La avenida principal del centro de Hong Kong, Connaught Road, está desierta un lunes a las siete de la mañana, cuando normalmente sobrelleva una de sus horas de mayor congestión.

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    Después de la Revolución de los Paraguas en Hong Kong

    Texto y fotos: Santiago Villa Chiappe / China Files - 09-04-2015

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    “Usted está haciendo una historia, nosotros estamos haciendo historia”, dijo el muchacho mientras expulsaba una bocanada de humo de cigarrillo. Sus tres amigos rieron, y él sonrió orgulloso y cansado, sentado sobre el borde de la acera con las piernas extendidas hacia la calle, apoyando la espalda contra una caneca de aluminio frente a la estación de metro Admiralty.

     

    Su mirada se distrajo cuando pasó a nuestro lado un ejecutivo solitario con una chaqueta bajo el brazo. La temperatura era de casi 30 grados centígrados. Los muchachos y yo seguimos con la mirada a este occidental que también atrajo la cámara de un fotoperiodista, pues el día de hoy, en pleno corazón financiero de Asia, el bicho raro era él. En cambio estos jóvenes de cabellos desordenados y ojos cansados de trasnochar, que para protegerse de los gases lacrimógenos llevaban gafas de laboratorio y máscaras de cirujano, parecían los habitantes naturales de estas avenidas ahora subversivas.

     

    Eran las 8 de la mañana del lunes 29 de septiembre del 2014 y la Revolución de los Paraguas vivía su auge: una manifestación pacífica contra los ajustes políticos que el Gobierno chino pretendía imponerle a Hong Kong. Desde el día anterior más de cinco mil personas, que en su mayoría entre los 15 y los 30 años de edad, se habían adueñado de Central, el núcleo financiero y político de la ciudad.

     

    Parecía el preámbulo a un colosal concierto de rock. Las calles cercadas por rascacielos, que usualmente padecían los atascos propios de un inicio de semana laboral, estaban hoy ocupadas por colegiales y universitarios sentados en grupos, sobre mantas o periódicos, que conversaban mientras navegaban en sus teléfonos inteligentes, se ponían de pie para estirar las piernas, se acomodaban de nuevo sobre el piso con las piernas cruzadas o se acostaban, y eventualmente volvían sus ojos, sus índices y sus pulgares a las pantallas de sus móviles. Se preparaban para una larga espera. La prensa mundial comenzaba a dirigir su atención hacia Hong Kong, y al menos durante aquella semana desplazó al espacio estelar que durante más de un mes estuvo reservado para las frustrantes campañas contra el ISIS (Estado Islámico) en Oriente Próximo, y la epidemia del ébola, que CNN desatinadamente apodó el ISIS de los agentes patológicos.

     

    Ya han pasado varios meses desde el fin de la manifestación pacífica que opuso a la principal potencia del mundo emergente, la segunda economía del mundo, contra miles de jóvenes indignados que acamparon durante un mes y medio en las calles de su ciudad más globalizada. La Revolución de los Paraguas, como ha sucedido con otros movimientos de protesta ciudadanos, desde Occupy Wall Street hasta los Indignados de Sol, gozó de un enorme contenido simbólico pero no llevó a reformas concretas. Podría decirse que desde el comienzo llevaba los gérmenes de su propia disgregación. Sin embargo, luego de una década que ha despertado no solo en Europa y  Estados Unidos, sino también en América Latina y África, cierto desencanto hacia la democracia electoral, era alentador presenciar la defensa callejera, por parte de jóvenes, de un sistema que en otras partes perdía su mística.

     

    —Hacemos historia porque estamos luchando por la democracia –explicó el mismo joven, que dijo llamarse Andy, mientras aplastaba el cigarrillo contra el piso y pasaba del comentario ingenioso a la queja indignada–. Somos estudiantes de economía. No queremos que Pekín nos imponga líderes. A nosotros nos prometieron más democracia. Hemos estado aquí desde ayer. No dormimos. La policía nos atacó anoche con gases lacrimógenos”.

    —¿Creen que hoy también la policía va a arrojar gases lacrimógenos?

