Julio Cortázar no se encuentra en casa

Ricardo Bada

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Julio Cortázar en su casa de París en 1974

Cortázar en su casa de París en 1974 /Bassouls /Sygma /Corbis

   

El jueves 21 de octubre de 1982, a pocos minutos del mediodía europeo, sonó mi teléfono en la redacción de la Radio Deutsche Welle, en Colonia/Alemania, ciudad donde sigo sobreviviendo. Era mi jefe, para comunicarme algo que acababa de saberse, que el Nobel de Literatura de ese año le había sido concedido a Gabriel García Márquez: ¿no podría yo fabricar –“sobre el pucho” (es decir: ya)– un programa especial de media hora, ad hoc? 

 

[Cinco minutos más tarde, y como estímulo a improvisar ese programa lo más pronto posible, me preguntaba el jefe de otro servicio latinoamericano de la emisora: ¿no tendría yo ganas de viajar a Estocolmo en diciembre, para transmitir la entrega del Premio?]

 

       Ni corto ni perezoso me enclaustré en un despacho de la redacción, cerrado a cal y canto, y eché mano al teléfono. Tenía los auriculares puestos, el magnetofón a punto, y una lista de números y nombres al alcance de la mano. Durante más de una hora llamé y llamé sin pausas: a París de la Francia y a Deyá de Mallorca, a Madrid y a Barcelona, a Toulouse... 

 

       Y estuve conversando sobre García Márquez con José Manuel Caballero Bonald, el escritor español que residió muchos años en Colombia por la época cuando se cimentaba el renombre de Gabo; con Paco Porrúa, el argentino que acometió la hombrada de publicar en Sudamericana, con cuatro años de diferencia, Rayuela y Cien años de soledad; con otro argentino, Osvaldo Bayer, a quien se debe la epopeya de La Patagonia rebelde; con Severo Sarduy, el cubano que fue responsable de que Cien años se tradujese al francés; con Óscar Collazos, el único paisano de Gabo al que logré alcanzar ese día; con el poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, autor de Entre Marx y una mujer desnuda; con Mario Benedetti, el uruguayo; con el paraguayo Augusto Roa Bastos; y last but not least con la poeta salvadoreña Claribel Alegría, coautora con su esposo, Bud Flakoll, de una novela estremecedora –Cenizas de Izalco– sobre la masacre de los campesinos acaudillados por Farabundo Martí, durante la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, un generalote teósofo y vegetariano.

 

       Sólo debo precisar que mi primera llamada había sido a Julio Cortázar, en París. Pero ahí me respondió su contestador automático informándome en francés, con la voz del Gran Cronopio:

 

       «Julio Cortázar no se encuentra en casa por el momento. Si lo desea, puede dejar un mensaje después de oír la señal sonora». Y luego un ¡bip! escueto. De modo que le dejé un mensaje explicándole el objeto de esa llamada y diciéndole que aún quedaban un par de horas hasta la emisión del programa, que lo volvería a intentar.

 

       Lo hice al terminar el resto de mi maratón telefónico, y otra vez el aparatico automático y el ¡bip!  Ahora le dejé el mensaje de que lo intentaría de nuevo una hora antes de la emisión, y me puse a editar el material que había grabado. Ya casi al cierre, fue mi tercera llamada al 00331.824-6138, pero volvió a salir la criada respondona automática, y en ese instante lo decidí: registraría la voz de Julio en su contestador. Y así, cerré el programa informando a mis oyentes de que también procuramos obtener el testimonio de Cortázar, pero con el siguiente resultado: sencillamente les hice oír la cinta pregrabada de JC en su criada respondona automática.

 

       Menos de año y medio después, el 12 de febrero de 1984, Osvaldo Soriano me telefoneaba desde París para decirme que Julio acababa de morir, y no hice nada más que colgar el tubo cuando ya estaba sonando de nuevo el teléfono. Mi jefe: ¿no podría encargarme yo, por favor, de escribir la necrológica de Cortázar, para el programa de esa noche? La escribí, sí, la escribí doliéndome cada palabra que escribía. Y sin que sepa de dónde me vino la idea, de repente me vi escribiendo este final: «Ya no vendrá. Ya no volveremos a escuchar su voz en el contestador automático, cuando llamábamos a su apartamento de París», consignando a continuación el código del archivo de un corte, para el técnico que me iba a grabar. El corte, claro está, era ese registro, gracias al cual, casi fantasmagóricamente, Julio nos seguía pidiendo –después de muerto– que le continuáramos dejando mensajes.

 

       En algún lugar de su extensa obra, el doctor Castaño Castillo ha dejado dicho, de manera muy generosa, que ese ha sido el mejor programa de radio en la historia de este medio. Con todos los respetos, a mí me bastaría pensar en la adaptación por Orson Welles de La guerra de los mundos, de H.G. Wells, para convencerme de que no. Pero hay algo de lo que sí estoy seguro: de que quizás siga siendo la única necrológica que aún, al oírla hoy a 26 años de la muerte de Cortázar, nos vuelve a poner el corazón en un puño cuando escuchamos la voz del Gran Cronopio:

 

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mecagüen la leche y en todo... no puede ser no puede ser no puede ser!
ricardo tienes que leer mi libro

Estoy fascinada con este programa de radio. Nunca había escuchado un programa que me llegara tanto. Quién sabe...tal vez sí, pero no recuerdo ahora. Lo volvería a escuchar y de hecho, lo haré. Y he de decirte que yo he hecho programas de radio, que al decir de los escuchas, les llega al alma.
Creo que el tuyo, me traspasó el alma. Gracias por compartirlo.

