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    Cuando la montaña se ponga blanca. Política forestal y desarrollo en la sierra colombiana

    Texto: Camilo Alzate. Fotografías: Rodrigo Grajales - 17-09-2015

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    Plantación forestal. Siete años. Cuatro hectáreas mal medidas. Recién talada. Reseca. Polvorosa. No habla. Las plantaciones de eucalipto en pié no hablan, cortadas todavía menos. Pero uno puede mirar, uno puede hacer conjeturas.

     

    La primera es que no.

     

    Que este tierrero maltratado de cortezas de rama muerta y aquella sombra verde fumigada, no parecen precisamente un manantial. El lote árido con restos del bosque que mataron no parece la hoya de captación –terminología técnica– de las quebradas El Manzano, La Cabuyera y San Pablo, que abastecen tres acueductos rurales y un distrito de riego –el único de la región– que empapa cebollales y cultivos ahí mismo (aromáticas, tomateras, zanahoria, cilantro, mora), a dos, a tres kilómetros, donde las tonalidades de recuadros cubren la ladera. La despensa agrícola de Pereira, titulan los periódicos.

     

    ¿Cómo carajos se les ocurrió?

     

    Esto no es un manantial. Pero el mapa satelital en manos del ingeniero Ricardo Gómez indica lo contrario: acá deberían nacer El Manzano y San Pablo, dos quebradas que no se ven brotar por ninguna parte. Nadie las ve porque se secaron.

     

    Guillermo Castaño Arcila. 76 años. Cejas blancas. Barbas blancas. Greñas blancas. Ambientalista. Líder espontáneo. Vehemente. Furioso:

     

    —¿Cómo carajos se les ocurre? ¿Cómo talaron todo?

    —Habrá que verificar, doctor Guillermo. Miremos el mapa… Acá va la carretera, a ver, esta sería la curva de nivel. Observe: la parte talada no pertenece a nosotros sino a un particular. Además la empresa acuerda el proceso de siembra, mantenimiento y corte de las plantaciones con contratistas…

    —¡Eso es absurdo hombre, si los eucaliptos eran para ustedes! ¿Cómo se les ocurre? si tumban toda la cobertura vegetal, pues pasa lo que está pasando, que el verano acaba con los nacimientos de agua.

     

    No. Esto no es un manantial.

     

    La temporada seca a mediados de 2014 se prolongó más de dos meses y fue particularmente severa. En Colombia verano no es otra cosa que la época de menores precipitaciones sumadas a temperaturas elevadas, en contraposición a un invierno de meses lluviosos por excelencia. Corriendo julio, con dos semanas sin caer gota de agua, en la zona comprendida entre el suroriente del departamento de Risaralda y el norte del Quindío, 50 pequeños y medianos acueductos sufrieron los rigores de la sequía intensa, nada frecuente en el eje cafetero que el imaginario nacional supone un vergel exuberante. Se declaró emergencia en municipios como Circasia y Montenegro. Una veintena de bocatomas rurales en Pereira se agotaron. El acueducto del río Barbas, del que beben 25.000 personas al suroriente de la ciudad, tuvo que racionar el suministro.

     

    Ricardo Gómez Londoño. 55 años. Labios finos. Cejas encorvadas. Ingeniero de Smurfit-Kappa Cartón de Colombia. Firme. Buen polemista. Taimado quizás:

     

    —El problema no son los eucaliptos. No es cierto que acaban el agua, no hay evidencia científica para sostener eso, todo lo contrario, la preservan. Estos terrenos fueron potreros, que tenían un impacto muy negativo sobre las cuencas. Además, cuando nosotros hacemos el aprovechamiento de la plantación dejamos sobre el suelo cortezas, trozas y ramas de menos de 20 centímetros de diámetro. Esos residuos que no se remueven, junto a las raíces del árbol talado, están en capacidad de retener hasta 35 metros cúbicos de agua por hectárea.

     

    Ricardo Gómez Londoño, dictando una conferencia en plena carretera. Perfectos sus argumentos. Al frente, vertiente opuesta del río Otún, la cordillera expone los suyos: unas franjas de plantaciones forestales cosechadas, lotes tostados de un rojizo árido. Otras dispersan la mancha uniforme de las coníferas. El resumen sería así; en la cumbre los nevados y el páramo, enseguida la majestuosa selva andina, un revoltijo oscuro multicolor que corta con brusquedad el cinturón verde fosforescente de los pinos y los eucaliptos colorados. Abajo pastos, pueblos, hortalizas, cafetales, personas.

