El rey Bhumibol (Rama IX), el príncipe heredero Maha Vajjiralonkorn y la reina Sirikit.

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    El laberinto tailandés

    Carlos Sardiña Galache - 28-04-2011

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    Aún queda por ver si la sociedad tailandesa puede cambiar o no, o incluso si tendrá algún día la oportunidad de hacerlo. La historia no puede quedar suspendida para siempre.

    David Streckfuss, Truth on Trial in Thailand

     

     

    I

     

    El 16 de mayo de 2010, durante la gala de los premios televisivos Nataraja en Bangkok, el popular actor Pongpat Wachirabunjong recibió el galardón a la mejor interpretación de reparto y aprovechó para dedicar su discurso de agradecimiento a un “padre”, el rey de Tailandia, Bhumibol Adulyadej. Tras recordar que “él es el pilar de la casa”, Pongpat advirtió, en medio de un creciente estruendo de aplausos, vítores y alguna que otra lágrima entre el público, que “si alguien odia al padre, le maldice o pretende echarle de la casa, yo me acercaré a esa persona y le diré: 'si odias al padre, si ya no le amas, lárgate de aquí, porque ésta es su casa'”.

           En el borrascoso clima político y social tailandés, incluso una frívola, y en principio inocua, ceremonia de entrega de premios televisivos puede convertirse en un foco de tensiones. Si bien el público ovacionó el discurso de Pongpat, la gala supuso un serio revés para la carrera de la actriz y cantante Mint Mintita Wattnanakul, que perdió dos papeles por no cantar la canción compuesta por el rey, Kwam Fun Un Soong-Sud (El mayor sueño). Poco importa que Mint no fuera la única que no movió los labios cuando se unió a varias estrellas para cantar en el escenario. Los monárquicos arremetieron contra ella por su fama y la de su padre de apoyar a los camisas rojas.

           Mientras tanto, en el barrio comercial de la ciudad, el Ejército tomaba por asalto el campamento que ocupaban desde hacía semanas miles de camisas rojas para exigir la disolución del Parlamento. El 10 de abril el Ejército había intentado poner fin a las protestas junto al Monumento a la Democracia en un enfrentamiento que se saldó con veinte civiles y cinco soldados muertos, pero sólo consiguió que el Frente Unido para la Democracia y contra la Dictadura (UDD) trasladara el campamento. El asalto definitivo comenzó el 14 de mayo, cuando el Centro para la Resolución de la Situación de Emergencia (CRSE), el organismo gubernamental que gestionaba la crisis, declaró las calles ocupadas “zona de fuego libre”. El ataque se prolongaría hasta el 19 de mayo, cuando se entregaron los líderes del UDD. Atrás quedaban dos meses de protestas, varios edificios incendiados y, según las cifras oficiales, un total de 91 muertos y unos dos mil heridos, en su gran mayoría manifestantes.

           El Gobierno justificó el uso de la fuerza alegando que entre los camisas rojas había numerosos terroristas armados hasta los dientes, los misteriosos “hombres de negro” liderados por el autoproclamado jefe de la seguridad del campamento, el carismático general renegado Khattiya Sawasdipol, más conocido como Seh Daeng (el “comandante rojo”). A Seh Daeng, excesivo y algo histriónico, le gustaba fanfarronear de sus misiones para cazar insurgentes comunistas en el nordeste del país durante los años setenta o durante la guerra secreta de la CIA en Laos. El 13 de mayo, una hora después de que el Ejército anunciara su intención de acabar de una vez por todas con las protestas, un francotirador disparó a Seh Daeng en la cabeza mientras concedía una entrevista al corresponsal del New York Times. Sus últimas palabras fueron: “El Ejército nunca podrá entrar aquí”. Moriría pocos días después en el hospital.

           Los enfrentamientos de abril y mayo fueron los peores episodios de violencia vividos en Bangkok desde el infausto “mayo negro” de 1992 y la culminación del conflicto político que ha convulsionado a la sociedad tailandesa desde el golpe de Estado de 2006 contra el primer ministro Thaksin Shinawatra. Muchos habían alabado aquel golpe por su carácter pacífico tras un largo historial de asonadas violentas pero, como me comentó en noviembre David Streckfuss, un historiador estadounidense afincado en Khon Kaen, “el de 2006 no fue un golpe incruento. Lo que ha ocurrido es que la violencia ha tardado cuatro años en estallar”.

     

     

    II

     

    Diez meses después, todavía son muchas las incógnitas por resolver. Ningún responsable del Ejecutivo ni del Ejército ha comparecido ante los tribunales y la investigación iniciada por el Departamento de Investigaciones Especiales (DIE) ha arrojado poca luz sobre los hechos.

           A finales de noviembre pude hablar con los familiares de algunas víctimas. Todas ellas se quejaban de que no se había hecho justicia ni se habían investigado las muertes. Suvimon, la madre de un joven que había muerto acribillado en abril cuando combatía al Ejército con un tirachinas, había recibido indemnizaciones del Gobierno y la Casa Real, pero ninguna respuesta sobre quién había matado a su hijo. Nuan, la viuda de un taxista abatido a tiros el 10 de abril, aún no había podido incinerar a su marido: siete meses más tarde, el cadáver seguía en manos de los forenses.

     

     

           Pocas semanas después, Reuters hizo público un informe preliminar del DIE que contradecía la versión oficial de algunos hechos. Las revelaciones más explosivas concernían a las muertes de varios civiles. El 19 de mayo, decenas de civiles desarmados se refugiaron en un templo budista que las autoridades habían declarado “zona segura”. Seis personas, entre ellos una enfermera que atendía a los heridos, murieron a causa de los disparos de francotiradores: según numerosos testigos, soldados de las fuerzas especiales del Ejército. El Ejército negó las acusaciones durante meses y culpó a los “hombres de negro”, pero, según el informe del DIE, al menos tres de las víctimas fueron asesinadas por soldados y en los seis casos se había empleado el mismo tipo de munición.

           El informe también responsabilizaba al Ejército de la muerte del cámara japonés Hiro Muramoto en los enfrentamientos del 10 de abril junto al Monumento a la Democracia. Muramoto murió abatido por disparos procedentes de la zona en que se encontraban los soldados. Sin embargo, a finales de febrero, el DIE se retractó y exoneró a los militares argumentando que los soldados no emplearon aquel día el tipo de munición que le mató. El cambio se produjo pocos días después de que el Ejército nombrara a un investigador propio para colaborar con el DIE. Según el Bangkok Post, el jefe del Estado Mayor había hablado con el director del DIE unos días antes, lo que no ha hecho más que avivar las sospechas de que la agencia no actúa de forma independiente.

           El primer ministro Abhisit Vejjajiva ha declarado en reiteradas ocasiones que las investigaciones siguen su curso y los resultados se harán públicos en su momento. Mientras tanto, el Gobierno insiste en que los soldados actuaron en defensa propia. El viceprimer ministro, Suthep Thaugsuban, afirmó recientemente que las autoridades no ordenaron el uso de la fuerza para disolver las protestas, sino que las víctimas murieron porque “corrieron hacia” las fuerzas de seguridad.

           El incendio de varios edificios durante las últimas horas de los disturbios ha permitido al Gobierno presentar a los camisas rojas como unos terroristas peligrosos y, de ese modo, justificar el asalto del Ejército. Uno de ellos fue el Central World, el tercer centro comercial más grande del mundo, símbolo y templo de la consumista clase media de la capital. Gran parte de su estructura se derrumbó como consecuencia del fuego y durante semanas numerosos bangkokianos expresaron su pesar colocando flores en las ruinas. Para muchos de ellos, el incendio demuestra que los camisas rojas no son más que unos bárbaros empeñados en destruir su sofisticada forma de vida urbanita y justifica por sí solo el asesinato de decenas de ellos a manos del Ejército.

           Según el Gobierno, varios grupos de camisas rojas incontrolados incendiaron el edificio con cócteles Molotov cuando escapaban del ataque del Ejército. Esta acusación se basa en los testimonios de numerosos testigos que vieron a algunos de ellos entrar en el edificio y lanzar cócteles Molotov y en el hecho de que dos de los dirigentes del UDD habían amenazado con “incendiar Bangkok” en sendos discursos, aunque más tarde afirmaron que se trataba de una metáfora.

