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El cuaderno automático el blog de Pablo Mediavilla Costa


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5 de enero, 2011

Un mar negro

¿Cuántas veces habré venido solo hasta este mar a darle vueltas a mi futuro? ¿Cuántas noches habré aparcado el coche en el paseo marítimo buscando un sitio en el cielo antes de que lo cierren, pensando en el siguiente paso, en no equivocarme, en salir de ésta? Muchas, muchas, ya ni recuerdo, pero siempre con el mismo decorado: una oscuridad sobrecogedora en el horizonte, un silencio religioso en la tierra y la lluvia barriendo el paseo y las palmeras. Las diminutas olas del mar negro mediterráneo no devuelven ni un susurro. En la calle, coches solitarios de camino a un sitio donde alguien espera o esperaba.

 

Luego, sin respuestas -siempre sin respuestas-, enfilo en mi renqueante Seat Ibiza o La Flecha Roja hacia el bulevar vacío de Playafels, desahuciado muchas noches, y escucho el ‘Time Out of Mind’ de Bob Dylan, un disco que aguanta todas las tormentas y te devuelve un puñado de fuerza, un gramo de dignidad y un contrapunto de esperanza. Podría ser la típica escena del chaval que vuelve a su lugar de toda la vida para darse cuenta de que todo ha seguido muy bien sin él y que se debate entre llamar y no llamar y, al final, cuelga un segundo después de marcar un número donde ya es un extraño. Una tristeza inmensa cargada de futuro.

 

Gracias al cielo siempre hay un refugio para estas noches. Voy a mi bar preferido en el mundo, La Bodegueta, y sólo rezo por no encontrarme con los fantasmas de lo que un día fui o tuve y me siento en un rincón a leer el Mondosonoro, a sorber el gintonic y a hacer planes más o menos imposibles. Alguien dijo eso de que ante el pesimismo de la razón siempre está el optimismo de la voluntad, pero cuando una sombra cruza por la ventana, un escalofrío me recuerda que algunas heridas tardan mucho en cerrarse o acaso no cierran nunca. En la barra, un par de alemanes en viaje de negocios toman unas Franziskaner y se ríen en voz baja y parecen moderadamente felices. Al fondo del santuario algunos conocidos de vista y taburetes vacíos donde dije cosas que ya no importan nada. Y la música, la santa música sonando a las órdenes de Kiki y acariciando el momento, mi momento. Mañana cumpliré treinta años.

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