Barrio copto de El Cairo. La Iglesia Colgante. Foto: Marc Javierre

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    Facebook d. C.

    Jesús Martínez Fernández - 19-05-2011

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    Fuad y Assouf se conocen desde hace menos de cinco años. Realmente no se llaman así, pero prefiero usar un nombre falso. Se han hecho amigos hablando castellano. Naturales de Egipto, han estudiado en el Instituto Cervantes de El Cairo y en la Facultad de Elalsun de la Universidad de Ain Shams. Con 19 y 20 años, respectivamente, trabajan en un puesto de venta de postales y recuerdos típicos (esfinges de caliza en miniatura, la diosa Bastet enervada en una escultura de obsidiana, réplicas de iconostasios) en el barrio copto de El Cairo, en un pasadizo entre la capilla de Santa Bárbara y el monasterio de San Jorge, rodeadas por una verja tras la cual comienzan las incursiones por las casas colindantes, decoradas con biombos de madera tallada. Ellos han encontrado en la red social Facebook una manera de desahogarse y de reivindicar sus diferencias.

           Fuad y Assouf, cristianos coptos, pertenecen a esa minoría religiosa que el Estado egipcio reconoce con cortapisas, a pesar de que la Constitución establece la libertad de creencia y su práctica (“Egipto es un Estado democrático basado en el principio de la ciudadanía”, artículo I). “No hay estadísticas oficiales de los coptos en Egipto”, asegura Assouf, un chico tímido, aventajado, con gafas, algo enclenque, con la mirada de una figura tanagra, bondadosa, tan penetrante que parece que ha sido contaminada con clembuterol.

           Según algunas páginas de internet, la cifra ronda los ocho millones de seguidores, la mayoría devocionarios practicantes, aunque Fuad y Assouf mantienen que 15 millones de egipcios profesan este rito. Marginados en una sociedad musulmana que mira con cierto recelo otros credos (la sinagoga de Chaar-Hachamaim, en la calle de Adly, está custodiada por una tanqueta de la Policía Central de Seguridad, con uniformes negros y Kalashnikov terciado, detrás de una valla protectora de acero), los coptos se enorgullecen de su pasado, que miman y que tratan con respeto, y refuerzan sus rasgos propios que les identifican.

           Fuad y Assouf se han tatuado una cruz griega entre el dedo gordo y el índice de la mano derecha. “Casi todos los coptos estamos tatuados, así nos reconocemos entre nosotros”, habla y enmudece Fuad, bajito, astuto como un tejón, el primer varón de una familia extensa (un hermano peluquero, más pequeño que él, y cinco hermanas casadas o con un pie en el altar), que baja la voz en medio del puente parisino de Asr el-Nil, sulfurado porque el siroco no lleve sus palabras a oídos de los leones del jedive Ismail que custodian la entrada. Fuad y Assouf, en El Cairo islámico y oficial, tienen un montón de preguntas que nadie les sabe responder, y que jamás se han planteado formular delante de su círculo de amigos (ellas, con velo o con niqah; ellos, incapaces de cuestionar los dogmas). Es en Facebook donde pierden la vergüenza.

     

     

    A. ¿Hay represión en Europa?

     

    En julio pocos se van a las playas de Sharm El Sheik. Para Fuad y Assouf supone el primer mes en el que trabajan, en una tienda de souvenirs con cielo de paja y adobe, bajo un sol sofocante y de cuarcita, justiciero, demoledor. Creen que su jefa les pagará 700 libras egipcias (más o menos, unos 70 euros al cambio), un buen sueldo por muchas horas de engatusar al turista y de hacer que toque la mercancía. “Where are you from? Where are you from? English? Italian? French?”, ametrallan con la estela de vocabulario de su economía crítica, la frase que más repiten. Se levantan a las seis de la mañana y terminan el turno a las seis de la tarde. Comen con los dedos el Ta'Miya, de varios condimentos, y amodorrados por el calor insoportable, se recuestan hasta las primeras horas de la noche, cuando empieza la vida.