    —Yo creo que hoy va a ser pacífico –respondió otro joven del grupo–. Pero la policía... –Y sacudió la cabeza despacio–. La maldita policía.

     

    Las manifestaciones que hoy se conocen como la Revolución de los Paraguas fueron la respuesta a una reforma presentada el 30 de agosto de 2014 por el cuerpo legislativo de China, el Comité Permanente del Congreso Nacional del Pueblo. En ella China aprobaba que en Hong Kong se instaurara el sufragio universal para la elección en 2017 de su jefe ejecutivo. Sería la primera vez en la historia que todos los habitantes de Hong Kong podrían votar para este cargo. Sin embargo, la reforma incluye un sistema de filtros a los candidatos, que en la práctica le permite a Pekín vetar a los que no desea que se presenten. Esta contradicción entre conceder el voto pero prohibir candidatos ha sido la clave de la controversia.

     

    El sistema político de Hong Kong es una democracia a retazos, fruto de un largo proceso de concesiones y confrontaciones que se remontan a cuando la isla era todavía una colonia del Reino Unido. El Imperio Británico, que gobernó la isla desde 1842, cuando el Tratado de Nanjing dio fin a la Primera Guerra del Opio, estudió concederle cierto grado de autogobierno a la isla desde una fecha tan temprana como 1950, según documentos secretos del Archivo Nacional de Gran Bretaña, que fueron desclasificados hace un año. El imperio estaba debilitado por la Segunda Guerra Mundial y comenzaba una ola de independencias nacionales en sus colonias, como la de India en 1947 y la de Ghana en 1953. Sin embargo, tan pronto Mao Zedong recibió noticia de las intenciones de Londres el líder chino amenazó con invadir Hong Kong si se avanzaba en esa línea. Según el tratado firmado en el siglo XIX, los británicos devolverían la isla 150 años después de haberla convertido en colonia. China estaba preparada para esperar un siglo y medio, pero no para recibir un territorio a punto de dar un grito de independencia. Hong Kong no podía convertirse en otro Taiwán.

     

    En la antesala de la entrega de Hong Kong a China, es decir en las décadas de los ochenta y noventa, Reino Unido aceleró la concesión de derechos democráticos. Según los gobernantes británicos, era la única manera de asegurar que la isla mantuviera un camino hacia una democracia más amplia. Pero China interpretó este gesto nuevamente como una agresión cuyo objeto era sabotear el traspaso de la colonia, que finalmente se celebró el 1 de julio de 1997.

     

    Cuando Hong Kong fue entregada a China, el gobierno de Pekín se comprometió a mantener el rumbo de la ex colonia hacia la democracia. Es la política llamada un país, dos sistemas: China integraba a Hong Kong, pero aceptaba libertades de expresión y de prensa impensables en sus territorios continentales, y también libertades electorales que, sin embargo, han sido mucho menos generosas.

     

    Los pan-demócratas, quienes exigen una plena democracia inspirada en los sistemas occidentales, argumentan que China ha traicionado el compromiso que adquirió con el Reino Unido en 1984, cuando los gobiernos de Deng Xiaoping y Margaret Thatcher concluyeron las negociaciones para la devolución de Hong Kong. Pekín asegura que los ingleses nunca les dieron tantas libertades a los habitantes de Hong Kong como las que China les ha concedido desde el 97.

     

    “Es cierto que la gente en Hong Kong goza hoy de más democracia que nunca antes, pero ese no es el punto”, dijo John M. Carroll, historiador de la Universidad de Hong Kong. “Ellos, o al menos muchos de ellos, creen que se les prometió más para 2017, y que el gobierno de Pekín no cumplió su promesa de conceder el verdadero sufragio universal”.

     

    La Revolución de los Paraguas pasó por etapas previas. La antecedió un boicoteo de clases el 22 de septiembre de 2014, convocado por la Federación de Estudiantes de Hong Kong y por Scholarism, los grupos estudiantiles más importantes de la ciudad. Los alumnos de más de 20 centros educativos se reunieron en la Universidad China de Hong Kong con camisetas blancas y cintas amarillas, símbolo que ha representado la empatía y solidaridad del resto de la ciudadanía.

