Un joven vende fruta y verdura en el mercado en el que Bouazizi tenía su carro de venta ambulante, en Sidi Bouzid (Túnez)

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    Hace un año Mohamed Bouazizi se suicidó a lo bonzo e incendió el mundo árabe

    Texto y fotos de Lola García-Ajofrín - 08-12-2011

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    “Señor presidente, hoy le hablo en mi nombre y en el de toda mi gente, que sufre en 2011 […]. Baje a la calle y mire a la gente que vive como animales, mire a la policía con porras, takataks, les da igual, no hay nada que les detenga, ni la ley de la Constitución”. Esta letra, del rapero tunecino Hamada Ben Anoun –apodado El General-, que fue encarcelado por dedicársela al que fuera el presidente de su país durante 23 años, Zine El Abidine Ben Ali, podría ser la banda sonora de una historia que se escribe con letras árabes y latinas. Se cumple un año de la revolución tunecina y volvemos a la mecha que prendió la llama del cambio en toda la región árabe: Sidi Bouzid (Túnez), año I.

     

    Aquí empezó todo. El 17 de diciembre de 2010, un joven tunecino de 26 años se roció de gasolina, prendió fuego a su ropa y sin quererlo, impregnó de ansias de libertad a toda una ciudadanía, país por país, como una epidemia. Se llamaba Mohamed Bouazizi y nunca quiso ser un héroe. Ni siquiera era el ingeniero informático que dijo la prensa. Aunque aquello habría engrosado el romanticismo de la mal llamada revolución Twitter. El joven se limitaba a vender fruta y verdura en un carrito. Como aquel día.

     

    Su historia se ha contado hasta la saciedad, pero merece la pena rebobinar para entender –aunque nunca lo sabremos con exactitud- qué lleva a un joven, con toda la vida por delante, a prender fuego a su cuerpo. Caminamos hasta el mercado en el que Bouazizi se dispuso a hacer su trabajo aquella mañana. Es mediodía y el centro de la ciudad parece un hervidero de gente con preocupaciones más inmediatas que la transformación de un país. Aquí estaría hoy el muchacho si aquel día dos policías no le hubiesen humillado por no tener los papeles oportunos para la venta ambulante. Le arrebataron la fruta, le escupieron en la cara y abofetearon. El joven acudió a las autoridades para denunciarlo. Nadie le escuchó. El detonante de la muerte de Bouazizi no fue la pobreza sino el sentimiento de desamparo.

     

    Un año después, ahí permanece la sede del Gobierno municipal, inmóvil, como cuando Bouazizi se quemó a lo bonzo tras no encontrar consuelo en unas instituciones que debían velar por sus derechos. El ayuntamiento es de ladrillo color mostaza, demasiado sencillo para ser símbolo de tal vez –quién sabe- un cambio de era.

     

    Las cenizas de aquella muerte son los grafiti que sobreviven de los días de la revolución. Stand up for your rights [Levántate por tus derechos] o Go ahead. Don't give up [Sigue adelante. No abandones], gritan, en letras rojas, las paredes contiguas al edificio en el que el joven se prendió fuego. Sirven de homenaje, pero también de advertencia de que la llama prende en cuestión de segundos, pero el fuego tarda en apagarse. Hará falta tiempo para comprender y recoger la recompensa que canjeó con su vida este joven de 26 años.

     

    A 37 kilómetros de Sidi Bouzid, otras pintadas recuerdan en sus muros a otros muertos. Es Regueb, un municipio de 8.000 habitantes, que ni siquiera se ha hecho un hueco en la prensa internacional aunque fuera la primera localidad donde se iniciaron las protestas contra Ben Alí tras la muerte del muchacho. Dicen que durante 20 días vivió en el infierno. Mesbah Akremi, un profesor que nos acompaña en el recorrido, explica que “las pinturas son en honor a los cinco o seis mártires que perdieron la vida en las protestas a manos de la policía. Se pintaron durante el Festival de la Revolución, que los días 25, 26 y 27 de marzo reunió aquí a músicos y artistas”.

     

    En realidad fueron seis muertos. Pienso en la frialdad con la que damos las cifras sobre víctimas de los conflictos. Se redondea como en una factura. Pero qué diferente sería hoy la vida de la madre de Manel Bouallagni si en vez de seis hubiesen sido cinco los fallecidos en Regueb, y su hija de, 26 años, no se encontrase entre ellos. Es una de las muchas víctimas que le ha costado al pueblo árabe derrocar a sus dictadores. Hablamos de ella en casa de una vecina, a la hora de la siesta. La abuela, la madre y las dos hijas descansan echadas en el suelo. Nos descalzamos y nos sentamos con ellas. La madre de Manel Bouallagni se aferra al retrato de la joven, mientras nos cuenta: “No se supera una pérdida así”. Llora. No entiende de idiomas, ni de países, ni de revoluciones.

     

    Mientras hablamos, reparo en un televisor que sirve de adorno y de distracción en un salón desamparado, a excepción de las colchonetas en las que las mujeres descansan. Cuando me preguntan, un año después de que estallase la revolución, sobre las conclusiones de este viaje, siempre me viene a la cabeza aquel aparato permanentemente encendido.

