Cortesía Nazareth Castro

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    Una flor en medio del asfalto

    Nazaret Castro - 05-05-2010

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    Una golondrina no hace verano, pero puede despertar al bando entero”, suele decir Binho. Él es una de esas golondrinas. Ese ímpetu suyo, esa calidez en el encuentro, han atraído a decenas de nuevos poetas al sarao -en portugués, sarau- que, llueva o truene, se celebra cada noche de lunes en su modesto bar en Campo Limpo, un barrio de la periferia sur de São Paulo. Esa megametrópoli de veinte millones de habitantes ostenta el dudoso honor de encontrarse entre las más desiguales del planeta. Una urbe donde barrios acaudalados, rodeados de seguridad privada conviven con un millar de favelas que se concentran en la vasta periferia.

           “Todavía no sé quién soy, pero mi nombre es Robinson, que dicen que significa ‘hijo de Robin’, aunque mi padre se llamaba Joaquim”, bromea Robinson Padial, alias Binho, en la biografía inacabada de su libro de poemas, Donde Miras. Dos poetas y un camino, que comparte con su amigo Serguinho Poeta. Su apodo le quedó del eco del cariñoso diminutivo materno Robinho. Hoy, a sus 45 años, contagia un optimismo romántico teñido de sentido común: “Que tantas personas interrumpan las prisas de la vida cotidiana para escuchar una poesía, en una ciudad como esta, es casi como encontrar una flor en medio del asfalto”.

           Apenas un escalón, un escenario sutil que capta la atención del público sin crear distancia. Binho interpela, indaga, sonríe, alienta, atiende con ese don suyo de saber escuchar, con esa sabiduría tan genuina en la mirada. Es el líder que huye del liderazgo, la voz que sólo pretende colocar el micrófono frente a los otros, los que salen a escena. A ambos lados, sencillas estanterías albergan una sucinta biblioteca. Préstamos a fondo perdido que atraen también la solidaridad de los donantes. Algunos libros, folletos, papeles, poemas desperdigados sobre las mesas de madera del bar, que se jacta con ironía de tener “el peor pastel -un clásico de la comida rápida brasileña- de São Paulo”.

           “¿Quién quiere salir ahora?”, pregunta Binho una vez se calman los aplausos a la intervención anterior. El suyo tiene fama de ser el más anárquico de los saraos de Sampa -como llaman a su ciudad los paulistanos- pero mantiene un esquema similar al que han adoptado ya decenas de espacios, casi todos en butecos -sencillos bares de barrio-: participaciones espontáneas de los asistentes, música, rap, danza o teatro, pero, sobre todo, mucha poesía. “Cada poema es una toma de conciencia, y yo me siento un privilegiado por recibir esa información de primera mano: es como estar en un laboratorio”, dice Binho.

           Un cartel pide silencio y respeto para los poetas en el Bar de Claudio Santista, en Pirituba, al oeste de la región metropolitana de São Paulo. Desde hace tres años, cada noche de jueves, los tambores llaman a los vecinos del barrio, y a los que vienen de lejos, para convertir este pequeño buteco en el sarao Elo da Corrente, un rincón para la poesía y la reivindicación social. Unos son habituales, otros vienen por vez primera. Algunos lo conocieron a través de la radio comunitaria, que hasta hace poco retransmitía los saraos cada jueves a partir de las ocho. Ahora lo han retirado de antena, tras las acusaciones de que va “más allá de la libertad de expresión” por sus alusiones a la violencia policial y su “vocabulario inadecuado”. Michel da Silva, principal promotor de este espacio, cuenta que no pueden restringir la libertad y espontaneidad de las participaciones, así que, para no arriesgar, han desistido de las retransmisiones. “Lo que importa es el sarao”, dice Michel. Su punto de encuentro.

           Leen poemas suyos, o de otros autores periféricos, algunos tan reverenciados como Solano Trindade. Recitan también a Pablo Neruda. Toda intervención es bienvenida. Lucía, una porteña que pasa unas semanas en Sampa investigando la literatura periférica para su tesis, lee a su compatriota Daniela Andújar. Yo participo con la traducción española de un poema del libro Donde Miras. Están encantados de que esta vez el sarau sea tan internacional.

