Ilustración: Louis Raemaekers

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    La guerra del espíritu o los profetas de la religión nacional. La Gran Guerra de 1914, V

    Luis Meana - 02-10-2014

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    “No hubo hasta ahora historia universal, sino únicamente un agregado de historias locales... que eran una manera de juntar a los hombres de cara a la acción en la historia universal”. Asistimos, pues, al nacimiento de la historia universal: “comenzamos precisamente ahora”. La frase, iluminadora, la escribe el filósofo Karl Jaspers años después de la Gran Guerra. Y esa frase describe muy bien lo que significa 1914: el corte rapidísimo y profundísimo entre la historia local del mundo y el comienzo de su historia propiamente universal. Nos encontramos, en 1914, ante un gigantesco colapso histórico. Ante un acontecimiento de carácter cuasi geológico: 1914 es el movimiento tectónico que conduce a la desaparición de una forma de civilización. Como juzgó acertadamente el escritor André Malraux, en el colapso de 1914 infartó para siempre el continente: “el hecho fundamental es la muerte de Europa…Como factor político, Europa prácticamente desaparece, y esa transformación aconteció en un período brevísimo”. Y con consecuencias gigantescas.

     

     

    Guerra de culturas

     

    Se ha dicho muchas veces y por muchos historiadores que 1914 fue una “guerra civil europea”. Lo ve así hasta el pintor Franz Marc, quien participó en la guerra y en ella moriría cerca de Verdún en 1916: “esta Gran Guerra es una guerra civil europea, una guerra contra el invisible enemigo interior del espíritu europeo…”. Lo que es una apreciación correcta. Pero no hubo, como se piensa, una sola guerra civil. Hubo dos. Una militar y otra cultural. El mundo terminó estallando en la Gran Guerra porque existía, desde hacía mucho tiempo, una silente, pero honda guerra civil entre dos poderosas culturas o civilizaciones europeas: la anglosajona y la alemana. En este tan laureado centenario casi nadie ha hablado de esta otra guerra cultural o entre culturas, muy anterior al escenario bélico –comenzó decenios antes de la contienda– y mucho más importante que todas sus batallas. El sentido último de esa guerra lo expresó, con rotundidad y fantasía difícilmente superables, el insuperable káiser Guillermo II en una carta al escritor inglés Houston S. Chamberlain en 1917: “La guerra [de 1914] es la lucha entre dos cosmovisiones; la germánica-alemana que está a favor de la moral, el derecho, la fidelidad y la fe, la verdadera humanidad, la verdad y la auténtica libertad, contra… la [concepción inglesa] que está al servicio del Mammon [en arameo, la riqueza], del poder del dinero, del placer, la avaricia de tierras, la mentira, la traición, el engaño y encima el alevoso asesinato… ¡Estas dos cosmovisiones no pueden conciliarse o hacerse compatibles, ¡una tiene que vencer, la otra tiene que hundirse! Y, mientras tanto, hay que seguir luchando”.

     

    Esa divergencia cultural viene de muy atrás. En realidad viene de la Ilustración y está incrustada en su código genético. La Razón ilustrada es en Inglaterra un saber primordialmente empírico y utilitario, mientras que en Alemania, y para su Ilustración, ese utilitarismo es una degradación y falsificación del verdadero ser de la Razón. Para los alemanes, una Razón utilitaria es superficial, frívola y plana. El saber debe ir íntimamente unido a la “configuración del alma”: cultura, dice Samuel Pufendorf, es “cultura animi”. Por lo demás, ya Kant estableció en 1784 una clara diferenciación entre “cultura” y “civilización”. Por civilización entiende Kant el refinamiento de “las buenas maneras”, el afinar los comportamientos en sociedad. Por cultura entiende algo muy distinto: el cultivo del arte, la ciencia y la moralidad. Cree Kant que su época, el siglo XVIII, está altamente “civilizada”, pero no “cultivada”. “Cultura” es desarrollar la interioridad. “Civilización”, la exterioridad. Para Kant “la idea de moralidad pertenece a la cultura” y la de civilización se limita “al cultivo del pundonor y de las buena maneras, que sólo tienen un parecido externo con la moral”. En esa contraposición ya es visible la divergencia que irá creciendo durante todo el XIX hasta llegar a su expresión más extrema en 1914. Por supuesto, para los alemanes el desarrollo de Occidente debe basarse en la cultura germana, no en la civilización anglosajona. Alemania recurre a la idea de cultura como una forma de marcar su superioridad y de apoyar su pretensión de hegemonía en Europa.

