Retrato de Luis de Góngora. Diego Velázquez, 1622.

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    Góngora frente a Velázquez

    Carlos García Santa Cecilia - 31-07-2012

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    En el Madrid incendiado de estos días está pasando inadvertido un acontecimiento cultural de primera magnitud, tal vez el más interesante de todo el año y, dada la penuria presupuestaria a la que nos enfrentamos, probablemente de tiempos venideros. En la Biblioteca Nacional y desde el pasado mes de junio se exhibe el retrato que Diego Velázquez –entonces un joven pintor a las puertas de la Corte– hizo de don Luis de Góngora y Argote, poeta portentoso y luminar, en sus horas de declive y escepticismo. El lienzo, que conservó consigo Velázquez durante toda su vida, pertenece al Museum of Fine Arts de Boston y fue propiedad del marqués de la Vega-Inclán hasta que en 1931 se exhibió en Londres ya en manos del artista y tratante inglés Tomas Harris, y de allí salió para el museo estadounidense. 

     

    No es habitual que una obra maestra de estas características cruce el Atlántico (lo hizo para la exposición del Prado de 1990, recordada por sus largas colas), y lo será menos en el panorama cultural que se nos presenta. Hay que apresurarse: la exposición en la Biblioteca Nacional, Góngora: la estrella inextinguible, permanece abierta hasta el 19 de agosto, aunque Viajará después a Córdoba (Sala Vimcorsa, del 12 de septiembre al 11 de noviembre), pero sin la obra de Velázquez.

     

    Es una conjunción de astros singular. Tras la muerte de Felipe III y ante las perspectivas que abría en la nueva Corte el auge del conde-duque de Olivares, también sevillano, Francisco Pacheco, que se manejaba bien en los ambientes palaciegos, envió a Madrid a su yerno, Diego Velázquez. Con poco más de veintidós años, el joven artista viajó solo desde su Sevilla natal en el mes de abril de 1622 y regresó antes del verano, por lo que en algún momento de la primavera tuvo lugar el encuentro. El pintor siguió las reglas de su maestro y suegro y concibió un retrato descarnado y rotundo. Sobre un fondo oscuro y neutro, disecciona en planos casi autónomos el prominente cráneo, hace sentir la presencia del hueso bajo la piel, quiebra los planos del rostro, perfila las cejas con un toque amplio de pincel. Austero y desafiante, el poeta, capellán real, que ha cumplido los 61 años, posa con semblante sobrio y sereno: la nariz aguileña, los labios hundidos –tal vez ya desdentado– y una visible verruga en su sien derecha conforman la efigie de un hombre altivo, orgulloso y decepcionado.

     

    Existen tres versiones de este inquietante retrato, que han sido objeto de amplias y en ocasiones interesadas polémicas. El Museo del Prado conserva una, que fue atribuida a Velázquez en el siglo XIX, pero hoy considerada copia del original, y en la que no se muestra la verruga o lunar de la sien derecha. El Museo Lázaro Galdiano posee otra, cuya candidatura defendió con denuedo su director, José Camón Aznar, aunque la práctica totalidad de los especialistas se inclina hoy por la primacía de la de Boston. Una radiografía de este lienzo mostró una corona de laurel alrededor de la cabeza, desechada finalmente, lo que hermanaría este retrato con los dibujos que Pacheco preparaba para un libro de retratos de Ilustres y Memorables varones que no llegó a editarse. 

     

    Pacheco envió a su yerno a la Corte para que diera a conocer su talento, para que se empapara de la pinacoteca de El Escorial, pero también para que recabara una imagen que habría completado su proyecto. De cualquier forma el retrato “fue muy celebrado en Madrid”, como apunta Pacheco en sus cartas, y abrió las puertas al joven artista sevillano, que al año siguiente y de la mando del conde-duque de Olivares fue nombrado pintor del rey y se instaló en la Corte para siempre. Velázquez cumplió su objetivo inmediato y nos legó una imagen para la historia de la que resulta difícil sustraerse. José Lezama Lima, gran lector del cordobés, criticaba que había representado a un Góngora “retorcido y rencoroso”, pero seguramente el artista solo plasmó lo que vio frente a sí. Jonathan Brown lo relaciona con otro lienzo, acaso el retrato más grande de la historia: “Hasta 1650, año en el que pintó el retrato de Inocencio X, no volvería Velázquez a dirigir a otro modelo toda la fuerza de su inmisericorde mirada”. Es sabido lo que exclamó el Papa al ver terminado el cuadro: “¡Troppo vero!”.

     

    Desconocemos lo que dijo Góngora al enfrentarse al suyo. Accedió a posar y lo hizo con modestia en su atavío –sin gorguera–, como una obligación más de sus deberes cortesanos. Si para Velázquez el retrato es la rampa de lanzamiento de su exitosa carrera, para el cansado Góngora es el comienzo del fin. La llegada de Felipe IV y el conde-duque de Olivares, provechosa en principio, le hace concebir esperanzas que no se cumplirán. En la primavera de 1622 está sufriendo toda la incomprensión y la brutalidad de la burocracia y soporta estrecheces económicas que le llenarán de deudas y le llevarán incluso a pasar hambre.

