La escritura siempre ha sido (y será) una tecnología

Xavier Gómez Muñoz

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En el principio era el verbo

 

Decir que la especie humana es, básicamente, las historias que se ha contado a sí misma no es exagerar. Historias de ficción –siempre basadas en lo real– y verdaderas –de existir tal cosa– pero a fin de cuentas historias. Y es que únicamente mediante el acto narrativo, el ser humano ha logrado darle un sentido, que en verdad no existe, a su paso por el mundo.

 

En La especie fabuladora, Nancy Huston reflexiona sobre la relación entre el homo sapiens y las historias. La nuestra, dice, es la única especie consciente de que algún día morirá y esa certeza le lleva a percibir su existencia como un “trayecto dotado de sentido (dirección y significado)”. Así entendida, la vida es un conjunto de acciones que transcurren en el tiempo, con un inicio, un desarrollo y un fin. Es decir, un relato. Los niños van formando su yo, dice Huston, a través de relatos. Y también los adolescentes y adultos. O, dicho de otro modo, no es solo que al ser humano le gusta contar historias, sino que las historias que nos contamos hacen lo que somos.  

 

Y entonces aquella frase del Evangelio[i]: “en el principio era el verbo… y el verbo se hizo carne” se entiende distinta. En un momento incierto de la historia el homo sapiens aprendió a hablar, hizo parte de su naturaleza el lenguaje y se distanció del resto de animales. Se convirtió, diría Desmond Morris[ii], en el animal humano.

 

El desarrollo del lenguaje seguramente no le fue fácil, tuvo que pasar por mucho. Pero una vez logrado, y en un proceso de miles de años, apunta Walter Ong en Oralidad y escritura, esa vocecita que “escuchamos” cuando pensamos o leemos, que se propaga por el aire cuando hablamos y se materializa mientras escribimos, ha alterado de manera profunda, como ninguna otra invención, la consciencia humana.

 

Por eso hay que ir con cuidado de las historias que nos contamos: ficciones de príncipes y princesas, de amor romántico, melodramas, pornografía, de machos de acción, de héroes y villanos planos, de sueños americanos –o europeos–, de sacrificio y redención luego de la muerte…, más de uno se ha tomado en serio esas y otras ficciones.

 

 

Del habla y algunos soportes

 

Todo el mundo sabe –y si no al menos lo intuye– que el habla es la primera y más importante expresión de una lengua. Desde el inicio de los tiempos, las sociedades han sido sobre todo orales, pese a que en algunas culturas ya se habían desarrollado ciertas formas de escritura. Solo así se entiende la importancia que le daban –por ejemplo, los griegos– a la retórica o “el arte del buen decir”: eran tiempos en los que el saber no se buscaba en los libros; se escuchaba.

 

La antigüedad empezó con la invención de la escritura. Escribir significa, dice Ong, aislar el lenguaje –que es sobre todo oral– de su entorno natural, separarlo del caos y elementos que conforman la realidad en un proceso más ordenado que el del habla y condicionado por técnicas compositivas y experiencias propias o documentales. Pero también significa plasmarlo sobre un soporte. Aquella separación del mundo físico –y de su autor, si se quiere– estimula cierta capacidad reflexiva y otros atributos que hacen de la escritura, y particularmente del libro –incluso hoy en día–, la principal ruta de acceso al conocimiento.

 

En Una historia de la lectura, Alberto Manguel explica que el ser humano tuvo primero que crear un sistema de escritura y luego aprender a interpretarlo. Pero de ahí en adelante, dice, el proceso ha funcionado a la inversa: cuando niños aprendemos primero a leer y después a escribir. Se pueden leer señales de tránsito, un libro, la gestualidad de un rostro y una mirada, la postura de un cuerpo y su estado de ánimo, pasajes en vitrales de iglesias o cuadros, también silencios, espacios en blanco, ilustraciones, diagramas y estadísticas, símbolos matemáticos, música, el estado del clima, ciertos lenguajes de programación... Leer es, para Manguel, un ejercicio de interpretación cultural que se da a través de los sentidos. La vista, se sabe, es el principal de los sentidos pero no el único que sirve a la lectura. Se puede leer con los dedos –el sistema braille, por ejemplo–, con los oídos –los audiolibros– y hoy en día se discute sobre la experiencia sensorial que implica leer en papel.

 

El primer soporte de la escritura del que se tiene registro –ya en el cuarto milenio previo a la era cristiana– son unas tablillas de arcilla hechas por los sumerios. Luego se han creado muchos otros, desde los jeroglíficos de los egipcios y los mayas y el sánscrito en la India hasta rollos de pergamino, el papiro, el papel y los procesadores informáticos de palabras. La escritura siempre ha dependido del desarrollo de las culturas y su tecnología. Es más: la escritura es, en sí misma, dice Ong, una tecnología que el ser humano ha interiorizado, por eso a muchos se les hace tan natural hoy en día.

 

Cada tecnología precisa de herramientas o instrumentos específicos, del dominio de una técnica y, en el caso de la escritura, de un soporte. Con herramientas rudimentarias los sumerios registraban pictogramas (símbolos que expresan un concepto u objeto) sobre pedazos de arcilla. En la antigüedad, escribas y copistas plasmaban con pluma transacciones comerciales y acontecimientos relevantes en rollos de papiro o pergamino y, después, en códices o manuscritos encuadernados –he ahí una forma original del libro–. El orfebre alemán Johannes Gutenberg desarrolló los tipos alfabéticos móviles –la impresión de pictogramas y palabras completas ya existía en las culturas orientales de los siglos VII y VIII– e hizo posible la reproducción masiva y propagación del libro a partir del siglo XV. Pero el invento de Gutenberg, señala Ong, significó también la materialización del lenguaje oral y el conocimiento en un nivel superior al que le otorgaba la escritura a mano: la impresión hizo del libro un objeto.