     

    —El problema de verdad es la proliferación de matrículas y usuarios de los acueductos –prosigue el hombre de Smurfit-Kappa–. Con los caudales que tienen las cuencas no hay cómo soportar una demanda cada día más creciente. Nuestro deber no es sembrar árboles nativos, esto es una empresa forestal, no las hermanitas de la caridad. Debemos rendirles cuentas a dos mil ochocientos socios y tenemos que desarrollar actividades de tala y aprovechamiento de la madera, de modo sostenible, claro, pero también rentable.

     

    Sostenible y rentable. Dos términos que aunque nunca se llevan bien por lo menos riman.

     

    Los del recorrido discuten la norma que exige respetar márgenes de vegetación nativa a orillas de las cuencas. Serían 6, 12, 30 o 60 metros según el caso. El reducido convoy se desprende por el filo del Alto Corozal verificando daños que las plantaciones forestales de la multinacional Smurfit-Kappa causan a los cursos de agua. El cielo se dilata despejado por un mediodía ingrato del viernes 18 de julio de 2014. La caravana: dos representantes de Smurfit-Kappa, par fotógrafos independientes, ambientalistas, campesinos, voceros de la comunidad. Atrás caminan directivos de la Empresa de Servicios Públicos Tribunas-Córcega, cuyos operarios invadieron y cercaron un terreno de la multinacional, cuatro kilómetros adentro, en cabeceras de los ríos Barbas y Consota. Violando la ley, los eucaliptos tocan el borde de las corrientes de agua.

     

    —Eso les va a costar caro –replica Gómez Londoño– porque dañaron propiedad privada y construyeron ese alambrado con dineros que son, en últimas, de los usuarios del acueducto, es decir, usaron plata pública para cometer un delito. Ya implantamos una demanda en la Procuraduría por eso.

    —¿Y no es delito que ustedes talen el bosque protector del nacimiento de agua? –estalla una señora– ¡Qué absurdo!

     

    Verificar. Consensos. Dos palabras pronunciadas. “Por lo menos estamos de acuerdo con la definición de lo que es una cuenca hidrográfica”, dispara Ricardo Gómez a Guillermo Castaño. El otro le responde agrio: “Sí, eso sí, sólo que nosotros queremos cuidarlas y ustedes acabarlas”. La discusión se acalora. Sol. La carretera se empolva de aire revolcado, la plantación talada suda. Estos y otros manotean, hablan al tiempo, ironizan, manotean, hablan al tiempo, manotean. La hoya del río Otún separa la montaña; al norte estira el caserío de La Florida, sobre una explanada del occidente se divisa La Bella. Ambas poblaciones toman agua de esta pequeña meseta cortada al ras. La disputa se aleja con la caravana y a distancia parecen hormiguitas en la cumbre, moviendo la hojarasca marchita recién cortada.

     

    Qué medio día hostil y sediento. Qué calor sinvergüenza. Y no hay manantiales.

     

     

    2

     

    —Los pinos se toman el agua.

     

    Miguel Loaiza le puede explicar muchas cosas. Le puede precisar que la mata de paico es cura para lombrices. O que la salvia verdadera no será esa de los yerbateros de hoy, embuste, sino otra planta –hoja morada, olor punzante– que figuraba en recetas de los antiguos herbolarios. Miguel le referirá que arriba, allá donde usted sólo admiraría un monte formidable tapando las cimas, allá vivía mucha gente. Con la añoranza Miguel recorrerá todo el sendero de herradura que caracoleaba de La Suiza, junto al Otún, hasta La Albania, el próspero caserío que colonos tolimenses y boyacenses fundaron con el siglo anterior al borde del páramo. Miguel describirá pasos duros para las bestias, marcará señales en el camino (palos gruesos, cascadas que enseñaban desvíos en la travesía), le contará quién era el señor que abrió esa finca dejándose vértebras y hachazos en la faena, le dirá que se llamaba La Casualidad y que tenía unos potreros generosos. Revelará, en confianza, cuánto le rindió el cultivo de arvejas del año 1943, a cómo lo pagaba Hugo Mejía en el mercado, tanta cantidad de arrobas recogidas.

