencia al fascismo que vivió y sufrió esta ciudad y que, creo, ni siquiera nosotros somos conscientes de ella a estas alturas.
En el imaginario de alguien criado en la meseta, que vivió los últimos estertores del franquismo y las convulsiones de la transición, Barcelona aparecía como un lugar luminoso en el que la vida empezaba a desarrollarse hacia ámbitos por aquí solo imaginados (aquellas jornadas libertarias, cenit y ocaso en sí mismas).
Aunque han pasado los años, las visitas y las incongruencias entre lo oficial y lo real, aún no he dejado de sentir una... palpitación entusiasta al ir hasta Barcelona, una distancia que ahora mido en el AVE, como antes lo hacía en autobuses, pero que mentalmente sigue siendo acercarse a un lugar enérgico, exuberante, a pesar de que la última vez me pareció algo así como un parque temático reservado para turistas de todo a cien.
La esencia de lo que dices en el artículo pienso que esta en la distancia abismal entre lo que se dice y lo que en realidad se hace, entre el lenguaje (no el catalán, cualquier lenguaje) y las prácticas políticas de travestismo que desvirtuan las sociedades, las luchas sociales.
No sé si acierto o no, pero la impresión última que saqué precisamente en mayo del 2007, es que las políticas públicas, transportes, sobre todo, estaban por los suelos, desmanteladas, aunque las fachadas fueran muy bonitas y la gente parecía la más cool que se pudiera echar uno a los ojos.

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