Dibujo de un niño refugiado. Fuente: ACNUR

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    La cuarta puerta. La niebla moral de Europa ante los refugiados

    Alfonso Armada - 11-02-2016

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    Uno de los capítulos menos amargos de Tierra negra. El Holocausto como historia y advertencia (Galaxia Gutenberg), el estremecedor libro de Timothy Snyder (Ohio, Estados Unidos, 1969), se titula ‘Los pocos justos’. Allí cuenta la historia de Ita Straz. Tenía 19 años cuando fue arrastrada por policías lituanos hasta el borde de una fosa común en el bosque de Ponary. Relata Snyder que había oído los disparos y ahora podía ver las filas de cadáveres: “Este es el final –pensó. ¿Y qué he visto yo en la vida?”. Desnuda, las balas le pasaban junto a la cabeza y el cuerpo. Apoyándose en el testimonio de Tomkiewicz en Zbrodnia w Ponarach, relata el historiador norteamericano que ya trató de las atrocidades cometidas por soviéticos y nazis en toda la franja que va de Ucrania a los Países Bálticos en su anterior libro, Tierras de sangre: “Cayó recta y de espaldas, no por fingir que estaba muerta, tan sólo a causa del miedo. Se quedó inmóvil mientras los cuerpos le caían encima, uno detrás de otro. Cuando la fosa se llenó, alguien se subió sobre la última capa de cadáveres y disparó hacia abajo sobre los cuerpos amontonados. Una bala le atravesó la mano a Ita, que no emitió sonido alguno. Arrojaron tierra sobre la fosa. Esperó todo el tiempo que pudo y luego se abrió paso apartando cuerpos y escarbando en la tierra. Sin ropa, cubierta sólo de barro y de su propia sangre y la de los otros, buscó ayuda. Llegó hasta una primera casa, pero la rechazaron; después hasta una segunda y una tercera. En la cuarta obtuvo ayuda, y sobrevivió”.

     

    Estas son las tres preguntas que en el siguiente párrafo se hace Timothy Snyder: “¿Quién vive en la cuarta casa? ¿Quién actúa sin el apoyo de las normas o las instituciones, sin representar a ningún gobierno ni ejército ni iglesia? ¿Qué ocurre cuando los encuentros en la sombra, de judíos necesitados de ayuda con alguien con contactos en alguna institución, dan paso a meros encuentros entre desconocidos, a encuentros a ciegas?”.

     

    Hace cerca de un año que pensé en escribir un artículo sobre los refugiados que no cesan de llegar a Europa, en los últimos meses con mucha mayor intensidad y frecuencia, procedentes no solo de la guerra siria o de los inmensos campos de refugiados levantados en países limítrofes, como Jordania o Turquía, sino también de Irak, Pakistán, Bangladesh, Eritrea, Afganistán, Yemen, Egipto, Libia, Túnez, Argelia, Níger, Nigeria, República Democrática de Congo, Mali, Senegal... Antes, cuando solía cubrir conflictos como reportero, mi cuota de mala conciencia se aliviaba en cierta medida escribiendo sobre el sufrimiento. Viajando al lugar donde ocurrían los hechos. Es como si de esa manera cumpliera con mi parte: dar a conocer lo que ocurría en el cerco de Sarajevo, o en Ruanda durante el genocidio, o en la República Democrática de Congo cuando al acabar la guerra en Ruanda más de un millón de hutus buscó refugio en torno a la ciudad de Goma y se declaró una pavorosa epidemia de cólera, o en la guerra civil de Liberia… Pero ahora que ya no viajo a esos lugares (aunque no me importaría, pero mis jefes me han encomendado otras tareas, sin duda satisfactorias, pero que apenas pesan en el balance anual de la mala conciencia) el malestar es de otra índole, más difícil de manejar. La lectura del último libro de Snyder, y sobre todo la historia de esa cuarta puerta que por fin se abrió, me hizo pensar en mi propia puerta, en mi propia casa, en mi propia responsabilidad.

     

    Tengo una carpeta azul llena de recortes que me gustaría compartir. Me temo que la información (como ya pude experimentar en Sarajevo durante el cerco) no cambiará el curso de las cosas. Pero al menos, cuando me pidan cuentas, podré esgrimir este artículo como atenuante, no como eximente. Los recortes, los fragmentos, siguen un orden cronológico invertido: los más recientes arriba, los más antiguos abajo. Me parece que el efecto de la degeneración moral en la que vivimos será así mucho más vívido. ¿Qué está pasando aquí, en Europa, con nuestra moral, nuestra fe, nuestra democracia, nuestras instituciones? ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué habría que hacer?

     

     

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    “Me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma”.

     

    Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura 2015.

     

     

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    “el sufrimiento ha de ser televisado para que no pase nada. Necesitamos para alimentar nuestra tolerante-mala-conciencia, las malas noticias de todos los días: el romántico y reaccionario ‘naufragio con espectador’”.

     

    [En ‘Naufragio con espectador de fondo’, por Fernando Castro Flórez. ABC Cultural, 6 de febrero, 2016].

     

     

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    “Estamos en manos de políticos ignorantes, que no conocen la Historia ni tienen cultura. Solo se preocupan por conservar su sillón. Pasan el día escuchando la opinión del contrario y pensando en qué respuesta darle. Así no se construye nada. No hay líderes ni hombres de Estado y así nos va: la Unión Europea es un edificio mal construido y se está derrumbando. La situación se hace más desastrosa porque algunos han creído que se podían integrar los inmigrantes musulmanes, y eso es imposible. (...) El islam es incompatible con nuestra cultura. Sus regímenes son teocracias que se fundan en la voluntad de Alá, mientras que en Occidente se fundan en la democracia, en la soberanía popular. (...) No se puede practicar una política de puertas abiertas, como ingenuamente cree alguna izquierda. Está bien hablar de solidaridad, porque los inmigrantes pueden ser un elemento positivo para nuestra economía, pero los flujos migratorios hay que regularlos. Quien entra en Europa debe tener documentos, una identidad segura. (...) Occidente y sus valores están en peligro porque no se está dando una respuesta adecuada al fundamentalismo islámico. (...) Estamos en un mundo que se está suicidando. (...) Es un monstruo. La Europa de los 28 es una entidad muerta, no existe. No es capaz ni de parar la inmigración. En mi nuevo libro aporto soluciones: Europa necesita un presidente experto en economía”.

     

    [Giovanni Sartori en ‘El islam es incompatible con Occidente’, por Ángel Gómez Fuentes. ABC Cultural, 6 de febrero, 2016].

     

     

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    “Ante la manida crisis de los refugiados, nuestros políticos habían adoptado la pose de haber entendido que nos encontrábamos ante una emergencia humanitaria y derramaban lágrimas, compungidos, al tiempo que condenaban las imágenes terribles que aparecían en los medios. Mientras, con la boca pequeña, susurraban que, por otra parte, se trataba de una avalancha que nos sumía en enormes dificultades y amenazaba la garantía del Estado del bienestar y en particular de los ciudadanos europeos más desfavorecidos. Ese sutil mensaje de xenofobia ha dado sus frutos. Hoy se multiplican las manifestaciones y actos contra los refugiados, fruto en gran medida de la dimisión de esos responsables políticos (y de los responsables de muchos medios de comunicación) de su tarea ineludible, que consiste en explicar a la población la realidad. También los deberes que tenemos contraídos con los otros. Y la necesidad de cumplir con esos deberes.

     

    Así, hemos pasado a admitir como rutina y después a digerir, mirando con indiferencia e incomodidad, imágenes inaceptables para una sociedad civilizada. Vallas, alambradas, ancianos, mujeres y niños abandonados a su suerte, masas acarreadas como ganado, a veces apaleadas, manifestaciones crecientes que transparentan un odio que hace aún más insoportable la  discriminación hacia esos otros que son inmigrantes y refugiados. Sobre todo, esos dos iconos del horror más profundo de la conciencia europea: los trenes y los campos. Trenes abarrotados de personas tratadas como ganado; campos en los que acaban amontonados y sin esperanza. Lo dejó escrito Arendt: la historia contemporánea ha creado un nuevo tipo de seres humanos, los que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos.

     

    Pero no: el asilo no es una cuestión de caridad, ni de hospitalidad o de piedad en el sentido moral (menos aún de ese hipócrita sucedáneo que es la moralina al uso). Es un derecho. Un derecho que la inmensa mayoría de los gobernantes europeos (con honrosas excepciones) no toma en serio e incluso sitúa en grave riesgo de desaparición o de una desnaturalización tan profunda que pierde su sentido. Porque sometido a recortes, procedimientos extrarrigurosos, condiciones onerosísimas para con quien huye por salvar su vida, políticas de externalización... el asilo se desvanece. Se hace inasequible, impracticable. Justo en el momento en que, según prueban las estadísticas de ACNUR, cada vez más seres humanos, por millones, necesitan de esa esperanza del derecho”.

     

    [En ‘Lo que significa tomar en serio el derecho de asilo’, por Javier de Lucas. Ahora, 5 al 11 de febrero, 2016].

     

     

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    “Ser o no ser: he ahí el dilema al que se enfrenta todos los días Filimon Kidure, nacido hace 27 años en Eritrea, renacido tras naufragar en el Mediterráneo y curtido desde hace siete meses en La Jungla de Calais, donde el hambre azuza tanto como la salmonella. Y eso por no hablar del asedio incesante de la policía francesa, que irrumpe de madrugada con la cantinela engañosa del bonjour... ‘Morir, dormir... nada más, y con un sueño poder decir que acabamos con el sufrimiento del corazón’.

     

    Filimon había leído Hamlet (y también Romeo y Julieta), pero nunca lo había visto en un escenario y nunca creyó que pudiera verlo precisamente aquí, entre el barro y la inmundicia, por gentileza de la troupe del teatro The Globe, embarcado en una vuelta al mundo en el nombre de Shakespeare: 167 países y sumando, tras este salto tempestuoso al otro lado del Canal de la Mancha.

     

    Pongamos que Hamlet se frota las manos en La Jungla para combatir el frío, y de paso lanza una mirada cómplice a los refugiados de 20 países que han acudido al reclamo con la incredulidad, la impaciencia y la sorpresa escritas en el rostro... ‘Me gustaría saber de qué nacionalidad es ese Hamlet, pues ese rostro no me parece muy europeo que digamos’, apunta el sagaz Filimon, con su inglés aprendido en la escuela secundaria y su sueño frustrado de perfeccionarlo en Londres (‘una vez estuve muy cerca, me pillaron en la última inspección cuando estaba oculto entre dos contenedores y con el tren a punto de arrancar hacia el Eurotúnel’).

     

    Naeem Hayat se llama el actor que encarna al príncipe danés. Nació a orillas del Támesis, pero es hijo de inmigrantes pakistaníes y sería capaz de descifrar la ‘chuleta’ en pastún que la compañía reparte entre el respetable, donde abundan los afganos como Abdul-Jamil (‘llámame Albert’). Otro que sueña en inglés, aunque Shakespeare le suene muy de lejos...

     

    ‘Todo esto está muy bien si sirve para llamar la atención y que el mundo se entere de lo que está pasando aquí’, se lamenta Abdul-Jamil. ‘Pero mucho me temo que el teatro se irá a las pocas horas, y quedará la oscuridad, y la policía seguirá avanzando y tirando las tiendas para echarnos de aquí. Los más afortunados, las mujeres y los niños, podrán quedarse en los contenedores. Pero muchos nos vamos a quedar en la calle, si antes no nos rompen los huesos’”.

     

    [En ‘‘Hamlet’ en la jungla’, por Carlos Fresneda. El Mundo, 4 de febrero, 2016].

     

     

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    “Es una diáspora de pequeños Ulises con aventuras increíbles. Es el caso de Mohamed Keita: tenía nueve años cuando una bomba destruyó su casa en Costa de Marfil matando a sus padres, mientras el país se desgarraba en una guerra civil. Solo, analfabeto, sin tiempo para llorar y enterrar a sus padres, tuvo que escapar tras dedicarles una oración para encomendarlos a Alá. Durante cuatro años, hasta llegar a Sicilia, procedente de Libia, con escala en Malta, pasó un infierno: un viaje terrible de 8.000 kilómetros, cruzando seis países, desiertos, mares, montañas, durante cuatro larguísimos años, con paradas obligatorias para ganar cuatro perras que debía pagar a los traficantes mientras sufría continuas violencias y abusos. Esta historia, y la de otros menores como Mohamed que llegaron solos a Italia, la cuenta el periodista y escritor Luca Attanasio en su libro El equipaje, publicado la pasada semana.

     

    ¿Cuántos Keita hay en Italia? Entre 2013 y 2015 las llegadas de menores inmigrantes no acompañados en este país han aumentado un cien por ciento, superando la cifra de 15.000”.

     

    [En ‘Italia concentra a la mitad de los menores perdidos’, por Ángel Gómez Fuentes. ABC, 2 de febrero, 2016].