           Sin embargo, cada vez son más las pruebas y los testimonios que ponen en entredicho la versión oficial. El ingeniero químico y fotógrafo suizo Bernd Mechsner, que vive enfrente del Central World, tomó aquel día una serie de fotografías del edificio con las que elaboró un informe con la cronología de los hechos. El informe muestra que, tres horas después del primer incendio de la planta baja del edificio, probablemente provocado por un grupo de vándalos, se declaró otro incendio en el octavo piso del edificio, cuando los militares ya habían tomado el control de la zona. Mechsner, que afirma poseer conocimientos de sabotaje tras su paso por el Ejército suizo, cree que el segundo incendio es obra de profesionales y que el humo más oscuro y espeso del mismo indica que se utilizó gasolina como combustible. También sostiene que en aquel momento los soldados caminaban por la calle y se comportaban con normalidad, sin refugiarse de los “hombres de negro” que supuestamente todavía causaban estragos en la zona.

           Mechsner me comentó en octubre que había intentado facilitar el informe al Gobierno como prueba para sus investigaciones, pero éste lo había rechazado. El Gobierno también ha desestimado otras pruebas, como una serie de fotografías tomadas dentro del edificio que muestran que había gente dentro cuando entraron los camisas rojas descontrolados. Los opositores al Gobierno creen que el verdadero responsable del incendio es el ejército, pero ninguna de las pruebas presentadas hasta el momento lo demuestra. En cualquier caso, resulta difícil creer que unos cócteles Molotov pudieran destruir un edificio de esa envergadura.

           Otra incógnita sin resolver es la relación entre el UDD y los “hombres de negro” de Seh Daeng. El antiguo portavoz del UDD, Sean Boonpracong, me explicó en octubre que Seh Daeng actuaba de forma independiente y el UDD había hecho todo lo posible para distanciarse de él. Pero lo cierto es que, con o sin el consentimiento del UDD, los “hombres de negro” estaban allí, “protegiendo el campamento”, y Seh Daeng sigue siendo muy popular en un amplio sector del movimiento. Más de diez mil personas acudieron a su funeral y es habitual ver su efigie, y a imitadores, en las manifestaciones de los rojos.

           En cualquier caso, la superioridad numérica y armamentística del Ejército es más que evidente y pocos dudan de que se hizo un uso excesivo de la fuerza para disolver las protestas. Salvo un pequeño grupo de “hombres de negro” con armas de fuego, los camisas rojas estaban desarmados y los que se defendieron sólo contaban con tirachinas y bombas caseras rudimentarias.

     

     

           En vista de la falta de independencia del poder judicial tailandés y la larga historia de crímenes de Estado que nunca se han llegado a esclarecer ni a juzgar, es probable que el Gobierno nunca emprenda una investigación independiente y rigurosa de los hechos. El doble rasero es más que evidente si se tiene en cuenta que no se ha arrestado a ninguno de los camisas amarillas que ocuparon en 2009 los dos aeropuertos de la capital. De hecho, uno de los presuntos responsables, Kasit Piromya, ocupa ahora el cargo de ministro de Asuntos Exteriores.

           En febrero, el abogado canadiense Robert Amsterdam, contratado por Thaksin Shinawatra, presentó una demanda ante la Corte Penal Internacional en nombre del UDD en la que se acusa al Gobierno tailandés de crímenes contra la humanidad. Según Amsterdam y su equipo, el Ejército ejecutó un plan para suprimir a los camisas rojas, que incluía el asesinato de algunos periodistas con el propósito de eliminar testigos incómodos y el incendio intencionado del Central World. Tailandia no ha ratificado el Estatuto de Roma y, por tanto, se halla fuera de la jurisdicción de la CPI, pero Amsterdam pretende que la CPI juzgue al primer ministro Abhisit Vejjajiva como responsable último de los hechos, quien, en teoría, podría ser juzgado, ya que nació en el Reino Unido y también es ciudadano británico.

     

     

    III

     

    En estas circunstancias, el discurso de reconciliación nacional del Gobierno ha sido más bien escaso y la sociedad tailandesa está más dividida que nunca. Cuando visité Tailandia entre los meses de octubre y diciembre, la mayoría de los dirigentes del UDD estaban en la cárcel o escondidos en otro país (probablemente Camboya), decenas de camisas rojas continuaban detenidos por participar en las protestas y, en Bangkok y algunas provincias, seguía en vigor el estado de emergencia decretado en abril. No obstante, los camisas rojas se habían reagrupado formando pequeñas organizaciones relativamente autónomas.

           Estas organizaciones desafiaban el estado de emergencia en la capital al menos una vez a la semana, convocando manifestaciones en el Monumento a la Democracia, la intersección de Ratchaprasong, dónde tuvieron lugar los enfrentamientos de mayo, o la cárcel de Klong Prem. Algunas de las protestas llegaron a congregar hasta veinte mil personas. Pese a la fuerte presencia policial, apenas había tensiones entre los manifestantes y las fuerzas de seguridad: las simpatías de la policía por los camisas rojas son bien conocidas.

           El movimiento abarca un espectro social e ideológico muy amplio, pero todos coinciden en una serie de demandas comunes, como el respeto a los resultados electorales. En la actual crisis tailandesa también juega un papel la lucha de clases y los camisas rojas no sólo dirigen su ira contra el primer ministro, sino contra toda la élite que acapara el poder, el amaart (“aristocracia"). En contraposición, los camisas rojas suelen referirse a sí mismos con orgullo como prai (que se podría traducir por “plebeyo”).

           La violencia del año pasado, además de radicalizar a los camisas rojas, ha hecho que se sumen nuevos miembros al movimiento. Muchos de ellos me comentaron en privado que lo ocurrido en aquellos meses les había “abierto los ojos” a la realidad política del país y habían comenzado a cuestionar al rey e incluso a criticarle abiertamente. Una mujer de mediana edad me explicó que nunca le habían gustado los camisas rojas y siempre había amado al rey, hasta el punto de estar dispuesta a dar su vida por él. Al ver que el Ejército había matado a decenas de inocentes y el rey callaba, creyó que quizá estaba enfermo o no se había enterado de lo sucedido, pero cuando el monarca habló en público y ni siquiera mencionó el tema pensó que “sabía perfectamente lo que ocurría” y sufrió una amarga decepción. Ahora acude a todas las manifestaciones y afirma que sigue amando al rey, pero ya no daría su vida por él.

           El principal responsable de mantener vivo el movimiento durante los últimos meses ha sido Sombat Boongamanong, al frente de Domingo Rojo, la más activa e influyente de las pequeñas organizaciones nacidas a la sombra del UDD. Sombat no es un político, sino un activista que ha trabajado en varias ONG y tiene numerosos seguidores entre la clase media de la capital. Sus “protestas simbólicas”, como colocar flores en la puerta de la cárcel o pájaros de papel rojo que representan a las víctimas de mayo en la intersección de Ratchaprasong, son completamente legales y han llegado a atraer a decenas de miles de personas.

           A finales de octubre tuve la oportunidad de entrevistar a Sombat en la sede de Domingo Rojo. Por aquel entonces ya se había convertido en un líder, quizás a su pesar. Me explicó que Domingo Rojo no aspiraba a liderar a los camisas rojas, sino a servir de ejemplo para la creación de otras organizaciones independientes que fueran construyendo un nuevo movimiento desde abajo. Su objetivo final es “cambiar la conciencia del pueblo tailandés. Es como si este país fuera una casa y alguna gente dijera que el pueblo tailandés es un invitado, no su dueño. Es necesario que eso cambie, que el pueblo tailandés sea el dueño de este país”. Sombat cree que el movimiento ha iniciado un proceso de aprendizaje en el que desarrollará sus propias ideas democráticas, pero advierte: “Si vence demasiado pronto, lo único que se va a conseguir es que vuelvan Thaksin o los políticos. Y yo no estoy luchando por eso, estoy luchando por la democracia”.

