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El mundo no se acaba el blog de Lino González Veiguela


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9 de octubre, 2012

Hobbes en el Delta del Niger: petróleo, seguridad e insurgencia

 

 

"Nigeria has a terrible reputation. Tell someone that you are going to Nigeria and if they haven’t been themselves, they offer sympathy. Tell anyone who has been to Nigeria and they laugh. Then, they often sympathy. No tourists go there. Only companies rich enough to keep their staff removed from the realities of Nigerian life do business there. And big companies rarely mention Nigeria in their annual reports for fear of what it will do to their share price”

                 Richard Dowden, Africa. Altered States, ordinary miracles

 

 

Hace unas semanas, el grupo activista Platform publicaba unos datos sobre cuánto había gastado la compañía petrolera Shell para intentar asegurarse la tranquilidad en sus operaciones en la región nigeriana del Delta. Según Platform, ente 2007 y 2009, Shell habría gastado sólo en Nigeria unos 383 millones de dólares en seguridad. Una cifra considerable si tenemos en cuenta que durante ese mismo período la compañía habría gastado unos 1000 millones de dólares en concepto de seguridad en todas sus operaciones mundiales.

 

Con los datos obtenidos gracias a una filtración, la organización activista señalaba que Shell habría distribuido sus gastos en seguridad en el Delta del Níger entre fuerzas del orden  nigerianas, bandas mafiosas, militantes en diversos grupúsculos y mercenarios. Con esos pagos, además de asegurarse la tranquilidad operativa en el Delta, estarían contribuyendo, según Platform, a facilitar la compra de armas y la continuidad de la violencia en la zona.

 

Varias organizaciones de derechos humanos han solicitado reiteradamente a las compañías petroleras internacionales que están trabajando en Nigeria -Chevron, Eni/Agip, ExxonMobil, entre otras- que hagan públicas sus partidas de seguridad en el país, el primer productor de petróleo de África.

 

El periodista estadounidentes Steve Coll, redactor de The New Yorker, publicó a comienzos de este año un libro imprescindible para comprender el funcionamiento de las grandes compañías petroleras. La obra, titulada Private Empire, se centra en la historia de una de las grandes petroleras mundiales, la estadounidense ExxonMobil, en palabras de Coll “una especie de Imperio dentro del Imperio estadounidense”, de ahí el título del libro.

 

Compañías como ExxonMobil operan muy a menudo con sus propias reglas, que no siempre coinciden con las reglas establecidas en la legalidad internacional. Las compañías petroleras han de asegurarse continuamente de poseer cada vez más derechos sobre reservas de hidrocarburos si no quieren ver cómo desciende en picado su valor en bolsa. Esto no resulta fácil en el panorama energético mundial, sometido cada día a más competencia geopolítica. En este sentido, resulta comprensible que en las últimas décadas se hayan ido produciendo fusiones de varias compañías que han creado auténticas hidras coorporativas.

 

Coll dedica bastantes páginas a comentar las operaciones de Exxon en el Delta nigeriano. Se centra en los años de auge del M.E.N.D (Movement for the Emancipation of the Niger Delta), a partir del 2004, cuando se intensificaron los ataques contra instalaciones petrolíferas en la región, incluyendo el secuestro de trabajadores expatriados.

 

En septiembre de 2006, George Bush firmó la Directiva de Seguridad Nacional 50, que establecía la estrategia de seguridad estadounidense en África. Aún no estaba operativo el AFRICON, el mando operativo del Pentágono para el continente. Las operaciones relativas a todo el continente se gestionaban desde la base del mando europeo en Hamburgo.

 

Las compañías petroleras presentes en Nigeria ya habían comenzado a sufrir ataques de simples piratas y de movimientos como el M.E.N.D, vistos por una parte de la población como versiones locales de Robin Hood. Al fin y al cabo, las compañías petroleras se habían instalado en el Delta para llevarse los recursos nigerianos generando pocos beneficios a la mayoría de la población, gobernada por una clase dirigente adicta a la corrupción. Además, la contaminación provocada por las explotaciones petrolíferas en el Delta resultaba escandalosa e impedía que muchas comunidades ejerciesen su principal –por no decir único- medio de vida: la pesca.