     

     

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    “Todavía temblando de frío a pesar de que las han cubierto con papel de aluminio dorado, dos niñas pequeñas afganas charlan animadamente. Su madre mira hacia el mar, sobre todo hacia Turquía, de donde su familia acaba de llegar después de un viaje de dos horas en un bote hinchable gris. (…) El año pasado, unas 350 personas se ahogaron en el peligroso viaje desde Turquía hasta Grecia, las suficientes para que se buscara una nueva ubicación para el cementerio de Mytilini, puesto que ya no había lugar en el anterior. Este año ya se han perdido al menos 70 vidas en el viaje. Este particular crimen contra la humanidad no hace más que empeorar. (…) Las políticas europeas para refugiados y migrantes (que en realidad son políticas antirrefugiados y antiimigrantes) degeneran a cada momento. En el interior del territorio de la UE, varios cientos de miles de refugiados han estado esperando meses para entrar en el mercado de trabajo. Hasta Alemania, que dio ejemplo abriendo sus puertas de par en par, ha terminado accionando el freno de mano. En muchos sentidos, no hay de qué sorprenderse. El Gobierno de Merkel se enfrenta a una posición particularmente amarga entre las filas de su propio partido. La política de puertas abiertas de Alemania ha terminado irrevocablemente. En consecuencia, la ruta balcánica se está cerrando. (…) Tal como están las cosas, el escenario más probable es que el mayor peso de la carga caiga de nuevo sobre la económicamente saqueada Grecia. Bruselas, que ha vendido recientemente sus acciones en la responsabilidad por los refugiados a una cada vez más inestable Turquía, volverá a sacrificar a Grecia en el altar de sus intereses cortoplacistas. (…) El Parlamento danés ha aprobado la polémica reforma que restringe los derechos de los refugiados y contempla que se les requisen los bienes de más de 1.340 euros (al principio se habló de solo 400 euros), pudiendo conservar objetos de valor sentimental como las alianzas. La incautación de bienes, que ya se aplica en Suiza y los estados alemanes de Baden-Württemberg y Baviera –y se compara con las prácticas nazis–, busca cubrir gastos e igualar las condiciones de los peticionarios de asilo con las aplicadas a daneses para acceder a ayudas públicas”.

     

    [En ‘La Unión Europea se siente amenazada por los débiles’, por Bostjian Videmsek, del diario esloveno Delo. Traducción de Luisa Bonilla. Ahora, 29 de enero al 4 de febrero, 2016].

     

     

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    “Ataviados con bombers negras, con el rostro bordado de un vikingo cubierto por una bandera finlandesa, los Soldados de Odín patrullan desde finales del año pasado una veintena de localidades de Finlandia para proteger, según dicen, a la población autóctona de los que tachan de “invasores musulmanes”. (…) el Gobierno de Helsinki ha dejado claro su rechazo: “Es una cuestión de principios, la policía es la responsable de la ley y el orden en este país”, afirmó el primer ministro, Juha Sipila, a la televisión YLE. Quien no los ha repudiado es el ministro de Exteriores, Timo Soini, líder de los Verdaderos Finlandeses, formación de retórica nacionalista, euroescéptica y anti inmigración”.

     

    [En ‘‘Soldados de Odín’ para velar por Escandinavia’, por María Fluxá. El Mundo, 28 de enero, 2016].

     

     

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    “‘El miedo a los ataques terroristas y la llegada masiva de refugiados han impulsado a muchos gobiernos occidentales a reducir la protección de los derechos humanos’, criticó el director de la HRW [Human Rights Watch], Kenneth Roth, en la presentación del volumen de casi 700 páginas (659) en el que se analiza la situación de los derechos humanos en más de 90 países. (…) en el prólogo del informe el mismo Roth critica a Europa y Estados Unidos por su ‘descarada islamofobia y desvengozada demonización de los refugiados’, advirtiendo que la polarización que resulta de ambos fenómenos ‘genera precisamente la clase de división y hostilidad que a los reclutadores terroristas les encanta aprovechar’”.

     

    [En ‘Human Rights critica el retroceso de los derechos humanos en Occidente’, por Ricardo Ginés. La Vanguardia, 28 de enero, 2016].

     

     

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    “Según los cálculos del Ministerio de Defensa, los pedidos para exportación de la industria militar nacional han ascendido en 2015 a una cifra récord: 16.000 millones de euros, dos veces más que el año anterior. Con esa cifra Francia se habría convertido en el tercer exportador mundial, después de Estados Unidos y ligeramente detrás de Rusia, superando a Alemania, tradicional primer exportador de la UE, que en su conjunto, sumando todos sus países, es el primer exportador mundial, por delante incluso de Estados Unidos”.

     

    [En ‘Francia logra un récord de 16.000 millones con la venta de armas’, por Rafael Poch. La Vanguardia, 26 de enero, 2016].

     

     

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    “‘El rebelde es un hombre que niega’. Albert Camus, que edificó sobre estas palabras su revuelta moral ante un mundo inaceptable, vio siempre en Simone Weil la enérgica ejemplaridad de quien afirma la consistencia de la justicia y el amor, rechazando cualquier complicidad con una forma deshumanizada y deshumanizadora de vivir. (…) Weil añadió a su discurso delicado y riguroso la decisión de sufrir con quienes sufrían, el empeño en padecer la suerte de los desheredados a costa de su propia salud, de su muerte prematura, sin querer disponer de privilegio alimenticio alguno cuando la tuberculosis la atormentaba. Mientras murieran de hambre y de tortura los niños de Europa, los inocentes de la tierra, ella no estaba dispuesta a concederse ninguna vía de escape”.

     

    [En ‘Simone Weil, la rebelión del espíritu’, por Fernando García de Cortázar. ABC, 24 de enero, 2016].

     

     

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    “Max Weber, sociólogo alemán, escribió en 1905 un libro titulado La ética protestante y el espíritu del capitalismo en el que analiza la influencia del modo de vida protestante en la construcción del espíritu capitalista. Y de forma tangencial, en las leyes, pues teólogos y juristas coinciden, con matices, en que la Reforma favoreció la evolución del Derecho hacia el individualismo en los países donde esta doctrina y sus variantes habían arraigado: Lutero en Alemania y Dinamarca, Calvino en Suiza.

     

    Tiene explicación teológica, que en estos tres países, por ejemplo, la mendicidad no sólo esté socialmente mal vista en tanto que Dios bendice lo que el hombre consigue en la vida terrenal, sino que esté prohibido por las leyes inspiradas en esa creencia y cuyo espíritu prevalece. En la Europa católica, al contrario, se entiende que el trabajo, el ahorro y el esfuerzo no abren las puertas del paraíso, más bien al contrario, la pobreza es signo de humildad y sencillez.

     

    Dinamarca, Suiza y Alemania, tres países de la protestante Europa, están procediendo a la confiscación de objetos de valor y dinero a los refugiados porque entienden que es obligación y responsabilidad de todo individuo poner su granito de arena. ‘Quienes soliciten asilo deben aportar a su manutención, ya sea con un porcentaje de su salario o con joyas de familia, en tanto que la percepción y monto de ayudas sociales depende según la ley de la situación de cada uno’, explicó el comisionado para la Integración del Gobierno, Aydab Özoguz”.

     

    [En ‘Un peaje ‘ético’ para los huidos de la guerra’, por Carmen Valero. El Mundo, 22 de enero, 2016].

     

     

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    “La avalancha de refugiados ha abierto una crisis mucho más profunda de lo que pudiera parecer en el seno de la UE. Tanto, como que puede ser ‘la mayor amenaza de ruptura’ de la Unión, en palabras del primer ministro francés, Manuel Valls. Su homólogo holandés ratificó ayer la urgencia del desafío y fijó un plazo de ‘seis u ocho semanas’ como límite para encontrar una solución al flujo de refugiados y salvar Schengen. ‘El proyecto europeo podría morir, no en décadas o en años sino muy rápido si no somos capaces de responder a los desafíos de seguridad’, alertó Valls”.

     

    [En ‘Francia y Holanda alertan de que la crisis migratoria amenaza con romper la UE’, por Alicia González. El País, 22 de enero, 2016].

     

     

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    “La respiración del capitán de navío Mohamed Hassan Hajirah, sirio afincado ahora en Suecia y con 25 años de experiencia en el mar, se agita cuando habla de la pequeña Tala. El pasado 13 de diciembre, la niña, de 4 años, iba dentro de un bote cuya travesía debía conducirla a ella, a su madre y a otros casi 60 refugiados sirios desde la ciudad de Antalaya, en la costa suroriental de Turquía, hasta alguna isla griega, tal vez Rodas. Aunque el clima no era adverso, las condiciones del bote eran tan deplorables que al poco de zarpar el casco hizo agua y los tripulantes tuvieron que volver a nado hacia la playa. La distancia era corta, pero casi ninguno sabía nadar y su debilidad era enorme tras un extenuante viaje a pie desde Siria y varios días ocultos en las cercanías de la costa, sin que las mafias que los habían conducido allí les diesen alimentos ni agua. Los 1.500 euros por persona que les habían exigido solo incluían el desplazamiento en el cascarón que ahora se hundía al contacto con las primeras olas.

     

    En medio del caos, la madre de Tala, su tío y varios miembros de su familia que viajaban a bordo vieron cómo uno de los piratas del clan mafioso que había fletado la barcaza, y que aún iba con ellos para conducirlos hasta aguas no vigiladas, tomaba en brazos a la pequeña y la llevaba a tierra. En la orilla, otros miembros del grupo, entre ellos el cabecilla, de avanzada edad, vigilaban la operación. Con el agua al cuello, un tío de Tala vio cómo el jefe del grupo cogía a la niña. Las olas borraron el resto de la escena. Pero cuando la madre de Tala y los demás miembros de su familia pisaron de nuevo la costa, la pequeña ya no estaba.

     

    (…) Gracias a los refugiados, Mohamed Hajirah sabe que ‘en la costa turca hay niños secuestrados en talleres clandestinos que cosen los chalecos salvavidas para las mafias. Son como esclavos y rellenan los chalecos con un material que absorbe el agua y hacen que pese. Si hay muertos, las mafias se garantizan que podrán mandar a Europa a otros inmigrantes y no perderán su negocio. Sobornan a la Policía, que es la mayor estructura de corrupción de Turquía, porque es imposible que no sepan lo que pasa’”.

     

    [En ‘¿Dónde está la niña Tala?’, por José Antonio Méndez. Alfa y Omega, 21 de enero, 2016].

     

     

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    “El texto, escrito por el dramaturgo Julio Salvatierra, es también poético. Se inspira de hecho en un poema narrativo de Bertolt Brecht, La cruzada de los niños, que cuenta la tragedia de un grupo de pequeños alemanes, polacos y judíos que, escapando de las bombas en 1939, se fueron reuniendo en un pueblo destruido de Polonia y desde allí avanzaron errantes hasta morir de hambre y frío, perdidos en las montañas. ‘El reto era grande. Se trataba de traducir una foto en un poema que a su vez contuviera el drama de los niños de Brecht. Pero las fotos de Salgado resultaron tan ricas, con tantos matices, que enseguida empezaron a brotar las palabras’, afirma Salvatierra. ‘De las palabras nacieron poemas y de los poemas surgieron las escenas’. 

     

    El dramaturgo también trabajó con testimonios reales proporcionados por ACNUR (la agencia de la ONU para los refugiados) y otros extraídos de la prensa. ‘Pero hubo un momento en el que tuvimos que ignorar la avalancha de información porque no paraban de llegar noticias sobre refugiados. Algunas, como la del niño que intentó cruzar una frontera dentro de una maleta, nos impactaron tanto que decidimos incluirlas, pero tuvimos que hacer un ejercicio muy importante de contención para poder seguir trabajando’, afirma Salvatierra. Muchas situaciones que se suceden en Éxodo resultarán, por tanto, familiares a los espectadores. Pero quizá sea la primera vez que las sientan en carne viva”.

     

    [En ‘El drama del éxodo en carne viva’, por Raquel Vidales. El País, 21 de enero, 2016].

     

     

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    “De los 17.000 refugiados que aceptó traer el Gobierno español solo han llegado 18. Y no es un problema solo de España. En Europa, en todo 2015, han sido reubicados 272 refugiados procedentes de Italia y Grecia.

     

    El último año, 3.771 personas han perdido la vida en el Mediterráneo mientras intentaban alcanzar seguridad en Europa. No es locura, sino desesperación lo que lleva a madres y padres a jugarse la vida en el mar en una apuesta arriesgada por una nueva vida. Los trágicos naufragios conmocionaron a los europeos y movieron a la Unión Europea a actuar. Como respuesta, la Comisión Europea propuso en mayo, y los Estados miembros la aprobaron, una nueva Agenda de Migración con medidas en diversos ámbitos a corto, medio y largo plazo.

     

    Uno de los principales acuerdos alcanzados fue un plan de reubicación por el que 160.000 personas eritreas y sirias llegadas a Grecia, Italia y Hungría iban a ser redistribuidas en otros Estados miembros. La cifra de 160.000 es modesta comparada con el millón de personas migrantes y refugiadas llegadas en 2015 a Europa. Sin embargo, como proyecto piloto, el plan tenía la ventaja de poner a los Estados miembros a trabajar juntos para lograr un reparto rápido y equitativo de refugiados entre los distintos países de Europa.

     

    A pesar de las resistencias iniciales del Gobierno, España aceptó finalmente traer a 17.000 refugiados.

     

    Para nuestra sorpresa y desconcierto, en todo 2015, a España solo han llegado 18 personas de las 17.000 asignadas. ¿Cómo puede explicarse que España solo haya podido traer a 18 personas? La cifra es tan pequeña que causa rubor y vergüenza. Y no es un problema solo de España. En toda Europa, solo han sido reubicados 272 refugiados en 2015, procedentes de Italia y Grecia”.

     

    [En ‘Solo han llegado 18’, por Cristina Manzanedo. Alfa y Omega, 21 de enero, 2016].