     

     

           Por aquellos días, el UDD comenzaba a reorganizarse y nombraba a una nueva presidenta, Thida Thavornseth, esposa de uno de los dirigentes encarcelados en mayo, quien se comprometió a emplear sólo medios pacíficos. A finales de febrero, siete líderes del UDD fueron puestos en libertad bajo fianza con la condición de no “incitar al desorden”. Poco después, el primer ministro anunciaba que disolverá el Parlamento en mayo y convocará nuevas elecciones en junio. El 12 de marzo, primer aniversario del inicio de las protestas, el UDD celebró una manifestación en el Monumento a la Democracia a la que, por primera vez, acudieron los siete líderes excarcelados. Thida anunció ante unas treinta mil personas que el UDD ayudará al Puea Thai, el partido del ex primer ministro Thaksin Shinawatra, a ganar las próximas elecciones y declaró: “Tenemos dos piernas, una para luchar en el Parlamento y otra para luchar en la calle”.

           En cierto modo, la manifestación se convirtió en el pistoletazo de salida de la campaña electoral del Puea Thai e incluso Thaksin pronunció un discurso a través de una gran pantalla de vídeo, en el que prometió a sus seguidores que si lograban una victoria en las urnas volvería “para resolver los problemas económicos de Tailandia y hacer que el país prospere de nuevo en seis meses”. En su momento, algunos sospecharon que, a cambio de su libertad, estos líderes habían llegado a un acuerdo con el Gobierno para tratar de domesticar un movimiento que se estaba radicalizando y frenar su deriva antimonárquica.

           Sin embargo, la unidad entre el UDD y el Puea Thai parece estar resquebrajándose, precisamente debido a la cuestión monárquica. Pocos días después de la manifestación del 10 de abril, el jefe de las fuerzas armadas, Prayuth Chan-ocha, acusó a siete líderes del UDD de incurrir en delitos de lesa majestad durante los discursos que pronunciaron aquel día. El general Prayuth, que muy a menudo actúa como si ocupara el cargo de primer ministro, ha declarado en varias ocasiones que la principal misión del Ejército es proteger a la monarquía y el propio Thaksin se ha visto obligado a proclamar su adhesión a la monarquía y a pedir tanto a los camisas rojas como a sus adversarios que no utilicen a la institución en sus disputas políticas.

           Tras las acusaciones, el presidente del Puea Thai, el ex primer ministro Chavalit Yongchaiyudh, decidió abandonar el partido, según fuentes próximas a él por considerar que está demasiado vinculado al UDD y por la presunta postura antimonárquica de los camisas rojas. Algunos de los miembros más conservadores del partido están abandonando sus filas por los mismos motivos y muchos advierten que el movimiento se está escapando del control de sus líderes. El martes, tres dirigentes del UDD y el Puea Thai declararon en una conferencia de prensa que comparten los mismos objetivos y que las discrepancias entre sus miembros no significan que se esté produciendo una escisión entre ambos. Pero sigue siendo una incógnita cuál será el futuro de sus relaciones, el papel que jugarán organizaciones más pequeñas como la de Sombat Boongamanong, y cuál será el rumbo de un movimiento tan heterogéneo como contradictorio.

     

     

    IV

     

    Los camisas rojas no han sido los únicos que han salido a la calle en los últimos meses para protestar contra el Gobierno. La Alianza Popular por la Democracia (APD), de los camisas amarillas, hasta hace poco aliada del Partido Demócrata en el poder, también ha organizado manifestaciones para pedir la dimisión de Abhisit.

           Cuatro kilómetros cuadrados de tierra junto a la frontera con Camboya son los causantes de la ruptura entre la APD y el Partido Demócrata. A finales de octubre, el Gobierno anunció que iba a introducir cambios en la Constitución para que el Ejecutivo pudiera firmar acuerdos internacionales sin necesidad de someterlos a votación parlamentaria. Esto permitiría resolver un viejo contencioso fronterizo con Camboya, el conflicto por el templo de Preah Vihear, algo que los camisas amarillas percibieron como una traición.

           La disputa ha provocado numerosas tensiones entre los dos vecinos. En 1904 Tailandia firmó un acuerdo con Francia por el cual renunciaba al templo, pero continuó reclamándolo durante años. En 1962, el Tribunal Internacional de Justicia dictaminó que el templo pertenecía a los camboyanos. En 2000, el Gobierno tailandés firmó un memorando de entendimiento con el camboyano para establecer las fronteras definitivas de la zona. Tailandia ya había renunciado al templo, pero el contencioso se desplazó a los terrenos que lo rodean y la línea de demarcación marítima entre los dos países, que fue trazada siguiendo los mapas franceses de principios de siglo en una zona en la que, años más tarde, se descubrirían yacimientos de gas. Hace tres años el Gobierno de Samak Sundaravej, afín a Thaksin Shinawatra, firmó un acuerdo con Camboya para solicitar a la UNESCO que declarase el templo Patrimonio de la Humanidad, reconociendo de facto su pertenencia a Camboya. Los camisas amarillas montaron en cólera y sus protestas masivas contribuyeron a precipitar la dimisión del ministro de Asuntos Exteriores.

     

     

           Preah Vihear tiene un significado trascendental para muchos tailandeses por su relación con algunos mitos fundacionales de la nación. Como explica el historiador Thongchai Winichakul en su libro Siam Mapped, Siam (la antigua Tailandia) se convirtió en el siglo XIX en un Estado-nación moderno con fronteras claramente definidas debido a las presiones de las potencias coloniales. Hasta entonces, el reino estaba rodeado de pequeños Estados semindependientes que le rendían tributo, pero no formaban parte de Siam y a veces tenían que rendir tributo simultáneamente a otros reinos, como el de Vietnam. Muchos de esos Estados caerían en manos de Francia o Gran Bretaña y ahora forman parte de Birmania, Laos o Camboya; otros pasarían a ser provincias de la actual Tailandia.

           En aquella época de construcción nacional nació el mito de Subarnhavumi, o Tierra dorada. Según este mito, Laos, Camboya y algunas partes de Vietnam pertenecieron en el pasado a un gran imperio siamés unificado. Ese imperio había ido perdiendo territorios a lo largo de los siglos debido a las agresiones externas, primero de Vietnam y Birmania y después del Reino Unido y, sobre todo, Francia, país con el que las relaciones fueron especialmente hostiles. En la época colonial, Siam tuvo que renunciar a gran parte de su territorio para sobrevivir y mantener su independencia. Muchos tailandeses siguen creyendo que la Tailandia actual no es más que una parte de lo que fue en el pasado y debería ser en el futuro.

           Thongchai me explicaba recientemente que “la ideología de la pérdida de los territorios, basada en el falseamiento de la historia y en el complejo de superioridad de Tailandia frente a sus vecinos, ha sido uno de los pilares del nacionalismo tailandés al menos desde los años treinta. En esta ideología, la reivindicación tailandesa de las provincias occidentales de Camboya era más importante que la de otras regiones y desencadenó un conflicto con la Indochina Francesa entre 1940 y 1941, cuando el Ejército tailandés ocupó tres de ellas. Como, tras la Segunda Guerra Mundial, Tailandia tuvo que renunciar a sus demandas y devolver los territorios ocupados a la Camboya francesa, las reivindicaciones de estos territorios nunca han cesado. El templo de Preah Vihear es un símbolo y un emblema de todas ellas y, por tanto, de la ideología de la pérdida en su totalidad. Por eso ocupa un lugar tan importante en el nacionalismo tailandés”. Sin embargo, muchos analistas coinciden en que los motivos de la campaña de la APD son otros. Según Thongchai, la APD “está aprovechando esa ideología para enardecer un nacionalismo muy arraigado, pero sus objetivos tienen que ver con los problemas políticos internos de Tailandia”.

           En cualquier caso, la APD no ha conseguido convocar a demasiados seguidores, quizá porque muchos no están dispuestos a poner en peligro a un Gobierno acosado al mismo tiempo por los camisas rojas, aunque ha encontrado otra manera de presionar al Gobierno. El 29 de diciembre, las autoridades camboyanas detuvieron a siete tailandeses, entre ellos un miembro de la APD y un diputado del Partido Demócrata, por haber entrado ilegalmente en el país, precisamente en una de las zonas disputadas, posiblemente con el conocimiento del primer ministro tailandés. Fueron juzgados en Phnom Penh y, a los pocos días, el Gobierno camboyano puso en libertad a cinco de ellos y acusó de espionaje a los otros dos, que siguen encarcelados.