     

    La guerra de 1914 viene, en su raíz última, del propósito alemán de “hacer retroactiva” la civilización “utilitaria” que sale de la Ilustración inglesa y de la Revolución francesa. En última instancia, de lo que se trata es de acabar con el “calamitoso estado del alma” europea y resolver el “vacío interior” creado por el progreso técnico y el bienestar económico. Alemania quiere cortar, radicalmente, la “crisis espiritual” del presente europeo y del Deutsche Reich, convertidos, ambos, en cuerpos que caminan sin alma. El espíritu ha desaparecido o se ha perdido en esa sociedad del éxito técnico-económico. Por decirlo así, nación y alma se han vuelto divergentes en vez de convergentes. Esa evolución debe pararse y hay que dar marcha atrás. Debemos abandonar la civilización para imponer la cultura. La gran triada de la Revolución Francesa –libertad, igualdad, fraternidad– tiene que ser reemplazada por una nueva triada germánica: deber, orden y justicia. La raíz que llevó a la guerra fue ésta: la lucha entre el individualismo burgués y la idea de pueblo como fusión de individuos. Por esa hendidura se filtra otra contradicción profundísima e intrínseca a la Ilustración europea: ella tiene, a un mismo tiempo, una doble pulsión contradictoria, nacionalista y universalista. Así que esa guerra nace también de la lucha entre nacionalismo y cosmopolitismo.

     

    Esas dos cosmovisiones implican formas radicalmente contrapuestas de entender la vida. La franco-inglesa es burguesa, defiende valores como la paz, la seguridad monótona, el respeto a la ley, el interés, o la propiedad. La germánica es aventurera, romántica, arriesgada, está basada en el ansia de plenitud, en las sensaciones, en las emociones, en el impulso. Lo dice un hermoso verso de Richard Dehmel: “cuando el espíritu esté curado de toda finalidad, y no quiera saber más que de sus instintos”, entonces sentimos la vida. Se reniega del “gris en gris” propio de la vida burguesa y se ansía sustituirla por un “afecto romántico antiburgués”. Contra la inflación del intelecto, la inflación del sentimiento y de la voluntad. Con otras palabras, estamos ante un nuevo imperativo categórico: el “imperativo categórico del corazón”. Que debe sustituir a los imperativos de la Razón. Para esos aventureros, vida significa guerra. Porque ella es la vida en su más pleno sentido, y no la hipertrofia del conocimiento, y no esa enfermedad de la democracia. De esta paradójica forma, la Vida es Muerte. Y por ahí se resbaló hacia la Gran Guerra: por esa fantasiosa teorización de la guerra.

     

     

    Soldados de la pluma

     

    Aunque se hable poco o nada de ello, en la Gran Guerra se batalló con la pluma mucho antes que con las bayonetas. Advirtió hace ya tiempo Rimbaud: “el combate espiritual es mucho más brutal que la batalla de los hombres”. Cierto. Es un hecho no discutible que las principales naciones en guerra movilizaron en 1914 potentes ejércitos intelectuales para vencer en un campo de batalla distinto al bélico: en el de las ideas. Esa confrontación de ideas es conocida como la guerra de los espíritus. 1914 trajo un “estado de emergencia espiritual” que obligó a escritores y académicos a implicarse en la “necesidad de la defensa nacional”. Se desencadenó una “neurosis intelectual de la guerra”. Escritores, artistas y pensadores se pusieron a cumplir lo que les parecía una obligación ineludible: “servir a la nación con la pluma”. Eso llevó a que se formase un frente literario en todos los países europeos. Lo hubo en Francia –bastante–, lo hubo en Inglaterra –menos–, pero donde esa movilización alcanzó dimensiones extraordinarias fue en el Reich alemán. De lo que se trataba era de dejar bien fundada la legitimidad de la decisión belicista de Alemania: a la guerra se iba por la defensa y afirmación de lo que les parecía un bien universal, la cultura alemana. Con ese frente literario se trataba de justificar “la misión universal a la que estaba llamado el espíritu alemán: ser los defensores de un orden moral mundial”. Y cumplir así la función de Führer de la humanidad que le correspondía a Alemania. Contra el universalismo francés, el universalismo de la nación alemana por el bien de la humanidad. Lo formuló un académico ilustre, “la patria es la llave para el mundo”. Esa lucha intelectual de la Gran Guerra supone una de las concentraciones de talento más grandes de la historia humana. Especialmente en Alemania, país que está en el cénit de su saber. Nunca antes, y creo que nunca después, hubo un nivel universitario como aquél, y nunca tantos talentos –literarios, artísticos, filosóficos o científicos– participaron, tan masivamente y tan entregadamente, en la defensa de una guerra. Se ha hablado mucho, y con escándalo, del apoyo de grandes pensadores al nazismo en la Segunda Guerra Mundial, recuérdese el caso Heidegger. Pero no hay comparación entre lo ocurrido en las dos guerras. En la segunda el apoyo intelectual no fue, ni en número, ni en grado de convicción, ni en relevancia de los autores partícipes, comparable al de la primera. En la que se llegó a aquello que tanto quería evitar el filósofo-teólogo Ernst Troeltsch: “la estatalización de los cerebros”.