 

 

 

En su reciente necrológica del historiador británico Eric Hobsbawm, el periodista norteamericano Jon Lee Anderson mencionaba una conversación que había mantenido con el viejo profesor marxista sobre su libro Bandidos “que presenta a figuras tales como Salvatore Giuliano, Robin Hood y Pancho Villa, [y en el que] explora cómo ciertos bandidos siguieron siendo criminales mientras que otros se convirtieron en revolucionarios”. “Hobsbawm”, cuenta Anderson, “mantuvo en reserva su opinión, sin embargo, cuando subrayé cómo, en la mayoría de los casos que había conocido, el bandido, y no el revolucionario, había demostrado ser la especie más fuerte”. Algo parecido se podría decir sobre gran parte de los movimientos entre revolucionarios y puramente criminales que han surgido en los últimos años en África, y en concreto en Nigeria. Aunque sería estúpido generalizar, dada la diversidad de grupos y de problemas subyacentes en las reivindicaciones de esos grupos, suelen coincidir en que resulta difícil delimitar las características de grupos como M.E.N.D.. Se mueven en una nebulosa de reivindicaciones políticas –en su discurso- y acciones puramente criminales –o supuestamente criminales- en su práctica subversiva. El asunto se complica si tenemos en cuenta que los objetivos de grupos como M.E.N.D. suelen ser “intereses occidentales”, y no sólo occidentales: los expatriados chinos en el continente africano han comenzado a sufrir desde hace algún tiempo secuestros y asesinatos. A la hora de analizar la naturaleza de esos grupos se impone antes una labor de desescombro de prejuicios –ellos vs. nosotros, etc.- y de desinformación, administrada además por lo general en las pequeñas dosis de las breves noticias de agencia que suelen pasar el filtro de lo noticiable en todo lo que se refiere a África.

 

ExxonMobil, cuenta Coll, no temía en un principio, al menos tanto como otras petroleras, convertirse en objeto de ataques contra sus instalaciones y sus trabajadores. La mayoría de sus yacimientos se encontraban lejos de la costa, lo que complicaba la labor de los asaltantes. Sin embargo, no tardaría en sufrir los primeros ataques y los primeros secuestros conforme a los medios y el atrevimiento de los piratas fueron en aumento.

 

Las compañías petroleras estadounidenses con operaciones en Nigeria convocaron reuniones en Washington para reclamar ayuda del gobierno. Es frecuente que este tipo de compañías multinacionales -reacias a pagar impuestos, sabias a la hora de triangular internacionalmente sus beneficios para evitar su pago  y críticas con los Estados que se inmiscuyen en sus asuntos- reclamen la protección del Estado cuando tienen problemas serios. A lo largo de su libro, Coll ofrece numerosos ejemplos de cómo las compañías petroleras norteamericanas, incluida ExxonMobil, han mantenido a lo largo de su historia una relación ambivalente con las sucesivas administraciones estadounidenses: por una parte, recelan de cualquier intromisión en sus asuntos por parte de los “burócratas de Washington”, mientras que por otra parte reclaman su ayuda –política y militar- cuando ven sus intereses amenazados en cualquier de los países indeseables en los que operan en esa frontera de nadie entre la legalidad y la ilegalidad. Un fuente de Coll afirma que en aquellas reuniones que se mantuvieron en Washington entre políticos y petroleros respecto al “problema nigeriano” se llegaron a pronunciar frases del tipo: “Por Dios Santo, ¿es que la CIA y la marina no pueden resolver el problema? Nosotros les diremos quiénes son [los militantes]...un grupo de piratas. ¿Por qué no se puede enviar a la marina y solucionar el asunto?”.

