ARCO 11. Wilfredo Prieto, "Pan con pan", 2011.(ø 10 cm) Fotografía: David Serrano

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    La escritura inútil. El sentido de la crítica de arte

    Paloma Torres - 16-02-2011

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    El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, que ejercía la crítica de una manera impecable –agudo, certero, expresivo-, confiesa en sus diarios de juventud el temor a terminar convirtiéndose en un crítico y no en un escritor. La crítica se ha puesto y se pone en cuestión: entre la creación y el periodismo, juzgando desde fuera el trabajo de otros. ¿De qué sirve la crítica? Absolutamente de nada: se lee muy poco, no influye de manera clara en el mercado, la desdeñan muchos artistas. De alguna manera pertenece al dominio de lo inútil. Es, simplemente, un mirar atentamente lo ajeno.

           Hay un poema muy bello de CK Williams, titulado Grief (Dolor), donde el poeta contempla a su madre muriendo en el hospital y analiza su propia pena. En un verso ella se maquilla. A la hora de la muerte, se pinta los labios, en un gesto profundamente inútil y por lo tanto profundamente humano. Considerando el tema de la crítica en toda su hondura, se puede retratar al buen crítico como aquel que ejerce, en una sociedad tan pragmática, una labor inútil, capaz de llamar la atención sobre una obra de arte, de practicar ese nivel de sensibilidad trabajada y “defender” por lo tanto la expresión humana de una cultura.

           Recuerda Francisco Calvo Serraller (catedrático de Historia del Arte Contemporáneo en la Universidad Complutense de Madrid y crítico habitual del suplemento Babelia, de El País), que la crítica es un invento que surgió en el siglo XVIII con las exposiciones internacionales y el nacimiento del público de masas, a quien el arte atraía, pero que no sabía cómo abordarlo. Necesitaba una guía, que era el crítico. “En estos inicios, o asistías directamente a ver la obra y formabas tu propio juicio o, si no habías ido, solo tenías lo que te daba un periódico. Entonces los críticos tenían una función extraordinaria. Si no hablaban, no se conocía a un artista. A finales del siglo XIX aparecen las reproducciones fotográficas de la obra y entonces se puede contemplar de este modo indirecto. Los críticos van teniendo menos importancia, y no digamos cuando se multiplican las exposiciones: la gente acude con facilidad y entonces las palabras del crítico son solo una opinión más. El crítico del XVIII hoy prácticamente ha desaparecido”. Ante este alejamiento de su función original, buena parte de la crítica ha perdido pie y lo ha metido en el barro: se le achaca falta de libertad, constreñimiento por intereses ajenos a la obra que retrata, charlatanería, falta de honestidad.

           Al reunir varias voces para discutir sobre la crítica se reproduce en estas páginas una suerte de conversación imaginaria, como si estuvieran todos los invitados sentados a la misma mesa y hablaran por turnos. Estamos ya inmersos en la feria de ARCO, cuando todo el mundo hace comentarios sobre el arte, y Francisco Calvo Serraller, Fernando Castro Flórez (profesor de estética en la Universidad Autónoma de Madrid, crítico de ABC Cultural), Robin Cembalest (directora de la revista estadounidense Art News) y Vicente Verdú (escritor y periodista de El País) con breves apuntes debaten seriamente acerca de este reino de lo inútil, y de lo humano, que interesa solo a unos pocos.

     

     

    1. La función de la crítica de arte se ha puesto a menudo en cuestión. Hoy algunos artistas consideran más interesantes los comentarios que los usuarios escriben en sus blogs que las palabras de los críticos de renombre. ¿Comparte en alguna medida esta mirada crítica hacia la crítica?

     

    Fernando Castro Flórez: El comentario de los artistas que prefieren los comentarios de los que dan opiniones en los blogs me parece francamente mistificador, entre otras cosas porque los comentarios en los blogs oscilan entre numerosos estados de ánimo e incluso a veces rozan el delito: difamaciones, insultos varios, vomitorios para gente que prefiere por cobardía el anonimato al noble ejercicio de dar la carta, elogios palurdos, intentos de hacerse notar, voluntad manifiesta de hacer la pelota, etcétera.

           De forma general considero que el discurso funerario sobre la crítica está, desde que comenzó a pronunciarse, obsoleto. Si además sale de la pluma o la boca de un crítico es un signo delirante inequívoco. Hay que tomar una decisión clara a la manera wittgensteiniana: quien tenga que decir algo que dé un paso al frente. O recordar, por citar al santo patrón de la crítica moderna, a Baudelaire: la crítica es parcial, apasionada y política. En tiempos de incertidumbre y crisis adquiere también el carácter de algo decisivo y necesario.

