Saramago en su casa de Lisboa en 1991. Sophie Bassouls/Corbis

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    Contra Saramago

    Ricardo Bada - 08-07-2010

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    Al enterarme de la muerte de José Saramago, mi primera reacción fue escaquearme del tema. Pero luego pensé que siempre es bueno que en la hora de los ditirambos y de las jaculatorias no falte la voz de un abogado del diablo. Con lo cual queda claro, implícitamente, que José Saramago nunca ha sido santo de mi devoción. Y si bien hay un dicho decidero (Unamuno dixit!) según el cual de mortuis nihil nisi bonum, jamás lo he admitido en mi fuero interno. Con ese criterio, no se podría hablar mal ni siquiera de los peores déspotas.

    Lo que me resta, pues, será justificar –rectifico, testimoniar– mi contra a Saramago.

           En 1972, cuando le concedieron el Premio Nobel de Literatura a Heinrich Böll, su modesta reacción fue preguntar: "¿A mí sólo? ¿y no con Günter Grass?" En 1998, cuando se lo dieron a Saramago, la primera reacción que esperé de él fue que preguntase: "¿A mí sólo? ¿y no con Jorge Amado?"

           Y es que éramos muchos los que pensábamos que si por fin, al cabo de un siglo, la Academia Sueca se dignaba acordarse del idioma de Camões, debiera haberlo hecho dividiendo el premio entre Portugal y Brasil. Y si bien era evidente que en Portugal (pormenor –¡pormayor!– de mucho peso que entretanto parece haberse olvidado), igual o bastante mejor que a Saramago hubieran podido otorgárselo a Augustina Bessa Luis, a Cardoso Pires, a Lobo Antúnes o a Miguel Torga, también era evidente que en el Brasil, muertos Drummond de Andrade y Guimarães Rosa, el único Nobel indiscutible era Jorge Amado.

           Hasta aquí la cosa sólo nos incordiaba a quienes hubiésemos esperado una mayor grandeza de ánimo en un escritor de tanto fuste, y además comunista convicto y confeso. Pero es que muy poco después, preguntado directamente acerca de si no le parecía que el Nobel debiera haber sido compartido entre él y un autor brasileño, Saramago reaccionó con la vehemencia de un defensor del Santo Grial del idioma: no, y mil veces no, el idioma portugués era oriundo de Portugal y en justicia sólo un autor portugués –modestamente omitió añadir que él mismo, ça va sans dire!– tenía que ser galardonado primero en Estocolmo. Una actitud tan abierta, tan desvergonzadamente metropolitana, esto es, tan colonialista, que si no fuera para echarse a llorar, hubiera tenido uno que reírse de buena gana.

           En mi caso llovía sobre mojado porque a mí Saramago, pasado un primer deslumbramiento pasajero por Memorial do convento, nunca me gustó. Ni como escritor ni como persona. Y lo había conocido muy de cerca, en casa de su agente literaria alemana, la inolvidable Ray-Güde Mertin, donde nos reuníamos en las vísperas de la feria del libro de Fráncfort, y donde Pilar (la esposa de JS) y yo, ambos andaluces, éramos los indiscutibles animadores de las veladas, turnándonos en contar chistes casi sin respirar. Una vez, además, los atendí como cicerone acá, en Colonia, y otra vez les tuve que echar una mano durante el estreno mundial en Münster de una ópera de veras horrenda, con libreto de Saramago. Divara se titula ese engendro, que lo es más aún por la partitura que por el libreto, todo hay que decirlo, no me duelen prendas.