 

Patentada en 1829, la máquina de escribir y el bolígrafo, a partir de la década de 1940, también provocaron revoluciones en la escritura. En la Era Digital ya se aprecian los efectos de las nuevas tecnologías, por ejemplo, en la caligrafía de quienes escribimos cada vez menos a mano, en el uso de emoticonos, abreviaturas, siglas, símbolos alfanuméricos, mezclas de idiomas y otros elementos expresivos en la escritura informal, y qué decir de la corrección ortográfica en chats y redes sociales.

 

 

Tecnologías de la escritura

 

Si las tecnologías son extensiones del cuerpo y la mente, como señala Marshall McLuhan en Comprender los medios de comunicación, la escritura es una prolongación del aparato fonador –del habla– y el cerebro –del pensamiento–. McLuhan y Ong coinciden en que las tecnologías son capaces de alterar nuestra cultura. “Formamos herramientas y luego éstas nos forman”, dice el primero. Y Ong agrega: la escritura es “la tecnología que ha moldeado e impulsado la actividad intelectual” del ser humano.

 

En Lenguaje y nuevas tecnologías, Julia Lavid señala que las tecnologías de la escritura actuales son capaces de “reconocer, analizar, interpretar y generar lenguaje”. Incluso han incorporado recursos que antes no estaban contemplados, como el acceso prácticamente ilimitado a fuentes de consulta en internet, procesadores electrónicos de palabras que facilitan la edición, la ortografía, el copiado y pegado, traductores de idiomas y sistemas de almacenamiento, publicación inmediata, difusión y etiquetado o clasificación –hablemos del hashtag, por ejemplo–, entre otras innovaciones.

 

Así las cosas, no es raro que en un proceso condicionado por los cambios de la tecnología se produzcan nuevos hábitos, representaciones y estilos. Lo dice Richard Sennett en El artesano: existe un “diálogo” entre el pensamiento y lo que el productor especializado hace con las manos; ese diálogo evoluciona, se convierte en hábitos y mediante repeticiones dadas durante los procesos creativos y de aprendizaje se transforma en habilidades. “Cuando una persona desarrolla una habilidad, lo que repite cambia de contenido”, argumenta el autor. Le pasa al orfebre que trabaja con sus metales, al carpintero que da forma a la madera, al pintor y su obra y, por supuesto, al artesano de la palabra y la escritura.

 

Producto de las tecnologías del lenguaje actuales las principales alteraciones se han detectado sobre todo en la escritura de jóvenes y adolescentes, y no han faltado académicos e intelectuales que han advertido sobre las consecuencias del constante copiado y pegado de información y sobre los riesgos de trasladar la memoria humana a las máquinas: aquello perjudicaría a la inteligencia, dicen. Pero lo cierto es que aquella discusión viene desde la Grecia Clásica –alrededor de 400 años antes de Cristo–, cuando Sócrates y su discípulo Platón se oponían –la paradoja es que Platón lo hizo mediante escritos– a la escritura: una ayuda para la memoria o para trasladar físicamente el lenguaje –en la antigüedad las culturas eran sobre todo orales, ¿recuerdan?–, a quien estaba ausente.

 

En la otra orilla están estudios como los de Octavio Henao y Doris Ramírez[iii], que muestran cómo los procesos de aprendizaje mejoran gracias a estas tecnologías puestas a favor de la escritura. Y entonces surgen ciertas preguntas: ¿en los procesos de educación inicial se enseña a escribir para desarrollar capacidades expresivas o para demostrar conocimientos y tomar apuntes –tomar notas no es lo mismo que escribir–? ¿El desarrollo de destrezas compositivas aclara el conocimiento y aporta al proceso de aprendizaje? ¿Las campañas y todo tipo de acciones orientadas a cultivar los hábitos de lectura podrían complementarse con campañas de escritura? ¿Personas que escriben forman sociedades que leen?

 

En cuanto a la escritura, digamos, profesional –formal, artística o académica–, los cambios suscitados por las tecnologías actuales quizá aún no se muestren demasiado marcados. Sin embargo, el crecimiento de la cultura digital hace cada vez más necesario estudiarlos. Después de todo, si en el lenguaje habita una parte esencial de la consciencia humana, sus narrativas podrían esconder ciertas claves.

 

 

 

 

Xavier Gómez Muñoz (Quito, Ecuador, 1982), como periodista de planta y freelancerha colaborado con varios diarios y revistas, entre ellos, Soho Ecuador, Mundo Diners, Cartón Piedra, El Comercio y Hoy. Especializado en la elaboración de crónicas, reportajes y entrevistas, formó parte de la antología de crónica contemporánea La invención de la realidad. En Ecuador ha editado revistas y libros sobre turismo, inversiones, gestión pública… Tiene un máster en Periodismo Multimedia y cursa estudios doctorales en la Universidad Complutense de Madrid. Algunos de sus trabajos recientes se leen en su blog xaviergomezmunoz.wordpress.com En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, La vieja crónica se encontró con internet. Historia de un géneroEl extorero antitaurino. Relato del colombiano Álvaro Múnera7,8 grados en la escala de Richter. Historia del terremoto en Ecuador y Esa voz en mi cabeza. Una historia de esquizofrenia. En Twitter: @xavogomez  

 

 


[i] Juan 1:14

[ii] Autor de El Animal Humano

[iii] Autores de Impacto de una experiencia de producción textual mediada por tecnologías de información y comunicación en las nociones sobre el valor epistémico de la escritura. 

 

 

*Este texto es parte de los estudios de doctorado que realiza el autor. Una primera versión fue publicada en la revista Cartón Piedra, del diario El Telégrafo de Ecuador.

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