     

     

    Las tres infanterías 

     

    Aunque parezca que sólo hubo una infantería intelectual, en realidad hubo varias. En Alemania se suceden o a veces coinciden, al menos, tres. Una, que inicia esa batalla cultural ya a mitad del siglo XIX, y que es la formada por lo que podríamos llamar “los profetas de la religión nacional”. La forman primordialmente tres o cuatro personalidades muy distintas: Paul Lagarde, Rudolf Eucken, Julius Langbehn y el representante principal de la denominada revolución conservadora, Arthur Möller van den Bruck. La segunda infantería la forman un número enorme de literatos y artistas, procedentes de una confusa amalgama de tendencias –modernistas, expresionistas, nihilistas, futuristas…–, y en la que nos encontramos con los escritores más grandes de la época. La tercera infantería es la formada por filósofos, científicos y académicos –los llamados mandarines de la cultura– que fueron quienes teorizaron a favor o en contra de la contienda en lo que se ha llamado la guerra de los filósofos, que también la hubo. A ese movimiento de los pensadores alemanes en defensa de la Gran Guerra se le conoce bajo el epígrafe Las ideas de 1914.

     

     

    Los profetas de la religión nacional

     

    Cuatro autores se convierten, en distintos momentos de finales del siglo y del inicio del siglo XX, en profetas de la nación: Paul Lagarde (1827-1891), Julius Langbehn (1851-1907), Rudolf Eucken (1846-1926) y Arthur Möller van den Bruck (1876-1925). Unos eran catedráticos reconocidos, otros escritores marginales, otros autodidactas de difícil clasificación. Pero todos ellos teorizaron sobre el pueblo y la nación y cada uno de ellos escribió un libro de gran repercusión popular en Alemania, tanta que se convirtieron en guías espirituales de la nación. Lagarde publica sus Escritos alemanes; Langbehn Rembrandt como educador; Eucken, padre del famoso economista Walter Eucken y único filósofo alemán en recibir hasta entonces –1908– el Premio Nobel de Literatura, escribe De la unión de los espíritus, y Möller van den Bruck publica, en 1922, un libro que se haría famosísimo, sobre todo por su título, que daría pie a enormes resonancias y evocaciones: El Tercer Reich. De ese título sacarían los nazis, años más tarde, el nombre para su movimiento y, además, muchas ideas, aunque posteriormente las despreciasen o atacasen.

     

    Para todos esos profetas el Deutsche Reich y la vida política de Alemania están invadidos por enfermedades gravísimas y mortales. Para ellos esas enfermedades llegaron de fuera. Son, en realidad, enfermedades europeas, no alemanas, pero que la han ido carcomiendo hasta dejarla destruida: a saber, el liberalismo, el capitalismo, el mercantilismo, la destrucción de las religiones, y una democracia basada en la igualdad y por eso en la mediocridad (“igualdad es muerte”, dice Langbehn). Reniegan del camino recorrido por Alemania –y por Europa– en el siglo XIX y creen que debe hacerse una corrección radical de curso y de fundamentos. Es lo que exigen y esperan: que Alemania vuelva a sus auténticos fundamentos. Dicho de otra forma: “tras la Revolución francesa viene la Reforma alemana, tras la igualdad viene la graduación, el escalonamiento” (Langbehn).