           El incidente provocó un conflicto diplomático entre los dos países y a las pocas semanas estalló un enfrentamiento armado en los alrededores del templo. Mientras tanto, en Bangkok la temperatura política iba en aumento. Comenzaron a circular cada vez más rumores de que los militares preparaban un golpe de Estado y varios centenares de camisas amarillas (la mayoría disciplinados miembros de la secta budista ultraconservadora Santi Asoke) ocuparon la calle frente al Parlamento. En un discurso, uno de los líderes de la APD, Sondhi Limthongkul, hizo un llamamiento a la guerra total con Camboya y propuso que el Ejército tomase Angkor Wat para negociar desde una posición de fuerza. La APD había conseguido su objetivo: empujar al Gobierno a adoptar una postura beligerante con Camboya.

           Tras dos meses de negociaciones en los que Tailandia se ha negado a aceptar cualquier mediación exterior, los dos Ejércitos han vuelto a enfrentarse unos 150 kilómetros al sur de Preah Vihear. Como es habitual, ambos países se acusan recíprocamente de haber iniciado las hostilidades y miles de tailandeses y camboyanos han tenido que ser evacuados de la zona en los últimos días. Ya han muerto varios soldados de ambos bandos y las escaramuzas amenazan llegar a convertirse en una guerra abierta entre los dos vecinos.

     

     

           Pocos dudan de que la crisis interna de Tailandia está avivando el conflicto entre ambos países y es el Ejército el que parece estar tomando la iniciativa, no el Gobierno. Mientras tantos, los líderes del Puea Thai han asegurado que si ganan las elecciones resolverán el contencioso de una vez por todas y firmarán la paz con Camboya. Todavía no se ha fijado la fecha de las elecciones, pero muchos temen que los militares no van a estar dispuestos a aceptar otro gobierno afín a Thaksin, y los rumores de que están preparando un golpe de Estado no hacen más que aumentar cada día. La APD ha decidido boicotear los comicios y sus líderes han pedido al Ejército explícitamente que asuma el mando del país. Según algunos analistas, tanto el Ejército como la APD están utilizando el conflicto del templo para crear un clima de guerra que haga descarrilar unas elecciones que podrán volver a dar el poder a sus adversarios.

     

     

    V

     

    ¿Cómo ha llegado Tailandia a este punto? Tanto los movimientos de los amarillos y los rojos como la crisis política del país están inextricablemente unidos al ascenso y la caída de un hombre: el magnate de las telecomunicaciones y ex primer ministro Thaksin Shinawatra, sin duda el político más influyente y controvertido de la historia reciente del país.

           Thaksin, un empresario de ascendencia china que comenzó a amasar su fortuna en los años ochenta vendiéndole ordenadores a la policía de su ciudad natal, Chiang Mai, ya era uno de los hombres más ricos de Tailandia cuando decidió fundar en 1998 su propio partido político, el Thai Rak Thai (“Los tailandeses aman a los tailandeses”). Tan sólo tres años después ganó las primeras elecciones celebradas bajo el manto de la llamada Constitución del pueblo, aprobada en 1997 y considerada la más democrática de las diecisiete que ha conocido Tailandia desde el final de la monarquía absoluta en 1932.

           El primer ministro gobernó Tailandia como si fuera una gran empresa en un período en el que el país empezaba a remontar el vuelo tras la crisis financiera que había golpeado duramente el sudeste asiático en 1997. Su Gobierno puso en marcha una serie de proyectos económicos que beneficiaron especialmente a los habitantes de las empobrecidas zonas rurales del norte y el noreste del país. Programas como el de la sanidad universal a 30 baht (unos 0,70 euros) por consulta, créditos blandos a los agricultores o subvenciones a los productos de cada distrito tuvieron un éxito desigual y bastante discutido, pero fueron muy populares en unas regiones tradicionalmente olvidadas por Bangkok. Gracias a este tipo de políticas, Thaksin no sólo fue el único primer ministro electo de la historia de Tailandia que logró completar una legislatura, sino que fue reelegido con una aplastante mayoría en las elecciones de 2005.

           Tanto si Thaksin emprendió esas reformas movido por un deseo sincero de modernizar el país y reducir sus enormes desigualdades, tal y como sostienen sus partidarios, como si lo hizo para atraer a los votantes, como creen sus detractores, fue el primer político que utilizó las reglas del juego electoral a nivel nacional, lo que, en sí mismo, representa un giro copernicano en la cultura política tailandesa. En cualquier caso, cuatro años después de su caída, el Gobierno actual se ha visto obligado a emular algunas de sus políticas sociales para tratar de granjearse el apoyo de la población. Thaksin también fue perdiendo aliados por el camino. Cuando creó su partido y ganó sus primeras elecciones, contaba con el apoyo de numerosas organizaciones no gubernamentales, intelectuales y activistas de la izquierda, pero muchos le fueron abandonando a medida que su Gobierno se volvía cada vez más autocrático.

           Su mandato no está exento de brutales violaciones de los derechos humanos. Se calcula que, en la guerra contra las drogas de 2003, la policía asesinó a más de dos mil presuntos traficantes de poca monta en ejecuciones extrajudiciales. Sus políticas de mano dura en las provincias malayo-musulmanas del sur no hicieron más que exacerbar el antiguo conflicto entre los separatistas y el Estado tailandés hasta adquirir las dimensiones de una guerra civil de baja intensidad, un conflicto que no ha remitido tras la caída de Thaksin y que ya se ha cobrado más de cuatro mil víctimas mortales en los últimos siete años. El Gobierno nunca ha investigado en profundidad ninguno de estos crímenes y muchos de sus responsables siguen ocupando altos cargos en el Ejército o la policía.

           Sin embargo, los enemigos más encarnizados de Thaksin habrían de ser dos antiguos aliados: el general retirado y antiguo gobernador de Bangkok, Chamlong Srimuang, y el magnate de los medios de comunicación Shondi Limthongkul. Thaksin comenzó su carrera política en el partido del primero, Phalang Dharma, una formación creada a finales de los ochenta por hombres de negocios y miembros de la secta budista Santi Asoke. Sondhi, un ex socio de Thaksin, fue al principio uno de sus máximos defensores, pero se fue distanciando de él debido a la competencia entre ambos en algunos negocios. Tras enemistarse con Thaksin, ambos aunarían fuerzas en 2005 para fundar la Alianza Popular por la Democracia (APD).

     

     

           Tras la segunda victoria electoral de Thaksin, la APD organizó una serie de protestas masivas en Bangkok que se prolongaron durante meses. El detonante fue la venta que hizo Thaksin de todas sus acciones del conglomerado de empresas de telecomunicaciones que él mismo había fundado, Shin Corporation, a Temasek Holdings, un fondo de inversión propiedad del Estado de Singapur, una transacción con la que la familia Shinawatra se embolsó alrededor de 1.500 millones de euros exentos de impuestos.

           Al principio se unieron a la APD activistas, periodistas y políticos de diversas ideologías que consideraban a Thaksin una amenaza para la democracia, pero la APD no tardó en convertirse en un movimiento netamente monárquico. De hecho, el color amarillo que distingue a sus seguidores es el color del rey. En su mayor parte pertenecen a la clase media de la capital y su ideología es claramente elitista y antidemocrática. Sostienen que la mayor parte de la población no está preparada para votar y Sondhi ha llegado a proponer que el pueblo sólo elija al 30 por ciento de los diputados y al resto lo nombre una comisión dependiente de la Casa Real.

           La APD consiguió su objetivo el 19 de septiembre de 2006, cuando el Ejército dio un golpe de Estado mientras Thaksin se encontraba en Nueva York. Los golpistas constituyeron una Junta militar que se haría cargo del Gobierno hasta que se aprobara una nueva constitución y se convocasen nuevas elecciones, y el Tribunal Constitucional disolvió el Thai Rak Thai por fraude electoral y prohibió a Thaksin y a otros 110 miembros del partido participar en política durante cinco años. Los opositores al golpe no tardaron en organizarse. En febrero de 2007, los partidarios de Thaksin crearon un canal de televisión para contrarrestar la propaganda del grupo mediático de Sondhi y fundaron el Frente Unido por la Democracia y contra la Dictadura (UDD), que convocó multitudinarias protestas en Bangkok. Comenzaba la guerra entre los rojos y los amarillos.