     

     

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    “Hace cuatro meses, después de que la fotografía del cadáver del niño de tres años Aylan Kurdi en una playa de Turquía (murió junto a un hermano y su madre mientras trataban de alcanzar la costa de Grecia) llenara muchas portadas y pantallas, la canciller alemana Angela Merkel anunció que su país aceptaría peticiones de asilo de cualquier sirio que llegara a sus fronteras. Muchos países europeos parecían a punto de secundarla. Pero los sucesos de la noche de fin de año en Colonia, en la que grupos de jóvenes, muchos de ellos demandantes de asilo, robaron y abusaron sexualmente de mujeres entre la estación de ferrocarril y la catedral, hicieron que el apoyo de los alemanes hacia Merkel cambiara drásticamente. (…) Existe un abismo cultural entre la rica, liberal y secular Europa y algunos de los países de los que proceden muchos de los últimos inmigrantes. Una encuesta elaborada en 2013 por Pew señalaba que más del 90 por ciento de los tunecinos y marroquíes piensan que las mujeres deben obedecer siempre a sus maridos. Sólo un 14 por ciento de los musulmanes iraquíes y un 22 por ciento de los jordanos creen que a una mujer se le debe permitir que inicie los trámites de divorcio. Las mujeres europeas aprecian su derecho a vestir como quieran, ir donde deseen y sostener relaciones sexuales con quien les apetezca. A nadie se le debería permitir que interfiriera en esas libertades. Sin embargo, de eso no se debe deducir que Alemania se equivocó al conceder asilo a refugiados sirios. El imperativo moral no ha cambiado desde que Aylan Kurdi apareció muerto en una playa. La mitad de las ciudades sirias ha sido reducida a escombros, centenares de miles de personas han muerto y decenas de miles se mueren de hambre en ciudades sitiadas. En vez de sucumbir al pánico moral, Europa necesita trabajar para encauzar el flujo de refugiados y ayudarles a adaptarse. Un buen punto de partida sería insistir en que tienen la obligación de obedecer las leyes. (…) Cuando se trata de integración de nuevos inmigrantes, Europa debería aprender un par de cosas de Estados Unidos, no en vano cuenta con un mejor historial al respecto. No tiene nada que ver con ‘imperialismo cultural’ enseñar a los inmigrantes que deben respetar tanto las leyes como la tolerancia y la igualdad sexual. Y es esencial facilitar al máximo las cosas  para que puedan trabajar. Ello responde a un propósito económico: jóvenes trabajadores extranjeros cubren con creces sus expensas y pueden además ayudar a resolver el problema del envejecimiento de Europa. También responde a un propósito cultural: los inmigrantes que trabajan se integran mucho más rápidamente que los que son forzados a no hacer nada en guetos”.

     

    [En ‘Migrant men and European women’ y ‘Cologne´s aftersocks’, The Economist, 16 de enero, 2016].

     

     

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    “El año pasado Hamdi Ulukaya, un emprendedor kurdo que creó en Estados Unidos un imperio de mil millones de dólares llamado Chobani, viajó a Grecia para ver con sus propios ojos la crisis de los refugiados. Como era de esperar, se quedó horrorizado ante el sufrimiento, sobre todo porque compartía no pocas afinidades culturales con muchos de los refugiados –creció en Turquía, a un paso de la frontera con Siria, antes de trasladarse a Estados Unidos para estudiar.

     

    Pero el señor Ulukaya se quedó perplejo ante algo más: la desesperante burocracia de las organizaciones que se encargaban de canalizar la ayuda. ‘El asunto de los refugiados está siendo manejado usando métodos de 1940 y está en manos de las Naciones Unidas y en su mayor parte de gobiernos, y no ves a muchas empresas privadas y emprendedores involucrados en ello’, me dijo la semana pasada. ‘Decidí que tenía que volver a ello, tenemos que aportar otra perspectiva a este asunto, hay tecnologías que pueden ser utilizadas’.

     

    Así que el señor Ulukaya decidió ponerse manos a la obra. El año pasado creó una fundación, Tent, para canalizar ayuda e innovación a las tareas a favor de los refugiados. También dijo que donaría la mitad de su fortuna a causas relacionadas con los refugiados (ha donado 1.400 millones de dólares de Chobani). Además ha contratado a refugiados en sus fábricas de yogures, donde ahora mismo representan un tercio de la fuerza de trabajo, unas 600 personas.

     

    (…) la voz del mundo de los negocios ha estado llamativamente silenciosa, por no decir ausente, de este amplio debate sobre qué hacer. Algunas empresas, como las americanas American Express, Starbucks, Google y Uniqlo, han hecho donaciones a organizaciones humanitarias implicadas en la ayuda a los refugiados. Sin embargo, la mayoría ha evitado involucrarse en demasía, prefiriendo concentrarse en causas menos cargadas políticamente, como la ayuda sanitaria”.

     

    [En ‘The business case for helping refugees’, por Gillian Tett. Financial Times, 9 y 10 de enero, 2016].

     

     

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    “Los policías eslovenos provistos de chalecos antibalas, cascos y pasamontañas toman posiciones a lo largo del andén a 500 metros de la frontera austriaca minutos antes de que el tren de ocho vagones haga su entrada en la estación.

     

    A los segundos de detenerse el convoy comienzan a golpear las puertas con las porras y a gritar: ‘Yallah, yallah’ (vamos, vamos en árabe). Las puertas se abren lentamente y empiezan a descender los refugiados cargados de fardos con sus escasas pertenencias. El griterío policial continúa. Un par de agentes aprovechan la coyuntura para golpear a los más díscolos, unos chicos que se han salido de una de las filas. Minutos antes han echado del andén a miembros del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

     

    El silencio es total y el orden exquisito, así que es difícil entender por qué estos hombres musculosos de dos metros de altura gritan en un tono amenazador. Es demasiado fácil intimidar a personas tan débiles. Es muy importante mantener las formas si no quieren que las imágenes que vemos recuerden un pasado poco decoroso ocurrido hace 70 años en Polonia o Alemania o hace 16 años en Kosovo. Después de finalizar la custodia, los agentes se retiran a sus vehículos blindados. Descargan sus equipos antimotines y descubren sus rostros. Uno desinfecta la porra antes de enfundarla. Ninguno de sus compañeros critica un comportamiento tan repugnante.

     

    (…) En Croacia hay otro ambiente. Sus policías no gritan ni llevan toda la parafernalia antimotines cuando llega el tren cargado con un millar de refugiados desde Serbia al centro de Slavonski Brod, con capacidad para 5.000 personas. (…) Un acuerdo entre las autoridades de Croacia y Serbia, enemigos acérrimos en las guerras que desintegraron la antigua Yugoslavia hace un cuarto de siglo, ha mejorado sustancialmente el transporte de refugiados meses después de iniciarse el éxodo más dramático en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. En el pueblo serbio de Sid, los policías de ambos países trabajan codo con codo para acelerar el proceso de traslado. La crisis de los refugiados ha conseguido un acercamiento impensable durante un cuarto de siglo de odios. (…) La tentación es pensar que los refugiados son números huyendo. Pero si se les mira a los ojos, se ve que todos son diferentes. La tentación es pensar que todo lo que uno ve ya se vio antes, pero los de hoy no son los de ayer ni los de mañana”.

     

    [En ‘La vergüenza continúa’, por Gervasio Sánchez. Magazine de La Vanguardia, 3 de enero, 2016].

     

     

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    “América siempre ha sido conflictiva en lo que se refiere a inmigración”, dice Anna Crosslin, responsable del International Institute de San Luis, que patrocina la acogida de refugiados y les presta ayuda en cuando llegan al país. En 1840 hubo enfrentamientos en San Luis cuando residentes alemanes la emprendieron con irlandeses recién llegados. Lo mismo ocurrió cuando los primeros italianos se presentaron en una ciudad que entonces era considerada como la puerta del Oeste. A finales del siglo XX la irrupción de inmigrantes hispanos y asiáticos volvió a suscitar tensiones que ya resultan familiares.

     

    No fue diferente cuando miles de refugiados bosnios que huían de la guerra civil en la antigua Yugoslavia se asentaron en San Luis en los años noventa del siglo pasado. La ciudad y oleadas previas de inmigrantes se mostraron atemorizados e incluso resentidos ante los recién llegados, que en su mayoría eran musulmanes. Cuando algunos construyeron ahumaderos en sus patios traseros y asaron un cordero entero al espetón, el International Institute empezó a recibir llamadas de vecinos asegurando que los bosnios estaban asando perros a la barbacoa.

     

    El temor y la sospecha se mantuvieron durante dos o tres años, el tiempo que les llevó a los recién llegados rehacer sus vidas a una velocidad asombrosa. Ibrahim Vajzovic tenía 35 años cuando en 1994 llegó a San Luis con su mujer y tres hijos. En un lapso de seis semanas consiguió un empleo en una imprenta, y rápidamente ascendió a encargado del almacén. En 1999 se matriculó para conseguir el graduado escolar y acabó doctorándose. Hoy es dueño de tres negocios y enseña en la Universidad de Webster. Su hijo es un ingeniero, una hija es abogada en un conocido bufete de Chicago, y la hija más pequeña estudia en la Escuela de Leyes de Harvard. “Hicimos grandes sacrificios”, admite Vazjovic. Su mayor problema cuando llegó era su incapacidad para hablar inglés.

     

    Gracias a la diligencia de los bosnios, todo un barrio del sur de San Luis, Bevo Mill, se transformó de una zona en la que reinaban el crimen y los edificios abandonados en un distrito decente con pequeñas tiendas y restaurantes con nombres en los que no abundan las vocales: Stari Grad, Grbic. En la actualidad, más de 50.000 refugiados bosnios y sus hijos viven en el área metropolitana de San Luis. Han levantado dos mezquitas y abierto una cámara de comercio. Su comunidad registra un nivel de criminalidad y desempleo más bajos que en el resto de la población. Y les va mejor: Jack Strauss, de la St Louis University, ha descubierto que los inmigrantes de la zona, bosnios en su mayoría, ganan una media de 83.000 dólares al año, o un 25 por ciento más de aquellos que han nacido en el país. Los bosnios tienen una tendencia más acusada a abrir negocios, tienen tres veces más posibilidades de contar con oficios especializados que lo contrario y es más común que cuenten con un título universitario. En general, los inmigrantes son menos propensos que los nativos a recibir bonos de ayuda para alimentos o fondos gubernamentales. Strauss llega a la conclusión de que a San Luis le podría haber ido mucho mejor, en comparación con otras ciudades, si hubiera atraído a más inmigrantes. (La población inmigrante representa un 4,5 por ciento del total; en Chicago es el 21 por ciento)”.

     

    [En ‘Doing just fine’. The Economist, 19 de diciembre, 2015].

     

     

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    “Las fronteras no se trazan teniendo en cuenta las diferencias; las diferencias se buscan, se encuentran o se inventan en función de unas fronteras que ya han sido trazadas, o al menos así lo afirmó e ilustró profusamente el gran antropólogo noruego Fredrik Barth en su obra magna Grupos étnicos y fronteras. La organización social de la diferencia cultural (publicada en 1969).

     

    Existe un deseo ferviente de buscar o inventar diferencias como forma de legitimar a posteriori la presencia de límites, para justificar la mutua separación y el doble lenguaje orwelliano, la táctica de las dos varas de medir y la diversidad de códigos de conducta pensados para favorecer y salvaguardar nada menos, y nada más, que muros de cemento de cuatro metros de alto, alambradas y cárceles o campamentos que aguardan a los intrusos.

     

    Estamos viendo hoy cómo Europa se dedica a elevar las prácticas descritas por Barth, hasta ahora consideradas excentricidades de populistas sin escrúpulos, a la categoría de criterio legal autorizado y universalmente vinculante. La política que hasta hace poco se asociaba a un elemento marginal y errático de la sociedad europea está pasando a toda velocidad al centro del espectro político.

     

    Desde el desastre ocurrido en octubre de 2013 frente a las costas de Lampedusa, ‘las políticas de los dirigentes europeos no han cambiado’, según escribía Maximilian Popp en su artículo Una mirada interna a la vergonzosa política de inmigración de la UE, publicado el 11 de septiembre de 2014 en Der Spiegel: ‘No existe casi vía legal para los refugiados en Europa: ni para la mayoría de los sirios, de los que muy pocos llegan a Alemania en condición de refugiados de cuota, ni para los iraquíes, ni para personas procedentes de países de África Occidental en dificultades. Quienes desean pedir asilo en la UE tienen que llegar antes de forma ilegal, en barcos de contrabandistas, ocultos en furgonetas o en vuelos comerciales con pasaportes falsos. La UE está cerrando sus puertas… La transformación de la Unión Europea en una fortaleza ha creado las condiciones que han causado tantas muertes ante sus fronteras. Muchos refugiados escogen la peligrosísima ruta del Mediterráneo porque Frontex está cerrando las rutas terrestres’.

     

    A todos los efectos, la reacción de la UE ante la tragedia de 2013 en Lampedusa es una invitación permanente a sus innumerables repeticiones. La explosión de sentimientos fraternales desatada por la fotografía del cadáver de Aylan Kurdi ha sido breve, las fronteras de Europa están volviendo a fortificarse frente a los otros indeseados y las condiciones para entrar son cada día más estrictas.