     

    Francisco Calvo Serraller: Si alguien prefiere los comentarios del blog a las palabras del crítico profesional es paradójico, porque es lo mismo. La crítica es un espectador que juzga la obra. Una obra es la conjunción entre el artista y alguien que lo juzga, lo aprecia. Puede hacerlo en silencio, o con un comentario entrecortado como “¡qué bonito!”, y lo puede apreciar de forma razonada. Sin crítica no hay arte. Nadie produce algo para que no sea visto.

           Ahora bien, ¿cómo son los críticos profesionales? Como entre los artistas, los hay excelentes, buenos, regulares y malos. Y es cierto que abundan más por abajo, como los artistas, que normalmente no son genios. La importancia del crítico nunca la mide el artista, la mide el público. Los críticos hacen cosas por el público, pueden coger e insultar a un artista de manera cruel y disparatada para hacerse famosos.

     

    Robin Cembalest: ¿Por qué ha de considerarse una visión crítica? Tal vez los comentarios sean positivos.

     

    Vicente Verdú: Ciertamente quedan críticos buenos, pero hay otros muchos que carecen de criterio personal y siguen el curso que mandan las modas y que desdichadamente ahora son tan arbitrarias y erráticas como desprovistas del menor interés por el arte.

     

     

    2. Por definición la crítica es un género de opinión, que no debe solo contemplar, sino que ha de pronunciarse de alguna manera, entrando en juego la mirada subjetiva del crítico. Según usted, ¿cómo es una buena crítica de arte?

     

    Fernando Castro Flórez: Aquella que dice lo que piensa, esto es, la que no escamotea lo que acontece con retóricas infumables. El crítico tiene una tarea profesional que es también una moral de combate. No sirve de nada querer ser lo que suele llamarse un “bienqueda”, para eso están los bares o el autobús. Una crítica que merece la pena leer hasta el final es aquella que, desde una perspectiva filosóficamente nihilista, sospecha de las evidencias, aparta el humo de la actividad pirotécnica y muestra tanto el contexto político e institucional de las obras cuanto aclara el funcionamiento significativo e ideológico de lo comentado, sin perder nunca de vista que hay que evitar el dogmatismo tanto como la banalidad que a veces es el ejercicio de la mera descripción. No me interesa nada el tono “pseudo-poético” y detesto a los que tan sólo tiran de currículum. Obviamente no faltan los trapaceros que se contentan con copiar notas de prensa y aquellos que desconocen que escribir crítica requiere de una autocrítica rigurosa que sea capaz de entender que pensar es hacerlo con estilo.

     

    Francisco Calvo Serraller: Para mí una buena crítica de arte se da cuando el crítico establece un diálogo apasionado con una obra y sabe expresarlo. No entiendo que alguien haga una crítica sobre lo que no le gusta. Me parece ridículo dedicarse a insultar cosas que no te gustan, una pérdida de tiempo. Me parece mejor dedicarse a algo que a uno le gusta y le interesa, y luego saber escribirlo. Estamos hablando de escritura. Una buena crítica es aquella donde el crítico se siente muy excitado por una obra, muy motivado, y alcanza a expresar esa impresión al lector, o al oyente, que también hay crítica oral.

     

    Robin Cembalest: Debe fluir tan suavemente como una novela, estar tan claramente escrita como un libro de texto, contener una opinión firme, y proporcionar a los lectores un camino para crearse la suya propia.

     

    Vicente Verdú: No nos preguntaríamos lo mismo si se tratara de criticar el cine. Todo crítico es un sujeto sujeto a su subjetividad y de ahí que se apasione con lo que ve y odia o estima. En el arte debería ocurrir igual, pero si cada vez hay menos ejercicio de un gusto profesional, personal, inteligente e independiente, en el arte es el acabóse.

     

     

    3. ¿A qué riesgos se enfrenta un crítico de arte, cuáles son las posibles presiones, o las tentaciones? ¿Cree que se ejerce hoy en día la crítica con libertad?

     

    Fernando Castro Flórez: El mayor riesgo es ser un vendido (algo en lo que se cae con facilidad si uno carece de principios salvo del de medrar y conseguir sacar pasta, aunque no sea mucha, a velocidad de vértigo) o devenir un mediocre (a veces ya lo es uno por desdicha). Como cualquier otro ejercicio de poder, en este caso institucional-mediático y discursivo, el crítico puede llegar a considerarse indispensable y a ignorar que su posición debe ser semi-clandestina y así imponer una distancia frente a todos los “ritualismos” que finalmente son un pantano.