     

    El gobierno respondió con el arresto durante un par de días de algunos de los líderes, como el joven Joshua Wong, la cabeza de Scholarism, que cumplió 18 años durante las protestas. A causa de esta reacción oficial, una semana más tarde se sumó Occupy Central, un movimiento inspirado en Occupy Wall Street, como su nombre sugiere. El llamamiento de Occupy Central le dio impulso a las manifestaciones y unos dos mil ciudadanos ocuparon el centro de Hong Kong con la intención de permanecer allí hasta que el gobierno cediera en su exigencia de conceder el auténtico sufragio universal, sin veto de candidatos por parte de las autoridades de Pekín.

     

    Entretanto, el gobierno local dio un paso en falso tratando de reprimir la protesta. Lanzó gases lacrimógenos el 28 de septiembre, pero en lugar de dispersar la manifestación logró el efecto contrario. Al día siguiente más personas se solidarizaron y comenzó la Revolución de los Paraguas, llamada así porque fue con estos objetos que los jóvenes se protegieron del gas pimienta con que los acometían los antimotines. Sin embargo, el liderazgo estaba disperso entre las tres organizaciones: la Federación Nacional de Estudiantes, Scholarism y Occupy Central. 

     

    “Nosotros no queremos la independencia”, me explicó en la noche del 29 de septiembre un muchacho llamado Tom (no quiso dar su apellido). Cuidaba una de las barricadas de Queensway Road en la periferia de la manifestación, donde no había casi tránsito de personas a esa hora porque el centro de la protesta se hallaba a unos doscientos metros. Allí resultaba más fácil hablar. Había menos distracciones: “Queremos seguir siendo parte de China, pero queremos que Pekín cumpla su promesa de darnos más autonomía”.

     

    Eran casi las nueve de la noche. Al clímax se había llegado dos horas antes, y se mantendría hasta las medianoche. Disminuiría a medida que regresaran a sus casas quienes no iban a pernoctar en la calle, sobre Harcourt Road y Connaught Road, donde se congregaba y latía la multitud más grande que había visto Hong Kong desde que inició el boicoteo a las clases de los estudiantes.

     

    A pesar del gran número de manifestantes que se congregó, en Hong Kong las protestas fueron sorprendentemente silenciosas y aseadas. Salvo por alguna tonadilla que a veces era coreada en cantonés (la letra de una decía “haremos el cambio en este espacio infinito, nadie puede escapar al cambio”), o por discursos que de cuando en cuando pronunciaban los líderes de la Federación de Estudiantes, Scholarism u Occupy Central, no había consignas y los manifestantes observaban un profundo respeto hacia el espacio público y la propiedad ajena. El evento despertaba una pasión suave que se parecía más a la ternura que a la indignación.

     

    Pero quizás lo más inusual era la forma en que se organizaron espontáneamente los jóvenes. Algunos recogían voluntariamente basura y dejaban bolsas plásticas negras a un lado de la calle. Hubo grafitis con mensajes políticos, pero nunca vandalismo gratuito ni destrucción de la propiedad privada. Una mañana temprano unos estudiantes de medicina, con batas azules e impermeables transparentes, me explicaron cómo operaba su puesto de enfermería improvisado. Regalaban víveres que recibieron gracias a sistemas informales de donación (me dieron galletas y una botella de agua), repartían máscaras de cirugía y trapos húmedos para protegerse de los gases lacrimógenos, y atendían primeros auxilios: “Aquí puede venir el que quiera a pedirnos alimentos o atención médica. Incluso la policía”. Más que una manifestación pacífica, era una protesta amigable.

     

    No obstante, así como la organización desde abajo, en la base, parecía muy sólida, en la cima de la pirámide la cohesión era menos evidente.

     

    “Nosotros estamos aquí porque queremos. Nadie nos está mandando”, declaró con orgullo Tom desde su barricada en Queensway, mientras señalaba hacia Harcourt y Connaught, donde estaban congregados miles de manifestantes, frente a las oficinas del gobierno: “Nada de lo que está sucediendo allá es fruto de estar recibiendo órdenes”.