     

    (…) La verdadera culpa imperdonable de las víctimas colaterales de esas fuerzas, una vez que se han convertido en nómadas sin hogar, es que sacan a la luz la realidad de la (¿incurable?) fragilidad de nuestro confort y la seguridad de nuestro lugar en el mundo. Y por eso, por una lógica viciada, se tiende a verlas como unas tropas de vanguardia que están sentando sus cuarteles entre nosotros.

     

    (…) El conflicto es llamar a una puerta completamente cerrada y pedir o exigir que se abra la mirilla y se examine con detalle al intruso. Los que están detrás de la puerta a la que es posible que llamen pueden reaccionar por adelantado instalando cerraduras más sólidas y rodeando la casa de cámaras de seguridad.

     

    (…) El primer obstáculo en la salida del aislamiento recíproco es el rechazo al diálogo: el silencio del distanciamiento, la falta de atención, el desprecio y la indiferencia. En lugar de amor y odio, la dialéctica del trazado de fronteras se concibe como una tríada de amor, odio e indiferencia o abandono. 
Sobre el vicio o el pecado de la indiferencia, el papa Francisco dijo el 8 de julio de 2013, durante su visita a Lampedusa, el lugar y el instante en el que comenzó la marea actual de malestar y la posterior debacle moral: ‘Cuántos de nosotros, yo incluido, hemos perdido el rumbo; ya no estamos atentos al mundo en el que vivimos; no nos importa; no protegemos lo que Dios creó para todos, y acabamos siendo incapaces incluso de cuidar unos de otros. Y cuando la humanidad pierde el rumbo, se producen tragedias como la que hemos presenciado… Hay que hacerse la pregunta: ¿quién es responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas nuestros? ¡Nadie! Esa es nuestra respuesta: no soy yo; yo no tengo nada que ver; debe de ser otra persona, pero desde luego yo no… En nuestro mundo, hoy, nadie se siente responsable; hemos perdido el sentido de la responsabilidad por nuestros hermanos y hermanas… La cultura del confort, que nos hace pensar solo en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de otras personas, nos empuja a vivir en pompas de jabón que, por bellas que sean, son insustanciales; ofrecen una ilusión vana y pasajera que desemboca en la indiferencia hacia los demás, incluso en la globalización de la indiferencia. En este mundo globalizado, hemos caído en la indiferencia globalizada. Nos hemos acostumbrado al sufrimiento de otros: no me afecta, no me preocupa, no es asunto mío’.

     

    El papa Francisco nos llama a ‘eliminar la parte de Herodes que acecha en nuestros corazones; pidamos al Señor la gracia de llorar por nuestra indiferencia, de llorar por la crueldad de nuestro mundo, de nuestros propios corazones y de todos quienes, en el anonimato, toman decisiones sociales y económicas que abren la puerta a situaciones trágicas como esta. ¿Ha llorado alguien? ¿Ha llorado alguien hoy en nuestro mundo?’”.

     

    [En ‘Mensajeros de la globalización’, por Zygmunt Bauman. El País, 31 de octubre, 2016].

     

     

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    “Hay un país en África cuya población está en condiciones de dar una lección de humanidad a Occidente. No es demagogia, es pura estadística. Ese país sin salida al mar es uno de los más pobres del mundo, en ese país la esperanza de vida es de 51 años, en ese país solo la mitad de la población tiene acceso al agua potable y más de tres millones de personas están en situación de inseguridad alimentaria. Y, pese a todo, ese país de 13 millones de habitantes, lastrado por la corrupción, el terrorismo de Boko Haram y la caída del precio del petróleo, comparte de forma silenciosa sus escasos recursos con más de 645.000 desplazados que huyen o han huido de la guerra en las naciones vecinas. Ese país es Chad, tiene el mismo presidente, Idriss Déby, desde 1990 y, como noveno Estado del mundo con más migrantes dentro de sus fronteras, ha asistido como el hermano pobre al regateo de 120.000 asilados protagonizado por la próspera Europa en nombre de sus 500 millones de ciudadanos.

     

    ‘Somos conscientes de la situación en otras partes del mundo, pero estamos muy necesitados de ayuda. Chad no puede contener solo esta situación’, dice Mahamat Ali Hassane, gobernador del Moyen-Chari, una de las regiones que más refugiados y repatriados acoge por el conflicto de la República Centroafricana y que El País ha visitado invitado por Oxfam Intermón y ECHO, la oficina de Ayuda Humanitaria de la Comisión Europea.

     

    (…) el Ejecutivo de Yamena –que este año ha recibido 234 millones de euros de los 502 previstos para ayuda humanitaria– ha cedido tierras para dar cobijo a los refugiados en distintos puntos de su territorio y se ha hecho cargo de los nacionales de los países vecinos de origen chadiano sin límite de generación, mientras Europa cuestiona a Merkel por su excesiva hospitalidad y discute la construcción de asentamientos fuera de sus fronteras para atajar la crisis migratoria por la guerra en Siria. La población de Chad, además, le ha secundado, soportando con llamativa generosidad en algunas zonas la llegada de más bocas sedientas y necesitadas de alimentos. No es un decir. En Sido, al sur del país y a un kilómetro de la frontera con la República Centroafricana, más de 4.000 familias han dado cobijo a más de 18.000 desplazados del otro lado de la frontera, y en la región de Mandoul, 12.500 han sido también acogidos por la comunidad local.

     

    —¡Cómo vamos a dejar tirados a los refugiados si hemos visto lo que es la guerra!

     

    El marabú Faki Ahmat Yaya, de 60 años, líder religioso de Sido, estaba hace 12 años de visita en ese país cuando estalló uno de los múltiples episodios de violencia de las últimas décadas. Vio matar a tres de sus hermanos y a siete sobrinos. Vio el éxodo de la gente que huía del horror. Hoy, casado con tres mujeres con las que tiene 22 hijos, tiene abiertas las puertas de su casa para los desplazados: ha llegado a tener acogidos al mismo tiempo a 120 exiliados de la República Centroafricana por la guerra que estalló en 2013 tras el golpe de Estado y la toma de poder del grupo Séléka. ‘Cuando empezaron a llegar no había infraestructuras suficientes para recibirlos’, explica. ‘Pensé que no eran condiciones dignas de vida, que no me gustaría estar en su situación y decidí acogerlos’.

     

    Construyó tiendas de plástico bajo los árboles de su casa, mató una vaca para darles de comer los primeros días, mandó hacer harina con 500 kilos de maíz y cedió parte de su finca cultivable a algunas de las familias. Eso fue al principio. Cuando ya no pudo más, el Programa Mundial de Alimentos acudió en su auxilio para completar las raciones de comida y Oxfam Intermón le dio material agrícola para cultivar la tierra.

     

    Hoy el marabú se siente exhausto. ‘Todo lo que tenía se acabó, es muy duro’. ‘Ahora no sé cuántos vivimos aquí’, dice con franqueza, ‘pero somos más de 45’. Los cabezas de familia volvieron a la República Centroafricana a buscarse la vida y confiaron a Yaya a sus mujeres e hijos, que le observan hablar con devoción. ‘Cuando has visto la muerte, escapas de ella y te acogen así, solo puedes sentir felicidad y gratitud infinita’, dice la portavoz de las acogidas sobre una colorida alfombra”.

     

    [En ‘La lección de los pobres’, por Maribel Marín. El País Semanal, 25 de octubre, 2015].

     

     

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    “Durante los últimos cinco años he estado visitando el mayor campo de refugiados del mundo, una ciudad hecha de barro y ramas del tamaño de Nueva Orleáns llamada Dadaab, en el noreste de Kenia. El campo fue levantado en 1991 como un refugio temporal para 90.000 personas que huían de la guerra civil en Somalia. Hoy acoge a medio millón.

     

    Al principio, me dejó perplejo el hecho de su mera existencia. ¿Cómo es posible que algo así exista todavía? ¿Y cómo es posible que el mundo permita que toda esta gente permanezca en este especie de limbo a fuego lento, incapaz de trabajar e incapaz de irse, y pasar toda su vida en una prisión a cielo abierto? Al cabo de cinco años, después de seguir las vicisitudes diarias de algunos residentes y de prestar atención a sus miedos y esperanzas, he llegado a una conclusión completamente diferente: Dadaab no es un anacronismo, ni lo que ha quedado de un viejo orden. Es el futuro”.

     

    [En ‘The other refugee crisis’, por Ben Rawlence. International New York Times, 10 y 11 de octubre, 2015].

     

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    “El número de personas atrapadas en la pobreza extrema se reducirá este año a 702 millones, según las últimas proyecciones del Banco Mundial difundidas este domingo. Los más necesitados del planeta representan así el 9,6% de la población mundial. Es la primera vez que esa proporción desciende del 10%. La organización pronostica que el número de ciudadanos en situación pobreza extrema se reducirá hasta 2020 pero cree que a partir de entonces será muy difícil avanzar hacia el objetivo de erradicar la miseria en 2030. La institución eleva a 1,90 dólares al día el mínimo para sobrevivir en los países más pobres.

     

    El objetivo de reducir la pobreza extrema por debajo del 3% de la población mundial en 2030 ‘puede lograrse’ en esta generación, asegura Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial, ‘nos estamos acercando’. La población atrapada en esa situación de penuria rondaba los 902 millones en 2012, lo que representaba el 12,8% de los habitantes del planeta. En los últimos cuatro años se ha reducido un 30%”.

     

    [En ‘El número de personas en pobreza extrema cae por debajo del 10%’, por Sandro Pozzi. El País, 5 de octubre, 2015].

     

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    “Hasta ahora, habían sido los países más pobres los más solidarios con los 60 millones de desplazados y refugiados que había en el mundo al acabar 2014, con un aumento de casi el 50% en solo dos años. Hoy la cifra puede superar los 62 millones, una legión que conformaría el 24º país del mundo por población. Y eso, sin contar a los llamados ‘emigrantes económicos’, que abandonan sus pueblos en busca de una vida mejor y que no cuentan con el apoyo legal de los estatutos del refugiado político.

     

    La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y las principales ONG diferencian entre desplazados y refugiados. Ambos son personas que tienen que abandonar sus hogares por culpa de una guerra, porque son perseguidos por raza, etnia..., pero los primeros se quedan en su país y los segundos se instalan en otra nación. Entre los dos suman 42.500 personas que tienen que abandonar sus casas cada día en el mundo; de ellos, la mitad son menores de 18 años y la mitad de estos son niños.

     

    Europa ha recibido por mar en lo que va de año cerca de 380.000 refugiados según las cuentas oficiales. Esa cifra superaría los 480.000 si se contabilizan los que llegan por vía terrestre, según las ONG, y podría llegar a los 900.000 al acabar el año según las últimas estimaciones de ACNUR. Parece mucho, pero no es tanto si se compara con la población europea: 500 millones de personas. La llegada de refugiados se sitúa en el 0,2% de los habitantes del viejo continente.

     

    (…) Otros países mucho más pobres, como Turquía, Pakistán, Líbano, Irán, Jordania o Etiopía, acogen a un 45% del total de refugiados que vagan por el mundo. La solidaridad es mayor entre iguales y más de la mitad de las personas que abandonan sus países en busca de una vida mejor provienen de Siria, Afganistán y Somalia.

     

    De hecho, los mayores campos de refugiados del mundo se sitúan en África y Asia. El más grande es el de Dadaab (Kenia), que lleva 20 años acogiendo a somalíes que huyen de un Estado fallido; en la actualidad guarece a 470.000 personas. Le siguen los de Zaatari (Jordania), a apenas 15 kilómetros de la frontera sur de Siria y que acoge en la actualidad a 81.000 personas que huyeron de la guerra en su país; Nyarugusu (Tanzania), con 68.000 refugiados de la República Democrática del Congo; Tamil Nadu (India), con 67.000 tamiles de Sri Lanka; Urfa (Turquía), con 66.000 sirios; Nakivale (Uganda), que da refugio a 61.000 ruandeses que huyeron de la revolución hutu; Pamian y Old Shamshatoo (Pakistán), con 56.000 y 53.000 afganos respectivamente; Melkadida (Etiopía), donde viven 42.000 somalíes; y Bredjing (Chad), creado en 2003 tras la tragedia de Darfur y que alberga en la actualidad a más de 40.000 sudaneses”.

     

    [En ‘Un éxodo de 60 millones de personas’, por Javier Ayuso. El País, 13 de septiembre, 2015].

     

     

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    “la historia de la emigración es un catálogo de temores exagerados, con incontables ejemplos de exiliados que llegan a formar vibrantes comunidades que enriquecen a sus países anfitriones: los judíos, los armenios, los boat-people vietnamitas y los asiáticos de Uganda, por citar un puñado. La Willkommenskultur alemana es correcta desde un punto de vista moral, económico y político. Representa un ejemplo para el mundo”.

     

    [En ‘Exodus’. The Economist, 12 de septiembre, 2015].

     

     

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    La propaganda no es solo la actividad de dar a conocer algo, convenciendo de sus virtudes. Propaganda es algo mucho más turbio: es un discurso que cierra de manera irracional opciones que deberían ser analizadas.

     

    (…) los Gobiernos europeos han estado llenándonos de propaganda (destinada a satisfacer a sus sectores más extremistas) con frases como ‘no es posible dejar que entre todo el que quiera’, ‘no podemos atender a millones de inmigrantes’, etcétera. El presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, es un gran especialista en ese lenguaje miserable, que no tiene que ver con la realidad ni con sus opciones, sino con la propaganda política.

