Portada del libro

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    Israel y su conflicto: tópicos sionistas negro sobre blanco. La ‘tierra prometida’ de Ari Shavit

    Eugenio García Gascón - 19-03-2015

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    Mi tierra prometida es un libro muy recomendable para casi todos los públicos. En primer lugar para aquellos que se sienten identificados con el proyecto sionista, pues sus páginas les confirmarán, en un tono mítico y sin prejuicios, todos los tópicos y lugares comunes elaborados y reelaborados en la literatura ad hoc de las últimas décadas. Y por otro lado, para aquellos que recelan del sionismo, pues se encontrarán ante un texto de burda construcción, impropio del siglo XXI y que históricamente se desmorona con solo rascar un poco.

     

    El autor, Ari Shavit, columnista del diario Haartez y comentarista político del canal público de la televisión, reside en Kfar Shmaryahu, una localidad situada justo al norte de Tel Aviv que posee el nivel de vida más alto del país. A Shavit se le puede muy bien considerar miembro destacado de la llamada “élite izquierdista” y divina a la que una parte de los israelíes denominan con propiedad, malicia y hasta desprecio hedonistim (hedonistas) y menutakim mehametsiut (desconectados de la realidad), lo que es muy preocupante si tenemos en cuenta que se trata de un periodista puntero en el único diario progre del país.

     

    En puridad es un interesante libro de hasbara (propaganda), sesgado y tendencioso, y como decíamos, recomendable para casi todos los públicos. La única contraindicación sería la de aquellos que hasta ahora no hayan leído nada sobre el sionismo e Israel, puesto que sus cerebros serán sometidos a una descarga tras otra de propaganda adaptada convenientemente a las necesidades de los tiempos que corren.

     

    Mi tierra prometida comienza con un encadenamiento de guerras y conflictos que forman el núcleo de la “narrativa” israelí tradicional, en el que por supuesto no falta el nazismo y el Holocausto –al contrario, no se dejan de mencionar– y cuyo mensaje inequívoco es “Mirad cuánto hemos sufrido, mirad cuánto sufrimos. Es natural que seamos así”, lo que aún tiene más gracia viniendo de un vecino privilegiado de Kfar Smaryahu, cuyo ayuntamiento es el que más gasta por habitante, y no de un palestino de cualquiera de los campos de refugiados que están casi a tiro de piedra de Kfar Shmaryahu.

     

    Están todos los tópicos del sionismo, desde el “desafío a los dogmas de la derecha y de la izquierda” que proclama el autor, pasando por el “no existen respuestas sencillas en Oriente Próximo” y acabando en “no hay soluciones rápidas” a un conflicto, sin mencionar que son justamente los israelíes los que lo perpetúan y aumentan día a día. Es el típico discurso con el que la mayor parte de la supuesta izquierda israelí se dirige al lector occidental, especialmente al lector incauto y desinformado que desconoce la naturaleza del conflicto.

     

    Para más inri, en sus páginas abundan las inexactitudes históricas cuando se ambienta el pasado tendenciosamente. Ocurre como en aquellas viejas películas de romanos en las que Julio César aparecía montado a caballo y apoyando los pies en relucientes estribos dorados aunque está sobradamente demostrado que los estribos no existían en Roma. Naturalmente este tipo de errores podrían haberse subsanado fácilmente si un historiador hubiera leído el libro, algo que al parecer no ha ocurrido.

     

    Es cierto que algunas veces Shavit dirá cosas como esta: mi bisabuelo emigra a Palestina desde Londres en 1897 y ya en su primer viaje “no ve” a los “árabes” porque no quiere verlos, “porque si los viera tendría que regresar” a Londres. Así que “decide no ver” a los árabes y quedarse en Palestina. Pues bien, podría decirse que tres generaciones después, su biznieto sigue sin sacar las conclusiones que no sacó su bisabuelo en 1897 y prefiere presentarnos los hechos más como una novela romántica, con todos sus defectos, que no son pocos, que como un libro de historia.

     

    Shavit es portador de una “narrativa” que trata de hacer digerible a los occidentales –pues para ellos ha escrito el libro– lo que es absolutamente indigerible. Es un producto cuidadosamente planeado para la exportación donde se cuenta “la más ambiciosa y audaz de todas las revoluciones del siglo XX” (sic). En realidad es un canto al nacionalismo romántico, la más perversa de las ideologías del pasado siglo, y el autor se somete voluntariamente a esa ideología que cualquier israelí padece desde la más temprana edad, cuando los soldados les visitan en los jardines de infancia para ir orientando a los niños.