     

    Todos ellos son místicos de una religión: la germanidad. Tienen, como casi todos los nacionalistas, pasados, presentes o futuros, una mística –fantaseada e idealizada– de las esencias, únicas y superiores, del propio Pueblo/Nación. Hay que señalar que todos esos nacionalismos –incluyendo también a los actuales– viven de sacralizaciones gratuitas y de éxtasis cuasi religiosos. Ante cuyo resplandor y fulgor creen que a los demás no nos queda más remedio u opción que la silenciosa y reverencial aceptación. Pero hay que recordarles que esa tumefacta idolatría tiene un problema gigantesco: su falta de sustento lógico. No siendo más que una inducción, tiene la misma base incierta y la misma justificación lógica de toda inducción, o sea, ninguna. Todos los nacionalismos –pasados o presentes– se basan en la barata, grosera y ciega aplicación de un silogismo enfermo: somos un pueblo –se supone que único y distinto– y, por serlo, disfrutamos de un salvoconducto o de un cheque en blanco que nos permite toda acción o decisión, sin limitación. Esa supuesta esencialidad de la propia nación libera de cualquier sometimiento a las leyes de la lógica y a los condicionantes o límites de la realidad. Lo que no deja de ser una absurda aberración. Estamos ante una mística inflada e inflamada que lo cubre y lo ampara todo. Estamos ante una idolatría barata, más o menos grosera, que tiene derecho a todo porque lo así exige la propia inflamación tumefacta de su esencialidad.

     

     

    Paul Lagarde

     

    Cronológicamente, el primero de esos profetas nacionales es Paul Lagarde, que quizá sea también el más influyente. Académico y erudito de carácter difícil y hombre de tortuosa carrera académica, fue un gran orientalista con un conocimiento monumental de muchas lenguas olvidadas o semimuertas (persa, armenio, copto, hebreo, arameo, siríaco…), lo que le permitió realizar una inmensa obra sobre la Septuaginta (es decir, sobre la Biblia griega, también llamada de los Setenta, que es la traducción griega de los antiguos textos hebreos, arameos…, y fue la Biblia usada por las primeras comunidades cristianas). Trabajador incansable, creó una obra inmensa y llevó a cabo numerosas ediciones de textos del Antiguo Testamento, que le proporcionaron enorme reconocimiento académico, especialmente en Inglaterra. Pero a este importantísimo orientalista la fama no le vino precisamente por esas publicaciones de gran nivel académico, sino por un libro político que alcanzó inmensa resonancia: los Escritos alemanes, que le convirtieron en una especie de nuevo Fichte.

     

    Lejos de compartir el júbilo y el entusiasmo general por la unificación alemana de 1870, Lagarde ve en ella el síntoma más claro de crisis y de fracaso: a falta de una verdadera unidad nacional, el Reich se contenta con una mera unificación política. Estamos, dice, ante la bancarrota del espíritu alemán. A esa bancarrota se llega por un mal fundamental: el liberalismo. Que, para él, no es un partido político, sino más bien una fuerza diabólica, antigermana, que ha conducido y metido a Alemania en el engaño de la modernidad. Y prosigue: el liberalismo crea una forma de vida industrial que sólo establece conexiones comerciales. Estamos ante una nueva Babilonia que adora al Mammon, que sólo busca el bienestar material, la comodidad y el éxito comercial. Pero lo que hace falta es una unión basada en la fusión de los espíritus. Dos factores imposibilitan –postula él– esa unidad nacional: el capitalismo individualista y los judíos. Capitalismo y judaísmo son para él lo mismo. Y por eso deben ser aniquilados los dos. Los judíos son “portadores de la descomposición”. En su opinión, el Estado debe apoderarse de todos los bancos y entidades de crédito. El poder, dice Lagarde, no está en manos del pueblo, está en manos de una “casta política sacerdotal” (sic) que actúa sin consideración alguna hacia el pueblo. Bismarck entregó el poder a los partidos. Y los partidos se dedican a trajinar intereses, a buscar y cerrar tratos ventajistas y aprovechados. Queda una única solución: “sólo un hombre de voluntad grande, firme y pura nos puede ayudar, la voluntad de un rey, no Parlamentos, no leyes, no las ambiciones de individuos sin poder”.