           Los camisas amarillas suelen alegar que los camisas rojas no son más que campesinos incultos pagados por Thaksin y dispuestos a vender su voto a cualquier político sin escrúpulos. Esto no es del todo exacto, ya que Thaksin también cuenta con numerosos partidarios en Bangkok, y no necesariamente hijos de inmigrantes, aunque es cierto que sus principales bastiones se hallan en las zonas rurales del norte y el noreste del país, sobre todo en Isán. La región de Isán, de mayoría étnica laosiana y una de las más pobres del país, fue sometida a un proceso de asimilación lingüística y cultural a finales del siglo XIX y principios del XX y posee una larga historia de resistencia frente al Gobierno central que, si bien nunca ha llegado a cristalizar en una ideología nacionalista, ha generado numerosos movimientos de protesta a lo largo de los últimos cien años.

           La compra de votos es un fenómeno tan extendido en Tailandia que no es posible entender unas elecciones sin ella. En realidad, la practican todos los partidos y, como ha señalado la antropóloga estadounidense Katherine Bowie, el problema no es cultural ni se debe a la ignorancia de los votantes, sino fundamentalmente a los vacíos legales que obstaculizan la posibilidad de que “los campesinos se opongan a las prácticas corruptas y salvaguarden la democracia interna” en sus pueblos.

           En agosto de 2007 se sometió a referéndum la nueva Carta Magna, que suponía un retroceso con respecto a la anterior: sólo se elegiría por sufragio a la mitad de los miembros del Senado. Antes de la votación, Sombat Boongamanong organizó una campaña en contra de la nueva constitución, en la que se utilizó por primera vez el color rojo para protestar contra el Gobierno. La mayoría de los electores votó a favor. En realidad, la decisión ya estaba tomada: el general Sonthi Boonyaratglin, jefe de las Fuerzas Armadas y principal responsable del golpe de Estado, había advertido que si se rechazaba la Carta Magna la Junta militar elegiría cualquiera de las diecisiete anteriores y la pondría en vigor tras introducir los cambios que considerase pertinentes.

           En las elecciones generales celebradas ese mismo año, el Partido del Poder del Pueblo (PPP), afín a Thaksin, ganó por un estrecho margen al Partido Demócrata, la formación más antigua de Tailandia, vinculada a la monarquía y encabezada por Abhisit Vejjajiva, un político relativamente joven educado en Eton y Oxford. En enero, fue nombrado primer ministro el ultraconservador Samak Sundaravej, quien prometió que Thaksin, que se enfrentaba a varias acusaciones de corrupción, volvería pronto a Tailandia, cosa que no haría hasta diciembre de 2008.

           Los camisas amarillas no tardaron en volver a las calles pidiendo la dimisión de Samak. En agosto de 2008 ocuparon la Casa de Gobierno y en los meses siguientes se sucedieron los enfrentamientos violentos con la policía y los camisas rojas. Hubo víctimas en ambos bandos y en octubre murió una muchacha de la APD. La propia reina Sirikit asistió al funeral, donde le dijo al padre que su hija era “una buena chica que ha ayudado a la monarquía y al país”. Aquella fue la muestra de apoyo público a los camisas amarillas más clara que había hecho hasta el momento un miembro de la familia real.

     

     

           En septiembre, el Tribunal Constitucional destituyó a Samak por presentar un programa de cocina en la televisión. Según la Constitución, ningún miembro del Gobierno puede percibir un sueldo durante el ejercicio de su cargo y Samak había grabado algunos programas por los que había cobrado dinero. Le sustituyó Somchai Wongsawat, cuñado de Thaksin. Poco después de acceder al cargo, miles de camisas amarillas ocuparon los dos aeropuertos de la capital, interrumpiendo por completo el tráfico aéreo durante más de una semana y causando estragos en una economía muy dependiente del turismo. El Gobierno ordenó al Ejército que expulsara a los camisas amarillas de los aeropuertos, pero los generales se negaron a cumplir las órdenes y la APD no puso fin a la ocupación hasta que no cayó el Gobierno de Somchai.

           El Tribunal Constitucional decidió disolver el PPP y dos de los partidos de su coalición por fraude electoral en lo que muchos calificaron de segundo golpe de Estado, esta vez judicial. El Parlamento eligió como primer ministro a Abhisit Vejjajiva. Con un Gobierno afín en el que ocupaban cargos de responsabilidad algunos de los suyos, los camisas amarillas volvieron a sus casas. Los políticos del PPP fundaron el Puea Thai (el Partido de los Tailandeses) y llegó el turno de los camisas rojas en las calles. Su momento álgido llegaría en marzo del año pasado, cuando ocuparon el centro de la capital poco después de que un tribunal de Bangkok condenara in absentia a Thaksin a dos años de prisión por varios cargos de corrupción.

     

     

    VI

     

    Algunos defendieron en su día el golpe de 2006 como un paso atrás necesario para preservar la democracia, pero el tiempo ha demostrado que los motivos reales fueron otros. Mientras centenares de miles de tailandeses salían a las calles para apoyar o censurar a Thaksin, para defender o condenar el golpe de Estado, las decisiones se tomaban entre bastidores. El enfrentamiento entre los camisas rojas y los amarillos es un reflejo, y hasta cierto punto una consecuencia, del conflicto entre dos grupos de poder: una incipiente y moderna clase empresarial encabezada por Thaksin y una élite más antigua, el amaart, cuyo centro de gravedad es el rey Bhumibol.

           En Tailandia, el poder económico y político se reparte entre redes clientelares con diversos grados de influencia. En los últimos tres decenios, la dominante ha sido la que Duncan McCargo, especialista en política tailandesa de la Universidad de Leeds, ha denominado “red monárquica”,  formada por políticos, juristas, empresarios y militares cercanos a la Casa Real. Su principal brazo ejecutor es el consejero privado del rey, Prem Tinsulanonda, un general retirado que fue primer ministro entre 1980 y 1988, detenta una gran influencia en los altos mandos del Ejército, toma a menudo decisiones trascendentales en nombre del rey y posiblemente sea el cerebro del golpe de 2006.

           El poder económico de la Casa Real es enorme. Con una fortuna valorada en treinta y cinco mil millones de dólares, Bhumibol es el monarca más rico del mundo. Sus negocios los administra la Oficina de Propiedades de la Corona, un organismo exento de pagar impuestos que no ha de rendir cuentas a ninguna entidad pública. Entre otros intereses, la Oficina posee una gran parte de las acciones del principal banco del país, el Siam Commercial Bank, es propietaria de los mejores terrenos del distrito financiero y comercial de Bangkok, y controla una de las empresas más grandes del país, la Siam Cement Company. Pese a su riqueza, el rey ha conseguido mantener durante años una imagen de benefactor de las clases más desfavorecidas gracias a las numerosas fundaciones y obras de caridad patrocinadas por los miembros de la familia real. Bhumibol es también el padre de la doctrina de la “economía de la suficiencia”, que se inspira en el concepto budista de la “vía media” y preconiza un modelo económico basado en la subsistencia para Tailandia y una vida frugal y sin lujos para sus súbditos. Ideada tras la crisis financiera de 1997, se estudia en las universidades del país e incluso ha recibido los parabienes de personalidades como el Nobel de Economía Amartya Sen.

           El ascenso de Thaksin Shinawatra al poder fue el mayor reto al que se ha enfrentado la red monárquica en varias décadas. Sus negocios competían e incluso amenazaban los intereses de la corona, y sus programas sociales consiguieron hacer sombra a las obras de caridad de la Casa Real. Por otro lado, su retórica chocaba frontalmente con la doctrina de la “economía de la suficiencia”. Huelga decir que, con Thaksin o sin él, en Tailandia impera un capitalismo feroz y sólo se espera que adopten dicha doctrina las clases más desfavorecidas.

           Aunque Thaksin no es republicano y durante su Gobierno se esforzó por presentarse como el mayor defensor de los intereses de la corona, puso a sus hombres de confianza en puestos clave y relegó a cargos secundarios a los valedores del rey, como Prem, que se convertiría en su enemigo más acérrimo en palacio. Cuando Thaksin ganó las segundas elecciones en 2005, su red clientelar amenazaba con desbancar a la monárquica.