     

    Es la narrativa vencedora, que poco tiene que ver con la verdad, la libertad y la justicia. Shavit es capaz de escribir refiriéndose a los años treinta: “En 1935, la justicia sionista es una justicia absoluta y universal que no se puede refutar”. Ahora bien, si algún lector quiere hacerse una idea más cabal de adonde ha ido a parar esta ideología bastará con que eche un vistazo a otro libro reciente, que todavía no se ha traducido al español, Goliath, de Max Blumenthal, donde se cuenta con pelos y señales en qué momento de “la más ambiciosa y audaz de todas las revoluciones del siglo XX” nos encontramos y hasta donde ha degenerado el sueño sionista.

     

    Con Mi tierra prometida estamos en pleno discurso de las narrativas, ese invento infame de los ideólogos posmodernos con el que a menudo se quiere justificar lo injustificable, como en el caso que nos ocupa, un discurso donde cualquiera que posea una “narrativa”, por disparatada que sea, tiene derecho justificar las mayores atrocidades.

     

    Así, Shavit nos cuenta desvergonzadamente, en el marco de esa “narrativa”, que hasta 1937 no había intención de dividir Palestina, ignorando lo que escribían sus propios líderes desde mucho antes, por ejemplo en 1919, justo después de la escandalosa Declaración Balfour, cuando el líder sionista David Ben-Gurion escribe sin rubor: “Todos vemos una dificultad en la cuestión de las relaciones entre árabes y judíos, pero no todos vemos que esta cuestión no tiene solución. ¡No hay solución!... Nosotros, en tanto que nación, queremos este país para nosotros”.

     

    El autor se siente deudor de los judíos que asesinaron palestinos y expulsaron de sus hogares a cientos de miles de palestinos. Dice lo siguiente: “Hicieron el sucio, asqueroso trabajo que permite que mi pueblo, yo mismo, mi hija y mis hijos vivan”. Un razonamiento con una poderosa carga de inmoralidad que pone todo el énfasis en la idea romántica de pueblo cuando nos encontramos en 2015.

     

    Otra cita ilustrativa de la “narrativa” a que nos referimos: “Aproximadamente cien mil de los primeros migrantes que llegaron al Estado libre judío fueron enviados a las casas vacías de los árabes que acababan de huir de Yafa, Haifa, Acre, Ramla y Lod”. En estas dos líneas, Shavit habla lógicamente de “árabes” para no utilizar el término “palestino”, como hace todavía la derecha, y como vemos no tan solo la derecha. También asegura que los palestinos “acababan de huir”, evitando la palabra “expulsión” que responde con más precisión a lo ocurrido.

     

    Shavit muestra una y otra vez que forma parte del discurso tradicional del sionismo y que es inmune a los estudios que se han publicado para desmontarlo. Prácticamente en ningún momento se aparta de ese discurso, de manera que el libro que tenemos entre manos no aporta ninguna novedad a la “narrativa” tradicional sionista, ni siquiera cuando habla de las “viviendas abandonadas” por los palestinos cuando se estableció el Estado judío.

     

    Shavit dice que Aharon Barak, quien fuera hasta hace unos años presidente del Tribunal Supremo, es “un genio en lo judicial”. Nos habla de su conmovedora historia desde el Holocausto y lo hace extensamente, pero no dice nada de la multitud de leyes discriminatorias para los no judíos que Aharon Barak, apelando a la “seguridad de Israel”, defendió desde su cargo y que otros colegas han denunciado.

     

    Es probable que unos lectores vean en este libro una historia conmovedora donde se habla de “hazañas” y “épica” del sionismo sin rubor, mientras que otros verán una simple manipulación. Es, en resumen, un libro dirigido a la exportación y que no tiene ningún interés para los israelíes, que conocen, del derecho y del revés, la historia oficial del sionismo que Shavit sigue a pies juntillas.

     

     

     

    Eugenio García Gascón estudió literatura en Barcelona, árabe en Damasco y hebreo en Jerusalén, donde vive desde 1991. Ha trabajado como corresponsal para diferentes medios, como el diario Público. Ha publicado, entre otros, el libro, Israel en la encrucijada (Debate, 2004). En 2011 recibió el premio Cirilo Rodríguez de periodismo. En FronteraD publicamos un fragmento de su libro La cárcel identitaria. Diario de Jerusalén, editado por Libros del K.O.

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