     

    La ausencia de un liderazgo único generó contradicciones embarazosas, si bien no choques abiertos, entre las cabezas de los tres grupos convocantes. Por ejemplo, el vicepresidente de la Federación de Estudiantes, Lester Shum, exigió el 30 de septiembre que dimitiera Leung Chun-ying, jefe ejecutivo de la ciudad de Hong Kong, porque se consideraba que representaba los intereses de Pekín. De lo contrario, advirtió, comenzarían a ocupar edificios públicos. Ninguna de las otras organizaciones apoyó esta amenaza, que por lo demás nunca se cumplió.

     

    La Federación de Estudiantes y Scholarism también exigieron posteriormente la renuncia de Leung Chun-ying para poder iniciar negociaciones. Occupy Central mantuvo silencio con respecto a esta demanda. Cuando Leung propuso sentarse a negociar todos aceptaron. A última hora el gobierno local canceló la iniciativa, generando una nueva crisis en tres semanas de altibajos. Leung Chun-ying sigue siendo el jefe ejecutivo de Hong Kong.

     

    A pesar de estos tropiezos, Steven Hill, miembro del centro de pensamiento y estudio (think tank) estadounidense FairVote, rescata el impulso de la lucha: “Los estudiantes y otros organizadores de Occupy Central han sido muy efectivos. Están enfrentados a un aparato estatal muy poderoso que está empleando varios trucos, entre ellos, aparentemente, rufianes y pandilleros, para intimidarlos y debilitarlos”, afirmó.

     

    Hill se refería específicamente a los incidentes ocurridos a partir del viernes 3 de octubre, cuando los manifestantes fueron agredidos por personas que supuestamente eran vecinos de Mong Kok, un barrio en otro distrito financiero de Hong Kong.

     

    Más tarde, y a raíz de denuncias de Occupy Central, la policía confirmó que 19 de las personas arrestadas durante una noche en que los manifestantes fueron agredidos con botellas y piedras, tenían historial delictivo como miembros de las triadas de Hong Kong, la mafia de la ciudad. Los líderes de la protesta han dicho que fueron contratados por el gobierno local, pero esta afirmación no ha sido probada.

     

    Cuando le pregunté a Tom para qué carrera se preparaba en la universidad, me mostró un carnet de estudiante que decía, Criminología: “Yo quería ser policía”, anunció. Tras un prolongado silencio añadió. “Aunque ya no estoy tan seguro, luego de ver el comportamiento anoche la policía, lanzando gases lacrimógenos y gas pimienta a pesar de que no estábamos agrediéndolos”. Y en tono de conciliar sus aspiraciones con sus frustraciones concluyó: “Yo quiero ser policía para cambiar a la policía. Es mejor hacerlo desde dentro. Creo que puede lograrse”.  

     

    Una pregunta que reiteraron algunos medios occidentales, en especial los de tendencia conservadoras, era si la Revolución de los Paraguas podría acabar en en un baño de sangre, como el de Tiananmen en 1989, cuando miles de estudiantes marcharon en Pekín para exigir aperturas democráticas. Después de tres meses de ocupar la plaza el gobierno dispersó a los manifestantes con tanques y soldados. Se desconoce la cifra exacta de muertos, pero las estimaciones más altos hablan de 2.000. Casualmente, ese año se conmemoraban los 25 años de la masacre.

     

    El llamado fantasma de Tiananmen rondó la cobertura que medios occidentales hicieron de las protestas en Hong Kong. Pero si bien hubo coincidencias, desde China se oyeron voces protestando por esta asociación a su juicio injusta. Kaiser Kuo, jefe de comunicaciones internacionales de la compañía privada Baidú, una empresa que ha sido calificada como  “el Google de China”, se crió en los Estados Unidos y vive en Pekín. Pocos días después de que se iniciara la Revolución de los Paraguas escribió en su cuenta de Facebook: “China, después de 25 años, todavía tiene en la boca el amargo sabor de la sangre de Tiananmen. Decir lo contrario sería llanamente cínico”.