     

    Porque en cuanto a alguien se le ocurre analizar las opciones y los datos, las cosas no son como nos han hecho creer. Por ejemplo, según datos de la UE, todos los migrantes llegados a la Unión Europea entre 2014 y 2015 suponen el 0,065 de la población total de la UE. Son flujos perfectamente manejables. Y si no lo parecen es porque se les agolpa, se les empuja y hostiliza, y se ofrecen esas imágenes, forzadas, como la realidad.

     

    ¿Como es posible que una organización como la UE integrada por 28 países, de los que 12 figuran entre los 25 más ricos del mundo, no haya sabido organizar la llegada ordenada de esos refugiados? Dicen que la culpa es de los Gobiernos, asustados por el volumen de migrantes que podían llegar a sus fronteras. ¿De verdad que Alemania, Francia y Reino Unido están asustados por ese extraordinario volumen de refugiados?

     

    Entre 1917 y 1920, entre dos y tres millones de rusos huyeron de la nueva Unión Soviética. Una Alemania mucho más pobre que la actual recibió entonces 200.000 refugiados rusos, 40.000 de los cuales se instalaron inmediatamente en Berlín. Más de 200.000 llegaron a Francia, una Francia mucho más pobre que la actual. Doscientos mil húngaros huyeron de su país en 1957 con la entrada de las tropas soviéticas y una buen parte llegó a un Reino Unido mucho más pobre que el actual. Nadie habló entonces de invasión. No hacía falta la propaganda”.

     

    [En ‘Sometidos a la propaganda’, por Soledad Gallego-Díaz. El País, 6 de septiembre, 2015].

     

     

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    “Al menos 270.000 demandantes de asilo han alcanzado Europa por vía marítima en lo que va de año. Esta cifra supone más de los que llegaron durante 2014, pero en cualquier caso representa tan sólo un demandante de asilo por cada 1.900 europeos –y muchos serán rechazados. Zonas del mundo mucho más pobres han visto irrupciones mucho mayores. El diminuto Líbano ha recibido a 1,1 millón de sirios, prácticamente una cuarta parte de su población. Turquía ha acogido a 1,7 millones. Tanzania, un país donde el nivel medio de ingresos es una quincuagésima parte del de la Unión Europea, ha sido anfitriona de centenares de miles de congoleños y burundeses durante décadas, con muy pocas quejas. (…) Europa pude y debe hacer las cosas mejor. Y no únicamente por razones morales, sino también por su propio interés. La fuerza de trabajo del continente está envejeciendo y pronto empezará a decrecer. (…) ¿de qué manera puede Europa asimilar mejor a los inmigrantes? Podemos resumirlo en dos palabras: dejándoles trabajar. (…) Una Europa más abierta con un mercado de trabajo más flexible podría convertir la crisis de los refugiados en una oportunidad, lo mismo que hizo América ante las sucesivas oleadas de refugiados en el siglo XX, incluyendo muchos procedentes de Europa. Dejémosles entrar, y dejémosles ganarse la vida”.

     

    [En ‘Let them in and let them earn’. The Economist, 29 de agosto, 2015].

     

     

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    “Abebe Aleme, de 41 años, ahorró toda su vida para viajar a un sitio donde encontrar trabajo, ganar algo de dinero y poder comprarse una casa. ‘En mi país, Etiopía, aunque trabajes 20 años, no puedes comprarte nada. Si salí de allí no era por diversión’. Como las rutas del norte (Melilla, Libia, Egeo o Macedonia) están cada vez más explotadas por las mafias y más blindadas por los muros de Europa, muchos inmigrantes y refugiados del cuerno de África, como Abebe, buscan vías alternativas para conseguir una vida mejor. Uno de ellos es el desconocido camino del sur, el que lleva hasta la próspera Sudáfrica.

     

    Esa travesía atraviesa Kenia, Tanzania, Mozambique, Malaui y Zimbabue. Y los desafíos que plantea no son menores que la ruta de Agadez a través del Sáhara, la de Turquía hacia la isla de Kos o Lesbos o la del Sinaí. Las condiciones que sufren los inmigrantes son desconocidas en países sin libertad de prensa como Zimbabue, que también generan refugiados hacia Sudáfrica por la represión del régimen de Robert Mugabe.

     

    Sin embargo, en Malaui, otro de los países de la ruta, la organización Médicos Sin Fronteras ha constatado la inhumana situación que viven decenas de miles de personas procedentes del cuerno de África. Cuando son detenidos en la frontera por entrada ilegal son directamente enviados a prisión junto a criminales convictos. Allí en teoría deben esperar tres meses a que sean devueltos al país de origen, pero esos tres meses se prolongan por una burocracia tercermundista, que ‘hace que el propio inmigrante tenga que hacerse cargo de los gastos de repatriación’, como denuncia MSF. Y si no pagas, no sales de la cárcel. Además, muchos de ellos no desean ser repatriados y se deshacen de su documentación.

     

    (…) ‘No podemos regresar’, asegura otro etíope llamado Emmanuel: ‘Si nos devuelven a Etiopía, ¿qué podríamos hacer allí? Ya no podemos trabajar. Estamos demasiado enfermos y débiles para cualquier tipo de trabajo’. Es el precio de intentar llegar a Johannesburgo, donde lo que se encontrarán dista mucho de sus sueños. La mayoría de los inmigrantes o refugiados malvive en los edificios abandonados del centro de la ciudad o en la periferia, sin poder trabajar legalmente y perseguidos por la policía. Además, de forma habitual surgen en Sudáfrica oleadas xenófobas contra inmigrantes, exactamente igual que sucede en la vieja Europa”.

     

     

    [En ‘Malaui, un infierno en la ruta del sur’, por Alberto Rojas. El Mundo, 25 de agosto, 2015].

     

     

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    “La mundialización ha echado abajo muchas fronteras para el comercio. Sin embargo, la preocupación de las personas sobre la seguridad y el deseo de contener la migración ilegal, como sucede actualmente en varios países europeos, lleva a la construcción de muros en varias partes del mundo.

     

    Hace un cuarto de siglo, a la caída del muro de Berlín, había 16 muros que defendían fronteras en el mundo. En la actualidad hay 65, terminados o en construcción, según la investigadora Elisabeth Vallet, de la Universidad de Quebec.

     

    Está el muro de separación israelí (el ‘muro del apartheid’ para los palestinos) y la verja de alambre de navaja de 4.000 kilómetros que India construye en la frontera con Bangladesh. También, el enorme dique de arena que separa Marruecos de las regiones del Sáhara en manos del Polisario o la valla de Melilla. Los muros y las barreras son cada vez más populares entre los políticos deseosos de mostrar su firmeza en cuestiones de migración. 

     

    En julio, el Gobierno conservador húngaro inició la construcción de una barrera de cuatro metros de altura a lo largo de su frontera con Serbia, para tratar de contener el flujo de refugiados que huyen de Siria, Irak o Afganistán.

     

    Otros tres países –Kenia, Arabia Saudí y Turquía– fortifican sus fronteras para impedir la infiltración de yihadistas procedentes de los países vecinos, Somalia, Irak y Siria.

    Aunque constituyen símbolos agresivos, su eficacia es sin embargo bastante relativa, estiman los expertos.

     

    ‘Lo único que todos estos muros tienen en común es que constituyen sobre todo decorados de teatro’, asegura Marcello Di Cintio, autor del libro: Muros, viaje por las barricadas. ‘Proporcionan una ilusión de seguridad, no una seguridad real’. Pese a estos obstáculos, los migrantes acaban al final por pasar. La cocaína nunca ha faltado en las mesas de Manhattan ni los cigarrillos de contrabando en Montmartre. Y pese a los centinelas que disparaban, ni siquiera el muro de Berlín fue totalmente eficaz.

    La realidad es que los muros no cambian nada en las causas profundas de la inseguridad o la migración: la construcción de todas estas barricadas no ha frenado la demanda de asilo o los ataques terroristas. La gente y los grupos simplemente se adaptan. Según Reece Jones, profesor de Hawai, autor del libro Muros fronterizos: seguridad y guerra al terrorismo en Estados Unidos, en India e Israel, solo son eficaces contra los más pobres y los más desesperados”.

     

    [En ‘Existen 65 muros para detener la inmigración’, por Eric Randolph. El Comercio, 22 de agosto, 2015].

     

     

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    “¿Qué se supone que tenemos que hacer frente a la emigración? En primer lugar, no podemos detener la marea. Se tardará tiempo; se tardará años y años. Porque la gente no está viniendo aquí, a Europa, por el gusto de conocer el país, sino que se ve obligada por la pobreza, por la miseria. Están huyendo de la miseria porque no hay futuro –futuro inmediato– para sus familias, y tienen que alimentarlas. En algunos países, como Mali, es culturalmente necesario marcharse e ir a Francia. Y hay lugares en los que, cuando se está llegando a la edad adulta, hay que irse y encontrar un trabajo para mandar dinero a la familia. Este es el primer punto: no vienen para complacernos ni para luchar contra nosotros. Vienen porque la miseria es enorme, inmensa. El segundo es la información que reciben de la televisión y los medios de comunicación que hace que quieran buscar un futuro mejor. Creen que, al llegar a Europa, encontrarán un trabajo inmediatamente y se harán ricos, pero eso no es cierto, porque estamos atravesando una gran crisis. Incluso en nuestro país el paro es un grave problema. Así que la combinación de paro e inmigración es algo muy difícil. No debemos confundir la migración general con la solicitud de asilo. Aquellas personas que escapan de una guerra, una dictadura, aquellos que no pueden volver a casa sin poner en riesgo su vida, ser encarcelados o torturados deben ser aceptados por la Convención de Ginebra (1951). Estamos hablando aquí de migración económica, no protegidos por el Convenio.

     

    Pero, primero, no podemos mezclar, porque es imposible; intelectualmente no podemos hacerlo por consideración hacia la gente que está muriendo en el Mediterráneo. Todos los inmigrantes huyen por motivos económicos, y no políticos. Son ilegales, así que tenemos que rescatarlos. Es una obligación moral. Es algo muy difícil de explicar a la gente, y esa es la razón por la que, como estamos rechazando la emigración masiva, la gente cree que no deberíamos aceptarlos. Hay quien piensa que no tenemos por qué enviarles un flotador o un chaleco salvavidas. No, aunque estén viniendo a Italia, o a Francia, o a España, no podemos limitarnos a dejarlos morir.

     

    Por lo tanto, la respuesta debería llegar de Europa, tenemos que compartir la carga, no dejar que los italianos los acojan a todos. Y necesitamos dar una respuesta a la propuesta que ha hecho la nueva comisión, la comisión Russell. Los 28 países tienen que cambiar. Y hacer los números adecuados. Recuerdo que para mi país eran unas 7.000 personas. No es tanto. Actualmente somos 67 millones. O sea, los 28 países tienen que participar en el reparto.

     

    Hay que compartir la carga y luego, de acuerdo con el Tratado de Schengen, que crucen las fronteras y lleguen, por decir algo, a Suecia. Esa es mi respuesta. Deberíamos pensar que no ayudarles en el mar porque la emigración es un problema es ser cómplices de asesinato. ¿Tenemos que cambiar y dar una nueva respuesta a la convención general? Yo lo creo así. Será muy difícil, pero deberíamos hacerlo”.

     

    [En ‘Bernard Kouchner: “Si no ayudamos a los inmigrantes en el mar somos cómplices de asesinato”’, por Elena Cué. ABC, 28 de junio, 2015].

     

     

     

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    “‘Mientras los leones no tengan sus propios historiadores, las historias de caza siempre glorificarán al cazador’, recoge un proverbio igbo de Nigeria. (…) el senegalés Mamadou Dia, quien cuenta (…) ‘Al final me metí en uno de esos cayucos que injustamente aquí llaman mafiosos. Los verdaderos mafiosos son los que limpiaron el fondo marítimo senegalés y causaron la crisis económica, o los perjudicados que intentan rescatar su vida poniéndose a prueba para cruzar el Atlántico’”.

     

    [En ‘Leones sin historia’. Mundo negro, junio, 2015].

     

     

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    “Tenemos una sociedad en la que la riqueza de los mil que más tienen se ha duplicado durante los cinco años de una de las mayores crisis económicas que ha sufrido este país, mientras un millón de personas tienen que recurrir a los bancos de alimentos. Es una sociedad perversa.

     

    (…) Este establishment exhibe un triunfalismo sin precedentes. Cree que ha derrotado a todos sus enemigos. La manera en que funciona la sociedad parece inevitable.

     

    (…) ha cuajado un sentimiento de que no hay alternativa.

     

    (…) A los trabajadores que cobran sueldos miserables se les dice que no es con sus jefes con quien deben enfadarse sino con los parados que viven lujosamente o con el inmigrante que les quita sus recursos. El establishment le dice a la gente: te han robado, pero no te enfades por el hecho de que te hayan robado, sino por que a tu vecino le han robado menos.

     

    (…) La mayor parte de la gente que está en la pobreza trabaja. Se levanta por la mañana para ganarse su pobreza. El laborismo debe preguntarse por qué vivimos en una sociedad que sirve a los poderosos en lugar de a los verdaderos generadores de riqueza. La riqueza la creamos todos: los trabajadores, el Estado, el profesor, el médico, los limpiadores. Debe estar mejor distribuida.