           Muchos tienden a sostener que tan sólo existe la censura y la imposibilidad de decir lo que toca, pero yo no puedo compartir, de ningún modo, esa opinión. Hablo desde mi experiencia de más de veinte años escribiendo en revistas de arte y el los suplementos culturales de los periódicos principales de España (El País, Diario 16, El Mundo, El Independiente, El Sol y, desde los años noventa, en ABC): no he sido censurado en ningún medio en el que he colaborado, he tenido toda la libertad que he sido capaz de ejercer, no he querido introducir en mi mente el peor de los peligros que se llama autocensura.

     

    Francisco Calvo Serraller: La crítica tiene la restricción del medio. Si un periódico no deja espacio para la crítica, no la hay. La fama la construyen los medios, no los que opinan. Es el poder mediático. Si de repente un periódico de gran tirada promociona a un artista, se consagra, diga lo que diga la crítica. Y esto se ha visto muchas veces. El crítico en sí mismo es un “pobrecillo”, como otro cualquiera, que da una opinión. En el terreno de las artes plásticas (ahora visuales) es complicado traducir un lenguaje mudo a palabras. Hay que tener cualidades para que esto funcione, hay que ser un gran escritor.

     

    Robin Cembalest: Algunos críticos sienten la presión de ser “amables” todo el tiempo, mientras que otros se esfuerzan en escribir reseñas desagradables porque piensan que así captarán más atención.

     

    Vicente Verdú: Un crítico con poco fuste en su gusto es pan comido para galeristas, marchantes y logreros. El buen gusto se tiene o no, pero se multiplica y se hace valer cuando se estudia, se ve, se compara y se sigue a los maestros del oficio no a los oficiantes de esta ceremonia tan confusa en el valor intrínseco como rentable en el valor del negocio, el espectáculo y la complicidad de no pocas instancias con autoridad tradicional que se lucran con su posición de poder y la ignorancia del público, previamente aturdido.

     

     

    4. ¿Qué hay de bello y de noble en la crítica de arte? Si tuviera que defenderla, ¿qué diría?

     

    Fernando Castro Flórez: Son demasiado épicos los términos de bello y noble cuando se aproximan a la disciplina de la crítica de arte. Por otro lado no he pensado nunca en defenderla, como si fuera una posesión o una princesa de cuento medieval: la crítica funciona, valga esta perogrullada, cuando se ejerce con honestidad y rigor. Solamente puedo decir que hago crítica de arte porque cuando veo obras lo que quiero es escribir, se trata de un impulso primordial que a veces tiene que ver con la indignación o con la admiración, puede surgir de la completa perplejidad y del deseo de entender algo enigmático o bien de un intento de reaccionar frente a algo que era sencillamente mortecino e incluso digno de ser olvidado. Se trata de una pasión rarísima y venenosa, de una actividad que es casi de guerrilla textual, en la que toda situación “nobiliaria” se va al traste en beneficio de una comunidad inconfesable: la de aquellos que piensan que todavía es posible discutir, llevarse la contraria y, finalmente, aceptar que uno nunca tiene la razón.

     

    Francisco Calvo Serraller: Es bella si está bien escrita y además estimula al lector a contemplar algo. Eso es lo que tiene de mejor, y ese es el sentido que tiene, que alguien te lleva a admirar una obra, la invitación a ver algo.

     

    Robin Cembalest: ¿Acaso hay que defenderla? ¿Defenderla de qué?

     

    Vicente Verdú: Que puede llegar a ser un arte y un arte difícil si se ejerce con honestidad, preparación y sentido del ridículo.

     

     

    5. ¿Cuál cree que es la influencia de la crítica en el mercado del arte?

     

    Fernando Castro Flórez: Espero que esté más allá del régimen de las influencias, salvo de aquellas analizadas por Harold Bloom en su análisis de la angustia de los epigónicos con respecto a los precursores. Escribimos con la esperanza de que alguien nos lea y de entrada ya lo hace el mismo crítico que ha sido capaz de plasmar sus pensamientos. Nunca he intentado o pretendido que una galería venda más o menos, ni tiene sentido promocionar a un artista como si la misión de la crítica fuera hacer marketing directo. A veces surgen rumores de que un artista ha sido “muy perjudicado” pero seguramente no han tomado en consideración que ciertos espectadores también lo fueron por obras penosas que no aportaban otra cosa que una prodigiosa pérdida de tiempo. Mercado y crítica deberían, en todos los sentidos, circular por caminos paralelos que no se encuentran ni siquiera en el infinito.

     

    Francisco Calvo Serraller: Mi experiencia personal, aunque nadie me lo toma en serio cuando lo digo, es que es casi nula. La gente ojea las revistas culturales de los periódicos, mira los titulares, ve las fotos y poco más. La crítica la lee la “víctima” y sus allegados. El lector a lo mejor ve una exposición a la que se le da mucha importancia y piensa: “esto hay que ir a verlo”. Creo que la crítica no la lee casi nadie, o una pequeñísima minoría a la que le interesa el arte. A la gente le gusta divertirse, va a una exposición como aquel que va a ver una película o a merendar; no se plantea esto de forma intensa y dramática.