     

    Miguel Loaiza. 93 años. Mirada zarca. Cuerpo pequeño. Piel muy blanca. Arriero. Astuto. Sabio:

     

    —Los pinos y los eucaliptos se tragan el agua. Se comen las quebradas.

     

    Él sabe. Él vino a esta montaña en 1925 o 1926. Un crío. Luego toreó las trochas y los salteadores, agarró el azadón y el machete, aparejó y desenjalmó muladas, sacó carbón, cazó dantas, cosechó papa. Él, justo él, sería quien plantaría las primeras coníferas de la zona principiando la década de los 60. No fueron sino un millón de pinos.

     

    —En el año 62, que yo recuerdo mucho porque me puse a trabajar con ellos, sembré todo lo que fue la Albania, la Carmelita, Marianela, el Cedral, La Pastora y más arriba.

    —¿Ya no había gente?

    —No. Todos se habían ido. Empezamos a tumbar rastrojo y a sembrar pino. Allá en La Albania tuve un montón de trabajadores, a doce pesos semanales de jornal. Yo manejaba varias cuadrillas que eran como de veinte, pa’ allá y pa’ acá, pa’ allá y pa’ acá. Unos sembrando, otros haciendo hoyos, otros plateando.

     

    La Albania era el pueblito de dos callejones que ya no es, encaramado a un costado del paramillo de Santa Rosa. Ya no. Ya sólo selva, sólo frondosidad azabache encima. Fue uno de los puntales de colonización del páramo que rodea los nevados cafeteros. Las primeras décadas del siglo pasado entraron familias sin tierra de Boyacá, Cundinamarca, Tolima, muy pocas de Antioquia, gentes atraídas por sucesivas bonanzas del café o ahuyentadas con la guerra de los mil días. Manizales, Armenia y Pereira eran metrópolis cafeteras recién nacidas sobre el piedemonte de una serranía nevada que los indios llamaron kumanday, en la cordillera central.

     

    Nevado del Ruíz. 1.800.000 años. Helado. Enceguecedor. Empinado aunque de cumbre ligeramente plana. Grandioso:

     

    No habla sino que ruge. Bosteza cenizas cualquier mañana. Los días despejados miraba dormido a Pereira, lejos, abajo, hace un siglo. Repleta de negociantes y embelecos de modernidad, 100.000 almas avivaban el fogón exclusivamente con carbón de leña que bajaba casi todo de aquellas alturas. Las crónicas de época describen al poblado crecido con una excitada vida social y comercial, que no paraba de ensancharse dispuesto a tragar toda la madera para las casas y los pisos y los muebles y las carpinterías, toda la papa y el maíz,  toda la leche y la carne y el cuero que le tiraran encima. Aguas arriba del Otún terminaba de reforzarse aquella ferocidad extractiva con la apertura de una vía carreteable en los años cuarenta.

     

    —Cuando yo llegué a sacar madera la carretera estaba, ya la habían abierto.

     

    Enrique García. 88 años. Macizo. Enorme. De charla suave. Aserrador. Porfiado. Amable:

     

    —Era un oficio muy bravo. De mucho peligro: un árbol caído lo podía matar a usted. Éramos dos personas, tumbábamos con hacha lo que se iba a aserrar y lo partíamos en trozas de tres metros. Luego se armaba el aserradero, con palos de ahí mismo, del monte. Se subía la troza al aserradero usando palancas, y vamos, a volearle serrucho. Cedros negros, colorados, medio comino, cominos, chaquiros, guayabo de monte… ese palo no lo corta el que quiere sino el que sabe amolarlo. De una sola troza sacábamos más de cien piezas de madera. Uno contrataba al arriero para que la bajara hasta la carretera. Sábados y domingos llegaban a La Florida los negociantes (Pastor Hernández, Polo Aguirre, Roberto Cadavid) con camiones a recoger los montones de madera apilada a un lado de la vía: se devolvían con medio carro lleno de piezas y el otro medio de bultos de carbón. Pagaban a un peso la pieza. Todo, todo se vendía, vea, la madera de la catedral en Pereira se sacó completica de aquella montaña.

     

    La selva cedía espacio al ganado. Así se produjo un patrón de poblamiento típico en las fronteras de colonización. Las mejores tierras de la cuenca, bajas, planas, fueron acaparadas antes por colonos ricos y latifundistas de familias pereiranas tradicionales –los Mejía, los Marulanda, los Santacoloma–. El nudo de difícil acceso y cañadas ariscas cerca del páramo era ocupado más tarde por campesinos pobres y jornaleros.