     

    “Si Beijing hubiera querido usar la fuerza para callarlos ya lo habría hecho”, me dijo un periodista italiano que llevaba más de una década cubriendo temas de China. “Hay que ver cómo es la policía en Europa, o bueno, en América Latina también, tú lo sabes. Si tienen que despejar la calle la abren a los golpes. Pero en Hong Kong eso no ha pasado”. Y sonrió con ironía antes de concluir: “Es la mejor policía del mundo”. 

     

    Durante esas semanas el desenlace estaba en manos de Xi Jinping, el presidente de China, el hombre más poderoso de Asia, y quizás también del mundo, si tenemos en cuenta que su influencia no se ve limitada por el equilibrio de poderes propio de los sistemas democráticos.

     

    Según fuentes anónimas citadas el 17 de octubre por el New York Times, Xi Jinping recibía un informe diario sobre la situación en Hong Kong, y el gobierno central dirigió la estrategia que se debía adoptar. Sus directrices para Leung Chun-ying fueron: le apoyamos, no otorgue concesiones, pero no derrame sangre. Entretanto, casi toda la información que tenía que ver con las protestas fue censurada en China continental por el gobierno.          

     

    Era un momento delicado. Durante la primera semana de noviembre se celebraría la cumbre APEC, en la que participarían jefes de Estado de 22 países, entre ellos Estados Unidos, y China sería el foco de atención. Hong Kong, como la ventana de China al mundo, tenía que mantenerse en segundo plano. Para ello, Pekín jugó astutamente la carta del laissez faire. Si no se combatía el problema, el problema no sería noticia. Por parte de Barack Obama, durante la cumbre APEC, no hubo más que un par de comentarios superficiales sobre la situación en Hong Kong. Xi Jinping salió victorioso de la Revolución de los Paraguas. No tuvo que ceder ni abrir negociaciones, y la represión a la protesta, cuando la hubo, no fue noticia mundial, pues el paso del tiempo ya había disuelto a la mayoría de los manifestantes. Si bien Xi no es amigo de la democracia, es mucho menos amigo de la mala prensa, y Xi sabe manejar a la prensa.            

     

    La única vez que he visto a Xi Jinping fue en Durban, Suráfrica, dos semanas después de su toma de posesión como presidente, durante la quinta cumbre del bloque de países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica), que comenzó el 25 de marzo de 2013. Me sorprendió su afabilidad ante las cámaras. Durante el apretón de manos de los líderes, que se convierte en la fotografía de portada del evento, el primer ministro de India y los presidentes de Suráfrica, Rusia, Brasil y China, se hicieron un lío al estrecharse las manos. Xi Jinping cruzó los brazos para tomar la mano de sus vecinos, en lugar de extenderlos para que todos los colegas unieran las manos en el centro. La confusión se prolongó durante unos diez segundos. Pensé que si los cinco líderes del mundo emergente no eran capaces de coordinar un sencillo apretón de manos poco podía esperarse de su trabajo en equipo para combatir el calentamiento global. Los mandatarios trataron de aclarar su barullo, pero Xi volvió a equivocarse. Durante el episodio Xi Jinping no dejó de sonreír en todo momento.         

     

    “Xi Jinping es como Mao”, aseguró Edward Chin, quien representa ante Occupy Central a los financieros y banqueros. Él mismo fue director de un hedge fund británico en Hong Kong. “Es peor que Jiang y que Hu. Quiere acaparar todo el poder”. 

     

    Chin respondía a la mayoría de las preguntas sin mirarme directamente. A menudo parecía leer un libreto, y cuando ofreció respuestas casi idénticas a dos preguntas distintas entendí que este hombre tenía intenciones de lanzarse a la política: “El sistema comunista no es comunista. Es una máquina totalitaria que está favoreciendo a una clase de delfines”.