     

     

           En última instancia, es probable que la razón del golpe de Estado de 2006 se halle en la supervivencia del poder y los privilegios de la red monárquica en un momento especialmente delicado para la dinastía Chakri. Un conocido político de la oposición que desea mantenerse en el anonimato me comentó: “La de 2007 es una Constitución de los militares al servicio de la monarquía. Se acerca el momento de la sucesión, ya que Rama IX [el rey Bhumibol] está muy enfermo, y hay divisiones en la familia real sobre quién ha de ser Rama X. Ése era el objetivo del golpe de Estado: controlar el poder cuando llegue el momento de la sucesión”.

           A sus 83 años, es poco probable que Bhumibol pueda seguir reinando durante mucho tiempo y el prestigio de la monarquía depende únicamente de él. El principal candidato a sucederle es el príncipe Maha Vajjiralonkorn, un playboy con una reputación nefasta, que ni siquiera cuenta con el respeto de los más monárquicos. Los constantes líos de faldas del príncipe, su venalidad y sus excentricidades están en boca de todos. Un cable de WikiLeaks explica que el príncipe nombró general del Ejército del Aire a Fufú, un caniche que tiene la fea costumbre de beber en las copas de los embajadores cuando se celebran cenas de gala en palacio. En un famoso vídeo, prohibido en Tailandia, pero difundido por la televisión australiana, se puede disfrutar de la decadente fiesta de cumpleaños de Fufú, a la que la esposa del príncipe asiste en topless. Muchos, tanto dentro como fuera de palacio, preferirían a su hermana, la princesa Sirindhorn, que ha heredado la reputación de su padre y, además, tiene bastante influencia en un amplio sector del Ejército. Ante el temor a ser desbancado, el príncipe ha extremado las medidas de seguridad, hasta el punto de prohibir a su guardia personal llevar armas en su presencia.

           Hasta el momento, el rey no se ha pronunciado sobre la sucesión y el tema sigue siendo tabú en Tailandia. Existe una antigua leyenda que cuenta que la dinastía de los Chakri sólo tendrá nueve reyes, por lo que Bhumibol, Rama IX, sería el último de ellos. Profecías aparte, la muerte del rey podría desencadenar una auténtica guerra entre las diferentes facciones de la Casa Real y el Ejército cuyas consecuencias serían imprevisibles.

           Durante su mandato, Thaksin se jactó de tener “en el bolsillo” a algunos miembros de la familia real. Es probable que se refiriera al príncipe heredero, cuya amistad cultivó y en quien se dice que llegó a ejercer una gran influencia, lo que inquietaba a cortesanos como Prem. Sin embargo, nunca consiguió hacerse con las riendas de las Fuerzas Armadas. Aunque muchos soldados y oficiales de bajo rango simpatizan con él y los camisas rojas, por lo que reciben el nombre de “sandías” (“verdes por fuera y rojos por dentro”), no logró colocar a sus hombres en los puestos de mando, lo que precipitaría su caída. Los vínculos entre los militares, la vieja élite y la Casa Real eran demasiado fuertes y ni siquiera un hombre tan poderoso como Thaksin pudo debilitarlos.

     

     

    VII

     

    El trono que el rey heredó hace ya sesenta y cinco años no entrañaba el enorme poder que la Casa Real ejerce en la actualidad. La consecución de ese poder es el fruto de la habilidad política e instinto de supervivencia del propio Bhumibol, pero también de una serie de vicisitudes históricas en las que es crucial el papel desempeñado por el Ejército y cuyo resultado distaba mucho de estar escrito.

           En 1932, cuando un golpe de Estado organizado por el Partido del Pueblo, integrado por funcionarios y militares pertenecientes a la incipiente clase media plebeya, puso fin a la monarquía absoluta, los días de la dinastía Chakri parecían tocar a su fin. El nuevo Gobierno privó de autoridad al rey Prajadiphok, Rama VII, y le relegó a un papel meramente simbólico. Tres años después abdicó y se exilió a Inglaterra. La Asamblea Nacional nombró sucesor a su sobrino Ananda Mahidol, quien, a sus diez años y viviendo en Suiza, no se hallaba en la mejor posición para restituir el poder de una monarquía moribunda. En 1946, un año después de que la familia real regresara a Tailandia, un disparo en la cabeza acabó con la vida del rey Ananda en su habitación de palacio. Nunca se ha esclarecido su muerte y, de las cinco personas que se hallaban en los aposentos del joven rey la mañana del incidente, el único testigo que queda con vida es su hermano menor y sucesor, Bhumibol. No faltan quienes sospechan que él podría haber sido el responsable y el suceso es uno de los numerosos tabúes que rodean a la monarquía tailandesa.

           En el seno del Partido del Pueblo siempre hubo tensiones entre la facción civil, liderada por el político de tendencias socialistas Pridi Banomyong, y la militar, encabezada por el general Phibun Shongkram. Ambos pretendían modernizar el país, pero mientras Pridi quería instaurar una democracia, Phibun tenía en mente un estado totalitario a imagen y semejanza de la Italia fascista. La aristocracia no dudó en tomar partido por la facción militar. El rey Ananda murió dos días después de haber mantenido una discusión con el entonces primer ministro Pridi. El Partido Demócrata y los aristócratas no tardaron en culparle del asesinato y finalmente le obligaron a dimitir. Poco tiempo después, el general Phibun volvió a dar un golpe de Estado con el beneplácito de los monárquicos. El nuevo Gobierno acusó formalmente a Pridi de ordenar el magnicidio y éste tuvo que huir del país. Tres de sus aliados fueron ejecutados. El Ejército había eliminado el principal obstáculo para hacerse con las riendas de la política tailandesa.

     

     

           Fue a finales de los años cincuenta cuando el propio rey Bhumibol comenzó a asumir el papel central que aún desempeña. En 1957, el general Sarit Thanarat dio un golpe de Estado que recibió el apoyo inmediato de la Casa Real. Sarit abrogó la Constitución, disolvió el Parlamento y se presentó como máximo valedor de la monarquía para legitimar el golpe y su régimen dictatorial, lo que el rey aprovechó para aumentar su influencia política, expandir sus negocios y cultivar su prestigio entre la población. Sarit, personaje excesivo al que le gustaba rodearse de mujeres y beber alcohol en cantidades industriales, no duró demasiado tiempo en el poder: una cirrosis acabaría con su vida en 1963. Su mano derecha, el general Thanom Kittikhachom, se ocupó de asegurar la pervivencia del régimen.

           Tanto los militares como el rey contaban con el apoyo de Estados Unidos, que convirtió Tailandia en el principal bastión contra el comunismo en el sudeste asiático. Durante la guerra de Vietnam, Tailandia llegó a albergar a unos cincuenta mil soldados estadounidenses y envió a miles de los suyos a combatir en Vietnam y Laos. Estados Unidos también donó al Estado tailandés miles de millones de dólares que acabarían, en gran parte, en manos del Ejército, lo que contribuyó a impulsar la economía tailandesa y a afianzar el régimen de los militares.

           Fue en aquella época cuando el rey y la reina Sirikit comenzaron a realizar giras por las zonas rurales del país para promocionar sus fundaciones de ayuda a los campesinos. El país se llenó de grandes fotografías del rey, una costumbre que se mantiene en la actualidad, y su presencia se hizo constante en los medios de comunicación. El Estado puso en marcha una gigantesca maquinaria propagandística, que incluye el adoctrinamiento en los colegios, para construir una imagen de Bhumibol basada en el antiguo modelo del dhamaraja, el rey padre virtuoso que sigue los preceptos del budismo y está por encima de los intereses mundanos y las peleas políticas. De ese modo, la monarquía volvió a convertirse en uno de los tres pilares de la nación tailandesa, junto a la religión y la patria. Pero Bhumibol, nacido en Boston y educado en Suiza, también se ha presentado como un hombre moderno: toca el saxo, compone piezas de jazz, promueve y supervisa diversas obras de ingeniería civil (con especial predilección por las centrales hidroeléctricas y los embalses) y cuenta con varias patentes en su haber, entre ellas un sistema para provocar la lluvia. Bhumibol, que no acabó la carrera de ingeniería, posee el récord mundial de títulos universitarios: 136 doctorados honoris causa, la gran mayoría concedidos por universidades tailandesas.