     

    —La gente se fue metiendo a eso allá –recordará Miguel Loaiza–, 19.580 hectáreas de monte cerrado, baldíos de un señor Víctor Castaño Rincón. Y metiéndose tumbaron maderas, se hicieron fincas bonitas. Eran unos pastos lindos, de puro cocuy, para el ganado de leche era una lindura.

     

    Abajo hacendados, arriba colonos. Es obvio que las relaciones resultaron desiguales, bien fuera que los del páramo pagaran arriendo de peones en las haciendas junto al río, bien fuera que cayeran enredados en intercambios comerciales desventajosos si descolgaban con sus productos a las fondas de los ricos. Lisímaco Salazar confirma en su autobiografía que allí estuvo el epicentro de las primeras ligas agrarias de la zona cafetera, luchas que fueron acompañadas por los dirigentes socialistas Ignacio Torres Giraldo y María Cano, cuando campesinos de La Albania se organizaron para pelear por mejoras y lotes, contra apetitosos terratenientes que reclamaban títulos de propiedad.

     

    En Pereira, la villa incontenible a orillas del Otún, la que quería tragarse también toda el agua que pudieran echarle encima, preocuparon las disminuciones del caudal en el río, que abastecía el acueducto y además la central hidroeléctrica. Los notables comenzaron a hablar en 1957 de concretar una reserva protectora en la parte alta del Otún, decretada antes en 1948 por el Ministerio de Agricultura y Ganadería y ratificada con la ley 4 de 1951 que declaró de utilidad pública la cuenca. Cuando eso sucedió algunos hacendados vendieron, pero la gente del páramo se opuso. Cualquier iniciativa que viniera de abajo se recibía con desconfianza. Siempre sospecharon intenciones de despojo, que con uno u otro argumento, al final se confirmaron.

     

     

    3

     

    Pino Radiata. 53 años. Corteza resquebrajada. Añoso. Grueso. Las hojas no son hojas sino hilos. Abrazándolo usted no alcanzaría a rodear la abarcadura del tronco. Alto. Altísimo:

     

    No habla, los pinos no hablan, pero si éste lo hiciera le relataría que no era de acá, de las cañadas en la cascada del Fraile, sino que lo trajeron. Le explicaría que su especie es originaria de California, pero aquí con abundante lluvia y sol todo el año tarda apenas la mitad del tiempo que demoraría creciendo normalmente. Si hablara, el Pino Radiata le contaría que él y su millón de hermanitos vinieron con Primitivo Briceño Moreno.

     

    —Y hasta muy formal que era ese señor –Recuerda Miguel Loaiza–. Nosotros trabajábamos bajo orden de él.

     

    Primitivo Briceño es una figura ambigua. La élite pereirana lo considera un gran hombre cívico, el visionario pionero de la conservación en la región. Gracias a él –repiten cada tanto– la ciudad mantiene hoy reservas de agua para cincuenta años más. Pero ambientalistas y campesinos no opinan igual. Lo acusaron de soltar a nadar en el río Otún las depredadoras truchas, precipitando la extinción absoluta de peces nativos como las sabaletas, lángaras y bagres capitanes, aniquilados por aquella especie invasora. No le perdonan tampoco que allanara camino a las coníferas, promoviendo siembras de árboles foráneos en detrimento de las especies propias. En las primeras reforestaciones del Otún se usaron pinos de las variedades ciprés y radiata, más tarde eucaliptos, con la justificación de que crecen rápido. Plantas que llevan millones de años adaptadas a suelos erosionados de regiones geográficas secas como Australia, el Medio Oriente o las montañas de California. Por lo mismo, radicalmente ajenas al ecosistema húmedo de los bosques de niebla andinos.

     

    —Yo si le digo una cosa: esa fue la equivocación más grande que pudieron cometer. ¿Por qué no pensaron en el mañana? No hicieron un examen minucioso a ver cómo era, si producían agua o no.

     

    Miguel sabe. Él sembró, él vio engrosar de enero a enero. Un millón. Nada más que un millón de pinos.