     

    (…) El búho de Minerva solo emprende el vuelo con la llegada del ocaso, decía Hegel. Creo que estamos ante el ocaso de esta era. La transición a una nueva será muy difícil, pero sucederá. Cuando el neoliberalismo tuvo su auge, que aquí fue con el thatcherismo, la izquierda era triunfalista. Creían que Thatcher no iba a durar. Mis padres lo creían. No se dieron cuenta de que asistían a la construcción de una nueva era. Las enseñanzas de nuestros antecesores, que desafiaron viejos órdenes y ganaron, deberían darnos esperanza y dar miedo a los poderosos. Demuestran que todo orden caerá y será sustituido. Lo importante es qué lo sustituye. Yo quiero una sociedad construida para la gente trabajadora, creadora de riqueza, no para una élite. Una sociedad donde la democracia alcance. Esa sociedad será construida algún día y esta, también, pasará”.

     

    [En ‘Owen Jones: “La socialdemocracia será eclipsada por fuerzas más radicales”’, por Pablo Guimón. El País, 3 de mayo, 2015].

     

     

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    “se habla de los inmigrantes subsaharianos con lejanía y desconocimiento, ‘y cuando se desconoce o se conoce poco, lo más fácil es agarrarse a los estereotipos, que son como salvavidas en medio de un naufragio. Uno puede flotar un rato agarrado a ellos, pero con el paso del tiempo no son sólidos, acabas agotado y te hundes’, reconoce José Naranjo, periodista a caballo entre España y este continente africano que se ha propuesto contar. Junto a este aspecto, que incide en la autocrítica de la familia periodística, Ángeles Jurado, miembro del departamento de Comunicación de Casa África, enfatiza que ‘nos fijamos en la violencia y en las estadísticas. Ejercemos de notarios, no solemos mostrar empatía, ponemos distancia. Dejamos de lado muchas veces lo que nos une y nos hace humanos a todos. Pero suelen faltar explicaciones. No es cuestión de dar pena. Es cuestión de contextualizar, de explicar’.

     

    Uno de los promotores de la organización porCausa, Gonzalo Fanjul, incide con algún matiz en este aspecto: ‘Uno de los reproches que yo hago a los medios en general es que se está tratando tanto el tema de la valla que no se habla de lo que ocurre con el 98 por ciento de los inmigrantes que llegan a nuestro país, que no entran por la valla. Si tú miras lo que están haciendo los medios de comunicación creo que la valla se está tratando en profundidad. El que no quiera enterarse de que España está vulnerando la ley y vulnerando derechos en la valla es porque no le da la gana, porque los datos están ahí. Otra cosa es que este tema no tenga las consecuencias políticas que desearíamos’.

     

    Este panorama oculta una trastienda muchas veces ideológica que propone al inmigrante –especialmente al subsahariano– como causante de mil de los males que atenazan nuestra sociedad, aunque sea radicalmente falso. ‘Solo echando un vistazo a las cabeceras de los medios de comunicación vemos cómo la criminalización de la población inmigrante es una constante. La narrativa mediática focaliza el discurso en el sensacionalismo. España tiene en estos momentos, y desde hace dos años, saldo migratorio negativo. Es decir, hay más personas que salen que las que entran en el país. Estos son datos. Hablar de invasión o avalancha es, simplemente, falta de rigor informativo’, denuncia Candalija. Otros, como Ángeles Jurado, consideran que la información de los medios tiende a satisfacer más a los gobernantes que a los gobernados: ‘En gran medida sí. Desgraciadamente los medios parecen dirigirse, sobre todo, a anunciantes y posibles anunciantes. A empresas, instituciones o Gobiernos que pueden pagar publicidad o favorecerles de alguna manera. Me parece que muchos se han desenganchado del ciudadano’.

     

    (…)  en este escenario, ubicamos la reflexión de Jonás Candalija, para quien ‘los medios se centran en las consecuencias trágicas del fenómeno, mientras olvidan las causas que motivan la emigración’.

     

    (…) La red ACOGE, en su Estudio sobre Periodismo e Inmigración, apunta a un neologismo que ilustra esta realidad: el inmigracionalismo, o lo que es lo mismo, el sensacionalismo aplicado al tratamiento informativo del fenómeno migratorio. En las conclusiones del documento citado reconoce que ‘La inmigración es un concepto impopular con connotaciones negativas para todavía una gran parte de la sociedad, ha sido presentada como una amenaza en lugar de como un enriquecimiento, error que en un época de crisis se ha visto acentuado’.

     

    (…) Según Frontex, en 2014 apenas 190 personas llegaron a través del mar a Canarias.

     

    Muy lejos quedan esas cifras de los 153.000 inmigrantes que llegaron a Europa ese mismo año a través de la ruta del Mediterráneo Central, con destino a Sicilia, principalmente. Lo que no cuenta Frontex, pero sí el proyecto de investigación The Migrant Files, es que en ese intento de llegar a Europa, entre 2000 y 2014, murieron 27.764 personas.

     

    El periodista Daniele Grasso, que ha participado en este proyecto, reconoce que la forma de analizar la llegada de estos inmigrantes indocumentados, solo si la percibimos a través de la versión oficial, puede condicionar la imagen que la sociedad se genera del fenómeno migratorio: ‘No nos fijamos en los datos que nos cuentan, por ejemplo, que la mayoría de los inmigrantes indocumentados entran a Europa por los aeropuertos’, y no en cayucos o por vallas.

     

    La frontera sur de España, que también lo es de la Unión Europea, traza no solo una división administrativa, política y geográfica, sino también una diferencia abismal del nivel de vida entre los que habitan a un lado y otro de la misma. ‘La diferencia de renta per cápita a un lado y otro de la valla de Melilla es la mayor del mundo’, reconoce Jonás Candalija. Otras fronteras también mediáticas, como la que separa Estados Unidos de México, dividen países con una diferencia económica menor. Hace ya diez años, Íñigo More, en un reportaje publicado en el diario El País, señalaba que ‘desde este punto de vista, lo extraño no son los asaltos a Ceuta y Melilla, sino que la valla todavía se tenga en pie’.

     

    (…) “Falta contexto –piensa Naranjo en voz alta–. En este momento hay cientos de cameruneses y gambianos en la ruta de la emigración hacia Europa. Muy pocos medios se han interesado en saber realmente qué pasa en estos dos países para explicar este cambio en el origen de la emigración. ¿Sabemos que Eritrea es un país con un régimen férreo y de terror, conocido como la Corea del Norte africana? Muy pocos conocen estos detalles’.

     

    Otro ejemplo, en boca de Jurado: ‘La altermundista Aminata Traoré relaciona los planes de ajuste estructural de Mali con la inmigración ilegal que, a su vez, da lugar a un racismo y una xenofobia crecientes en Francia y en Europa. Lo conecta todo como en un círculo vicioso. Ella habla de cómo se ha descuartizado a su país a través del trabajo de instituciones como el FMI y el Banco Mundial, la imposición de monocultivos como el algodón, los aranceles que evitan las exportaciones malienses competitivas en Europa, el empobrecimiento del agricultor, la falta de industrialización, la corrupción del Gobierno, las tasas de paro, la falta de perspectivas, más una guerra reciente... La migración no es una decisión que se tome a la ligera’. Y, como acabamos de leer, tiene complejas causas detrás que, o desentrañan los medios de comunicación y determinados colectivos preocupados por dar a conocer lo que ocurre con los subsaharianos que llegan a Europa, o nadie lo contará”.

     

    [En ‘Noticias desde la frontera’, por Javier Fariñas Martín. Mundo negro, mayo, 2015].

     

     

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    “Las conclusiones de la Cumbre de los 28 líderes europeos sobre migraciones son ‘una declaración inaceptable de guerra a los migrantes y refugiados’, afirma el secretario general de Cáritas Europa, el español Jorge Nuño. También la Santa Sede ha sido muy crítica con la respuesta comunitaria a las últimas tragedias en el Mediterráneo, de cerrar las puertas a los refugiados y bombardear las embarcaciones que utilizan para tratar de alcanzar nuestras costas. ‘Europa es egoísta’, lamenta el cardenal Veglió, presidente del Consejo Pontificio para los Migrantes

     

    Federica Mogherini, alta representante de Política Exterior de la Unión Europea, salió de la Cumbre de líderes europeos del jueves pasado con un mandato: explorar las opciones de una misión de seguridad y defensa para ‘detener y destruir los barcos’ que utilizan los traficantes de inmigrantes en el Mediterráneo. El modelo de procedimiento es el de la Operación Atalanta contra la piratería. Esta es una de las diez propuestas sobre las que debatieron los 28 representantes presentes en la reunión sobre migraciones en Bruselas, convocada de forma urgente tras la muerte de más de 700 personas en las aguas de Sicilia, en el mayor naufragio de las dos últimas décadas.

     

    La denuncia por parte de la Iglesia a esta propuesta no se ha hecho esperar. ‘¡Bombardear un país es un acto de guerra! ¡Va contra el Derecho internacional!’, exclamaba el cardenal Antonio María Veglió, presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de Migrantes e Itinerantes, dos días después de conocer la noticia, durante una entrevista a Radio Vaticana. ‘¿A quién apuntamos, también a las pequeñas barcas de inmigrantes? ¿Y quién garantiza que el arma no vaya a matar a personas cercanas, además de destruir las embarcaciones?’, se preguntó el purpurado. Esta medida peregrina no solucionaría el problema de la inmigración, porque, como aseguró Veglió, ‘si se destruyeran todos los barcos que hay, seguirían existiendo personas que huyen de los conflictos, de las persecuciones y de la pobreza’. Ante esto, ‘¿qué podemos hacer? ¿Que se mueran donde están? Es inútil bombardear los barcos. La gente desesperada siempre encontrará formas de escapar’. El cardenal también recordó que la mayoría de los inmigrantes no llegan por el Mediterráneo, sino por las fronteras terrestres”.

     

    [En ‘“Es una declaración de guerra a los migrantes”’, por Cristina Sánchez Aguilar. Alfa y Omega, 30 de abril, 2015].

     

     

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    “Por tercera vez en siete años, la violencia contra los inmigrantes ha estallado a lo largo de Suráfrica. Los pogromos que comenzaron a finales de marzo en Durban, en la provincia de KwaZulu Natal, se han extendido ahora a Johannesburgo.

     

    Desde el final del apartheid en 1994, aproximadamente cinco millones de inmigrantes se han instalado en África del Sur; la mayoría son africanos procedentes de más al norte que buscan mejores oportunidades económicas o refugiados que tratan de encontrar estabilidad política en la nación más desarrollada del continente.

     

    Surafricanos negros, que en su inmensa mayoría siguen siendo pobres y son marginados en la era del posapartheid, han observado cautelosamente durante años cómo redes de malauíes, somalíes, etíopes, zimbabuos, nigerianos y mozambiqueños han comenzado a abrir pequeños negocios y a sacar partido de las oportunidades que brinda Suráfrica.

     

    Ahora las tiendas de estos inmigrantes están siendo incendiadas y sus propietarios asesinados.

     

    (…) El etno-nacionalismo que marcó la agonía del apartheid se ha convertido en un maligno ‘nativismo’ que amenaza la democracia que surgió tras el fin de la discriminación racial.

     

    (…) El Congreso Nacional Africano ha traicionado sus ideales al no impedir la violencia xenófoba”.

     

    [En ‘South Africa turns on its immigrants’, por Daniel Magaziner y Sean Jacobs. International New York Times, 25 y 26 de abril, 1015].

     

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    “[Giovanni] Salvi [fiscal jefe de Catania] hace hincapié en que Europa necesita dejar de responder a la inmigración como a una emergencia. ‘Tenemos que considerar esto como un problema estructural que va a continuar. Tenemos que manejar este asunto de una forma más comprensiva’. (…) ‘El plan de destruir los barcos de los traficantes es más que dudoso’, dijo en un menaje electrónico Masood Karimipou, representante en El Cairo de la Oficina de las Naciones Unidas para las Drogas y el Crimen. ‘No faltan raquíticos barcos de pesca o botes de goma. Estas tácticas de solución rápida se hacen para conseguir unos cuantos titulares llamativos, pero no son efectivas ni desde luego suponen soluciones duraderas. Tú no puedes abrirte paso a tiros ante una crisis humanitaria’. (…) muchos expertos advierten de que embotellar a los refugiados y emigrantes en África –sin proporcionarles vías legales para pedir asilo– acabará siendo contraproducente. ‘Si bloqueas a la gente en África continuará muriendo’, dice Philippe Fargues, director del Migration Policy Center de Florencia, en Italia. ‘Quizás no delante de tus ojos, pero morirán en algún lugar de África. Es pura hipocresía’”.

     

    [En ‘Loss of migrant patrols now haunts E. U.’, por Jim Yardley. International New York Times, 25 y 26 de abril, 2015].