           Todo comenzó hace casi quince años, en aquellas noches en vela -Noites na Vela- que celebraba Binho en el primer buteco que abrió a su regreso a Campo Limpo, el barrio donde nació y se crió, después de un periplo que le llevó a lugares como Inglaterra e Israel. Acostumbraba a dejar libros de poesía al alcance de la mano de los parroquianos, que comenzaron a leerlos y recitarlos entre una actuación musical y la siguiente. Una de esas noches, mientras observaba los postes en los que se acumulaban carteles de propaganda electoral, Binho se dijo, ¿y por qué no darles vuelta y colocar una poesía en su lugar? Había nacido la postesía.

     

     

           Cerca de allí, por las mismas fechas y en el mismo distrito de Campo Limpo, surgía, de la mano de Sergio Vaz y Marco Pezão, el sarao que acabaría siendo una referencia cultural en la región: la Cooperifa. Quién le hubiese dicho a Vaz por entonces que, en 2009, llegaría a figurar en un listado de las cien personas más influyentes de Brasil publicado por el semanario conservador Época.  Suya es la frase: “Mientras ellos capitalizan la realidad, yo socializo mis sueños”.

           Pezão rememora con orgullo cómo empezó todo: “Le dimos a la palabra sarao un nuevo significado. Antes se refería a reuniones burguesas con música y danza; nosotros lo hemos hecho popular y lo hemos aplicado a la poesía”. Lo cierto es que la poesía, que en otros rincones del mundo pareciera estar en vías de extinción, reservada al consumo marginal de elites y bohemios, se ha consolidado en São Paulo como la principal forma de expresión de los artistas periféricos. Y la tradición oral, frente a la apropiación de la letra impresa por parte de la burguesía. “Nunca se habló tanta poesía”, dice Pezão. Sus ojos reflejan un incontenible entusiasmo infantil por lo que está pasando: “Todo esto ha surgido ahora y es algo que crece cada vez más, que va hacia algún lugar”. De ahí, que él haya decidido consagrar sus esfuerzos a la divulgación de los saraos. Existen ya decenas diseminados por toda la periferia paulistana, sobre todo en la zona sur, y no dejan de multiplicarse. En otros estados, como el vecino Rio de Janeiro, ya han comenzado a contagiarse. Y, aunque la excusa para reunirse sea el arte, palabras como resistencia, dignidad y periferia son las más pronunciadas.

           Es la guerrilla de la palabra, la revolución de la cultura. Las armas son los libros. Y é por isso que as elites tremem –“por eso las elites tiemblan”-, porque la periferia ya no quiere sus centros comerciales ni sus móviles. Quiere sus mismos derechos. Y con conocimiento, con cultura, no verá más las telenovelas, noticiarios, ni propagandas sin cuestionarlos. Así reza el Manifiesto del Sarau na Brasa que lee Vagner Sampaio de Souza, principal instigador del evento, que tiene lugar cada dos sábados en Brasilândia, periferia este de Sampa. Es el más combativo de los saraus a los que asisto, tal vez porque ese día han acudido poetas llegados de otras zonas del conurbano. Como Alisson da Paz, que recuerda en su poema Coletivo la humillación cotidiana del trabajador que cruza la ciudad cada día, dos horas, más otras dos de vuelta, en autobuses abarrotados en los que es fácil sentirse tratado como ganado. O como Luan, cuyo rap se ha convertido en un clásico en estos ambientes. Todos cantan a coro su estribillo: “Ahora somos nosotros, después, nosotros de nuevo. ¡Todo el poder para el pueblo!”.

           Los versos de Luan hablan del orgullo afrobrasileño, de la reivindicación de una identidad silenciada que surge del mestizaje. Luan compone desde los 13 años. Hoy tiene 23. “No hay cómo no quererle”, resume una amiga. Basta mirarle a los ojos para saber que es así. Su sonrisa, rebosante de nobleza, no se borra cuando habla de sus experiencias en varios campamentos promovidos por el Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST), un colectivo muy arraigado en un país en que el déficit habitacional se estima en unos seis millones de viviendas.

           Esos millones de familias sin hogar, como la de Luan, acaban asentándose en favelas de las que a menudo son desalojados por las autoridades cuando así lo imponen los intereses de la especulación inmobiliaria. Los sin techo del centro de São Paulo enfrentan el mismo problema cuando el ayuntamiento de la ciudad, del conservador partido DEM, implementa su política de limpieza en los barrios deprimidos, en un proceso que el MTST califica de “higienización de la pobreza”. Es una más de las consecuencias de esta sociedad dual que, casi ocho años después de la llegada al poder de Luiz Inácio Lula da Silva, persiste concienzudamente en Brasil[1].

