Ilustración: Raúl

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    Matrioska

    Miguel Muñoz - 19-01-2012
    Ilustración de Raúl

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    Con el último golpe, el salón empezó a volverse borroso hasta desaparecer. Lo último que pudo retener mi vista fue la matrioska que había sobre la mesilla baja, junto al sofá. Hacía tiempo que no le prestaba atención a esa figurita. Fue un regalo que me hizo mi madre cuando yo tenía unos diez años. Nada especial, un día la vio en una tienda y sintió el impulso de comprármela. Recuerdo que entró en mi habitación y me la dio, sujetándola con las dos manos como si fuese un cachorro, mientras me miraba con aquellos ojos verdes que siempre le envidiaba. Cuando estaba de buen humor, y eso era casi siempre, mi madre tenía una mirada tierna capaz de tranquilizar a cualquiera.

     

    Durante muchos años, aquella matrioska ocupó la estantería de mi cuarto con sus seis muñequitas desplegadas, perfectamente ordenadas y alineadas de la grande a la pequeña. Pasaron los años y la matrioska siguió decorando todas mis casas. Estaba en el pupitre de mi piso de estudiante, animándome en las noches de litros de café y kilos de apuntes. Estaba en una estantería del saloncito del pequeño apartamento que Carlos y yo alquilamos cuando empezamos a vivir juntos, sobre la televisión, para poder mirarla cuando el programa no me interesaba. Y estaba en la mesilla baja del amplio salón de nuestro piso de casados. Con la diferencia de que, en esta casa, las muñecas pequeñas estaban refugiadas en el vientre de la grande.

     

     

    Caí al suelo y la matrioska desapareció con todo lo demás.

     

    Me desperté tendida en el suelo, con un dolor de cabeza terrible. Miré a mi alrededor. Oscuridad absoluta. Tanteé y di con paredes arriba y a los lados, mientras los ojos se me fueron acostumbrando y pude distinguir dónde estaba. Una pequeña habitación cuadrangular con todas las paredes pintadas de negro, sin ventanas ni puertas ni rastro de luces, no mucho más grande que una cabina telefónica tumbada. El techo era tan bajo que ni siquiera podía sentarme, pero al menos tenía espacio suficiente para girar sobre mí misma arrastrándome. Descubrí que a los pies tenía una muñeca de trapo embalada en su caja y un lobo, sentado y quieto como una estatua, con la mirada fija en ella.

     

    Con cuidado de no tocar a la fiera me arrastré hasta cambiar de posición. El lobo no se inmutó. Temblando, le pasé la mano por delante de los ojos. Parecían de cristal. Le miré el pecho y no noté que respirara. Después me fijé en la muñeca. Me recordó a una niña traviesa de cinco años: un vestidito de tela marrón, dos coletas rubias, las mejillas rosadas, una sonrisa muy curvada.

     

    Quise sacarla de la caja, pero al extender la mano el lobo dio un respingo y avanzó hacia mí. Me arrastré retrocediendo, pero enseguida mis pies chocaron con una pared. El lobo enseñó los dientes y me miró fijamente, con sus enormes ojos amarillos.

    —¡No la toques! —rugió—. ¡Ni se te ocurra sacarla de esa caja!
    —¿Por qué no? —susurré—. Si es una muñeca preciosa…
    —¡Esa muñeca es única! ¡Nunca, en toda mi vida, he encontrado otra igual!
    —¿Entonces por qué no la sacas de la caja?
    —¡Estúpida! —me gritó el lobo, acercándome el hocico— ¡Quiero que se mantenga como está ahora durante el resto de mi vida, para poder verla siempre nueva!
    —No lo entiendo… Déjame sacarla de esa caja, es deprimente verla ahí metida.

     

    Con un valor que no sé de dónde saqué, intenté acercar la mano a la caja. No podía ver a esa muñeca metida entre cuatro paredes de cartón, no lo soportaba más.

     

    Pero el lobo no estaba dispuesto a ceder su tesoro. Me clavó los dientes en el brazo con fuerza. Los sentí afilados, desgarrándome la carne hasta chocar con el hueso. Grité destrozándome la garganta, hasta que, de pronto, el lobo retiró los dientes y volvió la cabeza hacia atrás. Me incorporé, y al hacerlo me di cuenta de que la habitación, aunque seguía igual de oscura, había crecido: ya casi podía ponerme de pie. Alcé la vista y vi a un pastor alemán que se había lanzado a atacar al lobo. Peleaban con fiereza, lanzando dentelladas a bocajarro entre gruñidos y espumarajos. Aunque el lobo mantenía un ojo en la muñeca.

     

    En un momento en que pudo acorralar al lobo contra una esquina, el perro se volvió hacia mí y me miró fijamente. Escondió los dientes, se le alisó el pelo encrespado del lomo, movió la cola y relajó la mirada hasta que se le volvió tierna. Fueron unos segundos antes de volverse a convertir en una fiera que peleaba a muerte contra un lobo. Unos segundos que se permitió perder solo para tranquilizarme, mirándome con sus ojos verdes. Antes de volver al combate, me dedicó un ladrido apremiante. Entonces supe que tenía que salir de allí.

     

    Miré a mi alrededor. La habitación era aún más grande que al principio, y podía notar cómo seguía creciendo. En una pared apareció un agujerito a través del que pasaba un pequeño haz de luz, que fue creciendo junto al resto de la habitación. El techo fue haciéndose tan alto que llegó un momento en el que no pude verlo, las paredes se alejaron hasta crear un gran vacío negro levemente iluminado. Cuando el  haz de luz se convirtió en un foco deslumbrante, lo seguí hasta llegar al agujero, por el que ya cabía de sobra. Pero antes, me volví a fijar en aquel pastor alemán. Desde lejos, me dedicó otra mirada fugaz. Aún pude distinguir el verde de sus ojos. Si alguien me mirase así cada día, creo que nunca más tendría miedo de nada. Pero aquel perro se tuvo que quedar atrás, reteniendo al lobo. En ese momento comprendí que el resto tenía que hacerlo yo, así que me decidí y atravesé el agujero de luz.

     

     

    Volví a despertarme en mi salón. Lo primero que sentí fue el frío de las baldosas de mármol. Luego, el sabor a sangre en los dientes. Volvieron a aparecer la mesilla baja y la matrioska. Y volvió a aparecer Carlos, que, con la cara pálida y desencajada de miedo, estaba inclinado sobre mí. “No... No te he hecho daño... ¿A que no?”, me dijo tartamudeando. En silencio, le miré fijamente a los ojos.

     

    “¡Hijo de puta!”, le grité, escupiéndole sangre a la cara. Y volvió a cambiarle el gesto. Enrojeció, tragó saliva, apretó los dientes, se le arrugó la frente, sus ojos se clavaron en mí con una mirada de fiera. Apretó el puño derecho y empezó a alzarlo. Pero antes de que pudiera hacer nada, me levanté de un salto del suelo. Cogí la matrioska de la mesilla auxiliar y la apreté fuerte en la mano. Corrí hasta la puerta y salí sin pensarlo. Me lancé a la calle, que me parecía más infinita que nunca. Caía un fuerte aguacero y seguí corriendo por las aceras, sin rumbo, dejándome empapar.

     

     

     

    Miguel Muñoz es periodista. En Fronterad ha publicado Diez postales desde Marrakech y Fukushima, a la luz de “Hiroshima” ; con Adrián Delgado, Google contra China, la ciberguerra y, con Carmen Lucas-Torres, Marinaleda es de todos

     

     


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