Graciela Dixon, la rebelión afrodescendiente que comenzó con una trenza

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Graciela Dixon, nació en 1955 en la ciudad de Colón, en Panamá, al mismo tiempo que en los Estados Unidos se levantaba el movimiento por los derechos civiles y Rosa Parks rehusaba levantarse de su asiento en un autobús público para cederlo a un pasajero de raza blanca.

 

Aunque estuviese a miles de kilómetros, esos hechos tuvieron una importancia crítica en su vida. Su propia tatarabuela había sido esclava en Grenada y su abuelo, víctima de la segregación.

 

“Mi abuelo vino a Panamá a trabajar en las obras de construcción del canal a principios del siglo pasado. Este señor que había nacido a finales de 1800 viaja y se incorpora como trabajador y participa hasta el final de la obra”, cuenta Graciela.

 

Los trabajadores afroantillanos fueron la fuerza laboral más importante de la construcción del canal. Muchos obreros fueron contratados con la promesa de volver a su país, pero pocos regresaron.  Debido al color de su piel, fueron discriminados mientras hacían su trabajo.

 

En Panamá se estableció un sistema de segregación racial como el que imperaba en el sur de Estados Unidos y a los trabajadores afrodescendientes se les pagaba menos que a los blancos y vivían completamente separados.

 

Para mi infancia ya la segregación había sido formalmente suprimida, sin embargo, todavía existían algunos vestigios de aquello, y mi abuelo me transmitió todo lo que fue su experiencia y vivencia de infancia, y su experiencia y vivencia en Panamá bajo ese régimen que se conoció como el Gold Roll y el Silver Roll. Era el régimen en que los trabajadores negros y migrantes no blancos tenían un salario inferior y no compatible y vivían en condiciones inferiores donde no se cubrían sus necesidades. Además, dos de sus hijos, mis tíos no pudieron ir a escuelas locales, porque eran negros, porque eran hijos de un inmigrante antillano”.

 

El Silver Roll era la categoría definida para los trabajadores del canal cuyo color de piel significaba ser excluidos de hoteles, restaurantes, escuelas y clubes reservados para los blancos norteamericanos, y tener que hacer una fila especial en el correo y otras dependencias. Los del Gold Roll tenían toda clase de beneficios y además podrían ser representados por sindicatos.

 

“Las personas que dirigieron el proceso de construcción del canal de Panamá eran mayormente del sur de los Estados Unidos, así que ellos trasladaron esa filosofía de discriminación y lo reprodujeron en Panamá”, explica.  

 

Durante su infancia y adolescencia Graciela escuchó las historias de su abuelo, con las cuales comenzó el aprendizaje sobre su herencia africana. “Baba”, como le llamaba su abuela (la tatarabuela de Graciela), de joven solo tenía dos opciones: pescar o trabajar en la granja de un hombre blanco.

 

“Pero mi tatarabuela decidió que él iba a tener un futuro diferente y le consiguió un trabajo en una imprenta. Y allí ocurrió un milagro, su pasión por las palabras fue liberada. Pero lo más interesante que me contó mi abuelo es que ella, quien había sido esclavizada, con frecuencia se paraba en la puerta de su casa y mientras golpeaba su pecho con la palma de su mano, gritaba con voz fuerte y poderosa: “Nadie puede venir a hacerme daño porque soy una mujer Ibo, hija de un rey africano””, contó la magistrada durante un discurso reciente en la Asamblea General de la ONU.

 

“Baba” fue una gran inspiración para Graciela. El hombre se hizo poeta y sobrevivió lo impensable.

 

“Era un hombre autodidacta en gran medida y con un pensamiento de avanzada, un veterano de la primera guerra mundial que sobrevivió la malaria, que sobrevivió todos los dramas de la discriminación y el doble standard de racismo que existió en el proceso de construcción del canal ejecutado por los Estados Unidos”, dice con orgullo.

 

Convirtiendo su historia en inspiración

Graciela entonces creció en la ciudad de Colón, conocida por estar mayormente poblada por inmigrantes afrodescendientes caribeños, con las historias de su abuelo por un lado y la inspiración del movimiento de derechos civiles en Estados Unidos por el otro.

 

“Mi infancia es una infancia que se vive en una fase de transición pero que logra hacer una conexión histórica con la experiencia de mi abuelo y que me permite presentar mi historia como una síntesis concentrada en el caso de una sola familia de lo que es el impacto de la diáspora africana, el impacto de vivir en una sociedad donde, con independencia de cuantos podamos ser, se es segregado o discriminado”, explica.

 

Su niñez la pasó en la calle 8, entre la avenida Meléndez y Santa Isabel. Hizo su primaria en un colegio católico como la mayoría de panameños y su secundaria en la institución Abel Bravo donde entendió que, a pesar de vivir en una ciudad de mayoría afroantillana, la cultura dominante le imponía unos estereotipos que era obligada a seguir.

 

Fue entonces cuando realizó su primer acto en contra de la discriminación, inspirada por el profesor Alfred Rowe, quien le enseñó a llevar con orgullo el color de su piel y a mantener la autoestima.