     

    No sobra hacer, al hilo de todo ese argumentario, una rápida reflexión: leyendo todo eso es fácil darse cuenta de cómo ciertas demagogias telegénicas actuales son, en realidad, demagogias muy viejas. Como se ve, todos los profetas son siempre el mismo y único profeta, incluso aunque los separen cien años. Una cosa son los bellos sonidos, y otra las realidades. Hay sonidos maravillosos que traen realidades tenebrosas. Como ocurrió en Alemania, y más de una vez, no sólo en 1914. Conviene no olvidar que estas indigencias intelectuales actuales llevaron en el pasado a la tragedia. Como llevan siempre. Porque, en medio de esas hermosas raíces, pulula el veneno mortífero que acabó con millones de vidas y destruyó, hasta en los mismos cimientos, a la Europa más civilizada.

     

    A Lagarde le parece urgente construir una verdadera nación. Que debe ser una fusión de individuos y no una mera agregación de personas: “Alemania es el conjunto de todos los alemanes que sienten, piensan y quieren lo alemán: cada uno de nosotros es un traidor a su país si no se siente, en este aspecto, personalmente responsable en cada momento de su vida de la existencia, la felicidad, el futuro de la patria, y cada uno de nosotros es un héroe y un libertador cuando lo hace”. Contra las famosas tesis posteriores de Weber, Lagarde cree que el protestantismo –y Lutero sobre todo– son la causa de la falta de unidad de Alemania y de muchos de sus dramas. Considera a Lutero el demagogo que más daño ha causado a Alemania. Ese protestantismo es un mero episodio de la historia, un mero bastardo del catolicismo, y no determinó el desarrollo alemán. En muchas cosas, sus doctrinas le parecen irrisorias.

     

    Según él, “los alemanes son un pueblo amante de la paz, pero están convencidos del derecho que tienen a vivir, en concreto como alemanes, y están convencidos de que tienen una misión para todas las naciones de la tierra: si se les impide vivir como alemanes, se les impide llevar a cabo su misión, y en tal caso tienen la atribución de utilizar la fuerza”. La misión marcada por Dios a Alemania es la colonización del este europeo. Una misión así daría a los alemanes nueva fuerza y les haría conscientes de su misión en el mundo. “Sólo la germanización de los pueblos del este es un hecho de la nación, que está paralizada y se consuela con fumar y leer en su nadería”. Europa llegará a la paz bajo la hegemonía alemana. Lagarde ve en la guerra una necesidad moral. Porque hace a un pueblo fuerte, decidido y capaz de sobrevivir. Y porque la guerra y la conquista son la única forma de guardar a Alemania de su propia desaparición.

     

     

    Julius Langbehn

     

    En medio de una vida errante y llena de privaciones, este hombre solitario escribe un famosísimo libro que le convierte, según muchos de sus contemporáneos, en un segundo Nietzsche. Afirmación o consideración que es un despropósito. Ese libro se titula Rembrandt como educador, título que sale de combinar Schopenhauer como educador (título de Nietzsche) y Rembrandt como pensador (título de Goethe). Es un libro aforístico, repetitivo, premioso, de mala sintaxis, pero de éxito arrollador. Éxito que resultó acrecentado por una genialidad publicitaria. Cuando aún no existía el marketing, a Langbehn se le ocurrió publicar el libro sin la identidad del autor. En el espacio en el que debía aparecer el nombre del autor se podía leer solamente esto: “De un alemán”. Eso excitó el morbo de la gente, muy ocupada en adivinar quién se ocultaba detrás del anonimato, y se hacían todo tipo de cábalas sobre quién podía ser el autor. La consecuencia fue que las ventas se dispararon, no sólo por eso, pero también por eso.

     

    Para Langbehn, el Reich se encuentra en un alto estado de degeneración. Ha perdido las virtudes nacionales que le caracterizaban. El diagnóstico de Langbehn es éste: modernidad=judaísmo. Ellos dos son los grandes culpables de la degradación de Alemania. Modernidad quiere decir intelectualismo. Y esa modernidad se basa en tres pilares: ciencia, comercio y técnica. Y esos pilares –afirma– han destruido la cultura, con lo que no hace más que cumplir aquel descubrimiento que formuló brillantemente el inmenso poeta William Wordsworth: “matar para analizar”. Por lo tanto, hay que poner fin a eso. A una ciencia que, según cree Langbehn, significa el triunfo de la materia sobre el espíritu. El ethos de esa ciencia es un dogmatismo mecanicista que reduce el espíritu a una ficción. Que desconoce que el misterio está por encima de la ciencia y por encima del intelecto. Y la voluntad, también. La verdadera ciencia, cree él, debe ser una ciencia del espíritu, no de la materia. Porque el método inductivo no logra penetrar en el “espíritu del todo”. “La meta final de la falsa ciencia es constatar hechos; la meta final de la verdadera ciencia es ofrecer juicios” (Langbehn). Reniega, por tanto, de ese saber bárbaro, del saber de universidades y escuelas. Y cree que Rembrandt –como símbolo y como responsabilidad– representa a los que deben ser los nuevos dioses de la cultura alemana: arte, individualidad y vida frente a ciencia, comercio y técnica.