     

    —Usted siembra un pino y cuando tiene diez años encuentra seco, todo el terreno seco debajo. Es la hoja muerta que cae y la raíz que se traga el agua. Hay una quebrada que se llama La Lorena, donde nos bañábamos. Yo cuando fui arriero bañaba las mulas ahí. Luego la sembramos de pinos arriba. Y vaya ahora… ¡No encuentra nada! ¡No hay nada, hombre!

     

    Primitivo Briceño, de los primeros ingenieros forestales del país, educado en Francia y visiblemente influido por ideas desarrollistas, fue el cerebro que coordinó las tareas conjuntas para conservar el agua del río Otún, cuando las Empresas Públicas de Pereira entraron a administrar en 1959 las cuencas hidrográficas del municipio. Sin embargo, estaría fuera de contexto asegurar que se trataba de un visionario, pues iniciativas similares existían dos décadas antes con la zona de protección del río Navarco –municipio vecino de Salento– donde se creó en 1943 la primera reserva forestal del eje cafetero, antiguo departamento de Caldas. Incluso durante los 50 la élite manizaleña se preocupó por comprar y reforestar propiedades arriba del Río Blanco que surte parcialmente de agua a Manizales.

     

    Sobre los alcances ecológicos de la iniciativa, apuntaré un par detalles; en primer lugar se plantaron coníferas, árboles foráneos de rápido crecimiento en el trópico, aspirando a talarlas para vender su madera, de tal modo el proyecto no sólo contemplaba suministrar agua sino que tendría un fuerte componente industrial. Nunca pensaron bosques permanentes: querían proseguir la misma dinámica extractiva pero monopolizada por las Empresas Públicas apoderadas de los terrenos.

     

    En segundo lugar, la idea de reserva no significaba proteger la flora nativa, menos la fauna. En un artículo publicado el año 1964 (Revista Nacional de Agricultura, número 711) Primitivo Briceño escribía  lo que sigue:

     

    “Los turistas pueden llegar a Pereira utilizando el avión; el actual aeropuerto presta magníficos servicios y será ensanchado para recibir las más modernas aeronaves; también pueden llegar por vía terrestre en bus por atractiva carretera, ascenderán, pasando por todos los pisos altitudinales, desde la zona cálida hasta las cumbres heladas cubiertas de nieve perpetua. En toda la región de Cortaderal, en una extensión de cuatro mil kilómetros de bosques nativos, se establecerán cotos de caza, reservas de dantas, venado, conejo, guatín, cuzumbo y zonas donde se desarrolla la pava, la paloma y creará una reserva de faisán, los cazadores encontrarán refugios en la montaña, atendidos por el cuerpo de Guardabosques; las partidas de caza serán dirigidas por el Club de Caza de la ciudad (…) la estación terminal estará situada en La Laguna del Otún a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, donde se construirá, por una sociedad hotelera el lujoso hotel para alojar el turista, quien puede dedicarse a la pesca de trucha, a la caza de pato salvaje y conejo andino; si no gusta de estos deportes un Sky-lift lo llevará a las heladas y amplias pistas del nevado de Santa Isabel, una de las mejores de América del Sur… El teleférico tendría además otra finalidad; serviría de eje de explotación de las ricas minas de azufre y transportaría toda la madera producida en los bosques artificiales que allí se sembrarán”.

     

    Y entonces, con tanto negocio atravesado, comienza a desbaratarse aquel discurso falaz de cuidar la naturaleza. Entre lo planeado se incluían centrales de generación eléctrica que usarían como embalses las frágiles lagunas naturales del páramo a 4.000 metros. Lógico que estorbaran los colonos, desalojados a lo largo de los 60 cuando las Empresas Públicas prohibieron los aserríos, acabando así su principal fuente de ingresos. Luego impondrían la compra y expropiación de tierras.

     

    —En La Albania –declara Miguel– a mi tía le pagaron 100 hectáreas por 26.000 pesos.

     

    Los ambientalistas al interior del Instituto Nacional de Recursos Naturales, Guillermo Castaño y el colombo-francés André Vernot Santamaría entre ellos, propondrían la década siguiente un manejo distinto de las cuencas, integrando al campesino en procesos de educación ambiental en lugar de echarlo de su territorio. Cuestionaron también la siembra de especies introducidas como los pinos, por sus consecuencias negativas en los ciclos del agua y la alteración causada a la biodiversidad local que jamás se adaptó a plantaciones de coníferas. De tales propósitos sólo el segundo se logró: las nuevas reforestaciones plantaron árboles propios; robles de montaña, cedros negros, chaquiros y guaduales, que invadieron poco a poco las pineras. La idea original de reserva forestal explotada a gran escala, abrió paso a la creación de varios parques naturales admitiendo la conservación total de los ecosistemas nativos.