     

     

    B. ¿Se ha de llegar virgen al matrimonio?

     

    Fuad se va a mear cada vez que se bebe un vaso de zumo de caña de azúcar (asab), que compra por dos libras egipcias (0,20 euros) en un puesto callejero en la plaza de Tahrir, el bullicioso centro de El Cairo. Aunque bien podría mear en la calle, como hace más de uno a la salida de la estación de Nasser del metro, él prefiere para hacer sus necesidades lo más parecido a un restaurante (espacios abiertos al aire libre con mesitas de cobre y narguiles), al otro lado de la mezquita de arcos lobulados y del edificio estatal Mogamma, en el que se gestionan trámites burocráticos con la velocidad de un caracol. Se acaba de ‘graduar’ (licenciarse) en Filología Española, idioma que escogió por lo bien que le suena. Con un dominio asombroso del lenguaje (entiende que la siesta, la más de las veces no pasa de ser un duermevela) si lo medimos con los años que lo ha estudiado (no más de seis), alaba a la selección española, campeona del Mundial de Fútbol de Suráfrica, y se queda boquiabierto recordando los altos índices de muertos en carretera cada fin de semana en España (“sigo el Telediario de TVE por satélite”; los tejados de los edificios de la capital se han cubierto de un manto de parabólicas, cuyas antenas apuntan al Emirato de Qatar —sede de la cadena de televisión Al Yazira— y a la BBC).

           Fuad se queja de las pobres pensiones que cobran las personas mayores en Egipto (“mi padre recibe una paga de 120 libras por mes [no más de 20 euros]. ¿Se puede vivir con esto?”). Él asume que es el intelectual de la casa, aunque le duele no encontrar un trabajo de traductor o algo similar en el que aplicar sus conocimientos. Le gustaría visitar España, y pregunta por las listas de parados, al tanto de la desastrosa situación laboral provocada por la crisis económica global. Crítico con la realidad de su país (“hay mucho ladrón”), comprende que los gobiernos municipales de muchos estados de la Unión hayan aprobado resoluciones para prohibir el uso del burka en las instituciones públicas, aunque él quita importancia a la “mujer tapada” porque se considera una tradición arraigada (los escaparates de las vías principales de la ciudad, como Talaat Harb, se han convertido en expositores monocromáticos en los que predomina el negro apocado de los trajes largos de una pieza, con un velo sombrío que sólo deja ver los ojos negros pintados con purpurina y coloretes lilas).

     

     

    C. ¿Están perseguidos allí los homosexuales?

     

    Assouf tiene un hermano que se llama igual que él. Interrogador suspicaz, cursa tercer año de español de la escuela de idiomas. Continuamente hace mención a su profesora Laura, una andaluza que vivió unos años en Barcelona para luego bajarse al Mashreq. Perspicaz, curioso, afable, con un afán desmesurado por aprender nuevas palabras (consenso) y frases populares que desconoce (“no veo un pijo”), aunque a veces solucione a su manera los problemas con la lengua: “Yo tengo una amadora, una chica con la que salgo y con la que voy a pasear al parque [de pago, por dos libras egipcias, para evitar que entre “la chusma”, según la guía Lonely Planet]. No es una amante ni una novia, sino una amadora”. Se pierde por las callejuelas medievales de la ciudad (con un área metropolitana en la que se hacinan 24 millones de almas), puesto que es originario de una población del delta del Nilo, y no tiene reparos en incordiar a diestro y siniestro para preguntar por las direcciones de lugares tan próximos como lejanos (caminar supone esquivar una continua serpiente de mercaderes ambulantes —babuchas sin su pareja, ruecas para el ventilador, mazorcas de maíz asadas, especias como el cilantro y las hebras de azafrán…—).

