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    Cómo se mira a un mago

    Juanjo de la Iglesia - 27-05-2010

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    Soy de los que piensan que en el arte sobran los manuales de instrucciones. El arte se explica por sí solo, o creo yo que suele hacerlo. A pesar de ello, me propongo hacer una pequeña reflexión sobre cómo acercarse a un arte en concreto, porque se trata de uno bastante peculiar: el ilusionismo. Para convencer que la magia es una arte, o por lo menos para que el lector escéptico me comprenda, no tengo más argumento que recomendar el disfrute de un buen espectáculo de magia... Y he aquí la primera peculiaridad del asunto, porque para disfrutar de la magia es necesaria una cierta predisposición, cosa que, por cierto, también ocurre con cualquier otra forma de arte. Pero en el caso que nos ocupa, esta predisposición es bastante especial. Uno debe ir dispuesto a dejarse engañar. Lo cual, dicho sea de paso, si no es una extravagancia, se le parece bastante.

           Cuando digo dejarse engañar, no me refiero ni mucho menos a que sea necesario adoptar una actitud condescendiente con el mago, ni a que se deba mirar hacia otro lado para evitar ver cualquier maniobra sospechosa del artista. Una actitud así desvirtuaría por completo el sentido del espectáculo, puesto que en ese caso no nos encontraríamos ante un suceso inexplicable que ocurre ante nuestros ojos, sino ante una especie de chapuza muy poco asombrosa. Además, en general, resultaría irrelevante, puesto que un ilusionista medianamente correcto siempre va a ocultar al público lo que no quiere que éste vea. Me refería más bien a dejarse llevar por el ambiente mágico y sobre todo a gozar del asombro y la sorpresa de ver acontecimientos imposibles, a contemplar lo que sucede como si fuera verdad, aunque sepamos -y esto es importante- que no lo es.

           Para producir efectos realmente mágicos, que consigan sorprender y asombrar al público, el mago necesita de una serie de técnicas verdaderamente refinadas, complejas y en ocasiones muy dificultosas. Pero también necesita de una variedad de sutilezas psicológicas, algunas de ellas de una profundidad y una elegancia notables, que perfeccionará con los sucesivos ensayos, hasta poder ejecutarlas durante la actuación.

           Y esta es otra de las peculiaridades de la magia. Al contrario de lo que ocurre en otras artes, el mago se ha de esforzar en ocultar toda la técnica, que puede suponer en ocasiones meses, incluso años, de trabajo. Porque el mago no pretende, o no debería, apabullar al público exhibiendo una serie de habilidades espectaculares -de virguerías que diría un castizo-, sino de presentar como posible lo imposible, a base, precisamente, de que esas habilidades queden ocultas al público.

           Es cierto que esto no sólo es aplicable a la magia, pero aquí ocurre de una forma bastante especial. Pondré un ejemplo: cuando un pianista se sitúa ante su auditorio, no parece que la idea que le ha llevado hasta allí sea la de pasmar al público con la evidente habilidad de sus manos, sino la de lograr la mayor perfección posible en la ejecución de la obra para comunicar algo a través de su interpretación.

           Hasta aquí, salvando las distancias, están iguales el mago y el pianista. Pero el pianista no tiene ninguna necesidad de ocultar su técnica. Nadie va a un concierto a ver unas manos vertiginosas sobre el teclado, o al menos no sólo a eso. Pero el hecho de admirar la técnica de un músico durante un concierto, no sólo no estorba -exageraciones y amaneramientos aparte-, sino que incluso es un mérito añadido. El objetivo del mago es exactamente el contrario. Debe actuar de manera que parezca que no está haciendo nada, que los milagros que estamos viendo se producen por arte de magia.

           En este sentido, el mago y maestro de magos, Arturo de Ascanio, acuñó el curioso término soltura despistante. Entre otras cosas, se refiere a que cuanto mayor sea la naturalidad de un mago, más mágico será el efecto y más oculta quedará la técnica que lo hace posible. Para producir un buen efecto mágico, la técnica -la trampa- debe pasar totalmente desapercibida al público. Sin ser ésta, ni mucho menos, la única característica de un juego de manos bien realizado, creo que se puede decir que la naturalidad es uno de los ingredientes más mágicos del ilusionismo.

     

     

           Por eso es necesaria esa actitud de dejarse engañar. El hecho de que ocurran milagros en un escenario es ilógico, y es razonable que a cualquiera le intrigue cómo ha logrado el mago hacer salir a un elefante de un cajón vacío. Pero si queremos disfrutar de la magia, no es ésa la actitud que debe prevalecer, porque de esa manera podemos neutralizar todo el sentido mágico del espectáculo. Si hemos visto, por ejemplo, a un hombre levitar sobre nuestras cabezas y nos devanamos los sesos más tiempo del necesario pensando en cómo ha conseguido el mago hacer eso, corremos el riesgo de acabar visualizando, en lugar de un elegante vuelo mágico, a un señor colgando de una cuerda, aunque no veamos la cuerda por parte alguna. Lo cual no tiene nada de mágico, de asombroso ni de espectacular. Y para eso, francamente, es mejor quedarse en casa y ahorrarse el dinero de la entrada.

           Para divertirse con la magia también es importante tener en cuenta que no es una competición de inteligencia entre el mago y el público. La intención de un mago –de un buen mago- no es quedar por encima del público, o tomarle el pelo. En una entrevista que hace años hice a Juan Tamariz, me comentaba que una de las características de la magia es que no engaña a nadie... porque todos saben que están siendo engañados.

           En esto se basa la diferencia abismal que separa el ilusionismo de otras actividades que utilizan sus técnicas para –en este caso sí- engañar a la audiencia, sin la menor sutileza y con propósitos poco claros. Pensemos en la legión de charlatanes que pululan por televisiones, radios o internet, y que aseguran adivinar el pasado, el futuro o lo que se les ponga por delante, previo pago del importe correspondiente. Cirujanos psíquicos, radiestesistas, dobladores de cucharas, mediums que se comunican con el más allá, videntes, telépatas y un sinfín de caraduras cuyo objetivo suele ser vaciar el bolsillo, en este caso sin el menor disimulo, del público de buena fe y con cierta tendencia a la credulidad. Nada hay más ajeno al ilusionismo.

     


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