     

    “Creo que es una caracterización demasiado fuerte eso de comparar a Xi con Mao”, aseguró por su parte Steven Hill. “No olvidemos que Mao ordenó campañas que ocasionaron la muerte de muchas personas. Ciertamente Xi ha consolidado su poder de diversas formas, pero me parece que la comparación con Mao es una exageración”.

     

    Xi Jinping no es un demócrata, pero sí se perfila como un reformista. Se identifica con Deng Xiaoping porque su antecesor modernizó el Estado y la economía, y corrió grandes riesgos para lograrlo bajo el mantra del “socialismo con características chinas”, que Xi repite con insistencia.

     

    La gran cruzada, y el gran riesgo, al que se enfrenta Xi Jinping ha sido ante todo la lucha contra la corrupción. Es su proyecto estrella. No hay objetivo que le haya ganado tanta prensa –y seguramente tantos enemigos– como este.

     

    El nuevo presidente de China no se ha contentado con perseguir a funcionarios de rango medio, o las moscas, como se conocen en China. También va tras los tigres. El que se haya abierto una investigación contra Zhou Yongkang, el ex jefe de los servicios de Seguridad de China, es como si en Estados Unidos un presidente diera vía libre para una investigación contra un ex director de la CIA. Ya se rumora que el castigo de Zhou será una sentencia de muerte suspendida.

     

    El 3 de marzo pasado dio comienzo en Pekín la reunión anual más importante de la legislatura de China, así como la asamblea de comités locales. Un total de 36 altos funcionarios, entre los que se encuentran delegados al Congreso Nacional del Pueblo, no acudieron porque se hallan bajo investigación. A nivel provincial la campaña implica cifras más dramáticas: más de 11.315 cuadros de la provincia de Guangdong, por ejemplo, están siendo investigados. Es la cifra más alta de ausencias a causa de investigaciones por corrupción desde que el Partido Comunista gobierna a China.

     

    La campaña anticorrupción ha llegado al punto de afectar el comercio de artículos de lujo. “Las cosas se han puesto muy tensas desde que Xi Jinping asumió el mando a finales de 2012. Antes algunas marcas giraban en torno a los regalos, y esta práctica colapsó. Ha sido un año muy extraño”, dijo un alto ejecutivo de una marca de lujo europea, que pidió mantener el anonimato. “Hay funcionarios públicos, por ejemplo, que han optado por dejar de vestir ropa de marca y lucir relojes de lujo. Los banquetes oficiales ya no son tan frecuentes y, cuando se celebran, no ofrecen los mismos licores que antes”.

     

    El conglomerado de artículos de lujo LVMH dijo que sus ventas en 2014 habían aumentado 2%, en comparación con 30% en el 2011.

     

    Xi Jinping no encaja en el molde del comunista reaccionario, pero tampoco en el del audaz reformador que coquetea con la democracia. Sus comentarios y acciones dan a entender que está interesado en avanzar las reformas capitalistas y agrandar la influencia de China en el mundo contemporáneo, pero también en fortalecer el dominio del Partido Comunista, y su propio control sobre el Partido Comunista.

     

    Su reacción hacia Hong Kong fue consistente con esta línea: no hacer ninguna concesión y permitir que las protestas se diluyeran por sí mismas.      

     

    En el trasfondo de la tensión entre Hong Kong y el gobierno de China continental subsiste una pregunta más amplia sobre la democracia y su conveniencia como sistema político. Al ser esta ciudad una democracia incompleta (donde hay algunos elementos, pero otros se hallan ausentes), es inevitable pensar en la posibilidad de que la isla permanezca en un punto intermedio.

     

    En este tipo de quid pro quo, ¿qué es más valioso en una democracia: el sistema de una persona un voto para elegir a la cabeza del ejecutivo, o la libertad de prensa y expresión? En Hong Kong no hay lo primero, pero sí lo segundo. ¿La libre postulación de candidatos o la independencia y equilibrio de los poderes? De nuevo, en Hong Kong no se puede postular quien quiera, pero la justicia es independiente. ¿Y qué es preferible, una competencia permanente entre partidos políticos que dificulta la capacidad de acción, o unipartidismo que logre metas a largo plazo? ¿Qué es, incluso, más fiable, la meritocracia burocrática o el marketing electoral?