     

    —Allá arriba vivía mucha gente.

     

    La mano reumática y nudosa de Miguel Loaiza señala por quinta vez las cañadas cubiertas de maraña oscura que divisa frente a su casa. Hoy casi toda la cuenca alta del río Otún está cubierta por bosques andinos en recuperación; de La Florida a 1.780 metros sobre el nivel del mar, hasta los nevados que alcanzan alturas de 5.000, no hay mucho más que monte tupido. En el páramo, 18 familias de la vereda El Bosque y dos de Cortaderal se resignan todavía a vender sus parcelas. Habitan encerrados entre un laberinto de serranías al que se introducen un par de trochas de herradura.

     

    Escuchando los monos aulladores sabe uno que la selva regresó y se tragó las pineras. Los osos y los venados y los pumas regresaron detrás. El agua del Otún regresó en abundancia. Pero la gente no, la gente nunca pudo. Así suele ser. Tristemente, la creación del área natural protegida más hermosa del centro-occidente colombiano se fundó sobre un masivo despojo.

     

    Luego volvieron los pinos con los eucaliptos. Ya los conocían, claro.

     

     

    4

     

    Pino Pátula. 15 años. Verde de otras latitudes. Las hojas no son hojas, son agujas brillantes. Espigado. Bonito. Silencioso:

     

    No habla, los pinos no hablan. No le dirá, porque no sabe, que se alza donde se derramaban los potreros de La Paloma en 1971, una finca de 600 hectáreas que Gilberto Bedoya Casadiego tenía cerca a las cabeceras de la quebrada La Cristalina. Por acá serpentea el camino que de La Florida busca el municipio de Santa Rosa de Cabal, kilómetros de cuestas al norte acomodándose a los dobleces de la cordillera encabritada, empinada como sólo ella sabe. 

     

    —La finca me la compraron a dos millones y medio. Seiscientas hectáreas. Y la gente en La Florida decía: “Ve, qué tan de buenas Gilberto, cómo le pagaron de bien esa tierra, allá que no son sino puras laguneras, que no sirven para nada”.

     

    Gilberto Bedoya fue siempre el rico de La Florida. También el cacique: uno de esos dirigentes parroquiales que domina votos de la gente controlando elecciones a su antojo. Siendo concejal del municipio de Pereira fue una de las cabezas visibles del movimiento cívico que se opuso a fines de los 80 a los cultivos forestales en la cuenca del Otún.

     

    —Dos millones y medio, imagínese, era mucha plata. Ahora está sembrada toda en pinos y eucaliptos.

     

    En 1987 la empresa papelera Cartón de Colombia, cuyo accionista mayoritario era la multinacional estadounidense Container Corporation of America, resultó absorbida por el grupo irlandés Smurfit. En operaciones similares el Smurfit Group se haría al control de compañías en Centroamérica, Venezuela y Estados Unidos, convirtiéndose en la multinacional más importante del mundo en negocios de pulpa papelera, cartón y empaques. Justo ese año comenzó a operar en el eje cafetero la Resforestadora Andina (subsidiaria de Cartón de Colombia y por tanto del Grupo Smurfit) dedicándose al establecimiento de plantaciones forestales para abastecer la gigantesca planta procesadora de pulpa que existe en la población de Yumbo desde los años cincuenta.

     

    —La Smurfit se alió con el criollato de la región –explicará Guillermo Castaño–, esa gente que controla la política, la economía, las tierras. Para empezar, el Comité de Cafeteros fue accionista en la Reforestadora Andina, y así muy fácil, ellos mandaban en los lineamientos agrícolas del país. Luego terratenientes como la familia Mejía Marulanda les alquilaron o vendieron grandes  haciendas en la cuenca alta de los ríos Barbas y Cestillal, así se fueron metiendo.

     

    En los noventa Smurfit Cartón de Colombia compró 9.546 hectáreas nada más en el municipio vecino de Santa Rosa de Cabal, estableciendo su centro de operaciones en la finca Altopotreros. La mayoría, tierras ubicadas en riveras del río San Eugenio, aunque hay una franja grande de propiedades sobre cañones que caen al Otún aguas abajo de La Florida, entre ellas la finca que fue de Gilberto Bedoya.