           ¿Por qué no me gustaban ni su persona ni su obra?  Su obra porque no logré conectar con ella, pero eso, naturalmente, no es culpa suya, sino también mía. Ocurre que siento un rechazo innato hacia toda escritura que se pretende importante, trascendente, necesaria, y en último término depositaria de la verdad absoluta. Y eso lo he sentido siempre leyendo los libros de Saramago, una vez pasado aquel primer deslumbramiento en el que jugaba un papel no desdeñable la simpatía asimismo innata que he sentido desde niño por todo lo portugués. (En la casa de mis padres en Huelva, en los tiempos del primer y más brutal franquismo, lo que más se oía era Radio Lisboa, un modo contestatario subliminal, una legítima defensa acústica frente a la dictadura propia, si bien con otra ajena, pero con un talante más civilizado y en un idioma que es la verdadera lengua de los ángeles... desde que cruzó el Atlántico).

           Y por lo que se refiere a la persona, lo que me producía rechazo es la transferencia osmótica de ella a su literatura, y viceversa. Sobre todo viceversa, y más aún desde que en Estocolmo dieron el traspié, y le recayó a Saramago sobre los hombros el peso de esa púrpura que el entrañable José Cardoso Pires, por ejemplo, hubiese usado como impermeable. O como bata para andar por casa. Esto, desde luego, después de preguntar, si le hubiesen concedido el Nobel a él: "¿A mí sólo? ¿y no con Jorge Amado?”  Porque la diferencia de estatura moral suele ponerse en evidencia donde menos se la espera, que es allí donde salta la liebre.

           Llegaré más allá y seré todavía mucho más insoportable y reprobable, dejando de atenerme al políticamente correcto de mortuis nihil nisi bonum, pero lo diré: lo que en último término me producía más rechazo en Saramago era sentirlo como un santón. Desde siempre he desconfiado de los sartres [sic, para que no haya dudas], y qué duda puede caberme de que el autor del Viaje a Portugal se creía el sartre lusitano, si me pongo a considerar que un libro que cualquier otro autor hubiese titulado Viaje por Portugal, él lo trascendió por el uso mayestático de una preposición develadora.

           Soy consciente, plenamente consciente, de lo injusto que puede parecer el testimonio que dejo en estas líneas. Pero también lo soy de que «en este mundo traidor / nada es verdad ni mentira, / todo es según del color / del cristal con que se mira», y aquel con el que yo lo miro es el mío, de manera que no engaño a nadie. Tengo entre mis mejores amistades algunas que se han expresado en público muy doloridas por la pérdida de Saramago, a quien amaban y admiraban. Sólo puedo decirles que gracias a la despreciable y cristianísima necrológica del órgano oficial del Vaticano, la verdad es que ahora me cae simpático.

     


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    Tras la lectura de este artículo mío, un amigo escritor, muy poco (o más bien nada) proclive a la mala uva, me envía directamente un comentario cuya reproducción creo razonable, y él me la autoriza, rogándome sólo que respete su anonimato :

     «Ricardo, no es por seguir haciendo leña del árbol caído; pero "lo cierto y verdad" es que suscribo cuanto dices de J.S., el lusitano. Fui de los que "padeció" su indiferencia superiorista en algún encuentro literario en el cual participamos (¡y era cuando recién llegado a España!); pero no fue ésa la que le he guardado (que de tales indiferencias tengo larga y vasta experiencia con tantos), sino la pobreza de su obra (pretenciosa y vacía) y, en particular, la condición, sin y (sobre todo) con Nobel, de estrella mediática mundial, apuntada a todo "bombardeo" que se preciara; alguno, verdaderamente ignominioso. Su actuación pública siempre la tuve por deplorable. Y todo esto, como veo que te pasa a ti, con la pena de que ocupe lugar en una literatura que no se lo merece: la portuguesa de ambos lados del charco inmenso que nos une. Pero..