Hola. Este artículo mío es ya tan viejo que sólo he logrado ver tu comentario porque a un amigo le hablaron de él y me escribió pidiéndome el enlace. He tratado de conseguir tu dirección a través del Webmaster, pero me dice que es imposible, que te deje un comentario acá porque seguramente acudirás alguna vez a ver si te respondí, y en ese caso, bueno, mi dirección la obtendrías a través de él, enviándole un email a  [email protected]

A ver si hay suerte y puedo saber quién eres, y qué programas de radio son los que haces y que llegan al alma.

El jueves 21 de octubre de 1982, a pocos minutos del mediodía europeo, sonó mi teléfono en la redacción de la Radio Deutsche Welle, en Colonia/Alemania, ciudad donde sigo sobreviviendo. Era mi jefe, para comunicarme algo que acababa de saberse, que el Nobel de Literatura de ese año le había sido concedido a Gabriel García Márquez: ¿no podría yo fabricar –“sobre el pucho” (es decir: ya)– un programa especial de media hora, ad hoc?

[Cinco minutos más tarde, y como estímulo a improvisar ese programa lo más pronto posible, me preguntaba el jefe de otro servicio latinoamericano de la emisora: ¿no tendría yo ganas de viajar a Estocolmo en diciembre, para transmitir la entrega del Premio?]

Ni corto ni perezoso me enclaustré en un despacho de la redacción, cerrado a cal y canto, y eché mano al teléfono. Tenía los auriculares puestos, el magnetofón a punto, y una lista de números y nombres al alcance de la mano. Durante más de una hora Promotional Items llamé y llamé sin pausas: a París de la Francia y a Deyá de Mallorca, a Madrid y a Barcelona, a Toulouse…

Este artículo, en especial el audio del final, me ha embelesado a sobremanera, quisiera saber si habrá forma de obtener ese audio para mi colección personal o si tiene algúna restricción.

Excelente trabajo, ya tienes un seguidor más.

Saludos desde Cancún, México.

Estimado Gonzalo Ramos, ignoro a qué te refieres cuando preguntas si hay forma de obtener ese audio para tu colección personal, e ignoro qué clase de colección es esa, aunque la imagino en soportes casete o CD. Pero en mi enciclopédica ignorancia del mundo virtual tengo sin embargo el atrevimiento de pensar esto: que es evidente que el enlace sonoro de mi artículo se debería poder grabar en soporte CD, siempre y cuando tu compu disponga del programa necesario para ello. Y en último término, con archivar en lugar seguro este artículo incluyendo el enlace, ya lo tienes coleccionado. La única restricción a señalar es la de dar los créditos que corresponden a la emisora Radio Deutsche Welle y a fronterad, en el caso de reutilizar este audio de algún modo distinto al de una colección personal. Vale.

Estimado Ricardo, mil gracias por la respuesta.
Una disculpa por la molestia, ya que formulé la pregunta sin haber intentado obtener el audio por mis medios, sin embargo quería tener el permiso del autor para poder descargarlo.
En cuanto a mi colección personal, me refiero a una especie de fonoteca digital (en mi pc) que he empezado con pequeños trozos de la historia que ha sido recopilados en audio. Una disculpa también por la ambigüedad.
Soy un amante de los sonidos, y como principiante en el arte de hacer radio, quiero manifestarle mi admiración.
Gracias por haber compartido este trozo de su historia también, y puede estar tranquilo en cuanto a los créditos, siempre los almaceno junto con el archivo.
Un saludo.

Gonzalo, envíeme por favor un mail a la dirección e-mail de fronterad, [email protected] (declarando en el ASUNTO "Favor de reenviar a Ricardo Bada") y le pasaré un par de datos que le van a interesar mucho para eventualmente poder ampliar su archivo con un material de primerísima calidad. Pienso por ejemplo en la magnífica colección de voces que están registradas en la página web de la revista El Fantasma de la Glorieta. Y en otras más. Vale.

Ricardo, vengo a sobrevolar tu escrito desde el puerto libre de Ángeles y los otros silabarios. Verdaderamente gracias por compartirlo, tanto las letras como las audibles palabras. Qué lindo que aún podamos jugar a la Rayuela dejando escapar el dedo y la mirada entre las páginas de aquel libro y qué osados los Cronopios que nunca mueren!...

Qué lindo leerte!, que hermoso volver a escuchar la voz de Julio en ese francés marcado de rrrrr....{#emotions_dlg.laughing} 

Ricardo, no sé si te gustará la idea de verte en Facebook pero acabo de poner esta nota en mi perfil para compartirla con los amigos. ¡Todos los caminos conducen a Bada, digo a Roma! Un abrazo desde la Córdoba de la Nueva Andalucía. GRA.

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