     

     

     

           Ese mismo abismo social, ese poso racista, fue el que comenzó a combatir hace 80 años Solano Trindade, el más recordado de los poetas marginales brasileños y precursor de la efervescencia cultural periférica. Sus versos, escritos entre los años 30 y 70, no han perdido un ápice de actualidad, como se empeña en demostrar su bisnieto Zinho, quien, a sus 26 años, mezcla el legado de Solano con las influencias del rap. “Crecí dentro de un teatro donde se celebraban fiestas de tres días, a ritmo de samba y maracatú”, narra Zinho. Habla de su bisabuelo con una admiración y respeto que comparten muchos en la Comunidad, como se denomina a los barrios pobres en Brasil.

           A Solano se le recuerda por lo que escribió y también por lo que luchó.  Convirtió el pueblo paulista de Embú en un refugio de artistas que se dio en llamar Embú das Artes, tras su llegada a la región en los años 60. Tres décadas antes había iniciado la batalla en su Pernambuco natal, al Nordeste, la región más pobre y más negra de Brasil. Allí fundó el Frente Negro Pernambucano, y empezó a difundir poesías en las que reivindicaba el despertar del pueblo negro, la justicia social y la herencia africana. Hablaba de la conciencia de clase, pero sin odios. “No haremos lucha de razas, sino que enseñaremos a los hermanos negros que no hay una raza superior ni inferior, y que lo que hace distinguir a unos de otros es el desarrollo cultural”, escribió. Zinho cuenta con una sonrisa que “se hizo comunista por una frase bíblica: Si no amas a tu hermano, cómo puedes amar a Dios”.

           El carácter pacífico de sus reivindicaciones no evitó que Solano fuera preso en tiempos de la dictadura. “Le acusaron de tener armas en casa, pero no era cierto: lo encarcelaron por escribir 'Ten gente com fome' (hay gente con hambre)”, cuenta Zinho. Medio siglo después, el poema conserva toda su actualidad y sacude a quien lo escucha cuando dice: “Si hay gente con hambre, dale de comer...”, unos versos que se han convertido en todo un himno en los saraos de la periferia paulistana.

           “A Solano le hubiesen encantado los saraos”, dice Zinho. Parten de la misma idea que el Teatro Popular Brasileño que fundó el poeta del pueblo, como se le ha bautizado en la periferia de Sampa. “Quería que todos participasen de la creación artística, desde el obrero hasta la empleada doméstica”, explica Zinho. Y recuerda que ya entonces, hace casi un siglo, Solano reivindicaba medidas de discriminación positiva como las políticas de cotas que tanta polémica están provocando en el Brasil de Lula. Un Brasil que por primera vez parece ser el país del presente y que encara orgulloso un futuro eternamente postergado que, hoy sí, se presiente al alcance de la mano. Ese Brasil que, sin embargo, arrastra tantos y tan pesados legados del pasado.

           “La situación de los negros en Brasil ha mejorado entre comillas”, opina Zinho. “Cuando Solano comenzó su lucha, manifestaciones como el candomblé o la capoeira estaban prohibidas; la historia del negro fue borrada y sólo gracias a gente como Solano no se apagó del todo. Nuestra lucha es ahora más fácil, pero, todavía hoy, la mayoría de los negros y de la población pobre carecen de oportunidades para estudiar. Por eso, son necesarias las políticas de cotas: ojalá no lo fueran”, añade. En Brasil todavía hay carteles que recuerdan que es ilegal prohibir el acceso a un ascensor por el color de la piel.

     

    Realidades que mejoran, problemas que persisten.

    La periferia sur de Sampa ha cambiado mucho desde que, en los tiempos de las Noites na Vela de Binho, Campo Limpo formaba parte del llamado triángulo de la muerte. Una conjunción de factores -el crecimiento económico, la construcción de infraestructuras y, sobre todo, el cambio de estrategia del crimen organizado del narcotráfico- pacificó una región que contaba con uno de los índices de homicidios más altos de Brasil. São Paulo ya no figura en el top ten de las ciudades más violentas del país[2], y la fisonomía de sus favelas dista mucho de la de los barrios marginales de Rio de Janeiro. Pero la segregación sigue ahí. Las clases medias paulistanas viven al margen de la periferia, a menudo temerosas de acercarse a ella. Y existen formas de discriminación más sutiles, como ese periplo diario al que se ven enfrentados los trabajadores para llegar al centro, que relata Alisson en su poema.