     

    Robin Cembalest: Creo que depende de la situación. Algunos de los artistas más valorados en el mercado, como Koons o Hirst, no son queridos por la crítica.

     

    Vicente Verdú: La crítica por sí sola no sería de gran influencia. La bomba atómica se consigue cuando se junta en complicidad el curator, el director de museo, el galerista y la crítica.

     

     

    6. Ya llega ARCO, ¿qué les diría a quienes sostienen que gran parte del arte contemporáneo es una tomadura de pelo?

     

    Fernando Castro Flórez: Lo primero y decisivo es que se palparan la parte superior del cráneo para ver si la alopecia había ya completado su destino. En mi caso no puede darse tal “tomadura”. En serio (aunque pienso que nunca puede escribirse crítica sin una dosis oportuna de humor) los que piensan que el arte es un completo fraude son como aquellos que tienden a decir que en el fondo todos los vinos son iguales y que los muy caros son solamente para snobs que quieren “distinguirse” de la gente común que es sabía por naturaleza. Lo único que salva a un ignorante de su estado es la educación y la actitud desprejuiciada.

           La práctica del arte, la sistematización de la historia del arte y el ejercicio de la crítica son trabajos y disciplinas con densidad conceptual y vocabularios, técnicas e instituciones, sobre los que parece que puede opinar quien le dé la gana porque, como dice el topicazo, “sobre gustos no hay nada escrito” (a pesar de que las estanterías de estética, por ejemplo, en las bibliotecas, no están vacías de libros fundamentales) lo que legitima a proferir a los cuatro vientos cualquier chorrada que a uno se le ocurra. Salvo a un idiota o a un entrometido (a veces coinciden en todos los rasgos) a nadie se le ocurriría perorar sobre mecánica cuántica, química, derecho canónico o psicoanálisis, sin embargo, el entrometido cabalmente ignorante tiene patente de corso en cuestiones estéticas. Hace mucho que desistí del ejercicio, semejante a la tarea de Sísifo, de convencer de algo a un dogmático que solamente pretende imponer su desconocimiento en la forma de relativismo cultural.

           Así que si no quieren ir a ARCO que no vayan, pero sobre todo que no conviertan eso en motivo para hablar de su pelambrera o de lo frustrados que están. Lo peor de todo son aquellos tertulianos, columnistas y otras especies arbóreas que tienen la costumbre ritual de repetir, a mediados de febrero, aquello de que el arte y especialmente el del gran bazar que ARCO supone, no aporta otra cosa que chatarra, tontería y “tomadura de pelo”. Esos pobres “todólogos” no tienen remedio, ni con crecepelo, ni con el mítico Ciripolen. Para terminar, mi pequeña divagación capilar, quiero recordar que la Cantante Calva sigue peinándose, tal y como apuntara Ionesco, como de costumbre.

     

    Francisco Calvo Serraller: Yo creo que la única tomadura de pelo que hay en la vida es cuando tú te quieres tomar el pelo a ti mismo y te lo cortas o te lo pones al cero. Si no, no entiendo que a uno le puedan tomar el pelo. Imagina que vas de compras y ves unos zapatos horribles y los compras porque te dicen que son muy buenos, o que son muy bonitos. En realidad, te estás tomando el pelo tú a ti misma.

           Lo que sí ocurre es que algunas de las cosas que se promocionan no son las mejores, ni las que más perduran. Lo que se promociona en la actualidad no es todo lo que hay, y tal vez no es lo mejor. Pensar que lo que tiene más fama no es lo mejor no quiere decir que sea una mierda. Con el tiempo se van ajustando las cosas. En el siglo XVIII trabajaban en Europa Occidental ocho mil o nueve mil artistas. Ahora hay nueve millones. Hay tal cantidad de arte hoy que es más difícil abarcarlo y hacer una calificación clara. Pienso que no hay más ni menos genialidad que en el pasado. Las cosas geniales son muy pocas, las excelentes, alguna más, y lo que más abunda es, vamos a decirlo así, lo mediocre.

     

    Robin Cembalest: Tal vez apuntaría que todo el mundo es libre de asistir o no a ferias y galerías de arte.

     

    Vicente Verdú: Que una gran parte del arte contemporáneo es una tomadura de pelo.

     


     

    Barcelona, febrero, 2011. Paloma Torres es periodista. Su último artículo en FronteraD se titulaba El periodismo lento, una encuesta sobre los suplementos literarios de los periódicos.

     


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