     

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    “A la Unión Europea le gusta presumir de que es una fuerza del bien. Sin embargo, en los últimos diez días al menos 1.200 refugiados del mar se han ahogado en las aguas del Mediterráneo. Un número no determinado eran refugiados procedentes de Siria, Eritrea y Somalia que huían de la guerra o la represión. Que murieran en parte a causa de la política de la UE en materia de asilo es un fracaso político y moral. (...) Un millón de emigrantes están acampados en la orilla sur del Mediterráneo a la espera de iniciar una travesía para alcanzar una vida que es incomparablemente mejor que la que dejan atrás. (...) No se puede detener la marea de refugiados, ya que, de este lado de la Utopía, no se puede imponer la paz en Libia y Siria, o limitarse a desear que haya un buen régimen político en Eritrea y Somalia. (…) después de los crímenes de la Segunda Guerra Mundial las naciones proclamaron solemnemente su compromiso de no volver a abandonar a su suerte a personas inocentes envueltas en persecuciones y conflictos. (...) La UE está destinando sólo una tercera parte de todo el dinero y menos de una décima parte de las manos que se necesitan para el salvamento marítimo que el año pasado. Varios países, entre ellos Reino Unido, argumentan que una alta probabilidad de ser rescatados sirve de acicate y actúa como un factor de ‘atracción’ que alienta la llegada de más inmigrantes. (…) la UE pretende dar un paso atrás y contemplar cómo gran cantidad de personas inocentes se ahogan con el fin de disuadir a otros de que les sigan en otras embarcaciones. Además de que esa lógica está equivocada es moralmente repugnante. (...) Los gobiernos encierran a los solicitantes de asilo en centros de detención durante largos períodos de tiempo o les impiden que trabajen con el fin de hacerles la vida tan penosa que la gente se vea obligada a buscar refugio en otra parte. (…) Si la UE quiere estar a la altura de sus valores debe actuar en varios frentes a la vez, desde salvar vidas en el mar a proporcionar ayuda a los países que llevan un peso mayor en este asunto”.

     

    [En ‘Europe’s boat people’. The Economist, 25 de abril, 2015].

     

     

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    “La guerra civil en Siria ha provocado lo que la Organización Internacional de las Migraciones (IOM, en sus siglas en inglés) ha calificado del ‘mayor movimiento de población desde la Segunda Guerra Mundial’, con 8 millones de personas desplazadas dentro del país y 4 dejándolo atrás. (…) La constante llegada de inmigrantes a las costas italianas permite colegir que hacer la travesía más peligrosa no ha reducido en absoluto el factor ‘llamada’. (…) el cambio de la operación Mare Nostrum [búsqueda y rescate, clausurada en 2014] a Tritón [dependiente de Frontex, la agencia de control de fronteras de la UE, con menos recursos] ha costado la vida de más vidas inocentes. ‘Espero que este asesinato masivo sacudirá las conciencias de la comunidad internacional’, dijo el 20 de abril el comandante de la guardia costera, el vicealmirante Felicio Angrisano. (…) Aunque parece harto improbable que el caos y la guerra civil desaparezcan pronto del mundo árabe, el crónico subdesarrollo y la consecuente inestabilidad política en el África subsahariana se mantendrán más tiempo. Y la tendencia es que la población de esa región se duplique en los próximos 30 años. (…) Hay peores lugares que Bamako para vivir. Es una razonablemente sofisticada ciudad; la economía de Mali creció un 7,2 por ciento el año pasado. Pero [Daouda] Boubacar quiere irse. ‘Da igual lo duro que trabaje, estoy condenado. Mi padre no disfrutó nunca de un salario regular, yo tampoco, ni lo tendrán mis hijos’. Los empleos no duran más que unos cuantos meses, ninguna plaza en la escuela está garantizada, ninguna ganancia está a salvo del robo. La ansiedad económica se mezcla con la violencia política. La mitad de Mali cayó en manos de los extremistas islámicos. Una intervención francesa logró hacerles retroceder, pero no se firmó ningún acuerdo de paz, y los ataques terroristas siguen siendo algo frecuente. Y Mali dista de ser el único país de la región amenazado por las turbulencias políticas –por no hablar del cambio climático (…). Las fuerzas que convierten a un hombre en un emigrante económico hoy podrían hacer de él un refugiado mañana”.

     

    [En ‘For those in peril’. The Economist, 25 de abril, 2015].

     

     

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    “Vienen de Siria, Irak, Eritrea y Somalia. Todos huyen de la guerra y la pobreza. La mayoría ha pagado grandes sumas a traficantes para que les ayuden a atravesar el Mediterráneo. (…) Entre 1993 y 2012, se estima en 14.600 el número de inmigrantes que perdieron la vida tratando de llegar a las fronteras del sur de Europa –a grandes rasgos, es como si un barco abarrotado con 300 personas naufragara cada tres meses durante veinte años seguidos. (…) Las cifras reales son sin duda mucho más altas: miles han perecido, sus muertes no han sido registradas. (…) La responsable de Política Exterior y Seguridad de la Unión Europea, Federica Mogherini, prometió acciones militares contra ellos [los traficantes de seres humanos] –como si destruyendo los barcos de los contrabandistas se pudiera hacer algo para evitar la muerte de más inmigrantes. (…) lo que empuja a los inmigrantes a las manos de los traficantes de seres humanos son las políticas que aplica la Unión Europea. (…) Antes de que fuera depuesto en 2011, el líder libio, Muamar el Gadafi, llegó a un acuerdo con la Comisión Europea por valor de varios millones de euros para que sus fuerzas de seguridad se convirtieran de hecho en policías de fronteras.

     

    La Fortaleza Europa ha levantado no sólo una barrera física, sino también una barricada psicológica en torno al sentido europeo de humanidad. Los emigrantes son vistos no como seres humanos sino como pecios y deshechos arrastrados hasta las playas de Europa. El pasado mes de octubre, después de que la UE rechazara aportar más fondos, Italia puso fin a su operación de búsqueda y rescate, Mare Nostrum, que había logrado salvar a unos 150.000 inmigrantes en doce meses. El Gobierno británico justificó la decisión con el argumento de que ‘impulsaba a más emigrantes a arriesgarse en la peligrosa travesía marítima y como consecuencia provocaba más trágicas e innecesarias muertes’.

     

    Fue un argumento sin sustancia entonces como lo es ahora. El número de inmigrantes que tratan de alcanzar Europa este año varía muy poco de las cifras para el mismo periodo en 2014. La tasa de muerte, sin embargo, se ha multiplicado prácticamente por diez. (…) En 2004, un buque alemán, el Cap Anamur, rescató a 37 refugiados africanos de un bote. Cuando el barco atracó en un puerto de Sicilia fue apresado por las autoridades, que acusaron al capitán y al primer oficial de prestar ayuda a inmigrantes ilegales. Los dos fueron absueltos después de una batalla legal que se libró durante cinco meses.

     

    En 2007, las autoridades italianas trataron de impedir la entrada en el puerto de Lampedusa a dos pesqueros tunecinos que habían rescatado a 44 inmigrantes que se habían quedado varados. El capitán fue acusado de tráfico ilegal de personas y resistencia violenta a la autoridad. No fue hasta el año 2011 que un tribunal de apelación desestimó todos los cargos.

     

    Ese mismo año, fuerzas navales de la OTAN desoyeron las llamadas de auxilio de 72 inmigrantes que navegaban en un buque en mal estado. A la deriva durante más de dos semanas, sin reservas de alimentos, solo 11 lograron sobrevivir. Una investigación del Consejo de Europa criticó a los comandantes de la OTAN por no atender las llamadas de auxilio.

     

    Esta es la realidad de la Fortaleza Europa: autoridades tan ciegas por su obsesión con el asunto de la inmigración que han perdido la capacidad de reconocer la más básica de las obligaciones hacia otros seres humanos”.

     

    [En ‘Migrant and Fortress Europe’, por Kenan Malik. International New York Times, 22 de abril, 2015].

     

     

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    “La cuestión es que el primer objetivo debería ser precisamente ese: salvar vidas, preocuparse por ellas. En cambio, se ha logrado convertir esa voluntad en algo ridículo, romántico, ingenuo. Cualquier reflexión sobre el dolor de los otros, de los que llegan de un ‘submundo’, ha de ser contenida. Hay una economía en el sufrimiento. Quien valora el dolor, quien calibra la tragedia humana, quien intenta despertarse del torpor de la cifra de ahogados es tildado e inscrito automáticamente en el movimiento de ‘los buenos de más’.

     

    ‘Bueno de más’ es la acusación de quienes no quieren dedicar tiempo a comprender y ya tienen la solución: devoluciones, arrestos, detenciones. Es la mezcolanza de frustración personal que busca a un responsable de nuestro desasosiego, la voluntad de considerar que la única solución realista y vencedora es la más autoritaria. Es la bondad considerada un sentimiento hipócrita por definición. Y, lo que es mucho peor, una cualidad moral que solo puede tener el hombre perfecto, inmaculado y puro: ergo nadie más que los muertos, cuya vida queda transfigurada y cuyas acciones ya son pasado. Todo el que intente actuar de otra forma desde su imperfección humana será marcado con un juicio único: falso. Y así la bondad se convierte en un sentimiento sin ciudadanía, ridículo, precisamente porque no puede sentirse más que desde la perfección rotunda. He ahí el cinismo miope, que lo destruye todo con diligente sarcasmo”.

     

    [En ‘No dejar a nadie en el mar’, por Roberto Saviano. El País, 21 de abril, 2015].

     

     

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    “Una película satírica de 2004, titulada A day without a Mexican (Un día sin mexicanos), imaginaba a California presa del terror después de que sus cocineros, criadas y jardineros se hubieran desvanecido. Si se rodara en la América de ahora mismo el drama sería todavía mayor. Si 57 millones de hispanos desparecieran, los patios de recreo de las escuelas públicas perderían uno de cada cuatro alumnos y empresarios desde Alaska a Alabama se las verían y desearían para mantener abiertas sus empresas. Imagínense el panorama a mediados de siglo, cuando está previsto que la población latina vuelva a duplicarse. (…) Estados Unidos necesita a sus latinos. (…) La gente tiene capacidad para amar a dos países. (…) Cerca de un millón de latinos llegan cada año a la edad para poder votar. Cada vez que se celebran elecciones, los hispanos querrán escuchar menos discursos acerca de inmigración y más sobre reforma de la educación, un seguro médico abordable y políticas que les permitan ingresar en la clase media”.

     

    [En ‘How to fire up America’. The Economist, 14 de marzo, 2015].

     

     

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    “El poder estabilizador de la sociedad disciplinaria e industrial era represivo. Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a los trabajadores industriales, lo que daba lugar a protestas y resistencias. En ese sistema represivo son visibles tanto la opresión como los opresores. Hay un oponente concreto, un enemigo visible frente al que tiene sentido la resistencia.

     

    El sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma totalmente distinta. El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad.

     

    Es ineficiente el poder disciplinario que con gran esfuerzo encorseta a los hombres de forma violenta con sus preceptos y prohibiciones. Es esencialmente más eficiente la técnica de poder que se preocupa de que los hombres por sí mismos se sometan al entramado de dominación. Su particular eficiencia reside en que no funciona a través de la prohibición y la sustracción, sino a través del deleite y la realización. En lugar de generar hombres obedientes, pretende hacerlos dependientes. Esta lógica de la eficiencia es válida también para la vigilancia. En los años ochenta, se protestó de forma muy enérgica contra el censo demográfico. Incluso los estudiantes salieron a la calle. Desde la perspectiva actual, los datos necesarios como oficio, diploma escolar o distancia del puesto de trabajo suenan ridículos. Era una época en la que se creía tener enfrente al Estado como instancia de dominación que arrebataba información a los ciudadanos en contra de su voluntad. Hace tiempo que esta época quedó atrás. Hoy nos desnudamos de forma voluntaria. Es precisamente este sentimiento de libertad el que hace imposible cualquier protesta. La libre iluminación y el libre desnudamiento propios siguen la misma lógica de la eficiencia que la libre autoexplotación. ¿Contra qué protestar? ¿Contra uno mismo?

     

    (…) Hoy Corea del Sur tiene la tasa de suicidio más alta del mundo. Uno emplea violencia contra sí mismo, en lugar de querer cambiar la sociedad. 

     

    (…) Hoy compiten todos contra todos, también dentro de la empresa. La competencia total conlleva un enorme aumento de la productividad, pero destruye la solidaridad y el sentido de comunidad. No se forma una masa revolucionaria con individuos agotados, depresivos, aislados.

     

    (…) Es un error pensar que la economía del compartir, como afirma Jeremy Rifkin en su libro más reciente La sociedad del coste marginal nulo, anuncia el fin del capitalismo, una sociedad global, con orientación comunitaria, en la que compartir tiene más valor que poseer. Todo lo contrario: la economía del compartir conduce en última instancia a la comercialización total de la vida.

     

    El cambio, celebrado por Rifkin, que va de la posesión al ‘acceso’ no nos libera del capitalismo. Quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing. También en la época del acceso seguimos viviendo en el Bannoptikum, un dispositivo de exclusión, en el que los que no tienen dinero quedan excluidos. Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en hotel, rentabiliza incluso la hospitalidad”.

     

    [En ‘¿Por qué hoy no es posible la revolución?’, por Byung-Chul Han. El País, 3 de octubre, 2014].

     

     

    *     *     *

     

    “Tanto es el deseo de no saber de ellos, de no preguntarles, de ignorarles como personas que, incluso cuando consiguen entrar en el territorio nacional, en España, se les devuelve inmediatamente. Esas devoluciones en caliente se realizan para no escucharles, no porque cueste trabajo tenerlos aquí o atenderlos; son personas pacíficas, con ilusión y ansias de trabajar, con una voluntad enorme de vivir y, sin embargo, por no escucharles, por no oírles, por no darles la palabra, los devolvemos inmediatamente. (…) Yo pienso que antes que los derechos de las fronteras están los de las personas; así de sencillo, no hace falta tener muchas luces para entenderlo.

     

    (…) El guardia civil se confiesa delante del periodista, cuenta cosas atroces: que violan las leyes y que él, como mandado, no puede evitar. Se le manda apalear, para que el emigrante baje de la valla y poder devolverlo. Dice algo que todos podíamos sospechar: que durante la noche no hay inconveniente en apalearlos porque nadie les ve. La preocupación llega con la luz del día y la imagen que ello pueda suscitar.