           En octubre de 1973, estalló una revuelta popular liderada por estudiantes en la que medio millón de manifestantes ocupó las calles de Bangkok, una cifra sin precedentes en la historia de Tailandia. Presionado por Estados Unidos, que creía que el régimen se había vuelto demasiado inepto y corrupto para controlar el país y temía que se radicalizara el movimiento democrático si no se hacían concesiones, el rey apoyó con muchas reservas a los manifestantes. Tras varias semanas de protestas y una brutal matanza perpetrada por el Ejército, el dictador Thanom abandonó el país y se restauró el orden constitucional. La historia oficial siempre ha magnificado el papel de Bhumibol, lo que le ha permitido erigirse en el principal garante de la democracia en Tailandia. Según el historiador Thongchai Winichakul, “el levantamiento de 1973 fue tanto una revuelta popular como el momento en el que los monárquicos comenzaron a dominar la política tailandesa. Ese régimen se ha ido fortaleciendo a lo largo de los últimos treinta años adoptando diferentes formas, bajo la autoridad suprema y las intervenciones de la monarquía y los monárquicos, que siempre han dominado la política tailandesa ejerciendo de personas morales por encima de la política normal”.

           Los tres años siguientes a la caída del dictador Thanom fueron un período de reformas democráticas y movilizaciones sociales sin precedentes, pero también de crecientes tensiones sociales. Los estudiantes se radicalizaron aún más y perdieron el apoyo de la población. También cobraron fuerza organizaciones paramilitares de extrema derecha apoyadas, de un modo más o menos explícito, por la Casa Real, sobre todo por la reina Sirikit. Éstas acusaban a los estudiantes de ser agentes vietnamitas y de estar vinculados a la insurgencia comunista en el norte de Tailandia. Cuando Vietnam del norte ganó la guerra en 1975, el pánico cundió entre las élites y gran parte de la población. Muchos creyeron que Tailandia podría ser la siguiente pieza del dominó en caer. Los ánimos estaban tan encendidos que un conocido e influyente monje budista declaró públicamente que no era pecado matar comunistas, ya que el mérito adquirido por proteger a la nación, la religión y la monarquía compensaba con creces el hecho de arrebatar una vida.

     

     

           La chispa que hizo estallar la violencia fue el regreso al país en 1976 de Thanom, quien proclamó que renunciaba a su fortuna y a la política para ordenarse monje budista en una ceremonia a la que acudieron el rey y la reina. El 6 de octubre de 1976, miles de estudiantes protestaban contra su vuelta en el campus de la Universidad de Thammasat, en Bangkok, cuando cientos de paramilitares rodearon el recinto y, con la ayuda de la policía y el Ejército, abatieron a tiros a decenas de estudiantes y arrastraron a otros hasta la inmensa plaza de Sanam Luang, donde los lincharon ante una multitud enfervorecida que, en aquella ocasión, decidió jalear a los verdugos. Nunca ha habido una investigación oficial y se desconoce el número exacto de víctimas, que podría superar el centenar. Muchos estudiantes huyeron a la selva para unirse a la insurgencia del Partido Comunista al tiempo que Thanom colgaba los hábitos y recuperaba su fortuna.

           Tras la matanza, un nuevo golpe de Estado, que contó con el beneplácito de la Casa Real, aupó al poder al juez ultraderechista Thanin Kravixien. Su nuevo ministro del Interior sería Samak Sundaravej, que había estado incitando en la radio los asesinatos de comunistas durante las semanas anteriores. Thanin reprimió con mano dura cualquier tipo de disidencia y anunció que el orden constitucional no se restauraría hasta después de doce años, pero la ineptitud de su Gobierno le granjeó enemigos en todos los sectores, tuvo que dimitir al cabo de un año y en 1978 se promulgó una nueva Constitución.

           Un año más tarde, los vietnamitas, enemigos históricos de Tailandia, invadieron la Camboya de Pol Pot y China lanzó una ofensiva de castigo en el norte de Vietnam. Con el enemigo a las puertas, Tailandia firmó una alianza con China y proporcionó refugio y apoyo militar y logístico a las tropas de Pol Pot. El Partido Comunista tailandés perdió el apoyo de China y, con ello, toda su fuerza. El Gobierno declaró, y respetó escrupulosamente, una amnistía para todos los estudiantes que se habían unido a la insurgencia. Aquellos jóvenes, intelectuales burgueses que se sentían tan incómodos con la dura vida en la jungla como con el dogmatismo maoísta de los guerrilleros, volvieron a la ciudad para continuar sus estudios y la mayoría renunció a su compromiso político, lo que supuso el fin del comunismo en Tailandia. En la actualidad, es posible encontrar a esos jóvenes radicales de los setenta tanto en las filas de los camisas rojas como de los amarillas.

           Los años ochenta fueron un período relativamente estable en el que se produjo un espectacular crecimiento económico que se prolongaría hasta bien entrada la década siguiente. El hombre de confianza del rey, Prem Tinsulanonda, sería el primer ministro entre 1980 y 1988, lo que afianzó definitivamente el poder de la Casa Real. Mientras tanto, una nueva clase de políticos, empresarios de las provincias que se habían enriquecido con negocios no siempre legales, se disputaba los escaños del Parlamento para aprovechar sus cargos políticos con fines crematísticos. La compra de votos era tan común como la contratación de asesinos a sueldo para eliminar a los rivales políticos. De ese caldo de cultivo emergería Thaksin a finales de los años noventa. En ese turbio paisaje político, no le resultó difícil al rey mantener su imagen de pureza e incorruptibilidad. Un nuevo golpe de Estado en 1992, seguido de otra intervención real para restaurar el orden, permitió de nuevo a Bhumibol reforzar su imagen de defensor de la democracia, si bien muchos sostienen que no intervino hasta estar seguro de cuál era el bando vencedor.

           Oficialmente, el rey está “por encima de la política” y no participa en ese juego sucio. No obstante, a lo largo de su reinado ha demostrado ser uno de los jugadores más astutos. Durante ese tiempo, el Ejército ha ejecutado quince golpes de Estado, nueve de ellos con éxito y, en su mayoría, con el apoyo implícito de la Casa Real. El rey Bhumibol nunca había descubierto sus cartas tan abiertamente como en la última asonada, lo que abre un capítulo incierto en la historia de Tailandia.

     

     

    VIII

     

    El principal escudo que protege a la monarquía no es tanto el Ejército como el artículo 112 del código penal tailandés, probablemente la ley de lesa majestad más severa y aplicada del mundo. Según la ley, “deberá ser castigado con una pena de entre tres y quince años de cárcel” cualquier persona que “difame, insulte o amenace al rey, la reina, el príncipe heredero o el regente”. El rey declaró públicamente en 2005 que, como ser humano, no se hallaba “por encima de las críticas” y ningún miembro de la familia real ha interpuesto nunca una denuncia de lesa majestad. De eso se ocupan otros: cualquier ciudadano tailandés puede denunciar este tipo de delitos y en los últimos años la ley se ha convertido en un arma política y las acusaciones se han multiplicado hasta alcanzar cifras nunca vistas desde los tiempos de la monarquía absoluta.

     

     

           El historiador David Streckfuss lleva más de un decenio estudiando las leyes de difamación y lesa majestad y es autor del estudio más completo sobre el tema, Truth on Trial in Thailand. Defamation, treason and lèse majesté. Para Streckfuss, el problema de la ley de lesa majestad radica tanto en su aplicación como en el propio texto de la misma: “Si uno examina la ley en sentido estricto, habla de difamaciones o amenazas, que son bastante fáciles de identificar. Difamar consiste en decir algo falso o algo que puede hacer que los demás pierdan estima por la persona mencionada, pero en las leyes de difamación hay excepciones, por ejemplo si lo que se dice es cierto y atañe a funcionarios en el ejercicio de su cargo. El problema es que no hay excepciones en los delitos de lesa majestad. Por otro lado, en principio la ley se limita a proteger al rey, la reina, el príncipe heredero y el regente, pero la familia real se ha involucrado en tantos aspectos de la vida política y social de este país que resulta bastante difícil distinguir cuáles son los límites”.