     

    Como para el resto de profetas, pueblo y nación son tema central. Dice así: “No el territorio, no la lengua, y no el Estado, el Pueblo en su unidad es la patria”. El renacer de Alemania tiene que basarse, por tanto, en el espíritu, no en la materialidad ni en el éxito económico. Tiene que venir del corazón, no del intelecto, y no de la letra sino de la imagen: “el vocablo mata, la imagen está viva” (Langbehn). La salvación tiene que venir de la lucha. La guerra decide quién es más fuerte y quién debe guiar y dirigir por ser más capaz. La fuerza del más fuerte es misión para guiar la historia universal. “El mejor debe ser el señor, también entre los pueblos. Por eso el [pueblo] alemán está llamado al dominio del mundo” (Langbehn). Tiene que darse una dominación espiritual alemana del mundo. Aunque hay que señalar, sin embargo, que Langbehn, al contrario que el resto de críticos-profetas, tuvo siempre una visión distanciada y negativa de la guerra, que le repugnaba, quizá porque la había vivido con 17 años como voluntario de la contienda franco-alemana y conocía muy bien lo que ocurría en los campos de batalla, lo que le llevó a no idealizarlos.

     

    En un giro previsible, piensa que debemos volver a los “verdaderos germanos”, pero en otro imprevisible pone a Rembrandt como la persona y la figura que debe convertirse en el educador de los germanos. Según él, en el desarrollo del mundo ha habido tres eras: la era de la fe, la era de la ciencia y ahora entramos en la era del arte. Para él, el arte es más verdadero que la ciencia o la razón. El arte es la forma más alta de verdad, y por eso debe ser el educador de la humanidad. El artista es el único que es capaz de entender “el misterio abierto del universo”. Por el contrario, la política debe ser reducida a su verdadera función: ser mera sirvienta del arte. “Guerra y arte son una solución griega, una solución germana, una solución aria”. Rembrandt supone para él la antítesis de la cultura moderna y el modelo de lo que debe ser la “tercera reforma”, tras la de Lutero, que es la primera, y la de Lessing, que fue la segunda. Estamos ante la tercera, que es la de Rembrandt, el “más alemán de todos los artistas alemanes”, que representa el verdadero espíritu y virtudes germanas (aunque sea holandés, pero, siéndolo, es perfecto alemán).

     

    Cree Langbehn que tiene que haber un “Führer o káiser secreto” que sepa recoger  y atender los sentimientos y deseos de su Pueblo. Que unifique, de verdad, la cultura alemana, y la nación, de forma que guíe al pueblo y lo aúne. Que destruya la politiquería y la cambie por el mando y el carisma. Y que convierta a Alemania en magister mundi. Alemania sólo puede ser salvada por una “personalidad cesarista-artística”. Es necesario crear una nueva sociedad germánica basada en la fuerza de los jóvenes: “la nueva vida espiritual de los alemanes no es cosa de profesores; es cosa de la juventud alemana”. En este punto, conviene señalar que ese endiosamiento de la juventud fue una de las características propias de los fascismos modernos, que, en definitiva, vienen a sustituir el mérito de la edad, experiencia, de la profesionalidad o de los conocimientos por la fuerza, el empuje y el arrebatamiento propios de los jóvenes y de la juventud. Así ocurrió en el nazismo –que supone el ascenso al poder de lo más grosero, primitivo, y salvaje– y así ocurrió en el resto de fascismos. Endiosamiento de lo juvenil y joven que subsiste todavía hoy, incluso aumentado.