     

    Son algunas de las preguntas que el politólogo Nathan Gardels, coautor con Nicolas Berggruen del libro Gobernanza inteligente para el siglo XXI, se ha hecho durante los últimos años. “La fortaleza del sistema chino es su capacidad para desarrollar y poner en marcha políticas a largo plazo, creando consenso en un partido mediante las consultas y el debate, en lugar de dividir al cuerpo político en elecciones competitivas”, aseguró Gardels. “Aunque lo llaman ‘comunista’, el sistema en China hereda su larga ‘cultura institucional’, en la que la selección de meritocracia basada en competencia interna juega un papel tan importante como las elecciones en occidente”. Así que en China la competencia se da en el interior de la institución de gobierno, y no ante las preferencias de los ciudadanos.

     

    “La situación del Partido Comunista de China no es como el de la Unión Soviética en los años ochenta”, añadió Gardels. “En China el traje nuevo del emperador sí existe, pues han tenido un buen desempeño para el pueblo chino durante los últimos 30 años”.

     

    Por otra parte, el indudable poder que en regiones como América Latina proporciona el principio de “una persona, un voto”, ha permitido que mediante referendos y reelecciones los caudillos populistas debiliten la independencia y contrapeso de poderes, y con ello las libertades de prensa y expresión. Este sería un sistema de democracia mixta: alta participación electoral (asumiendo que sus resultados no sea fraudulentos) y baja libertad de expresión.

     

    En Hong Kong, según Gardels, podría detectarse el germen de una democracia mixta, en su opinión, positiva. “En su estructura de mezclar selección y elección, el sistema que emerge en Hong Kong es una suerte de camino intermedio. De hecho, su forma de democracia no es tan distinta de la de los padres de la independencia estadounidense, en la que legislaturas estatales elegían un Colegio Electoral, que era el filtro de ciudadanos que a su vez elegía al presidente, o al ejecutivo. Por supuesto, es necesario que el equilibrio sea el adecuado, la propuesta de Pekín es débil desde el punto de vista de la elección”.

     

    El impacto directo que tuvo la Revolución de los Paraguas sobre esta discusión y sobre las reformas no es fácil de determinar. Si bien hubo ventajas simbólicas, y las protestas fueron, de por sí, un ejercicio que demostró el correcto funcionamiento de ciertos aspectos de la democracia en Hong Kong, es evidente, sin embargo, que no logró su objetivo manifiesto. Revolución es quizás una palabra demasiado generosa.                   

     

    “No soy particularmente optimista en torno al desenlace de estas protestas”, me dijo en octubre de 2014 John M. Carroll, historiador de la Universidad de Hong Kong. “Yo supongo que el movimiento de Occupy tan sólo confirmará la creencia de Pekín de que las personas de Hong Kong no entienden bien el arreglo de un país, dos sistemas, y que no están preparados para disfrutar de una democracia más amplia. Sin embargo, estaría encantado de que el desarrollo de los acontecimientos muestre que no tengo razón”.        

     

     

     

     

    Santiago Villa Chiappe es un periodista colombiano que reside en Pekín como editor general del portal y agencia de contenidos independiente China Files. Es columnista semanal del diario El Espectador (Colombia). Fue galardonado en el 2011 con el Premio Nacional Simón Bolívar de Periodismo por Mejor Investigación para Televisión, y en el 2014 fue becario del Fund for Investigative Journalism, de Washington. Ha escrito para medios Gatopardo (México), La Nación (Argentina), La Tercera (Chile), Poder (Perú), El Tiempo (Colombia), Semana (Colombia), Revista Diners (Ecuador), El Universo (Ecuador), Confidencial (Nicaragua), Sunday TimesDaily Maverick (Suráfrica). En FronteraD ha publicado A la espera de cenizas: la soledad del pueblo natal de Gabriel García Márquez. En Twitter: @santiagovillach

     

    China Files es una agencia independiente de contenidos sobre China para España y América Latina. Su contacto es: contacto[_ARROBA_]china-files.com. 

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