           En los casos de lesa majestad y de difamación no se juzga la veracidad de lo dicho, sino la intención de quién lo dijo, por lo que no existe la presunción de inocencia. Así, no es extraño que el 94 por ciento de los juicios acaben con un veredicto de culpabilidad, un índice muy superior al de otros delitos. Streckfuss calcula que, entre 1985 y 2004, hubo una media de cinco detenciones por año, pero en 2005 la cifra empezó a aumentar, “cuando Sondhi y Thaksin comenzaron a lanzarse acusaciones el uno al otro. La mitad de los casos de ese año debieron estar relacionados con ellos”. Tras el golpe de 2006, los tribunales recibieron un aluvión de casos sin precedentes. “Entre 2007 y 2009 se dictó sentencia en unos 220 casos de lesa majestad. La condena mínima por este tipo de delitos es de un año y medio de cárcel, si se expresa arrepentimiento y lo que se ha dicho no es demasiado ofensivo, pero en la mayoría de casos la pena varía entre los seis y los diez años. Calculo que, en las cárceles tailandesas, hay al menos doscientos presos políticos y de la mayoría de ellos no se sabe nada.”

           La más célebre es Daranee Charnchoensilpakul, conocida como Da Torpedo, una camisa roja de Bangkok que aboga por una monarquía parlamentaria y en julio de 2008 pronunció un discurso criticando el golpe de Estado y la monarquía. En mayo de 2009 fue condenada a dieciocho años de cárcel en un juicio celebrado a puerta cerrada, algo frecuente en los casos de lesa majestad. Las condiciones carcelarias de Daranee son peores que las de muchas de sus compañeras, condenadas por delitos más graves: apenas se le permite recibir visitas y se le ha denegado el tratamiento para curar una dolorosa infección en la mandíbula.

           Gran parte del problema radica en la falta de transparencia e independencia de la judicatura tailandesa. A menudo los tribunales toman sus decisiones en secreto y no se publican las actas de los procesos. Según Streckfuss, “ahora mismo los tribunales están tan protegidos como lo estaba la monarquía durante el periodo absolutista, lo que puede suponer hasta siete años de cárcel. Nadie está seguro al cien por cien de si se pueden criticar los fallos judiciales”.

           Streckfuss cree que ahora hay muchos más casos de lesa majestad porque “la población tiene más conciencia política. Una razón es que los actos de la Casa Real han dado pie a que la gente sea más crítica. Ahora es posible argumentar que parece que la Casa Real haya tomado partido”. Según él, esta oleada de denuncias podría llegar a ser contraproducente: “La cuestión es: ¿Quién sería tan insensato como para utilizar esta ley en defensa de una institución que, en cualquier caso, necesita una reforma? Van a destruir la institución abusando de la ley de lesa majestad”.

           En Tailandia no siempre están claros los límites entre lo que se puede y lo que no se puede decir, por lo que a menudo no se dice absolutamente nada. Según el periodista Pravit Rojanaphruk, “la sociedad tailandesa en general aún tiene que alcanzar un consenso sobre el valor intrínseco de la libertad de expresión y de prensa. Muchas personas sólo la aprueban cuando las opiniones o las noticias se adecuan a sus objetivos políticos”. Pravit, uno de los escasos periodistas independientes del país, escribe en el diario en lengua inglesa The Nation, un periódico claramente pro-gubernamental y opuesto a Thaksin y los camisas rojas, en el que él es la única voz disidente. Pero Pravit es igual de crítico con todos: “Durante la época de Thaksin, los medios de comunicación mayoritarios estaban amenazados de diversas formas. Una de ellas era la presión política que ejercían los accionistas mayoritarios; otra, las alianzas entre los propietarios de los diferentes medios”.

           Pocas cosas han cambiado desde entonces. “La persecución de Abhisit a los medios supuestamente pertenecientes a los camisas rojas es conocida y está muy bien documentada –continúa Pravit–. El régimen además 'soborna' de forma selectiva a los medios que le son favorables contratando publicidad de los organismos estatales”. También responsabiliza a los propios medios: “La mayoría de los periodistas y los directores de los periódicos nunca han valorado realmente la libertad de prensa. Eso es más que evidente en la autocensura y la censura de cualquier noticia o artículo mínimamente crítico con la monarquía. Los medios han perjudicado a la sociedad tailandesa ofreciéndole al público únicamente noticias positivas y propaganda sobre la institución monárquica”.

     

     

           La falta de libertad de expresión y las leyes de difamación y lesa majestad han generado lo que Streckfuss define en su libro como un “régimen de difamación”. El Estado detenta el monopolio de la verdad con el propósito de mantener a toda costa un status quo en el que se encarna el inmutable y casi sagrado “carácter tailandés”. Siempre en crisis, acosado por los incesantes envites de la historia, el régimen tilda de antitailandés cualquier tipo de disidencia e impide que se produzca un debate público cada vez más necesario sobre las instituciones y el modelo de Estado. A falta de ese debate, cabe el peligro de que sólo la violencia pueda dirimir esas cuestiones.

     

     

    IX

     

    Benedict Anderson, buen conocedor de la historia y la sociedad tailandesas, ha dicho recientemente que, hasta la fecha, el surgimiento de una clase media en Bangkok, al contrario que en las burguesías europeas del siglo XIX, no ha dado ningún gran artista. En cambio, Khon Kaen, la principal ciudad de la región nororiental de Isán, ha visto nacer a Apichatpong Weerasethakul, el mejor director de la historia del cine tailandés y uno de los más originales y creativos del panorama cinematográfico mundial contemporáneo.

           En una escena de su última película, El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas, el protagonista, un enfermo terminal que en los años setenta había participado en la lucha contra la insurgencia comunista en Isán, cuenta un sueño poco antes de morir. Sobre imágenes fijas de soldados descansando o cazando a un monstruo del bosque, Boonmee narra que viajó con una máquina del tiempo a una ciudad del futuro “gobernada por una autoridad que podía hacer desaparecer a cualquiera. Cuando encontraba a 'personas del pasado', les apuntaba con una luz” que proyectaba sus imágenes en la pared y finalmente los hacía desaparecer. Pocas metáforas pueden expresar de una forma tan hermosa y certera la tragedia de un país que, prisionero de una historia en gran medida inventada, sólo rememora su pasado para borrarlo.

           Sin embargo, en los últimos años la sociedad tailandesa ha tenido que enfrentarse a algunas verdades que hasta ahora muchos se negaban a afrontar. El golpe de Estado de 2006 y la crisis posterior han desencadenado una tormenta política que quizá haya escapado al control tanto de la “red monárquica” dominante como de Thaksin Shinawatra y los políticos de nuevo cuño. “No había camisas rojas en Tailandia en 2006, cuando los militares dieron el golpe de Estado –me dijo en noviembre el político de la oposición–. No había camisas rojas cuando se celebraron las elecciones en 2007. Los camisas rojas aparecieron cuando quedó claro que la monarquía no estaba dispuesta a detenerse ante nada ni a aceptar un Gobierno elegido por el pueblo.”

           Como me comentaba David Streckfuss, “las élites, al no estar dispuestas a dar su brazo a torcer, han convertido esto en una lucha en la que sólo puede vencer un bando y creo que los camisas rojas se han visto acorralados por el otro bando. Esta situación podría desembocar en una guerra civil”.  A estas alturas, está en juego algo mucho más trascendental que una mera disputa partidista dirimible en unas elecciones: un modelo de unidad nacional, homogeneidad étnica y cultural tailandesa que ha funcionado durante un siglo y ahora se está desintegrando: “Se está convirtiendo en un modelo nacionalista fracasado. En cierto modo, es justo que así sea. Nunca fue demasiado justo y, para mucha gente, sino para la mayoría, no existe una buena razón para aceptarlo”.

           Un cortometraje de Apitchapong muestra a un grupo de personas jugando con un balón de fuego al fútbol de noche y bajo una fuerte tormenta. El balón va arrasando el campo y finalmente acaba incendiando la portería. El enfrentamiento entre los rojos y los amarillos se parece mucho a ese partido. Y la gran incógnita no es tanto quién lo ganará como qué clase de país será Tailandia cuando haya terminado. Lo que ya se puede predecir con cierta seguridad es que no quedarán incólumes algunas de las instituciones que, hasta ahora, han definido las reglas del juego.

     

    26 de abril de 2011

     

    * Carlos Sardiña Galache es periodista y traductor. Habitualmente escribe en el blog El gran juego

     


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