     

     

    Arthur Möller van den Bruck

     

    El último de esos profetas de la religión nacional es Arthur Möller van den Bruck, el más joven de todos ellos. Un escritor y autodidacta alemán que tenía, por línea materna, sangre holandesa y española. Este hombre complejo, que acabaría suicidándose en 1925 tras una crisis nerviosa, viene a ser como el rey no coronado de la llamada revolución conservadora, movimiento en el que figuran nombres muy ilustres de la cultura alemana: Ernst Jünger, Ernst Niekisch, Chamberlain, Hans Freyer, Carl Schmitt,… entre muchos otros. Hay que reconocerle a Möller un mérito especial, y que lograron muy pocos en aquellos años: conoció, más o menos casualmente, a Hitler en 1922, y su personalidad le desagradó y desilusionó y diagnosticó también por qué: por su falta de nivel intelectual, o mejor, como lo formuló él, “por su primitivismo proletario”.

     

    El final de la Guerra de 1914 supuso para Möller una conmoción profundísima y un desengaño enorme. Escribió: “el nacionalista alemán de este momento es, como alemán, un místico, pero en cuanto sujeto político un escéptico. En este mundo en hundimiento, que es el que ha vencido, quiere salvar lo alemán”. Así que su primer esfuerzo consistió en distanciarse de todo lo que había supuesto la despreciada monarquía y posterior democracia: “el  conservador busca hoy un punto de comienzo... Pero, a la vez, intenta también… conectar, no romper, como el revolucionario”. “Llamamos revolución conservadora a la reimplantación de todos aquellos valores y leyes sin los que la persona pierde su relación con la naturaleza y Dios, y sin lo que no es posible construir un verdadero orden. En lugar de la igualdad hay que situar el valor interior, en lugar del sentimiento social la construcción justa de una sociedad estratificada”. El hombre debe ser regido por un alto orden como el Pueblo o la Nación porque sólo así llega a encontrar su sitio en el mundo.

     

     

    El Tercer Reich

     

    Pero lo que hizo verdaderamente famoso a Möller van den Bruck fue un libro. Su título era El Tercer Reich, y lo publicó en 1923, y tuvo un éxito inmenso e inmediato. Esa expresión, Tercer Reich, le fascinó desde la primera vez que la vio. Al principio el libro iba a llamarse El tercer partido o El tercer punto de vista, lo que ya delata su intencionalidad política: postular una tercera posición entre liberalismo y reaccionarismo. No se sabe del todo por qué cambió el título, ni tampoco de dónde cogió esa fórmula del Tercer Reich. Pudo ser, lo que es bastante probable, del fascismo italiano (con su idea de una Tercera Italia), pudo ser de un libro de Gerhard von Mutius, Die Drei Reiche (es decir, Los tres reinos o imperios), pudo ser de la novela de Johannes Schlaf (El tercer reino). O de cualquier otro sitio porque la frase cuenta con numerosas apariciones en esos años. La idea, en todo caso, venía de muchísimo más lejos. Su origen está en la mística quiliástica o milenarista, que anunciaba, tras un período de guerras, muertes, catástrofes y conflictos, la vuelta y venida de Cristo para reinar sobre la Tierra en un Reino definitivo y cuasi eterno de mil años. Y la idea está también en la profecía del más importante innovador medieval de ese milenarismo, el monje Joaquín de Fiore, que anunciaba una Tercera edad que sería, después de la del Padre y de la del Hijo, la del Espíritu Santo y que se caracterizaría por la fraternidad, el fin de las enemistades y las guerras. El número ordinal tercero indica en todas esas místicas la esperanza mágica en un reino definitivo y perfecto, reino de síntesis y de conciliación de los opuestos, y por tanto de plenitudes y perfecciones. En el caso de Möller van den Bruck, lo que su libro propone es fundar un nuevo Reich que continúe pero sustituya al Segundo Reich de Bismarck, y que se convierta en un Reino final y definitivo que supere a los anteriores, con sus divisiones y divergencias. “Sólo hay un Reich como sólo hay una Iglesia”, escribe. En realidad, lo que ese Tercer Reich pretende es convertirse en una especie de Tercer Partido que esté por encima del resto de partidos. Y que sea una síntesis entre tesis y antítesis a la manera de la dialéctica hegeliana. El Tercer Reich debe ser síntesis política: entre nacionalismo (tesis) y socialismo (antítesis), entre aristocratismo e industrialismo. Lo resultante es un híbrido sorprendente: un socialismo nacionalista. Que es lo que debe ser ese Tercer Reich. La fuerza impulsora es la Comunidad que está sosteniendo al Estado, y que es una Comunidad de cultura, más que de política. Por eso incorpora la idea, que luego sería tan famosa y que tanto se utilizaría en la Alemania democrática de posguerra, de una nación de cultura.