     

    —Dos millones y medio, imagínese. ¿Quién más iba a pagar ese platal por una tierra fría y falduda?

     

    Gilberto. A saber si lamenta o se admira con la añoranza. “Ese señor sí que tuvo plata”, oye uno a los del pueblito. De todas las tierras que consiguió Gilberto con la marrullería del fondero y negociante de cebolla que fue le quedan poco menos de veinte cuadras y algunos potreros a diez minutos del pueblo.

     

    —Ellos son los dueños de casi todo por allá. Y hacen un daño tremendo porque los eucaliptos se chupan el agua. Nosotros nos opusimos cuando yo redacté una ordenanza en el Concejo…

     

    Entonces la voz se ensombrece por una enfermedad de garganta. Hubo un acuerdo municipal que intentó limitar las plantaciones en la cuenca del Otún, un acuerdo que ya nadie encuentra en los archivos del Concejo.

     

    Carretera La Florida-Santa Rosa de Cabal. Dos décadas. Destapada. Torcida. En buen estado:

     

    No habla, sólo busca al municipio de Santa Rosa de Cabal alargándose esa veintena de kilómetros dominados por pineras brillantes. Cruza La Paloma que fue de Gilberto. Cruza tres quebradas. Cruza el torrente chico de La cristalina. Cruza el puente construido por Smurfit-Kappa: logo de la multinacional y una placa que promete progreso a unos vecinos que no existen. Cruza el alto de La Samaria. Hasta La Huesera, caserío de hambre y ranchos paupérrimos afuera de Santa Rosa, literalmente, todo el trayecto será imposible toparse una persona, una sementera de frijoles y maíz o algún niño persiguiendo terneros. Literalmente será imposible que canten pájaros (no anidan en las plantaciones, no atinan qué comer ahí). Será imposible encontrar casas porque no hay. O puede que sí, puede que haya una.

     

    Casa Campesina. 60-70 años. Tejas de barro. Paredes con madera entablada en cancel. Forma de ele:

     

    Era la casa de la finca La Selva. Ella le muestra que el cancel fue un estilo arquitectónico muy utilizado durante la colonización antioqueña –tablones aserrados superpuestos– restos de la madera que el colono iba tumbando cuando abría la montaña. En el pasillo frontal donde reposan motosierras y canecas de gasolina, la señora sembró alguna vez flores de clima frío en latas vacías, en ollas rotas, en materas. La forma en ele le enseñará que la familia recogía las vacas al patio para ordeñar, criaban gallinas y patos, cebaban cerdos atrás de la vivienda. La posición alta que divide dos vertientes indica que el colono escogió esa meseta para cultivar maíz y frijol en terreno trabajable, de vegas que no se erosionan, destinando pastizales a las faldas. La verja que clausura con candado la vía, las mulas que arrean trozas de pino, los obreros con cascos y uniformes y unos letreros que dicen No pase: operación forestal advierten de que empezaron las posesiones de Smurfit-Kappa Cartón de Colombia, dueños de la vivienda y de la carretera. Y de todo lo que sigue. Acá empieza una multinacional, en la casona de La Selva donde hubo vacas, maizales, cerdos, gallinas, bacinillas oxidadas floreciendo, cuadros del sagrado corazón de Jesús en las alcobas. Pero eso fue antes.

     

    Eucalipto Grandis. 8 meses. Chico. Débil. Hojas de veta rojiza. Tronco entre marrón y colorado. Carne rosada.

     