     

     

           Alisson dice estar obsesionado con las paradas de autobús. “Concentran los mayores índices de pérdida de tiempo en la periferia”, dice, sarcástico. De esta obsesión suya nació su proyecto Correspondencia poética. Escribe a mano, junto a su amiga Michele Correa, poemas que son entregados en pergaminos en las paradas de autobús y en los saraus; casi siempre, autores de la comunidad. La vehemencia de Alisson es arrolladora, chispeante. Ahora quiere hacer una biblioteca itinerante de literatura periférica. Al mismo tiempo, la bicicloteca de su amigo Binho recorre las improvisadas marquesinas de la periferia repartiendo libros en bicicleta. Otra vez la transformación de lo hostil en poesía; la flor en el asfalto.

           Si algo no falta son ideas. Y una de las más originales es la Expedición Cultural por América Latina que se dio en llamar Donde Miras. Surgió improvisadamente hace unos tres años: “Un día que estaba todo en paz en casa, pensé, vaya, podríamos caminar, llegar andando hasta Chile”, cuenta Binho. Y en ello están. Un grupo de entre 30 o 40 artistas ya ha completado cuatro recorridos por Brasil y esperan hacer el próximo en Venezuela, recorriendo diferentes pueblos en los que dejan su impronta con un sarao. Pretenden conocer de primera mano la realidad de Brasil y del resto de América Latina, divulgar su arte y promover el intercambio cultural. Chile sigue en el horizonte, como el símbolo de la hermandad entre el pueblo brasileño y la América hispánica.

           Es la batalla del conocimiento, la guerra de la poesía. Todas estas iniciativas han ido conformando un movimiento que tiene mucho de reivindicación de una visión propia de la vida y de la sociedad que les es negada en la televisión y en los libros de texto. “La publicidad refleja los estereotipos de la clase media y blanca; no se ve la cara del pueblo brasileño”, lamenta Binho, y añade: “¿Cómo puede ser que sepamos más de la guerra de Secesión de Estados Unidos que de nuestra propia historia?” La historia la escriben los vencedores: es una vieja máxima. Ahora, los perdedores, que ya están cansados de serlo, quieren recobrar la voz. Y los saraos se configuran como espacios de encuentro, divulgación y resistencia frente al discurso de los poderosos. Como los caminantes de Donde Miras, que buscan al filo de la carretera una verdad contada por sus protagonistas, sin filtros. “¿Sabías que los medios de comunicación brasileños están en manos de sólo once familias[3]?”, me interpela Binho. “Yo quiero escuchar lo que tiene que decir el resto”.

           Al mismo tiempo, va construyéndose una identidad colectiva. Quien antes ocultaba dónde vivía, por temor a los estigmas, hoy se declara orgulloso de formar parte de la periferia. Es una cuestión de dignidad, de autoestima. “Las clases dominantes construyen en el imaginario colectivo ideas que inferiorizan al sometido y sostienen su dominación”, explica Binho. “Pero la periferia no es fea, así como los africanos o los indígenas no eran primitivos”. Los poemas que se leen en los saraos reflejan el hartazgo frente a un discurso que sistemáticamente criminaliza a la favela, que “sólo aparece en la prensa para hablar de crimen, de violencia, de drogas”, como señala Pezão.

           Los valores de convivencia y vecindad de la comunidad no salen en los medios. El talento y la creatividad que abunda en la favela no aparece en la Globo, el grupo de comunicación brasileño más poderoso de Brasil, nacido, por cierto, bajo el auspicio de la dictadura militar de los años 70. Y los cien o doscientos vecinos que cada miércoles en Campo Limpo prefieren visitar la Cooperifa a ver la novela de la Globo conforman un foco de resistencia cultural. Han descubierto que la poesía les da la voz si olvidan los muros que levanta la Academia, como dice Alisson, y escriben como habla el pueblo. Y en los textos de esta nueva generación de poetas, con un lenguaje todavía por perfilar, pero con unas líneas ya visibles -la oralidad, la jerga periférica- aparece con frecuencia esa idea de pertenencia.