     

    Hasta que decidió cruzar el desfiladero de Despeñaperros para medrar en la capital del reino, la vida de Góngora había sido una balsa de aceite (o de inciensos). Poco más o menos a la edad en la que Velázquez llega a la Corte, el poeta, tras ordenarse diácono, tomaba posesión de una ración en la catedral de Córdoba, heredada de su tío Francisco, que le proporcionó una considerable renta de 1.450 ducados anuales y una sólida y cómoda posición social. Sus fabulosas dotes para la poesía se manifiestan pronto dando rienda suelta a romances, letrillas, décimas y sonetos picantes mientras cumplía fielmente con los oficios y los deberes de su cargo. Es un clérigo hedonista, aficionado a la música y al naipe, guasón e irónico, que en nada se asemeja al personaje hirsuto del retrato velazqueño.

     

    En 1611 da un salto trascendental en su vida y su obra: reparte entre sus sobrinos algunas de sus prebendas, lo que le permite descargar sus obligaciones sin perder su posición en el Cabildo. Liberado del coro, se consagra a la composición de las que han sido consideradas sus obras mayores: el Polifemo y, sobre todo, las Soledades. Durante un sexenio estalla todo su genio creativo, que reinventa la poesía con sus hallazgos y su capacidad para subvertir la sintaxis en aras de la expresión. El impacto es inmediato y surgen por doquier los defensores y los detractores del cordobés. Es un cataclismo similar al de la pintura abstracta: la poesía ya no es relato o representación del mundo sino que es un mundo en sí mismo con sus propias claves. Góngora hace posible que el cielo sea el papel y los pájaros que vuelan, las letras que se escriben. Mezcla lo vulgar con lo culto, lo piadoso con lo escatológico y despoja a la poesía de argumentos, para que se los versos se escuchen por sí mismo, acompasados a los pasos del caminante:

     

    Pasos de un peregrino son errante

    cuantos me dictó versos dulce Musa,

    en soledad confusa

    perdidos unos, otros inspirados.

     

    Góngora desata, tal vez sin quererlo, la mayor polémica que han conocido las letras castellanas y en 1617, tras su sexenio de creación prodigiosa, decide mudarse a Madrid. Ha cumplido 55 años y busca mejoras para su linaje, pero también la consolidación de una obra que está conmoviendo los cimientos de la poesía. Consigue el hábito de Santiago, pero no logra la chantría de la catedral cordobesa que pretende. Cae en la ambición y en las redes de las promesas incumplidas, en las insidias palaciegas, en los reveses de la burocracia. En la primavera de 1622, cuando observa probablemente con altivez al jovencito pintor sevillano que mezcla colores en su paleta y se dispone a retratarle, ya es un hombre vencido. Dirigirá algunos de sus más ácidos y desesperanzados versos a las miserias de la capital:

     

    ¡Mal haya el que en señores idolatra

    y en Madrid desperdicia sus dineros,

    si ha de hacer al salir una mohatra!

     

    Arroyos de mi huerto lisonjeros

    (¿lisonjeros? Mal dije, que son claros):

    Dios me saque de aquí y me deje veros.

     

    Quiere regresar a su tierra y añora su huerta de árboles frutales y hierba menuda en la que tan feliz ha sido escuchando el murmullo de las aguas y la armonía de sus composiciones. En marzo de 1626 sufre una apoplejía y dicta testamento; muere al año siguiente, enfermo y desmemoriado, en su adorada Córdoba. Durante años su estrella se apaga. La fuerza de su revolución estética encontró eco entre los simbolistas y Rubén Darío compuso unos sonetos imaginando el encuentro entre Velázquez y Góngora, que al fin responde al autor de su imagen inmortal:

     

    Yo en equívoco altar, tú en sacro fuego,
    miro a través de mi penumbra el día
    en que el calor de tu amistad, don Diego, 

     

    jugando de la luz con la armonía,
    con la alma luz, de tu pincel el juego
    el alma duplicó de la faz mía. 

     

    Góngora en la Biblioteca Nacional es un refugio de navegantes en estos tiempos difíciles  y sofocantes. La exposición, como todas las iniciativas de este tipo ante obra tan excelsa, es meramente evocativa, aunque destacan un mapa excepcional de Córdoba proveniente del Victoria and Albert Museum de Londres y fechado en 1567 y la versión de la obra de Velázquez de Picasso de 1948.

     

    No deja de ser paradójico que el retrato haya venido a dar precisamente a la Biblioteca Nacional, presidida por el sedente Marcelino Menéndez y Pelayo, uno de los más fervientes enemigos de don Luis y de su concepción poética. Ni las insidias ni las guerras ni los caprichos de las directoras militantes consiguieron removerle de su butaca en el hall principal de la tricentenaria institución (en cuya escalinata, por cierto, está la efigie de Lope, pero no la de Góngora), aunque a buen seguro se habría levantado bufando ante tal desembarco. “Góngora”, escribió, “llegó en su última época al nihilismo poético, a escribir versos sin idea y sin asunto, como meras manchas de color o como mera sucesión de sonidos”.

     

    En estos días de resignación, desesperanza y lucha en los que es posible ver a mediodía cortando el Paseo de Recoletos a destacados egiptólogos del Arqueológico y a sesudos incunabulistas de la Nacional gritando “¡Esto es un atraco!”, vale la  pena refugiarse un rato en el interior de la Biblioteca (con aire acondicionado y entrada gratuita) y detenerse ante el retrato para evocar el encuentro de estos dos grandes genios insustituibles. Ambos, por cierto, funcionarios.

     

     

     

    Carlos García Santa Cecilia es escritor y periodista. Pertenece al equipo de FronteraD casi desde su fundación, donde ha publicado Pero, ¿dónde está el ‘Titanic’?, Ehrenburg, el otro ruso de la guerra civil, Las dos Españas de Virginia Cowles y Destino fatídico.

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