     

    En otro vídeo que la asociación PRODEIN hizo público, y que vi varias veces, lo que más me llamó la atención no es tanto que la guardia civil pegue a un emigrante, ni que lo saquen inconsciente a través de las fronteras o lo entreguen a las fuerzas del orden marroquí. Lo que más me impresiona es la indiferencia de todos los que pasan. Indiferencia ante el hecho, ante aquel hombre inconsciente. Pasa un coche médico, una ambulancia, unas personas haciendo footing como si allí no existiese nadie ni pasara nada. Si esa indiferencia es icono de la indiferencia de la sociedad con relación a estos hechos, entonces los emigrantes tienen un problema, pero la sociedad tiene un problema mucho mayor, quiere decir que está radicalmente enferma, muy enferma”.

     

    [En ‘Santiago Agrelo Martínez, obispo de Tánger: “Antes que los derechos de las fronteras están los de las personas”’, por Rafael Armada. Mundo negro, enero 2014].

     

     

    *     *     *

     

    Siete falsos epílogos

     

     

    1. “Escena 4. Quinta noche

     

    (Evidentemente no se trata de la quinta noche desde que empezó la travesía. Ha pasado mucho más tiempo. Vuelve a oírse el zumbido de la sala de máquinas de un gran navío. Y de repente ráfagas de lluvia, muy fuerte, como si batiera contra la cubierta, como si el techo del contenedor estuviera a merced del aguacero. Sobre la oscuridad, haces de luz dibujan letras. Parece como si alguien estuviera queriendo decir algo desde alguna costa, desde algún faro, desde algún teatro. Son letras mayúsculas, letras blancas deterioradas, como tipos gastados de tanto utilizarlos para escribir mensajes en la niebla que nadie lee, o que nadie recuerda, o que nadie reconoce. HK, NY, CAPE MAY, HANJIN YOKOHAMA, CABO VILANO, HK, NY, COSTA DA MORTE, CAPE MAY, HANJIN YOKOHAMA, RIVIERA, GIBRALTAR, HK, NY, FLAMINGO CAY, TARIFA, ILE DE LA TORTUE, COJIMAR, KEY BISCAYNE, LA VALLÉE, ARIZONA, TARIFA, CABO DE HOME, FLORIDA, CEUTA, ZEEBRUGGE, AMERICA, FOGGIA, PATRASSO, ANCONA, DOVER, CAPE MAY, FUJIAN, ALGECIRAS, HAITI, SHANGHAI, SEATTLE, VANCOUVER, HK, NY. Como un morse blanco y mudo).

     

    WO (con la voz muy débil, como si estuviera muy enfermo).- Si las gotas de rocío que brillan sobre las hojas del limonero y las nubes que velan el final del día no desapareciesen nunca, ¿seguiríamos pensando que son bellas? Cada noche nos trae recuerdos distintos, sentimos en las mejillas y en el pelo el frescor de la brisa y el temblor de la luna que blanquea el mar. El tiempo es un animal muy suave que nos roza los tobillos y que se desvanece cuando nos agachamos para acariciarlo.

     

    DA (con la voz algo más recia, pero se nota que hace un esfuerzo ímprobo para que no se le note el sufrimiento, que está a punto de arrojar la toalla, que también está a punto de morir).-  ¿Qué es lo que nos conmueve? El viento que sube de la costa agita la sombra de los pinos y acelera nuestro corazón. Baja el río como un corzo cristalino, se parte las patas y nos refresca la boca antes de perderse donde suena el mar.

     

    JI (todavía más débil que sus dos amigos. Apenas si se le entiende).- La tierra se adormece en invierno y su silencio nos prepara para la muerte.

     

    WO (como si le respondiera).- ¿Cuándo son más turbadores los cerezos, cuándo están en flor o cuando el invierno los desnuda por entero? ¿Cuándo imaginamos mejor la savia, cuando el fruto madura y atrae a los mirlos o cuando pasamos los dedos por su corteza rugosa? ¿Cuándo nos estremece más la luna llena, cuando rueda por las lomas y guiña un ojo entre el cañaveral mecido por la brisa o cuando se columpia silenciosa sobre las casas de ladrillo y cartón de las afueras? Cuando llueve añoramos la casa de nuestros antepasados. Jugábamos de la mañana a la noche y no sabíamos que la lluvia nos llevaría al río y el río a un cielo desconocido. Cuando brotan los geranios rojos recordamos la casa junto a la orilla.

     

    DA (cogiendo de la mano la frase que le precede como si le indicara el camino).- Las yemas del almendro a punto de romper y el aroma de las lilas silvestres cuando cae la noche son más elocuentes que el actor más avezado. ¿Pero hemos de dar la mano siempre a los sentidos para que nos muestren el pulso de la vida? ¡Qué estremecedor resulta evocar el mar de abril sin salir de tu habitación y con los ojos cerrados, en completo silencio! (La lluvia y el sonido de las máquinas del buque se comen las últimas palabras. Se produce un gran choque, como si el buque hubiera encallado. Voces en inglés. Maniobra de atraque. El motor se para. La lluvia arrecia)”.

     

    [Fragmento de la obra de teatro Los niños no pueden hacer nada por los muertos, publicada por primera vez en el número 14-15, y último, de la revista Teatra. Primavera-verano, 2002].

     

     

    2. “Es una cuestión de ecosistema: crear las condiciones para ejercer un periodismo libre y de calidad, y para eso hay que responder a una pregunta: ¿cuál es la razón de ser de un periodista? (…) Buscar muchas entradas lleva a una información superficial, al periodismo de entretenimiento. Si queremos tener un futuro tenemos que crear una alianza entre periodista y lector que debe pagar para obtener calidad. (…) Debemos huir del mundo del entretenimiento y los opinadores de todo en el que ha caído la prensa. Necesitamos más que nunca una prensa libre que informe con rigor; piense que el importe de los haberes financieros en los paraísos fiscales en agosto de 2012 ascendía a 25,5 billones de dólares (la suma de los PIB de Estados Unidos y Japón). (…) Todos los bancos y grandes empresas, a pesar de la crisis, tienen filiales en los paraísos fiscales. La riqueza de los países está en unas pocas manos y la tienen escondida. Es obsceno. Hemos dado un salto atrás, una involución. Debemos luchar y denunciar”.

     

    [En ‘Edwy Plenel’: “La información libera: si yo sé, soy más fuerte”’, por Ima Sanchís. La Vanguardia, 25 de febrero, 2013].

     

     

    3. “Imagina que te avergüenza tu olor.

     

    Llevas diez días sin lavarte la cabeza, sin poder asear tu cuerpo. Eres musulmana y las mujeres de tu religión no pueden ser vistas por extraños sin pañuelo y mucho menos con poca ropa. Aquí, en este campamento improvisado en la frontera serbo-croata, no hay duchas, sólo grifos, que usan nada más los hombres y los niños. Ellos se lavan los pies, las cabezas, las axilas, todo el cuerpo. Pero tú no. Tú te aseas a escondidas, con dificultad, pero lavarse el pelo es imposible y en estos días ha hecho mucho calor y, bajo el pañuelo, tu cabeza huele mal. 

     

    Te llamas Rashida y eres una mujer de treinta y tres años, madre de cinco hijos, esposa de Said, te casaste muy joven y nunca has trabajado. Llevas un pañuelo animal print, atigrado, muy moderno y una gabardina color crudo que hace juego perfectamente con él. La gabardina tiene manchas de lodo, de hierba, de quién sabe qué más, y eso no te gusta, pero lo que peor llevas es el mal olor y la falta de productos para cuidar tu piel, para limpiarte y perfumarte.

     

    —No soy yo. En este mes me volví vieja. Ahora soy una mujer muy vieja.

     

    Dices que eres una mujer muy vieja y te tocas la cara, las dos mejillas a la vez y dices también que llevas un mes durmiendo en el suelo y que extrañas, como tu marido, el techo –haces un gesto con las manos, las palmas hacia arriba, abriéndolas hacia el cielo– y una casa que arreglar y limpiar.

     

    Entonces pasa que te ríes.

     

    —Arreglar y limpiar. Sí. Eso quisiera.

     

    Pocos adultos ríen en Tovarnik.

     

    Y tú te ríes por un ratito y tu hija, que te daba la espalda, se da la vuelta para mirarte”. 

     

    [Del reportaje “En Siria no se puede respirar”. Imagina que tu nombre es Said. Imagina que tu nombre es Raghida”, de María Fernanda Ampuero, publicado en esta revista el 15 de octubre de 2015].

     

     

    4. Éxodo, un espectáculo teatral ideado por el director Roberto Cerdá con texto de Julio Salvatierra, que se estrenó en la Sala Cuarta Pared de Madrid el jueves 21 de enero de 2016.

     

    “Esta es una invitación de la Sala Cuarta Pared a una obra que es un espejo a la orilla del camino: para asomarse a las peripecias de un grupo de refugiados en algún lugar del mundo que cada vez se parece más a nuestro propio país. Exodo, un espectáculo dirigido por Roberto Cerdá, con texto de Julio Salvatierra, que cae en algunos viejos recursos de la expresión corporal (como al inicio), que a mi juicio sobran, pero que acaba por convertirse en una interpelación que durante la función nos morderá (nunca con saña) la conciencia y que al final dejará un poso llevadero que desde luego no nos quitará el sueño, pero nos ayudará a sentir un gramo menos de mala conciencia porque hemos compartido al menos con un grupo de 12 comprometidos actores un relámpago del dolor de los demás, de esos refugiados que ahora cruzan Europa”.

     

    [En Diario de Teatro / Diario Dramático, viernes, 29 de enero, 2016].

     

     

    5. “Mecánica humana. Quien sufre trata de comunicar su sufrimiento –ya sea zahiriendo a otro, ya sea provocando su piedad– con el fin de disminuirlo, y a fe que lo consigue. A quien está abajo del todo, al cual nadie compadece, ni tiene poder para maltratar a nadie (por no tener hijos ni otras personas que lo amen), el sufrimiento se le queda dentro y le envenena.

     

    (…) Tendencia a extender el dolor más allá de uno mismo: ¡yo aún lo tengo! Las personas y las cosas no son para mí suficientemente sagradas. ¡Ojalá no ensucie nada cuando me convierta totalmente en lodo! Que no ensucie nada, aunque sea sólo dentro de mi pensamiento. Ni en los peores momentos sería capaz de destruir una estatua griega o un fresco del Giotto.

     

    (…) Imposible perdonar a quien nos ha hecho daño, si ese daño nos ha rebajado. Mejor pensar que no nos ha rebajado, sino que ha elevado nuestro verdadero rango.

     

    (…) Nada en el mundo puede quitarnos el poder de decir yo. Nada, salvo la desgracia extrema. Nada hay peor que la extrema desgracia que desde fuera destruye el yo, puesto que luego resulta ya imposible destruírselo uno mismo”.

     

    [En La gravedad y la gracia, de Simone Weil. Traducción de Carlos Ortega. Editorial Trotta. Madrid, 1998].

     

     

    6. “Deseaba, pues, la desgracia, pero al mismo tiempo que esa desgracia procediera de la necesidad. Quizá alguien diga que no quería la desgracia. Personalmente, me parece innegable que la buscó. No, desde luego, por el gusto de la desgracia. Sino en primer lugar por necesidad de justicia. Puesto que en el mundo existe la desgracia, le resultaba insoportable no tener su cuota de ella; y sobre todo creía que hay que participar en ella para poder comprender de qué manera se puede realmente remediarla. Por lo demás, posteriormente pensará que sólo la desgracia puede hacer conocer la verdad de la existencia, la verdad completa y absoluta”.

     

    [En Vida de Simone Weil, de Simone Pétrement. Traducción: Francisco Díez del Corral. Editorial Trotta. Madrid, 1997].

     

     

    7. “Esta es nuestra triste pantalla.

     

    Las sombras

                        de nuestra vergüenza.

     

    Ellos somos nosotros

                                     un día

    en el cercano

                         lejano

                                   quién sabe

    futuro.

     

    La niebla moral de Europa”.

     

    [Ante una fotografía de Armend Nimani, de France Presse, publicada en La Vanguardia el 29 de enero de este año, en la que según el pie de foto se ve a un grupo de refugiados cerca de Miratovac, en Serbia, recién llegados de Macedonia. La foto no son más que sombras desvaneciéndose en medio de la grisalla, como en Paisaje en la niebla o La mirada de Ulises, del cineasta griego Theo Angelopoulos].

     

     

     

     

    Alfonso Armada es periodista y editor de FronteraD, donde ha publicado, entre otros, El muelle de Budapest. Verdades y mentiras sobre los judíos salvados por un diplomático de Franco, Tres episodios de barbarie y miedo: Sarajevo, Ruanda, Nueva YorkSombras sobre Kapuscinski y Adiós a Matiora, y mantiene el blog El mirador. En Twitter: @alfarmada

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    Muy grande, Alfonso. Y muy duro. Me ha recordado en tono y técnica a "Voces de Chernóbil". 

     

    Saludos.

     

    Querido Camilo:

     

    Ya me gustaría parecerme un poco a Svetlana Alexiévich y al estremecedor trabajo que es "Voces de Chernóbil". Pero muchas gracias por leerlo. Un abrazo,

     

    AA

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