    Estimado señor Bada,

    Le agradezco su lúcida reseña y le ofrezco, a manera de complemento, mi opinión:

    En el Encuentro de Intelectuales en Defensa de la Humanidad, realizado en Caracas, Venezuela, en 2005, el entrañable Saramago afirmó que la utopía de Tomás Moro "aquí está". Reproduzco a continuación la parte relevante de su discurso:

    "Ese brillo en los ojos, de esa fuerza que uno percibe de norte a sur y de este a oeste, por todas partes del planeta, en unos sitios más en unos sitios menos, pero ahí anda esa fuerza, hay como un resurgimiento, como un renacimiento moral, humano, político. ¿A qué se deberá eso? ¿A qué se deberá que los indígenas de Bolivia hayan surgido de las catacumbas y anden estremeciendo aquella tierra, el sueño de la utopía bolivariana? Lo dijo Simón Rodríguez cuando fundaron Bolivia en 1825, ‘la utopía de Tomás Moro aquí está’, le decía él a Simón, le decía él a Sucre, ‘aquí está la utopía de Tomás Moro, es Bolivia, conseguimos la utopía, hagámosla en esta tierra'."

    Como muchos, alguna vez caí en la fiebre del Ensayo sobre la ceguera. Lo leí. No lo consideré tiempo perdido. También llegué a pasearme por la páginas de La balsa de piedra y del Manual de pintura y caligrafía, pero con estos no pude y los dejé a mucho menos que medio andar. Algún amigo me insultó por hacerlo. Nadie me recriminó que hiciera lo mismo con el Ensayo sobre la lucidez. A nivel intelectual, aún me interesa el cerco de Lisboa o su visión de Ricardo Reis, aunque los abordaré, cuando lo haga, con las reservas que amerita enfrentarse a quien lidia (o cree hacerlo) con la verdad - con toda la verdad.

    Más allá de mi opinión personal que, frente a la de la Academia, pues no cuenta, debo confesar que la osadía de José Saramago en su presentación en 2005 me causó vergüenza intelectual. Fuera del discurso ideológico (que es el que en ese momento Saramago pregonaba), quiero preguntar en qué momento Tomás Moro se planteó la muerte de 3000 personas al año, víctimas de crímenes violentos, la existencia de una inmensa mayoría de la población de la nación en condiciones de pobreza o pobreza extrema, o una corrupción impúdica y rampante en todos los estratos de la vida pública del país. Recalco que hablo fuera del marco ideológico - que no culpo directamente a la gestión de Hugo Chávez por la situación - sino que describo con razón de causa la realidad agobiante que se vive en Venezuela hoy en día, que se vivía en 2005, cuando Saramago la comparaba a una utopía renacentista, y que también se vivía en 1994, cuando Hugo Chávez estaba preso en algún calabozo de San Francisco de Yare.

    En 2005, y todavía hoy, rememorando, me viene sólo una palabra a la mente para describir a quien pronunciara aquel despropósito, ya no intelectual, sino moral: Impresentable.

    Con mucho afecto,

    M

    Estimado Montagoose, recuerde aquello de que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y los poseedores de la verdad absoluta se cuentan en el número de los ciegos. Más no le digo. Vale.

    Vaya, ya se vió por donde le entra el agua al coco. Hacienda reclama 715000 euros por impuestos atrasados (120 millones de nada). Lógicamente estas noticias a ciertas edades pueden resultar fatales, los abogados deberían pedir indemnización por la misma cantidad y así todos contentos (salvo los contribuyentes de verdad claro)
    ¡No compren libros de Saramago, contribuyen a una (presunta) estafa fiscal, Hacienda somos todos (y todas)!

    Bueno yo éste... no voy a leer a Saramago. Sólo quería preguntar al autor del texto si el título es préstamo del Contra Sainte-Beuve. Gracias

    ¿Y el Against Interpretation de Susan Sontag, también lo sería entonces? Vamos, vamos, Dr. J., más formalidad. Vale.

    No me provoque D. Ricardo, como químico tendría que explicarle que formalidad (F) es el número de pesos-fórmula-gramo por litro de disolución y eso nos llevaría muy lejos. Además usted mete palabras alemanas raras como Sontag para inventarse una supuesta autora.

    Un abrazo, ¿se ha de pensar siempre lo que se dice, nunca se ha de poder decir lo que se piensa?

