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El cuaderno automático el blog de Pablo Mediavilla Costa


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5 de julio, 2011

Islas

 

Una pesadilla en la última noche en la isla. Un sueño desdoblado en dos actos, espejo el uno del otro, de personas que quiero transfiguradas en otras que también quiero y finales devastadores que planean sobre mi existencia. Me quedo tirado en la cama diminuta, pero no hay que hacer. Me levanto a abrazar el mundo moderno: la cafetera, el portátil, los cigarrillos, la cocina de la casa de madera donde todos duermen. Extensiones fiables de un paraíso tecnológico que aplaca al bosque lleno de bestias, insectos y oscuridad, al otro lado de la ventana perlada de rocío.

 

Anoche cenamos langosta para celebrar el 4 de julio. Por la mañana desfilamos por el pueblo para conmemorar el 350 aniversario de la llegada de los primeros colonos blancos a Block Island y yo me las ingenié en el vertedero municipal para diseñarme un disfraz de submarino nazi (hay uno hundido frente a la costa noreste de la isla). Los más viejos del lugar me señalan y se doblan sobre los nietos para contarles la historia de la nave llena de alemanes imberbes que descansan bajo el océano. Algunos ancianos, con la gorra del portaaviones en el que se dejaron muchos años de salud, me miran sin hacer una sola mueca. En mi disfraz y en su gesto no hay ni una pizca de burla ni de orgullo, sólo memoria.

 

El niño de la foto, encaramado en la furgoneta de su padre, protege una bandera transparente y frágil que fue de su abuelo. Diría que en su mirada ya hay un poso adulto. El desfile transcurre con una mezcla de embriagadora de civismo y felicidad. Nadie en esta isla tiene problemas para llegar a fin de mes, hace sol y la tarde promete gintonics en la cubierta de un velero o en la terraza de un bar frente a la playa. Últimamente, me ha dado por pensar (y por decirlo una y otra vez) que nada de lo que veo y hago es posible en España. Ni los ciervos que cruzaron la carretera la otra noche, ni los anónimos que te paran para darte las buenas tardes y celebrar el buen día que hace, ni la tranquilidad despreocupada de las casas y las bicicletas de verano sin cerrojos ni candados. Hay algo de injusticia en la idea y algo terriblemente cierto en la idea. Quizás presiento un final anticipado a mi aventura norteamericana y estoy enfadado. Quizás se acerca el momento de volver a cruzar el Atlántico, de vuelta a España, a contrapelo de todo el ruido que de allí llega.

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