     

    La televisión por satélite jugó un papel excepcional en la toma de conciencia y deseos de libertad que echaron al pueblo árabe a la calle. Era la auténtica ventana al exterior, con una penetración del 50% en Túnez y 70% en Egipto, mientras que entre los 80 millones de egipcios, por ejemplo, solo 15.000 usase Twitter. No es que los dictadores fueran ajenos a esto, pero fueron torpes o descuidados a la hora de ponerle freno.

     

    Lo pretendieron, con un estatuto firmado en febrero de 2008 por 21 ministros de información de la Liga Árabe en el que acordaron “no ofender a los líderes en el mundo árabe” y “proteger la identidad árabe de los efectos nocivos de la globalización”. El ministro de Qatar, sede de Al Jazeera, no firmó, y el gobierno de Irak no envió representante a la reunión.

     

    “Señor presidente […], veo demasiada injusticia y por eso decidí enviar este mensaje a pesar de que la gente me diga que podría causarme la muerte. Pero, ¿cuando los tunecinos dejarán de soñar? ¿Dónde está el derecho de expresión? Son solo palabras”, cantaba el El General.

     

    Durante décadas el pueblo tunecino estuvo amordazado, sin libertad de expresión, sometido al fraude electoral y la corrupción. Un nudo triple. Desde que Ben Ali asumió el poder no se concedió licencia de publicación a ningún medio independiente a excepción de un periódico en 2007, Muwatinun. “Aunque el régimen tunecino intenta hacer publicidad de la existencia de medios de comunicación libres y pluralistas a sus socios occidentales, de hecho, solo tres de los 265 periódicos en Túnez representan a partidos de oposición –los tres sufren acoso-, y hay un solo periódico independiente”, asegura el informe Las raíces de los disturbios en el mundo árabe, elaborado por el Instituto de El Cairo para Estudios de los Derechos Humanos (CIHRS).

     

    El periodista tunecino Fahem Boukadous narra en primera persona los datos de la censura que dibujan las investigaciones. Fue el único informador de las primeras revueltas en 2008 y pagó por ello, en repetidas ocasiones, con detenciones, torturas y 189 días de cárcel. De hecho, se enteró de la salida de Ben Alí en prisión gracias a una visita de su mujer. En una entrevista celebrada en el Centro para la Libertad de Prensa, recientemente constituido en la capital tunecina, entre cigarro y cigarro, cansado, pero consciente de que la lucha valió la pena, asegura: “Tanto con [Habib] Bourguiba [el primer presidente de la República de Túnez, entre 1957 y 1987] como con Ben Alí, ha sido muy difícil trabajar de periodista. El régimen no ha matado periodistas, pero ha matado el oficio”.

     

    Lo mismo ocurre con la televisión y la radio, con emisoras privadas y cadenas propiedad de personas cercanas a Ben Ali, y, sobre todo, en internet: “Túnez es uno de los peores delincuentes del mundo cuando se trata de una sistemática censura electrónica y las autoridades tunecinas han desplegado grandes recursos para la censura en internet”, asegura el CIHRS. Así, activistas y periodistas han sufrido frecuentes recortes o suspensión de su acceso a internet, la desaparición de sus mensajes de correo electrónico o problemas con las descargas.

     

    Algunos de estos abusos se hicieron evidentes a partir de 2009, cuando las autoridades tunecinas exigieron la identificación de los usuarios de internet antes de estar on line, y la Agencia de Internet de Túnez desplegó una tecnología que le permitía controlar directamente las actividades en internet de los usuarios.

     

    “En Túnez se ha torturado y asesinado por un blog”, reconocía Lina Ben Mhenni, conocida como la bloguera de la revolución, recientemente propuesta para el Nobel de la Paz. Antes de comenzar la entrevista, la bloguera alertaba de la presencia de policía militar de paisano en el hotel Intercontinental de Túnez, en el que nos citamos.

     

    Lina Ben Mhenni, formada, informada y conectada, personifica el triángulo perfecto que armó de conciencia de injusticia al pueblo árabe. En un contexto de precariedad, esta nueva ciudadanía, conocedora de lo que estaba pasando, no aguantó más y estalló la revolución.

     

    Tampoco es baladí que Ben Mhenni, sea mujer. Ellas jugaron un papel significativo en las movilizaciones como nunca lo hicieron en otras revueltas acontecidas en la región. Tanto en la calle, como tras la pantalla. De hecho, un estudio de la Arab Thought Foundation, presentado el pasado 4 de diciembre, asegura que la mayoría de los blogueros en los países árabes son precisamente blogueras (hasta el 82% en Argelia, el 70% en los Emiratos Árabes Unido y Qatar y cerca del 70% en Arabia Saudí).

     

    Como la vida de Bouazizi, nuestro recorrido por la mecha prendida en Túnez concluye en el hospital de grandes quemados de Ben Arous. En él se tomó una de las fotografías más patéticas de la revolución, con el todavía presidente, Ben Alí, ante el joven con buena parte de su cuerpo en carne viva. Ninguno con ganas de despedirse. Las enfermeras nos cuentan que aquel día fue todo un espectáculo con enfermos y doctores queriendo saludar al presidente. La humillación solo se prolongó unos días. Bouazizi murió el 4 de enero de 2011 y el presidente abandonó su asiento diez días más tarde. La llama ya era imparable.

     

     

     

    Lola García-Ajofrín es periodista

     

     


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