     

    Möller  van den Bruck presenta una teoría de los pueblos jóvenes que toma de Dostoievski, de quien hizo una meritoria traducción al alemán de casi toda su obra. Establece con ello una conexión con la idea de Herder de la “fuerza creadora del pueblo”. Mientras los pueblos inclinados a la racionalidad son clasificados por Möller como viejos –Francia o los países románicos, por ejemplo, ya han sobrepasado, según él, su cénit–, hay otros, como Alemania, América o Rusia, que son “pueblos jóvenes” y tienen vitalidades por desarrollar. No es la edad, sino la efervescencia, el alma aún no gastada, lo que decide la “juventud de un pueblo”. Los “pueblos jóvenes”, dice, están más cercanos al caos y por esa razón son más creativos y capaces de re-comenzar. Puesto que Prusia es la parte más joven de Alemania, ella es la que debe emprender la construcción de ese Tercer Reich.

     

    Cuando se lee todo esto o se siguen esas argumentaciones se ve claramente el factor de conexión y continuidad existente entre 1914 y 1940. Todo ese río de ideas, bastante caudaloso, es el que va a desembocar, años o decenios después, a la inmensa charca putrefacta del nazismo. Podría decirse, apurando las palabras, que Hitler es el eslabón final de toda esa cadena de profetas. Pero sería extremadamente injusto con esos profetas atribuirles cualquier familiaridad con la barbarie de Hitler y de sus  secuaces. Es cierto que Hitler y el nazismo recogieron muchas ideas de esos profetas de la religión nacional, es cierto que se alimentaron de ellos, aunque añadiendo la abyección y oligofrenia propias de Hitler y de los suyos, realidad que tan bien y tan rápidamente detectó Möller van den Bruck. Pero una cosa es ver continuidades y similitudes, y otra muy distinta considerarlos a todos aves del mismo corral o corralito teórico. Lo que no está permitido. Uno de los principales ideólogos de Hitler, Alfred Rosenberg, que fue condenado a muerte en el juicio de Núremberg, escribió: “Ellos –Goethe, Hölderlin, Lagarde, Richard Wagner, Houston S. Chamberlain– y muchos otros, que, hablando y escribiendo, lucharon contra los signos de descomposición y a favor de un renacimiento del ser alemán, todos habrían sido olvidados, si, en medio del derrumbamiento acaecido en el estado y en la cultura, Ud., mi Führer, no hubiese generado, esculpido y al final elevado, desde lo más hondo del pueblo hasta el poder en el Reich, un nuevo movimiento”. Hay poco que añadir a esas palabras falsarias. Sólo cabe señalar que el texto mezcla, no se sabe si interesada o incompetentemente, a dioses y a parias. Y, por lo demás, pretende convertir a algunos nombres sagrados de la cultura alemana –errados a veces– en una cosa que nunca fueron: asesinos, precursores de asesinos o plumas legitimadoras del más bárbaro asesinato.

     

     

     

     

    Luis Meana Menéndez, nacido en Gijón, hizo estudios de Filosofía en España y de doctorado en Alemania, donde fue profesor de universidad durante muchos años. Ha escrito numerosos artículos sobre política, filosofía y temas alemanes en importantes diarios españoles: El País, ABC, La Nueva España, Faro de Vigo, Diario de Mallorca y otros periódicos. Entrevistó a Ernst Jünger con motivo de sus 100 años y ha traducido numerosos ensayos de los principales escritores y pensadores alemanes de los últimos decenios. Ha hecho ediciones de ensayos de Günter Grass y Hans Magnus Enzensberger. Asimismo, es y ha sido en los últimos años consultor de empresas. Fue socio director de Ernst&Young y vicepresidente de Cap Gemini.

     

     

     

     

    La Primera Guerra Mundial, por Luis Meana

     

    Las campanas del destino. La Gran Guerra de 1914, I

    El negro azar de Sarajevo. La Gran Guerra de 1914, II

    La guerra de las élites. La Gran Guerra de 1914, III

    Cesarismo e imperialismo. La Gran Guerra de 1914, IV

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