    Mi buen amigo José María Vaz de Soto, narrador de lo mejorcito que hay en la península, me escribe lo siguiente (y me autoriza a reproducirlo aquí, vistas las dificultades que aún tienen muchos lectores para acceder a la sección Comentarios):

     

    Querido Ricardo: Para que veas que te leo siempre y que Saramago tampoco es santo de mi devoción te copio a continuación un artículo que publiqué en mayo de 2003.

     

    Saramago o sus premios

     

    En su diario titulado Cuadernos de Lanzarote, José Saramago reconoce que “alguna gente maliciosa” verá este libro “como un ejercicio de narcisismo en frío”, y alega en su descargo que “toda escritura es narcisista” y que “la escritura de un diario, sean cuales sean sus características aparentes, es narcisista por excelencia” (pág. 271). Sobre todo, la suya, maestro, y perdone que se lo diga así por las buenas.

    Seguramente todos los escritores somos vanidosos. Saramago, desde luego, admite que puede ser la vanidad “el pecado que me ha de llevar al infierno” (pág. 552). Ahora bien, al purgatorio en la tierra, como escritor, lo ha llevado un pecado estéticamente mucho más grave que la vanidad: la impudicia con que la muestra.

    Sus frecuentes visitas y sus vínculos con Andalucía (está casado con una granadina-sevillana, Pilar del Río, a la que por aquí conocíamos desde jovencita) han propiciado, al menos en Sevilla, una especie de culto minoritario al premio Nóbel portugués. No me he contado yo entre sus más fervorosos lectores ni he leído todas sus novelas. Es más, incluso dejé a medio leer alguna de ellas, como El Evangelio según Jesucristo, de la que él mismo me aseguró que era “pura dinamita”. No sé si un escritor debe calificar así una obra salida de su pluma, aunque sí sé que yo no lo haría. Entre la presunción y la por algunos llamada falsa modestia, uno se queda con la buena educación de una modestia sin adjetivos que inhibe el autoelogio.

    Y éste es, efectivamente, el mayor defecto de Saramago, no digo como persona, sólo como escritor: su narcisismo sin autorrepresiones y a cara descubierta. Si desea el lector convencerse de ello, no tiene más que abrir por cualquier página estos Cuadernos de Lanzarote. No sabría yo decir si su autor se merecía o no el premio Nóbel. Si tocaba dárselo aquel año a un escritor de lengua portuguesa (ya que no se lo dieron el año anterior, para alivio de Saramago (págs. 379 y 391), a Lobo Antúnez), él era, desde luego, no sé si el que más lo merecía, pero sí el que más lo anhelaba; no sé si el que más méritos tenía, pero sí el que más suspiros había dado en esa dirección. Si leen su diario comprobarán cómo este hombre vivía pendiente de premios y honores, y en particular de ese ansiado Nóbel que al fin tuvo la suerte de alcanzar. Enhorabuena, maestro. Pero... ¡hasta aquí he llegado! Por mi parte, desde que le dieron tan codiciado galardón y leí sus Cuadernos, no he vuelto a abrir un libro suyo.

     

    (Este artículo se publicó en la edición andaluza del diario El Mundo, el 17 de mayo de 2003).

    Mientras avanzaba en la lectura de este artículo, iba creciendo mi disconformidad con su autor. Pero está bien poder contrastar opiniones para afianzarse en la propia. Independientemente de su persona (no tuve el placer de conocerlo), su obra está llena de reflexión, ingenio y sabiduría. Un saludo

    Mi querido amigo, sabes que discrepo tanto de tu reseña que no puedo hacer ningún comentario que fuera lo suficientemente corto y prudente. La amistad se conserva, sobre todo, en las discrepancias, así que espero que esta visión tan antípoda que tenemos sobre JS, nos ayude a reforzar la nuestra.
    Un abrazo muy fuerte y todo mi agradecimiento y respeto por JS

    ISSN: 2173-4186 © 2019 fronterad. Todos los derechos reservados.

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