          Sueña con viajar a España, a Andalucía, que conoce por libros de historia y por una tesis antigua que corre entre los estudiantes de su edad (“tengo una tesis en la que dice que en España hay muchas partes que se quieren independizar”). Por ello mira en los tablones del centro en el que se cuelgan las becas de movilidad para formarse en el extranjero (se las apunta en un papel sucio que podría pasar por un papiro). Desinteresado hasta que se muestra reticente sin motivo aparente, circunspecto y recatado (“¿por qué estás interesado?”), todo lo resuelve con esta fórmula de conveniencia que le sirve de aforado introito: “Te voy a responder a esa pregunta…”. Atado a la moral, virtuoso y con una seriedad precoz, sólo se ha ido de fiesta a una discoteca una vez en su vida, cuando cumplió 18 años. Su padre, profesor de Filosofía, le dio permiso para salir hasta las tantas. En taxi (amarillos, alocados, temerarios, sin control ni taxímetro) recorrieron la calle de Al-Giza parando en los locales en los que pinchaban a Sherine y bebieron cerveza sin alcohol marca Birell.

     

     

    D. Y ¿es verdad que se puede no bautizar a los hijos?

     

    Fuad y Assouf venden bagatelas en el puesto callejero del barrio copto, en el que algunos agentes de la Tourist Police pedirán su remuneración por la información facilitada: “A la derecha, la sinagoga de Ben Ezra; recto, la iglesia de San Jorge, con la cueva bajo el altar, donde se refugió la Sagrada Familia… Un premio por mi servicio, por favor”.

          Un minibazar con cofrecillos de nácar y adornos taraceados, bustos de Nefertiti, postales envejecidas prematuramente (de la presa de Asuán y de la pirámide de Saqqara) y libros desfasados de Abu Simbel (algún kiosquero cercano ofrece panegíricos de Sadam Husein)…  

           Para escapar del fundamentalismo religioso y del terrorismo islamista, estos dos chicos, que se relacionan entre ellos como si fueran primos, se han abierto una cuenta en Facebook, y allí dan rienda suelta a su imaginación, contactando con personas de medio mundo, y se expresan sin sospecha ni resquemor, y cuelgan las fotos tomadas con sus teléfonos móviles (varias de ellas, con el Nilo de fondo, con o sin falúas).

           “Si quieres, te agrego como amigo”, me solicitan, sin saber que me borré de este entramado virtual (amigos que sólo te saludan en la red y que nunca antes te habían felicitado el cumpleaños). De sus direcciones de correo en Facebook sobresale esta palabra escrita en inglés, ubicada en el centro de todos sus mensajes, bravos y breves, sinceros y con la compresión del centeno: “Love”.

     

     

    E. Coda de Emr Emam (editor de The Egyptian Gazette)

     

    “Las tensiones étnicas entre los musulmanes y los cristianos en Egipto suceden a gran escala, y aún así son un fenómeno nuevo en nuestra sociedad. Egipto se ha caracterizado siempre por ser un país muy tolerante. Esta historia comienza cuando muchos compatriotas viajaron al Golfo Pérsico en busca de trabajo y regresaron un tiempo después a sus casas; algunos de ellos se trajeron consigo la intolerancia wahabí del islam.
          Los coptos de Egipto afirman que no son tratados igual que los musulmanes del país, que representan a más del 90% de la población. Algunos arguyen que los coptos no tienen libertad para construir nuevas iglesias o para renovar las actuales parroquias.
            Creo que parte del problema se reduce a la naturaleza de la educación que se da a nuestros niños en las aulas de la nación. Algunos libros de texto escolares fomentan la división. Otros describen a los no musulmanes como infieles.
           Al mismo tiempo, a veces, los predicadores de las mezquitas llenan los corazones de los creyentes con odio, cosa que también hacen algunos sacerdotes de la iglesia cristiana. A esto cabe añadir la creciente penuria económica de los egipcios, cuyo bienestar ha disminuido considerablemente. Muchos licenciados del país no encuentran trabajo, mientras que otros hacen trabajos que no tienen nada que ver con los estudios que han recibido. Esta es una de las razones que hay detrás de la tensión y los conflictos”.

     

     

     

    * Jesús Martínez Fernández es periodista. En FronteraD ha publicado Postales de la Gran Barcelona y El Gran Houdini y el clan de los Jodorovich

     

     


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