    No habla. Los eucaliptos australianos no hablan. Ni plantados a metro y medio uno junto al otro, apretados, ordenados, como batallón de soldaditos en fila volteando la curva de esa ladera donde nace el río Consota. Ni aunque les caigan precipitaciones anuales de 2.000 y 3.000 milímetros hablan, ni aunque reciban luz doce horas cada mes. No hablan pero crecen. Mucho. Este se lanzará imparable a subir 20 metros en siete años, mientras en Chile o Canadá demora cuatro veces aquel tiempo. Si quiere crecer tanto tragará agua tres o cuatro veces lo que en Canadá o Chile. Sin embargo, durante la temporada invernal cuando sobran aguaceros, él y sus hermanitos no atraparán la lluvia porque los troncos no albergan musgos, ni líquenes, ni orquídeas, ni bromelias, ni enredaderas, ni a su lado prosperan demasiados arbustos. Los eucaliptos segregan toxinas que impiden competencia de otras plantas. La tempestad chorreará derecho al río. En ocasiones arrastrará suelo. Pero en época de sequía las raíces penetrarán la tierra escurriéndole hasta la última gota a la montaña, cada arbolito adulto se despacha doscientos litros diarios. Un curioso ciclo del agua opuesto por completo al que propician los bosques nativos. Las plantaciones exacerban los climas en lugar de regularlos: aumentan las borrascas con lluvia y agravan la sequía en verano.

     

    Ese arbolito no es culpable. Su destino será que lo descuarticen, lo amontonen encima del camión y lo muelan en pulpa babosa, cientos de kilómetros lejos. El destino del terreno alrededor del Consota será quedar pelado, desnudo a cielo abierto. Otro tierrero triste. Entonces le pegará un aguacero normal de los que mojan esta cuchilla a 2.200 metros que se llama Morro Azul. Un aguacerito de diez, de doce horas continuas, derramándose entero al río. Veinte kilómetros después el caudal iracundo arrastra automóviles y se está metiendo a un par de barrios con muchas casas y va a inundar una Universidad de élite.

     

    Lo natural es que nadie sueñe con eucaliptos cuando un chorro pantanoso le arrolle el salón de la casa.

     

     

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    Yarumo. Todos los años. Blanco. Soberbio. De hojas grandes como sombrillas, abiertas como manos de oso. Noble. Solitario:

     

    Brilla saliendo de tanta frondosidad. Copo amplio desplegado. Las raíces agarradas al peor barranco de la pendiente. Ramas colgadas de monos aulladores y perezosos. Blanquísimo. Rasga la espesura. Blanco como los abuelos legendarios que rajaron la cordillera. Un guerrero el yarumo. Que crece en cualquier tragadal, dicen. Que indica lugares del bosque donde hubo humanos alguna vez, vacas, senderos, cultivos. Dicen que marca la altitud a 2.000 metros, esa tierra fría que no valía nada porque no se da el café, porque le llueve cada tarde, por lo quebrada, por lo montañosa. Tierra fría que compró regalada una compañía de afuera, de lejos. Dicen que el yarumo ayuda a otros árboles naciendo a su sombra. Dicen que se les mete a las pineras y a los eucaliptos. Que brota en medio, que acorralado queda peleando contra un ejército de árboles extranjeros. Un revoltoso el yarumo.

     

    El yarumo sí habla. Cuenta, relata historias. Cuando la montaña se ponga blanca es porque hubo ancianos con camándulas y niños que guardaban las reses al anochecer y señoras que calentaban los tragos en fogones de leña. Cuando usted descubra copos claros les están contando que ahí pasaron trochas y caminos, aventureros y sabios, guitarras y canciones y huertos. Blanco.

     

    Allá vivía gente. Arriba. Donde la montaña se pone blanca.  

     

     

     

     

    Este es el primer capítulo del libro Monte Arriba. Relatos de montañeros y conflictos ambientales en el eje cafetero, que incluye crónicas de Julián Arias y Camilo Alzate con fotografías de Rodrigo Grajales.

     

     

     

    Camilo Alzate es colombiano por convicción. Nació y vive en Pereira, una ciudad dónde las únicas letras valiosas son las letras de cambio. Enamorado de las montañas. Escribe porque no sabe hacer otra cosa. En FronteraD ha publicado, entre otros, Diario de una mochila. Intentando cruzar la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia‘Las reputaciones’, o cómo recordar lo que no se ha leídoLos últimos arrieros de la Cordillera Central colombiana. En Twitter: @camilagroso

     

     

    Rodrigo Grajales es fotógrafo y documentalista independiente colombiano. Su trabajo ha aparecido en publicaciones como El MalpensanteEl Espectador, Semana.com, Revista Ñ, Clarín,  Internazionale, Anthropos, Warscapes y Kunststadt. Ha realizado más de una docena de exposiciones incluyendo una muestra en 2014 en Berlín bajo el epígrafe Campos de memoria. Es autor de las imágenes de las crónicas publicadas en fronterad Diario de una mochila. Intentando cruzar la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia.

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