 

“En esa época estaba esta cosa de que, ¡hombre!, pero por qué los negros y las negras tenemos que necesariamente alterar la contextura de nuestros cabellos y aplicarle químicos para modificarlos, pues no, seamos naturales, comencemos a queremos a nosotras mismas y empecemos a demostrar que no tenemos ningún complejo ni nos sentimos inferiores. Así que decidimos ir un día a la escuela en trenzas y eso fue el problema. Llevábamos el uniforme del colegio, pero no bastaba llevar el uniforme porque el cabello no estaba como se esperaba que debíamos de llevarlo, esto nos implicó una sanción, una suspensión porque de todas maneras se nos quería imponer”.

 

Pero Graciela y sus compañeras no se rindieron a pesar del castigo impuesto por el colegio.

 

“Hubo por un período una resistencia de nuestra parte y al final sencillamente nosotros ganamos. Puedo decir que ganamos porque no nos sometimos a la alteración química de nuestro cabello, y eso fue una manera simbólica de llevar nuestra voz de autoestima, de nuestra protesta y nuestra insistencia de que deberíamos ser tratados como iguales a todas las demás personas y niños del colegio sin reparar en características físicas o las condiciones de nuestro origen cultural o étnico”, recuerda.

 

Para la entonces adolescente, no hacía sentido ni era racional que, con la fuerte de migración en Colón, no sólo de antillanos, pero de personas de la india, de la china y de Israel, existiera la discriminación contra las personas por el color de su piel.

 

Activista revolucionaria

“Esa discriminación me inspiró para que yo me convirtiera en una activista social. Yo fui una activista revolucionaria en mi país y fui, porque ya no soy activista pero no he renunciado a mis convicciones de derechos humanos, eso me llevó convertirme en abogada. Yo decidí que yo iba a ser abogada porque tenía el deber de luchar y servir para la defensa de los derechos de la población de la sociedad panameña y ejercí el derecho como litigante por 20 años antes de ser designada como magistrada de la corte suprema de justicia de Panamá”.

 

A Graciela le sorprendió ser elegida como la primera mujer afrodescendiente presidenta de la Corte Suprema, la máxima instancia en la estructura de la administración de justicia en el país. Ella cuenta que intentó primero ser Defensora del Pueblo, pero no resultó electa. Que el presidente nominara su nombre para magistrada y luego fuera aprobado por la Asamblea Nacional, fue toda una sorpresa.

 

Su elección generó todo tipo de críticas profesionales y públicas. Las más agresivas, caricaturas que aparecieron en los periódicos, enfatizando peyorativamente sus características físicas como mujer afrodescendiente, su peinado, su origen socioeconómico y su linaje no panameño.

 

Pero ella no dejó de lucir su pelo natural ni dejó de luchar por la justicia y en diez años de trabajo logró mejorar la percepción pública de la Corte Suprema, que sufría de una crisis de credibilidad.

 

Hoy en día continúa su lucha en contra de la discriminación, y es consciente que todavía queda mucho por hacer.

 

“Irónica y tristemente a pesar de que nosotros libramos esa lucha por el respeto a nuestra identidad la no subordinación de quienes somos o como nos vemos en los colegios, en los planteles de mi país, todavía hoy día, estamos hablando del año 2018, existen y sobreviven vestigios de este tipo de pensamientos que intentan subordinarnos y discriminan a las personas afrodescendientes”, dice.

La autoestima, clave para acabar con la discriminación

Graciela Dixon, pronunció el discurso más importante del Día Internacional de Recordación de las Victimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica de Esclavos en la Asamblea General de la ONU a finales de marzo, allí dijo ser el “testimonio viviente” del triunfo de sus antepasados, de una mujer africana que decidió no rendirse para garantizar las mejores opciones posibles para su familia.

 

“Una de las tragedias, una de las experiencias más dramáticas de los niveles a los que pueden llegar las relaciones humanas, el tratar a otro grupo de humanos como mercancía desechable y eso es lo que fue la esclavitud con un costo en vidas humanas, un costo en historia, un costo en cultura un costo en destrucción de estructuras y de familias inmenso que yo creo no solo no debe ser olvidado, sino que debe servir como una experiencia para nunca más repetir. Pero además de eso para hacer una verdadera transformación a fondo del mundo en que vivimos en el día de hoy”, dice.

 

Para Graciela esa transformación comienza por los propios afrodescendientes y además de leyes que prohíban la discriminación, se necesita de una educación más profunda para los niños y adolescentes. Una educación que les enseñe cuál es su valor y por qué no hay que discriminar. 

 

Mi mensaje es no nos rindamos, no tenemos por qué rendirnos, aunque el camino sea difícil. La cuestión de uno amarse a una misma, de reconocerse y respetarse va a llevar finalmente al resto de la sociedad y la humanidad a mirarnos y a respetarnos a partir de ese auto reconocimiento de quienes somos nos llevará a entender lo que valemos y nosotras somos una pieza cardinal valiosa e irremplazable de toda sociedad para cualquier cambio”, expresa.

 

En 2015, las Naciones Unidas declararon el Decenio Internacional para los Afrodescendientes. La década se centra en la protección de los derechos de las personas de ascendencia africana, reconociendo sus aportaciones y la preservación de su rico patrimonio cultural. Ante la Asamblea, Graciela pidió que se continúe con las tareas para este decenio bajo los objetivos de libertad e igualdad.

 

“Es mirarse al espejo y reconocer a esa niña, a esa joven, a esa adolescente que se refleja en el espejo y entender que esa que se ve ahí es un reflejo de un alma de un espíritu, de una consciencia y de una historia que no puede subordinada”.

Producción:  Laura Quiñones

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