     

     

           En este sentido, los saraos son también la respuesta de la comunidad a la falta de infraestructuras de una urbe que concentra su ingente programación cultural en las proximidades de la céntrica Avenida Paulista, mientras abandona al marasmo a la periferia. El pueblo ha tomado la iniciativa: hay saraos de lunes a domingo y también piezas de teatro o actuaciones musicales. Es arte “por y para la periferia”, como exclaman ellos con orgullo. Las instituciones han tenido poco que ver. Sólo ahora comienzan a involucrarse, con ayudas a los saraos para editar sus propios libros y revista. Y especialmente con los Puntos de Cultura, una iniciativa del Gobierno federal para financiar ideas como el Sarau de Binho, que consiguió recientemente uno de los 2.500 puntos que salpican este enorme país de 190 millones de habitantes. Además de la posibilidad de crear redes en torno a estos puntos, le permitirá comprar equipos para, entre otras cosas, filmar y divulgar los saraos.

           Es la revolución del arte, la estrategia del bolígrafo. “Nos han educado en el conformismo, en la idea de que es imposible cambiar la realidad”, reflexiona Binho. Pero ahora “se está formando una masa crítica, existe un ansia de transformación, una esperanza en que otra periferia es posible. Ellos comienzan a preocuparse”. Y, cree Binho, la propia toma de conciencia de la cuestión social ya modifica la realidad, porque “una vez te abren los ojos, ya no hay vuelta atrás, y es a partir de ahí que las cosas se transforman”. Porque “sólo el conocimiento lleva al verdadero cambio”, aunque sea también el camino más largo.

           “¡Algunas personas no sabían lo que era un poema y ahora están editando libros! El pueblo habla porque siente que quiere un cambio. Nuestra arma es esa. La guerrilla de la palabra. Como quería Solano”, dice Zinho Trindade. Se están plantando las semillas, pero nadie sabe qué germinará. “Estamos construyendo algo, pero no sabemos muy bien qué. Nunca nos sentamos a reflexionar sobre qué queríamos hacer, todo ha surgido de forma espontánea”, explica Vagner de Souza. Por el momento, se están articulando. Los saraos de la vasta región metropolitana de Sampa están cada vez más relacionados entre sí, sobre todo después del encuentro que tuvo lugar en Porto Alegre, en el Foro Social Mundial del pasado enero. Puede ser una red a partir de la cual articular una vinculación con los movimientos sociales, como creen Daniela Embón y David Alves, que participan de los colectivos Arte na Periferia y Donde Miras

           Pero, ¿puede el arte transformar la realidad? “El arte no tiene cómo no ser político, porque es comunicación”, argumenta David, responsable junto a Alisson da Paz del proyecto Curta saraus, un documental que recorrerá los saraos en Sampa. David cuenta que se enfrentó un día al dilema de escoger entre el camino de la lucha social o el de la palabra; intenta equilibrar ambos, convencido de que deben ir unidos.

           ¿Y no es revolucionario ya el propio hecho de que tanta gente al mismo tiempo crea, en la olvidada periferia paulistana, que la poesía puede cambiar el mundo?, le pregunto, un tanto naif. David responde con una sonrisa cómplice. Y, con la mirada de un soñador, apunta al deseo de que los saraos sean proyectados en las televisiones de todo el país, y más allá, de Chile a Nuevo México pasando por Europa, para que todo el mundo sepa lo que está pasando en São Paulo. ¿Utopías? Tal vez. Pero sí hay un lugar, la periferia, que está comenzando a caminar. Y algunas golondrinas permiten vislumbrar un verano que puede no ser un mundo perfecto, pero sí, al menos, un poco menos injusto. Un poco menos hostil.

     


     

    [1]    El índice Gini, que mide la desigualdad social, ha caído en estos años del 0,57 al 0,52, en gran parte gracias a las políticas asistencialistas de Lula, pero sigue estando entre los más elevados del planeta.

    [2]    Las tasas de homicidios cayeron un 14,7% entre 2001 y 2007 en la capital paulistana, hasta situarse en 62 muertos por cada 100.000 habitantes, según un reciente estudio de la Universidad de Sao Paulo (USP). Con todo, los hombres jóvenes de los barrios pobres siguen concentrando los mayores índices.

    [3]    Así lo explica el documental del colectivo Intervozes que se proyectó en la última caminata Donde Miras para cuestionar el oligopolio de la información que se vive en Brasil.

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