Lo que el agua se llevó y dejó en las peores inundaciones del litoral argentino desde 1982

Texto y fotos: Paula G. Acunzo - 14-05-2016

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Caras largas y preocupadas. Resignación, la mayoría de los habitantes dice estar acostumbrada. Acostumbrada a perder todo y a convivir con la nada y con el agua.

 

Entre Ríos sufre la peor inundación desde el año 1982. Fuentes de la Cruz Roja Argentina aseguran que hay más de tres mil evacuados en esta terrible catástrofe ocasionada por el fenómeno de El Niño. La misma persiste desde diciembre del 2015.

 

Unas de las zonas más afectadas de Entre Ríos –al igual que Villa Paranacito– es Mazaruca, ubicada en el departamento de Ibicuy. Habitan alrededor de 30 familias. Es una zona conocida por sus campings y el turismo de pesca.

 

Todo ello quedó borrado con el agua. Para arribar se debe contar con una lancha o coordinarse con la prefectura. Apenas uno llega se empiezan a ver los tesoros ahogados: bancos de escuelas flotando sobre 2 metros de agua que han cubierto hasta el techo los hogares. Animales muertos flotando conviven con libros, calles transformadas en canales, techos inidentificables, canoas que van y vienen sin luz . Silencio. Pero la esperanza no se ha perdido. Al recibirme comparten risas y chistes sobre mi poco conocimiento de las costumbres y usos rurales.

 

Miguel Hernández, enfermero voluntario, cuenta gráficamente la situación:

 

“Habitan 30 familias en una superficie no mayor a 1 hectárea, pero también en la misma superficie tenemos animales. Hay chivos, ovejas, novillos… hay muchas especies de animales que están sobreviviendo junto a la gente, todos estamos compartiendo el espacio físico. Desde el punto de vista sanitario no es lo ideal, pero estamos aprendiendo a convivir… vamos caminando por la única calle principal que tenemos y vamos esquivándolos… Se trata de mantener una mínima limpieza, de ir levantando los residuos orgánicos de los animales… la localidad está literalmente inundada”.

 

Gracias a la generosidad de Hernán, El Gallo, y su compañero residente puedo corroborar los trágicos efectos de las inundaciones: me llevan a navegar en su lancha por los restos de la ciudad. La imagen más terrible es la de un caballo ahogado, atrapado en la copa de un árbol. O el rostro de Hernán al comentarme cómo vivieron lo ocurrido: “El agua llegó al terraplén grande el 2 de enero. Desde esa fecha Mazaruca está aislada, había que salir en lancha y no había otra vía de comunicación. El 19 de abril el terraplén grande se cortó. La policía me avisó a las 8 a.m. que aprontáramos las cosas que más teníamos a mano y buscáramos la manera de salir. Cargué lo que pude y un tractor me trajo hasta acá, la parte más alta de Mazaruca. La gente trató de defender el terraplén más chico con toda la fuerza contra el agua y gracias a ellos tuvieron un par de horas más para sacar sus cosas. Cuando se corta, la mayoría de la gente perdió todo… Se inundaron las cincuenta hectáreas prácticamente en una hora y media… La gente salió con el agua al pecho con el riesgo de ahogarse, golpearse e incluso electrocutarse, porque había electricidad hasta entonces… Mi mujer está embarazada de siete meses. La tuve que sacar por el agua… Y con el agua hasta la cintura logré arrastrarla hasta el río y ahí la cargó la prefectura. Tuvo que caminar tres kilómetros hasta el pueblo y buscar a un vecino que le diera abrigo y refugio para pasar la noche, porque de acá salimos sin ropa, mojados y sin plata. Yo quedé viviendo acá con los vecinos. Perdí todo, todas mis cosas, y no voy a poder trabajar durante como mínimo un año, soy leñero… Estoy sobreviviendo haciendo alguna changa rural… Hay muchas familias que no evacuaron porque no tienen adónde ir ni un sueldo fijo, no tienen forma de solventarse en el pueblo ni de conseguir un trabajo…”.

 

De repente el motor de la lancha se apaga. Se hace imposible seguir sorteando los obstáculos. Se observa a lo lejos lo que parecía o parece ser la comisaría y muy cerca el techo de una iglesia, los juegos de la escuela y algunos carteles de prohibido circular apenas visibles por las olas. Más adelante navegamos sobre la plaza central y por la misma casa de Hernán... “Lo más valioso que perdí fueron dis gatos… Es lo que la gente no entiende de las inundaciones. Después pierdes un tractor, una camioneta, una motocicleta, pero lo puedes volver a conseguir. Pero todo animal al que le pusiste nombre y lo criaste y se te ahogó es algo terrible… También fotos y recuerdos, eso ya no está más”.

 

Y no puede faltar la pregunta… “¿De quién es la culpa de todo esto, Hernán?”.

 

Hernán prefiere no responder. Aunque expresa que salvo la prefectura ninguna autoridad municipal se ha acercado, que han recibido ayuda solidaria de carácter privado.

 

Fernando, el enfermero dice: “Esto es culpa de la inoperancia, esto es culpa de la desidia. Porque esta localidad siempre estuvo protegida por terraplenes. Cada tantos años se sabe que el río va a crecer y no se han hecho los mantenimientos mínimos e indispensables para que  los terraplenes contengan el agua lo suficiente para que esta localidad no quede abnegada como está hoy”.

 

El mayor peligro que sufren los que optaron por quedarse es la contaminación, ya que hay mucho ganado y otros animales que van muriendo y quedan en el agua estancada en torno a  las casas. También es obligatorio llevar botas altas para protegerse mínimamente de la picadura de la yarará, la víbora ponzoñosa de la zona.

 

Se escucha a lo lejos la prefectura. Me llaman para partir. Antes, dos vecinas me ofrecen almorzar, no me dejan partir sin comer pizza. El pueblo es generoso y afable. Comparten lo que tienen de forma desinteresada. Me invitan a retornar y quedarme el tiempo que quiera.

 

Apenas embarco observo las mismas caras largas y preocupadas y ese deje de resignación. Parto por esas calles que ya no son transitables sino navegables, tratando de entender cómo acostumbrarse a vivir con el agua.

 

 

 

 

Paula G. Acunzo es fotoperiodista argentina, realizadora de videos, productora de multimedia y profesora de fotografía. Directora del estudio de fotografía Oveja descarriada, su lema es “No saques fotos, vivi la fotografía”, y esta su web. En FronteraD ha publicado Diario del jetlag. Un viaje de aprendizaje por Tailandia, Vietnam y CamboyaA la manera de Laura. Sobrevivir a la hidrocefalia y otros percances y Invisibles. Mirar a los ojos duele.

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