 

Como ya sabemos, Washington se negó a enviar a la marina. Por muchas razones. Una de ellas los casi inabarcables 70 mil km² del Delta.  Coll recuerda que para asegurar militarmente una región con la amplitud del Delta (comparados con el Delta los Everglades de Florida, unos 6000 km²,  son un parque de atracciones para domingueros) tal vez no habrían bastado 100 mil marines.

 

¿Alternativas al envío de tropas? No muchas. Si exceptuamos, por ejemplo, abandonar la larga connivencia de Washington –y desde mucho antes de que China supusiera una amenaza comercial seria en África- con un régimen obscenamente corrupto, ineficaz y, lo peor, poco beneficioso para su propio pueblo. En un primer momento, EEUU intentó ofrecer entrenamiento al ejército nigeriano, hasta que se descubrió que algunos militares –por no decir, muchos militares- compartían el recién adquirido know-how con los piratas. Continuar por ese camino habría sido contraproducente. Pero lo cierto es que tampoco había muchas alternativas. Washington envío a la marina nigeriana varias patrulleras equipadas con sensores y radares modernos. La marina nigeriana contaba por entonces con dos barcos, claramente insuficientes para patrullar y, eventualmente, escoltar los envíos marítimos de petróleo. Hay que tener en cuenta también que Estados Unidos no quería involucrarse demasiado en asuntos africanos, asociándose explícitamente con un régimen como el nigeriano o con el resto de regímenes que controlaban los preciados recurso del Golfo de Guinea. Coll explica cómo, a pesar de las insistentes peticiones de Obiang para “reforzar las relaciones” con Washington, desde la Casa Blanca se logró que contratará a mercenarios israelíes para protegerse de los golpes de Estado –reales e imaginarios- que acosaban al presidente guineano. La privatización de la defensa tiene una gran ventaja: asegurar que los gobiernos amigos se aseguren, asegurándote al mismo tiempo de que tus votantes no van a poder estar del todo seguros de que mantienes relaciones con regímenes como el de Obiang. Eso sí, como recuerda Coll, una gran parte del dinero que Obiang había sustraído a las arcas públicas guineanas estaba a buen recaudo en un banco de Washington a pocos metros del Capitolio.

 

Volviendo al Delta del Niger: ExxonMobil, por su parte, no tenía mucho margen de maniobra para proteger sus intereses ante el incremento de los ataques contra las explotaciones petrolíferas. Según cuenta Coll colaboró económicamente en a la hora de financiar parte de la renovación de la marina nigeriana, pero no podía tomar las medidas contundentes que había tomado años atrás en sus explotaciones indonesias de Aceh empleado –con consecuencias desastrosas para su imagen: la imagen también importa, como indica el gasto de Exxon en actividades de lobby y propaganda-: proveerse servicios de seguridad armados, tanto mercenarios como militares indonesios. En 2005, la compañía había firmado unos Principios Voluntarios para regir la conducta de las multinacionales en defensa, seguridad y derechos humanos, así que estaba descartada la opción de contratar guardias privados que se dedicasen a disparar contra los piratas. La solución que adoptó ExxonMobil, en palabras de Coll, se tuvo que limitar a una especie de bunkerización de sus instalaciones, construyéndose habitaciones del pánico en las que se encerrarían sus trabajadores ante la menor amenaza de ataque serio. Al mismo tiempo, desplegó patrullas desarmadas para controlar las inmediaciones de sus yacimientos.  Todas estas medidas resultaron claramente insuficientes. Pero ExxonMobil no podía abandonar Nigeria. Necesitaba las reservas nigerianas sobre las que tenía derechos adquiridos para mantener su credibilidad financiera y sus perspectivas de futuro. Como afirma el periodista inglés Richard Dowden, sólo las compañías los suficientemente ricas para mantener a sus empleados al margen de las realidades de la vida en Nigeria consiguen hacer negocios en el país.

 

Al igual que ExxonMobil, Shell también firmó los Principios Voluntarios de defensa, seguridad y derechos humanos, tal y como anuncia orgullosa en su página web la compañía.

 

 

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